Beata Chiara Badano

 

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Beata Chiara Badano

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este llamamiento que lanzó el Papa Juan Pablo II en agosto de 1989, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y María Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, María Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

Chiara es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». 
Participa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. A los doce años, escribe a la fundadora de los focolares: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios…”. Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. 
La joven posee una hermosa voz, ama la música, la danza y el deporte. No le gusta hablar de ella. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad.

Hacia finales del verano de 1988, Chiara está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos, pero siempre conserva su maravillosa sonrisa y su atención por los demás. Repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!»... A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera… no hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús». 
Se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!».

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Santo Toribio, el apóstol de Sudamérica

 

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Milagro de Santo Toribio de Mogrovejo

Celebramos en este día la festividad de Santo Toribio de Mogrovejo, insigne Patrono del Episcopado Latinoamericano. 
La vida de santo Toribio es una vida apasionante, llena de aventuras. Era un padre para todos, especialmente para los indios y negros, a quienes acogía con cariño y les ayudaba en todas sus dificultades. Su celo por la salvación de las almas lo llevó a los lugares más remotos de su extensa arquidiócesis, que abarcaba desde Nicaragua hasta Chile y Argentina. 
A continuación, una de sus tantísimas anécdotas misionales: uno de sus servidores, Gaspar Lorenzo, declaró que, saliendo el dicho siervo de Dios de la provincia de Chinchaicocha para la de Huánuco, con ánimo y disposición de entrar tierra dentro a los indios de guerra, sobre los que se hablaba vivamente, sin que el siervo de Dios atendiese a los imposibles que le proponían de malos caminos que era preciso pasar a pie, por montañas aspérrimas, ríos profundos y caudalosos, y recibimiento que le habían de hacer con dardos y flechas herboladas y atosigadas con veneno, este declarante [Gaspar Lorenzo], temeroso de la muerte que veía a los ojos, se despidió y apartó de la compañía y servicio del dicho siervo de Dios, y se retiró a su casa, donde después oyó decir cómo dicho arzobispo don Toribio, atropellando y posponiendo dificultades e imposibles, entró la montaña adentro, donde estuvo muchos días, procurando reducir aquella gente indómita y feroz, que por las faldas de los montes en emboscadas y en riberas de los ríos aparecían ejércitos de indios armados, y en saliendo el dicho siervo de Dios a la campaña con su cruz por delante, luego que le vieron, sin disparar flecha alguna ni formar acometimientos, temerosos y fugitivos desaparecían.

Y que las personas que iban sirviendo y acompañando al dicho siervo de Dios, viéndole en aquellos riesgos, postrados de rodillas, le suplicaban y pedían se retirase, porque, de no hacerlo así, habían de morir todos en aquella montaña a manos de aquellos bárbaros. Y habiéndolos oído el siervo de Dios, encendido su rostro con el fuego del amor de Dios y llevado de la caridad evangélica, proseguía en su demanda diciendo que “no podía haber guerra donde estaba la paz de Dios”. Y prosiguiendo con su determinación, se daba prisa hasta que, alcanzando algunos indios de los emboscados en la ribera, los regaló [=los trató amablemente] y echándoles su bendición los despachó a que llamasen a los demás. Y pospuesto el temor y aficionados a los rayos de luz que vieron salir de su rostro, vinieron muchos de ellos, a los cuales dispuso y catequizó, para que recibiesen el sacramento del bautismo, en lo cual se ocupó mucho tiempo. 
Y, dejándolos reducidos, salió de aquella montaña y prosiguió su visita por otras provincias, hasta que llegó al valle de Nazca, donde este declarante volvió a servir al dicho siervo de Dios. Y este testigo oyó a los demás compañeros lo referido y lo mucho que había obrado el siervo de Dios, haciendo muchos milagros y prodigios en la montaña y fuera de ella.

Narra el padre Alonso de Arenas que el santo arzobispo, yendo en compañía de unos criados suyos por un camino derrumbado entre Moyobamba y Chachapoyas, como en un paraje que está muy abajo del dicho camino estaban unos indios; imposibilitado de poderlos visitar y confirmar en aquel mismo sitio, se vistió el dicho siervo de Dios de pontifical y mandó que con unas sogas lo descolgasen, como de hecho lo hicieron por el dicho derrumbadero, con mucho trabajo y peligro de la vida. 
Y, habiendo llegado donde estaban los dichos indios, los confirmó; y, acabado de hacer el dicho ministerio, lo volvieron a subir arriba, retirándolo con las dichas sogas, en que mostró el ardiente celo que tenía de la salud de las almas.

Fuente: cfr. P. Ángel Peña, OAR, Santo Toribio de Mogrovejo, apóstol de los indios

Beato Pier Giorgio Frassati

 

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Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

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Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Imitar la vida de Cristo (VI)

 

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Beato Artémides Zatti con un paciente

Extractos del libro La imitación de Cristo.

La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea, se hace fructuoso, pues más mira Dios al corazón que a la obra misma. 
Mucho hace el que mucho ama, y mucho hace el que en todo hace bien, y bien hace el que atiende más al bien común que a su voluntad propia. 
Muchas veces parece caridad lo que es amor propio; porque la inclinación de la naturaleza, la propia voluntad, la esperanza de la recompensa, el gusto de la comodidad, pocas veces nos abandonan.

El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque no ama ningún placer particular (1), ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiere todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quién tuviese una centella de verdadera Caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XV, ed. Lumen. 
(1) La traducción de la que nos servimos vierte: porque ama algún placer particular, pero hemos corregido la frase según el texto latino que dice “quia nullum privatum gaudium amat”:porque no ama ningún placer personal.

Imitar la vida de Cristo (II)

 

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San Luis Gonzaga

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿más qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiese cuánto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzga según mis obras?

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuando podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

La multiplicación del Pan Eucarístico

 

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¡Qué gran milagro hizo Jesús al multiplicar cinco panes y dos peces, hasta satisfacer el hambre de cinco mil hombres y llenar doce cestos con las sobras de aquella comida! Pero ¿no es mil veces más grande el divino milagro Eucarístico? Ahora multiplica el Salvador, no un pan material para alimentar nuestros cuerpos, sino el Pan vivo, bajado del cielo para alimentar nuestras almas y que no es sino su sacratísima Persona adorada por las celestiales jerarquías. Se multiplica inmolándose cada día sobre millares de altares, aún más: permaneciendo en millones de hostias consagradas por las palabras del sacerdote. Y allí está prisionero bajo las más humildes apariencias para servirnos de alimento. ¡Prodigio incomprensible!

Allí, dice el Doctor Angélico, su cuerpo glorioso y su sangre adorable unidos a su alma y a su divinidad, nos preparan el banquete más augusto y sustancial que jamás pudo haber sido. Quien de él participe, asegura el mismo Jesús, no morirá espiritualmente, y tendrá sobre la tierra la vida de la gracia, y en el cielo la vida de la gloria (Jn 6, 52). «Cuando tú me recibes,decía el Señor a San Agustín, no eres tú quien me transformas y hace vivir por ti, sino yo soy quien te transformo y hago vivir por mí». Luego Jesús nos comunica su propia vida; su espíritu pasa a nosotros y nos dirige en nuestros caminos; su imaginación cura la nuestra enferma de disipación y le enseña el recogimiento; su divina voluntad ennoblece nuestros sentimientos, purifica nuestros afectos y eleva nuestros deseos por encima de lo creado, nos hace capaces de huir de toda infidelidad y nos ejercita en la práctica de todas las virtudes. Así, nos convertimos por la gracia, dice Ruperto, en lo que el Señor es por naturaleza, haciéndonos por tanto santos y agradables a los ojos de Dios. ¡Qué maravillosos los efectos del alimento Eucarístico y cuánto más grande este misterio que el milagro de la multiplicación de los panes! ¿No será quizá la prueba más decisiva que Jesús nos ha dado de su infinita caridad?

¡Oh divino Maestro!, concédeme que por ti ame a mi prójimo como tú me amaste, es decir, con fuerza y ternura, con constancia, con abnegación, multiplicándome en cierto modo para acudir en su ayuda, como tú, por mi salvación, has querido multiplicar tus tabernáculos. Haz que comprenda cuánto más admirable es en sí y en sus efectos el milagro de la Eucaristía, que el milagro de la multiplicación de los panes. Concédeme la gracia de apreciar como la más estupenda de todas las maravillas este divino don de la Eucaristía y que en ella encuentre siempre, al comulgar, el valor de consagrarme, a tu ejemplo, al servicio de Dios y de mi prójimo.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 255s

Importancia del fin de la vida humana

 

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San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Santo Domingo de Guzmán

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La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.

Con frecuencia pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.

Con frecuencia exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.

Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles.»

Fuente: De varios escritos de la Historia de la Orden de los Predicadores, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

María nos enseña a prestar servicios de caridad

Apenas la Virgen recibe aviso de que su prima ha sido bendecida por el cielo, se pone en camino hacia las montañas de Judea, en dirección a la ciudad de residencia del sacerdote Zacarías. Ni le espantan las dificultades del viaje; ni le asusta su tierna edad; ni le detiene el pensamiento de que también Ella presenta títulos, y aún mayores que los de su prima, para ser congratulada. Para el mundo es una joven cualquiera, y a sus propios ojos no es más que la «esclava del Señor», y como tal debe cumplir sus oficios de caridad para con la anciana Isabel. María lo hace de buen grado y sin sentirse por ello humillada.

 

Aprendamos de aquí a olvidarnos de nosotros mismos y a cumplir con presteza y fervor nuestros deberes sociales. Mientras no nos sea dado huir a la soledad del desierto, nos resultará imposible eludir obligaciones a veces harto penosas para con el prójimo. La caridad fraterna y hasta simplemente la buena crianza nos ligan muchas veces con ataduras sobradamente molestas. Sobrenaturalicemos todas estas insignificantes acciones. Es incalculable el caudal de méritos que podemos acumular con ello. Cuando creemos perder el tiempo aguantando, por ejemplo, la insípida conversación de una pobre viejecita que busca en nosotros consuelo, estamos quizá escribiendo una de las mejores páginas del Libro de la vida. ¿Quién sabe, además, si el Altísimo ha vinculado la salvación de un alma a un acto de caridad para con ella? No perdamos, pues, ocasión alguna de hacer el bien, ya que ignoramos lo que el Espíritu Santo quiere obrar por nosotros. Y así como al final de aquella jornada de caridad por las montañas de Judea esperaba a María una hora de júbilo, la hora del alumbramiento del Magnificat, así puede suceder que siga a un insignificante deber de cortesía sobrenaturalizado, un placer y gozo espiritual que nunca hubiéramos imaginado.

 

Ponderemos asimismo que, como nota el Evangelio, María caminaba apresuradamente, enseñándonos con ello, dice San Ambrosio, que no era el deseo de ostentación, sino el deber de caridad, lo que la constreñía a mostrarse en público; así que andaba como sobre ascuas hasta poderse encerrar otra vez en el retiro de su casa. ¡Qué ejemplos tan instructivos para las almas consagradas a Dios y también para todo bautizado! No dejemos de leer en ellos y de apropiarnos la doctrina que encierran.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado