San Pedro, Príncipe de los Apóstoles

 

Catedra de San Pedro 02 03

Cuando se quiere edificar, lo primero que se hace es remover la tierra para echar cimientos sólidos, inconmovibles. De esta manera procedió Cristo con Pedro. Queriendo establecerle como base visible de su Iglesia en el mundo, le infundió una humildad profunda y constante, a prueba de todos los honores terrenales. Escogido por el mismo Redentor para Jefe supremo del Colegio Apostólico, vio San Pedro cómo le fueron conferidos todos los poderes en el reino de su divino Maestro, de quien fue hecho Vicario y como si dijéramos Virrey. Las llaves de los cielos le fueron entregadas, para que diera entrada en él a quienes juzgara dignos. También recibió la misión de iluminar, dirigir y gobernar a sus hermanos en el apostolado, prometiéndole el Señor ratificar en el cielo todo cuanto él decidiera sobre la tierra. ¡Qué altura de vértigo la de aquel poder sobre las almas, capaz de destruir una humildad menos firme que la de San Pedro!

Pero la humildad del apóstol no se resintió de ello. Después de haber obtenido un día, por su obediencia, la gracia de una pesca milagrosa, en vez de envanecerse, como hubieran hecho otros, echándose a los pies de Jesús, exclamó: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" (Lc 5, 8). En todo lugar Jesús le honraba y le llevaba consigo con preferencia a los demás. Le asoció a sí en el pago del tributo para el templo, y le dio el encargo de preparar la Última Cena. Sin embargo, nada de esto pudo engreír el corazón de este gran apóstol, que se distinguía entre todos por la humildad de sus sentimientos, hasta el punto que el Señor tuvo que amenazarle diciéndole: "No tendrás parte conmigo", para obligarle a que se dejara lavar los pies.

Después de la Resurrección del Redentor, la humildad de Pedro aumentaba de día en día. Todas las mañanas, el canto del gallo le hacía derramar abundantísima lágrimas al recordarles sus culpas. Cuando sonó para él la hora del martirio, se juzgó indigno de morir como su Jefe divino, y pidió que le crucificaran cabeza abajo, como al más vil de todos los pecadores. ¡Qué grande fue la humildad del Príncipe de los Apóstoles y cómo confunde nuestro orgullo y vanas pretensiones! 
Dice la Imitación de Cristo: "Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse a sí y reputarse nada" (L. 1, cap. 2). "Los grandes santos cerca de Dios son pequeños cerca de sí, y cuanto más glorioso, tanto en sí más humildes" (L. 2, cap. 10).

¡Oh Jesús mío!, No permitas que olvide cuán grande es mi ignorancia en todo lo que se refiere a la salvación; mi impotencia para obrar el bien, mis miserias, mis pecados, los castigos que yo debiera padecer si tu misericordia divina no me hubiese preservado de ellos. Concédeme la gracia de desconfiar de mí mismo y de recurrir sin cesar a ti, convencido íntimamente de mi espiritual indigencia.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1724ss.

Prácticas para la santa cuaresma

Sor Benigna Consolata Ferrero 01 01b

Sor Benigna Consolata Ferrero - Apóstol de la Divina Misericordia

Estamos entrando en Cuaresma, por eso es bueno renovar el desafío que Jesús dio a Sor Benigna Consolata para que trasmitiera a las almas en este período que se abre.

"Si este desafío", dice Jesús, "se practica con amor y con verdadero deseo de agradarme y de consolarme, haré a las almas conseguir un no pequeño progreso en la intimidad con mi Sagrado Corazón". 
"Deseo que, durante la Cuaresma, me hagan especialmente compañía en mi Pasión, meditando con más frecuencia sobre mis sufrimientos, el precio de la redención del hombre. Y sobre todo, imitando a la Verónica, enjugando mi Rostro por amor".


Cómo es el desafío 
El desafío consistirá más bien en prácticas interiores, porque ha de ser principalmente el corazón el que trabaje. 
Pero se agregarán también prácticas exteriores, sobre todo las de caridad, dulzura y humildad, las cuales son aquellas que más unen los corazones.


1 - Meditar sobre la pasión de Jesús 
"Es mi deseo que los corazones se dejen penetrar del pensamiento tan saludable de mi Pasión, como una tela empapada de aceite, que se vierte sobre ella sin hacer ruido; pero que, sin embargo, ésta se queda llena de él. 
Pero esto sin obligación, sino como un convite del Amor. 
Me agradaría que aunque no fuera más que una vez al día, la meditación fuera sobre mi Pasión. 
El pensamiento de mi Pasión ha de ser como un ramo de flores que siempre lleven sobre el corazón".


2 - Acompañar a Jesús durante el día con pensamientos 
"Yo desearía que cada alma me hiciese una especial compañía durante el día, acostumbrándose a acompañarme con el pensamiento. 
Para esto, será preciso al final de cada meditación, escoger dos o tres pensamientos, sobre los cuales volverá a menudo para mantenerse más fácilmente unida a Mí".


3 - Imitar algo de Jesús 
"Y como el amor no queda satisfecho de contemplar, sino que también quiere imitar, por esto cada alma se propondrá para la Cuaresma, una práctica que observará con particular fidelidad, para tratar de volver a copiarme más fielmente en sí. 
Por ejemplo, se pondrá en silencio".


4 - Realizar el Vía Crucis y rezar el Rosario de las Santas Llagas 
"Los viernes de Cuaresma, hacer el Vía Crucis, o rezar el Rosario de mis Santas Llagas".


5 - Hacer todas las acciones lo mejor que se puedan 
"Para enjugar mi Rostro, como la Verónica, harán todas sus acciones lo mejor que puedan, no solamente con la disposición interior, sino también con la práctica exterior. 
La pureza de corazón será la blancura del lienzo; y la fidelidad y el amor en la ejecución, serán la suavidad".


6 - Caridad con el prójimo 
"Me quitarán las espinas, cuidando de evitar al prójimo, con una exquisita caridad, todas las espinitas de las dificultades y de las incomodidades, tomándolas para sí, lo más que puedan. 
Quien quiera amarme más tiernamente, se hará un deber de curar las heridas que el prójimo haya recibido en cualquier encuentro, con alguna buena palabra llena del bálsamo de la caridad".


7 - Practicar la humildad 
"En cuanto a la práctica de la humildad, imitarán a la Verónica en su valor, pasando entre los soldados para llegar hasta Mí. 
El alma más humilde será aquella sobre la cual Yo imprimiré antes y mejor mi divino Rostro".

Fuente: forosdelavirgen.org

Miércoles de Ceniza

Cenizas 03 03

Rito de la imposición de las cenizas

Hoy, hermanos míos muy amados, dice San Bernardo, hoy comenzamos el santo tiempo de Cuaresma, este tiempo de combates, y de victorias para los Cristianos; pero victorias que se han de conseguir con las armas del ayuno y de la penitencia. ¿Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor no debemos comenzar esta carrera?

Se puede decir con verdad que el ayuno de la Cuaresma es tan antiguo como el Evangelio, pues el Hijo de Dios no comenzó a predicar su Evangelio sino después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches. El Salvador, dice San Jerónimo, santificó con su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los cristianos, y su ejemplo fue la primera institución de la Cuaresma; pero no hizo entonces un mandamiento expreso; cuando quiso que se estableciera fue probablemente desde su Resurrección hasta su Ascensión, cuando enseñó a sus Apóstoles el modo con que debían formar su Iglesia y las observancias religiosas que habían de tener. 
El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de los días de ayuno; y el tiempo inmediato antes de Pascua les pareció el más propio para servir de preparación para esta gran festividad. En efecto, dice San Agustín, no se podía escoger en todo el año tiempo más a propósito para el ayuno de la Cuaresma que aquel que viene a parar en la Pasión de Jesucristo.

