Crucificar con Cristo nuestra carne

 

Jesus en la Cruz 03  05

¡Oh Jesús! Haz que, al contemplarte clavado en cruz, mi amor se encienda en ansias de crucificar contigo mi carne.

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió el dominio del espíritu sobre los sentidos y sobre la carne, de lo cual proceden todas las malas inclinaciones que le empujan hacia abajo. San Pablo lo confiesa humildemente: «Yo sé que no habita en mí, quiero decir en mi carne, cosa buena..., porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro» (Rom. 7, 18-19). 
Sin embargo, es cierto que Dios nos da la gracia para triunfar de nuestras malas tendencias, con tal que nosotros realicemos también nuestro esfuerzo, que debe consistir precisamente en la mortificación voluntaria: «Los que son de Cristo Jesús crucificaron la carne con las pasiones y las concupiscencias» (Gál. 5, 24).

La mortificación corporal no tiene por objeto imponer al cuerpo molestias y privaciones por el gusto de hacerlo sufrir, sino para, regular y dominar cualquier tendencia suya que se oponga a la vida de la gracia. Nos amonesta el Apóstol: «Si vivís según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rom. 8, 13). Se trata de frenar nuestro impulso para prevenir caídas, de podar ramas inútiles o dañosas para evitar desviaciones, de dirigir hacia el bien fuerzas que, dejadas a sí mismas, pueden conducir al pecado. 
En este sentido la mortificación, sin ser nunca un fin en sí misma ni el principal elemento de la vida cristiana, ocupa en ella un puesto fundamental y es un medio estrictamente indispensable, en cuanto que sin ella no es posible la vida del espíritu. Nadie puede eludir esta ley sin verse cerrado el camino de la salvación, de la santidad. Ni el mismo San Pablo, que tanto había hecho y sufrido por Cristo, se creía dispensado de ella, y así decía: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado» (1 Cor. 9, 27).

¡Ayúdame, oh Señor, a librarme de la esclavitud del cuerpo! Enséñame a dominar sus injustas exigencias y a mortificar sus pretensiones. No permitas que esta envoltura de carne de que me has revestido para que pueda servirte en la tierra, me obstaculice y me impida la donación generosa y total de mí mismo a ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina