Imitar la vida de Cristo (VI)

 

Beato Artemides Zatti 01  01

Beato Artémides Zatti con un paciente

Extractos del libro La imitación de Cristo.

La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea, se hace fructuoso, pues más mira Dios al corazón que a la obra misma. 
Mucho hace el que mucho ama, y mucho hace el que en todo hace bien, y bien hace el que atiende más al bien común que a su voluntad propia. 
Muchas veces parece caridad lo que es amor propio; porque la inclinación de la naturaleza, la propia voluntad, la esperanza de la recompensa, el gusto de la comodidad, pocas veces nos abandonan.

El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque no ama ningún placer particular (1), ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiere todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quién tuviese una centella de verdadera Caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XV, ed. Lumen. 
(1) La traducción de la que nos servimos vierte: porque ama algún placer particular, pero hemos corregido la frase según el texto latino que dice “quia nullum privatum gaudium amat”:porque no ama ningún placer personal.

Imitar la vida de Cristo (V)

 

Otono 01  01b

Caída de las hojas en Otoño - Stefan Ivanov

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las acciones ajenas. En juzgar a otro se ocupa uno en vano, yerra muchas veces, y peca fácilmente; mas juzgándose y examinándose a sí mismo, se emplea siempre con fruto. Muchas veces sentimos de las cosas según nuestro juicio, y fácilmente perdemos el verdadero juicio de ellas por el amor propio. Si fuese Dios siempre el fin puramente de nuestro deseo, no nos turbaría tan presto la contradicción de la sensualidad.

Muchos buscan secretamente su propia comodidad en las obras que hacen, y no lo entienden. También les parece estar en paz cuando se hacen las cosas a su voluntad y gusto; mas si de otra manera suceden, presto se alteran y entristecen. Por la diversidad de los pareceres muchas veces se levantan discordias entre los amigos y convecinos, entre los religiosos y devotos. 
La costumbre antigua con dificultad se quita, y ninguno deja de buena gana su propio parecer. Si en tu razón e industria estribas más que en la virtud de la sujeción de Jesucristo, rara vez y tarde serás iluminado; porque quiere Dios que nos sujetemos a Él perfectamente, y que trascendamos toda razón inflamados de Su Amor.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XIV, ed. Lumen.

Dificultad de aceptar bien el sufrimiento

 

Virgen de los Dolores 09  16

Si en el gozo abuso con demasiada facilidad, también es de lamentar cómo me desaliento o me irrito en la pena. Basta, con frecuencia, la más pequeña contrariedad para abatirme; una ligera amargura me pone triste y agriado, y si me sobreviene alguna cruz un poco más pesada quedo aplanado: soy como una planta delicada que teme los golpes del viento y de la lluvia, del calor y del frío. El hábito del placer ha creado en mi alma un temperamento blando, incapaz de soportar el menor trabajo, y de esta manera las operaciones purificadoras de Dios, en vez de producir en mí frutos de verdadero progreso, sólo sirven, por culpa mía, para aumentar mi mal.

En otras ocasiones me sublevo, me pongo agrio y me irrito en el dolor. Y si alguna vez lo soporto, es de mala gana y murmurando, y no reflexiono que obrando así rechazo a Dios y su amor. 
¡Terrible costumbre de verlo todo por los sentidos, de apreciarlo todo por la medida de mi satisfacción! ¡Llego hasta a desconocer el amor de Dios!... a despreciarlo y aun a insultarlo, porque la murmuración es un insulto al amor. ¡Cuántos esfuerzos de este amor he hecho estériles hasta ahora!... ¡Cuántas veces he rechazado a Dios en el momento en que su amor venía a mí bajo su ropaje más austero, sí, pero no el menos misericordioso!... ¡Dios mío, si yo os hubiera comprendido!... ¿Os comprenderé mejor en adelante?...

Fuente: José Tissot, La vida interior

Imitar la vida de Cristo (II)

 

San Luis Gonzaga 03  05

San Luis Gonzaga

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿más qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiese cuánto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzga según mis obras?

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuando podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

San Ramon Nonato 01  01

San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Necesidad de la mortificación

 

San Francisco de Asis 13  59

San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (II)

La estancia del Espíritu Santo en nuestras almas se puede definir con mucha razón como un modo de ser enteramente dinámico. Se trata de un germen que pide crecimiento y que necesita para ello de nuestra colaboración. Por eso pide la Iglesia atención a ese misterio, interesada en que demos auge durante el año a la gracia renovada en nuestras almas en los días de Pentecostés.

 

El Espíritu divino lucha con el espíritu propio, es puesto en aprieto por la propia voluntad. Agradecido a tu Bienhechor, resuélvete a morir a ti mismo, para que viva en ti el Espíritu de Cristo. Se trata de una balanza muy delicada. A medida que baja un platillo, sube el otro. Despójate del espíritu propio, no te busques a ti mismo; no te cuides de tu propia satisfacción, de tus gustos, y entonces dominará en ti el Espíritu de Cristo, que te empujará a buscar la honra del Padre, el bien de las almas, aun a cambio de incomodidades y sacrificios personales.