Como las seis semanas de la Cuaresma sólo incluyen treinta y seis días de ayuno, la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, ha añadido los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena al Miércoles de Ceniza. Todos saben que esta santa ceremonia de poner la ceniza sobre la cabeza es la que ha dado el nombre a este primer día del ayuno de la Cuaresma. La ceniza, no sólo en la nueva Ley, sino también en la antigua, era símbolo de la penitencia y señal sensible de aflicción y de dolor. 
Reginon tomó de los antiguos Concilios el modo con que se ponían en penitencia los grandes pecadores y la ceremonia del día de ceniza: Todos los penitentes, dice, se presentaban a la puerta de la Iglesia vestidos de un saco, los pies descalzos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El Obispo, o el Penitenciario, les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados; después, habiendo rezado los siete Salmos Penitenciales, les imponían las manos, les rociaban con agua bendita, y les cubrían la cabeza de ceniza.

Esta era la ceremonia del día de ceniza, o de los primeros días del ayuno de la Cuaresma, para los pecadores públicos, cuyas faltas enormes habían hecho ruido y causado escándalo. Pero como todos los hombres son pecadores, dice San Agustín, todos deben ser penitentes; y esto es lo que movió a los Fieles, aún a aquellos mismos que eran más inocentes, a dar en este día esta señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre la cabeza. Ningún fiel estuvo exento de esta ceremonia. Los Príncipes y los súbditos, los Sacerdotes, y aún los Obispos, dieron al público desde los primeros tiempos este ejemplo de penitencia. 
Y lo que al principio había sido particular y propio de los penitentes públicos, vino después a ser común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión en que deben estar, según la moral de Jesucristo, de que no hay persona, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (II)

San Pablo 04 11

San Pablo predicando en Atenas

Espíritu de San Pablo: fe en los merecimientos de Cristo. 
Un profundo conocimiento de su nada y una estima extraordinaria de los merecimientos de Jesucristo: He ahí a qué puede reducirse el espíritu de San pablo: «No podemos tener un solo pensamiento bueno por nosotros mismos, pero nuestro poder tiene en Dios su fuente.»

San Pablo ve en sí dos hombres: cuenta sus éxtasis, las gracias que ha recibido, lo que por Cristo ha sufrido. «En cuanto a mí, prosigue, en nada me he de gloriar más que en mis debilidades». Exterior desmedrado, ojos enfermos, humillaciones, tentaciones... «en todo esto me he de gloriar, ya que cuando soy débil, entonces precisamente soy fuerte, y mora de esta manera en mí la fuerza de Cristo».

Nada glorifica tanto a Cristo como la confianza que en sus méritos tengamos a pesar de nuestras debilidades. Cuando nos apoyamos en Él, en el dolor, obramos grandes cosas en el reino sobrenatural. Así un San Pablo hizo tanto por la gloria de Dios en la cárcel, como pudo hacerlo en sus misiones. 
El pensamiento de lo ricos que somos en Jesucristo debe darnos una santa audacia para acercarnos al Padre.

Cuando está nuestra alma henchida de este espíritu de San Pablo, no nos desanima en lo más mínimo la vista de nuestras miserias, ya que nos apoyamos en Cristo, y en Él tan sólo. Un alma que dice: «Son demasiado grandes mis miserias...» es un alma que no ha llegado aún a comprender la grandeza de las riquezas que en Cristo poseemos, es un alma que no ha llegado a comprender lo que Pablo escribió un día: «Dios ha amado al mundo hasta el punto de entregarle a su Hijo.».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 324

La Presentación del Señor

 

Presentacion de Jesus en el Templo 03 10

La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana. 
Al dramatizar el recuerdo de este encuentro de Cristo con Simeón, la Iglesia nos pide que profesemos públicamente nuestra fe en la Luz del mundo, luz de revelación para todo pueblo y persona.

En la bellísima introducción a la bendición de las candelas y a la procesión, el celebrante recuerda cómo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu, vinieron al templo y reconocieron a Cristo como su Señor. Y concluye con la siguiente invitación: "Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria". 
Se alude claramente al encuentro sacramental, al que la procesión sirve de preludio. Respondemos a la invitación: "Vayamos en paz al encuentro del Señor"; y sabemos que este encuentro tendrá lugar en la Eucaristía y en la Palabra. Entramos en contacto con Cristo a través de la liturgia; por ella tenemos también acceso a su gracia. San Ambrosio escribe de este encuentro sacramental en una página insuperable: "Te me has revelado cara a cara, oh Cristo. Te encuentro en tus sacramentos".

El nombre "presentación" tiene un contenido muy rico. Habla de ofrecimiento, sacrificio. Recuerda la auto-oblación inicial de Cristo, palabra encarnada, cuando entró en el mundo: "Heme aquí que vengo a hacer tu voluntad". Apunta a la vida de sacrificio y a la perfección final de esa auto-oblación en la colina del Calvario.

Dicho esto; tenemos que pasar a considerar el papel de María en estos acontecimientos salvíficos. Después de todo, ella es la que presenta a Jesús en el templo; o, más correctamente, ella y su esposo José, pues se menciona a ambos padres. Y preguntamos: ¿Se trataba exclusivamente de cumplir el ritual prescrito, una formalidad practicada por muchos otros matrimonios? ¿O encerraba una significación mucho más profunda que todo esto? Los padres de la Iglesia y la tradición cristiana responden en sentido afirmativo. 
Para María, la presentación y ofrenda de su hijo en el templo no era un simple gesto ritual. Ella no alcanza a ver todas las consecuencias de su fiat en la anunciación, pero fue un acto de ofrecimiento verdadero y consciente. Significaba que ella ofrecía a su Hijo para la obra de la redención con la que él estaba comprometido desde un principio. Ella renunciaba a sus derechos maternales y a toda pretensión sobre él; y lo ofrecía a la voluntad del Padre. San Bernardo ha expresado muy bien esto: "Ofrece a tu hijo, santa Virgen, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece, para reconciliación de todos nosotros la santa Víctima que es agradable a Dios”.

La fiesta de hoy no se limita a permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en el año 638, expresó esto con elocuencia: "Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios".

Fuente: cfr. aciprensa.com

No olvides la Gran Promesa de los primeros viernes

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Sagrado Corazón de Jesús y Santa Margarita

Ahora que has decidido asegurar, a toda costa, la salvación eterna de tu alma, con la práctica de las nueve Comuniones en nueve primeros viernes de mes consecutivos, el demonio lleno de furor y rabia, al ver que llegarás tú un día a ser eternamente feliz, te espera en acecho con una infinidad de dificultades, para impedir la realización de tus propósitos. 
Te presentará la dificultad de la confesión y comunión por el horario de la Misa o tu trabajo. Todo está en que tú, bien convencido del gran beneficio que estás persiguiendo, sepas imponerte algún sacrificio. 
Otra dificultad que suele ocurrir es la de hallar sin demora un confesor para reconciliarte con Dios. Pero fácilmente podrás solucionar avisando con anticipación al sacerdote, o para mayor seguridad, confesándote el día anterior. 
También el clima podrá poner dificultades. Pues bien, tendrás entonces oportunidad para demostrar que estás realmente animado de espíritu de fe, si dijeres: vale la pena un sacrificio para ganarme el Cielo. Jesucristo, para salvar mi alma, ha muerto por mí en la Cruz y yo ¿no sabré aguantar un poco de agua, frío o de calor, por amor suyo, procurando así mi eterna felicidad?

El demonio puede hacernos una mala jugada haciéndonos olvidar un viernes, pero habrá que tener paciencia y volver a empezar, así habrá mayor mérito delante de Dios. En cuanto al peligro de olvidarse, cosa que tan fácilmente puede ocurrir, será muy oportuno entenderse entre tres o cuatro personas, para recordarse recíprocamente el empeño tomado.