Olvidémonos de nosotros mismos, atentos a que en el fondo de nuestro ser vive Cristo. Ésta es la gran realidad de Pentecostés. «El Espíritu es el que da vida; pero la carne de nada aprovecha. ¡Aleluya!»

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Del hombre interior

Cristo fue también en el mundo despreciado de los hombres, y entre grandes afrentas desamparado de amigos y conocidos, y en la mayor necesidad. Cristo quiso padecer y ser despreciado, ¿y tú osas quejarte de cosa alguna? Cristo tuvo adversarios y murmuradores, ¿y tú quieres tener a todos por amigos y bienhechores? ¿Cómo se coronará tu paciencia, si ninguna adversidad se te ofrece? Si no quieres sufrir algo, ¿cómo serás amigo de Cristo? Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.

 

Si una vez entrases perfectamente en lo interior de Jesucristo, y gustases un poco de su encendido amor, entonces no tendrías cuidado de tu provecho o daño propio, antes te holgarías más de las injurias que te hiciesen; porque el amor de Jesús hace al hombre despreciarse a sí mismo. El amador de Jesús y de la verdad, y el hombre verdaderamente interior y libre de afectos desordenados, se puede volver fácilmente a Dios y elevarse sobre sí mismo en espíritu, y gozarse en él con suavidad.

 

Aquél que aprecia todas las cosas como son, no como se dicen o estiman, es verdaderamente sabio, y enseñado más por Dios que por los hombres. El que sabe vivir interiormente y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares, ni espera tiempos para darse a ejercicios devotos. El hombre interior presto se recoge; porque nunca se derrama del todo a las cosas exteriores, no le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación tomada en tiempo necesario; sino que como suceden las cosas, se conforma a ellas. El que está interiormente bien dispuesto y ordenado, no cuida de lo que perversamente obran los mundanos. Tanto se estorba uno y se distrae, cuanto atrae a sí las cosas del mundo.

 

Si fueres recto y puro de pasiones, todo te sucederá bien y con provecho. Por eso te descontentan muchas cosas a cada paso, y te turban, porque aún no estás muerto a ti perfectamente, ni apartado del todo de lo terreno. No hay cosa que tanto mancille y embarace al corazón del hombre, como el amor desordenado a las criaturas. Si desprecias las consolaciones exteriores, podrás contemplar las cosas celestiales y muchas veces gozarte interiormente.

Fuente: Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 2.

Santa Catalina, esposa de Cristo y fiel hija de la Iglesia (III)

Este año podemos reflexionar en uno de los aspectos en que se destaca esta santa: su profunda humildad. Así como los cimientos deben ser tanto más profundos cuanto más grande será el edificio, así vemos que llegó a una gran altura de santidad por cuanto más cavó en su propio conocimiento y el de la grandeza de Dios.

Impresiona ver esta mujer llena de bríos, que por una parte no teme dirigirse a los Papas y príncipes con noble altivez, y por otra se muestra profundamente convencida de su nada frente a Dios y sus representantes. Catalina se considera a sí misma sólo desde el prisma de Dios. Es el espejo de la Trinidad donde el hombre mejor se conoce. “Para mirarme en él lo tengo con la mano del amor”, escribe la santa. ¡Catalina se mira en la Trinidad como en un espejo que sostiene con la mano del amor! Aprendamos de ella y dejemos de mirarnos en el del amor propio o el de la opinión de los demás.

 

Señala la Santa que la creación es un gesto que se continúa a lo largo de los siglos. Dios no nos creó y luego nos dejó abandonados. El amor que nos tiene es semejante al que nos tiene Cristo, quien al morir terminó con su pena pero no con el deseo de nuestra salvación, que mantiene para siempre en el cielo. En una de sus revelaciones, Dios le dijo a Catalina: “Si el afecto de mi caridad hubiera terminado y cesado para vosotros, entonces no existiríais. Pero mi amor os creó y mi amor os conserva.”

 

Lo único propio nuestro es la nada. En cierta ocasión, dialogando con el Señor, Catalina le preguntó: “¿Quién soy, Señor, quién soy? Y tú, Señor, ¿quién eres?” Se hizo un silencio profundo en la habitación. La respuesta llegó lenta y solemne: “Hija mía, tú eres la que no eres y yo soy el que soy.”

En el Diálogo, el Señor es más explícito, si cabe: “Éste es el camino para llegar al perfecto conocimiento y a gustar de mí, vida eterna; que jamás te salgas del conocimiento de ti, y, una vez hundida en el valle de la humildad, me conozcas a mí en ti.”

 

Esta es la primera razón de la humildad, sobre la que Catalina edificaría su vida espiritual y sus designios apostólicos: la condición de creatura. Pero hay un segundo motivo, y es nuestra condición de pecadores, el envilecimiento en que hemos venido a parar por nuestros pecados. El pecado es una especie de retorno a la nada primordial, una recaída en el no-ser, según dirá en una de sus cartas: “La criatura se convierte en lo que ama. Si amo el pecado, que es nada, he aquí que me convierto en nada.” Dice en otra de sus cartas: “Yo quiero que veas tu no-ser, tu negligencia y tu ignorancia; pero no quiero que lo veas con tiniebla de confusión, sino con la luz de la infinita bondad de Dios, que debes encontrar en ti mismo. El demonio no quiere más que esto, que tú llegaras sólo al conocimiento de tus miserias, sin más condimento. Pero el conocimiento propio ha de ir siempre sazonado con la esperanza en la misericordia de Dios.”

Fuente: Cfr. P. Alfredo Sáenz, “El Pendón y la aureola”.

El estado de mi alma (III)

5. En la vida espiritual. - Pero al menos en el terreno espiritual, ¿son más rectos mis caminos? Ahí, sin duda, busco un poco más el interés de Dios, pero ¡cuántas veces es suplantado por las miras del interés personal! Mis ejercicios de piedad me parecen buenos cuando me causan satisfacción. Tengo por buena una ocupación a que me he dedicado si me ha producido mucha satisfacción, pero si no he experimentado gusto, la encuentro deplorable. ¿Cuál es la regla de estos juicios? Mi satisfacción personal.

Voy de muy buena gana en procura de consuelos a la comunión, a la meditación, a la oración. Todo esto está bien si con esos consuelos busco el medio de animarme y de fortificarme para cumplir mi deber: ¡el alma tiene tanta necesidad de gozo para estar alerta en el servicio de Dios!... Pero la razón de mis preferencias por tal o cual ejercicio no es, frecuentemente, sino el placer que en él encuentro, del cual disfruto y en el cual me detengo. Es a mí a quien veo, a mí a quien amo, a mí a quien busco en todo esto. Y ¿cuál es la razón de mi fidelidad más exacta a tal ejercicio, o de mis constantes infidelidades a tales otros? Mi consuelo. Cuando encuentro este consuelo que voy buscando, y con el cual me contento, me jacto del éxito de estos ejercicios, los creo perfectos y a mí con ellos, y mientras esto marcha bien, persevero gustosamente en ellos. Pero ¡llega la sequedad!... todo está perdido, todo está vacío, los ejercicios no valen ya nada, y yo menos todavía que ellos, los abandono y me desaliento. ¡He aquí cómo juzgo hasta de los mismos ejercicios de piedad!... Están muy llenos de mí mismo y harto vacíos de Dios.

En las demás obras sobrenaturales, de sacrificio y de caridad, por ejemplo, ¡cuánto lugar ocupan las preocupaciones de la estimación de las gentes, los anhelos de la alabanza, las esperanzas del agradecimiento, los deseos de éxito, etc.! ¡Cuánta necesidad siento de complacerme en lo que hago!... ¿No estoy, por lo regular, triste y desalentado cuando no cosecho todo esto? ¿No mido con demasiada frecuencia el valor de mi trabajo por la suma de goces que me acarrea? ¿No me aficiono a él en la proporción de los consuelos que tengo? ¿No me apego a él según la satisfacción que me brindan? Juicios, afectos y acciones están, aquí también, regulados por mi amor propio.

 

6. ¡Si quisiera sondearme! - Vida natural, vida espiritual, casi todo se halla en mí inspirado, regulado, dirigido, dominado por mi satisfacción. ¡Qué terrible examen de conciencia si quisiera entrar en los detalles de mis pensamientos, de mis afectos y de mis acciones!... ¡Cómo vería en todo, por todas partes y siempre, el maldito instinto de mi satisfacción egoísta suplantar más o menos la gloria de Dios!... ¡En todo!... ¡Ay, jamás llegaré a saber cuán gran desorden hay en mi vida!... En todas partes yo el primero... Dios, relegado sin cesar al segundo lugar o apartado por completo: en lo que hago, en lo que me acontece, en lo que busco o en lo que evito, soy yo mismo a quien veo en primer término; amo o detesto por mi interés... ¿Me sirve esto para la gloria de Dios? He aquí la primera pregunta que debería estar acostumbrado a hacerme, en presencia de todas las cosas, y que tan rara vez me hago... ¿Me sirve esto para mi utilidad o para mi placer? Esto es lo que miro siempre en primer lugar, cuando sólo debería mirarlo en segundo y únicamente como consecuencia o como medio de la glorificación divina... ¿Había comprendido jamás lo que era la perfección?

 

Fuente: R. P. José Tissot, La vida interior