¿No es verdad ¡oh cristiano que lees estas líneas!, que te propones practicar esta gran devoción? Pero no basta que atiendas solamente a tu interés; es preciso que procures comunicarla a los demás, y verás qué gracias tan abundantes atraerás sobre tu alma. 
Los hombres se distinguen entre sí, unos por su fortuna, otros por su nobleza, otros por su ciencia; pero tú, que lees esto, procura distinguirte, de hoy en adelante, por tu celo en propagar la práctica de los nueve primeros viernes de mes. La riqueza, el talento, la ciencia y la nobleza, todo desaparecerá algún día; pero, si eres Apóstol de esta santa práctica, tu nombre será escrito en el divino Corazón con letras indelebles, para nunca jamás ser borrado de él. 
Algún fruto producirá, y felices vosotros, si hay almas que Dios las salve con vuestra ayuda. 
Así pues, oh cristiano a quien me dirijo, de cualquier estado o condición que seas, yo te invito a que no desoigas este deseo del sagrado Corazón de Jesús.

Fuente: del libro La Gran Promesa

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (III)

Bandera argentina 04 05

Belgrano, creación de la Bandera

Así nació nuestra Patria Argentina. Así nació nuestra Bandera. Esos hombres de Fe, ardientes patriotas y grandes devotos de la Virgen, fueron los que fundaron esta Nación. Y eso es una realidad que nadie puede negar y que nosotros, por Dios y por la Patria, no tenemos derecho a olvidar y no tenemos derecho a traicionar.

Hoy vivimos en nuestra Patria una lucha que quiere destruir todos estos valores y olvidar todo este pasado. Vivimos una revolución que de alguna manera es más peligrosa que la situación que vivió nuestra Patria hace algunos años atrás, cuando las guerrillas armadas querían apoderarse del poder para imponemos la bandera roja. Es más peligrosa porque mientras los montoneros del ERP lo hacían empuñando las armas, con atentados, con crímenes, esta lucha es una lucha disfrazada y sutil. Lo que estamos viviendo hoy es una revolución cultural que quiere hacer un hombre nuevo, pero hacerlo desarraigándolo de su pasado, de sus valores, de su Fe, de nuestra historia.

Es lo que se procura desde tantos medios de difusión en este tiempo. Personajes que tienen lugares importantes en la televisión o en la radio. Publicaciones periódicas como Humor, como El Periodista y como otra serie de revistas que hasta me daría vergüenza nombrarlas delante del Señor porque sería peor que decir malas palabras aquí desde el ambón. Personajes que tienen lugares importantes en la formación de nuestra juventud, en la cultura, o que quieren manipular desde posiciones de importancia el Congreso Pedagógico para dar una educación a nuestros jóvenes desarraigada de todos los valores tradicionales de la Patria y de la Fe.

Se quiere crear un hombre nuevo sin raíces. Es lo mismo que pasa en todas aquellas cosas que tienden a destruir la familia a través de ese aluvión de inmundicia y de pornografía que tenemos. A través de la Ley de Divorcio que destruye la solidez que debería fundar a la familia. Junto con la Ley de Divorcio se ha aprobado la liberación de los anticonceptivos, y hay quienes ya están pensando en una nueva ley qué sirva para aprobar el aborto, lo que afecta a la familia, hasta en sus mismas raíces. Mañana es también el Día del Padre. ¿Qué podemos pensar de aquél que no tiene respeto por sus padres? De aquél que se avergüenza de su apellido. De aquellas familias que quieren fundarse no sobre la roca sólida de un amor definitivo y de una palabra que vale para siempre, sino sobre la arena movediza de las pasiones humanas.

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

San Vicente, diácono y mártir

 

San Vicente Martir 01 01

San Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano (284-305). Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo. A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol-, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. 
Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo. 
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. 
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento. 
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (II)

 

Bandera argentina 03 04

Bendición de la bandera de Belgrano por el canónigo Juan Ignacio Gorriti

Nuestra Bandera y la Virgen Inmaculada 
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo ser de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir éste símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe cristiana. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria- que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética, ¿no es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. 
Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de la Bandera y así nos lo enseña la historia.

Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la Inmaculada -la cual pendía del cuello de una cinta-, y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste, los colores de la Inmaculada, a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias.

Esta cinta la usaron los voluntarios que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra los invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos Húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano la usaba porque él era Congregante Mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas. 
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen. No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. 
Y de esto tenemos testimonios bien expresos. José Lino Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano, y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la Bandera de la Patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján».

Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto». 
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama a las tropas, que la iza en Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Santísimo Nombre de Jesús II

 

Monograma IHS 01 01

San Pablo nos pone ante los ojos un cuadro grandioso de la gloria que todas las cosas tributan al nombre bendito de Jesús: “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, encumbrado a la gloria de Dios Padre” (Filp. 2, 10-11). Las tres Iglesias, triunfante, militante y purgante, se postran en adoración; el mundo entero calla y se detiene un momento en su carrera para escuchar ese santísimo nombre, en que se hallan cifradas la gloria de Dios y la Salvación de la Humanidad. Ciertamente “ni la lengua puede decir, ni la escritura expresar” los preciosos tesoros que encierra el nombre de Jesús. “No hay canto más suave, ni sonido más agradable, ni pensamiento más dulce que Jesús, Hijo de Dios” (Breviario Romano). “Es tu nombre aceite derramado”, dice la Sagrada Escritura (Cant. 1, 2); y San Bernardo comenta: “El aceite, efectivamente, ilumina, nutre y unge...”

Considera ahora estos mismos efectos en el nombre del Esposo: predicado, ilumina; meditado, nutre; invocado, unge y suaviza... Todo alimento espiritual me parece desabrido, si no me lo rocían con este aceite; insípido, si no me lo condimentan con esta sal. Si escribes, a nada me sabe si allí no veo a Jesús. Si hablas o disputas, no hallo gusto si allí no mencionas a Jesús. “Jesús es miel a la boca, melodía al oído, júbilo al corazón. Y además es medicina.” (Breviario Romano). Bendigamos e invoquemos con amor este dulcísimo nombre, en el cual está colocada toda nuestra esperanza y salvación, nuestra vida y nuestra gloria. Sólo quien ama puede penetrar en las misteriosas dulzuras encerradas en él; sólo quien ama es capaz de alabarlo eficazmente, no sólo con palabras, sino con obras, dándole testimonio con toda su vida: “Que nuestra voz te cante, oh Jesús, que nuestras costumbres te exalten y nuestros corazones te amen ahora y por toda la eternidad” (Breviario Romano).

“¡Oh nombre de Jesús, ensalzado sobre todo otro nombre! ¡Oh nombre de triunfo! ¡Oh gozo de los ángeles! ¡Oh terror del infierno! En ti se halla toda esperanza de perdón, de gracia y de gloria. ¡Oh nombre dulcísimo! Tú concedes el perdón a los culpables, reformas las costumbres, llenas de divinas dulzuras a los que temen, alejas de nosotros todo feo fantasma. ¡Oh nombre gloriosísimo! En ti se manifiestan los misterios de la vida eterna, las almas se inflaman en amor divino, se endurecen en las batallas y son liberadas de todos los peligros. ¡Oh nombre deseable, nombre deleitable, nombre admirable, venerable nombre! Tú, con tus gracias y dones, levantas continuamente el pensamiento de los fieles a las alturas celestes, de tal manera que todos los que participan y penetran en la piedad de tu inefable grandeza, consiguen, por tu virtud, la salvación la gloria” (San Bernardino de Sena).

Concédeme, Señor, por la santidad de tu nombre, que yo, miserable criatura, sea capaz de amarte y alabarte con todo el corazón. Quiero que cada una de mis acciones comience y termine en tu nombre; que todos mis afectos, deseos, empresas, alegrías y dolores lleven su sello; pero, sobre todo, yo te pido que te dignes imprimir tu nombre en mi corazón y en mi mente para que siempre te ame y piense siempre en ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina