Imitar la vida de Cristo (VIII)

 

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Fátima - 3er. Secreto - Penitencia

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. No quieras hacer elección ni te apropies de cosa alguna, y siempre ganarás; porque negándote de verdad y sin volverte a ti, se te dará mayor gracia. 
-Señor, ¿cuántas veces me negaré, y en qué cosas me negaré? 
-Siempre y en cada hora, así en lo pequeño como en lo grande. Ninguna cosa exceptúo, pues en todo te quiero hallar desnudo; porque de otro modo ¿cómo podrás tú ser mío y Yo tuyo, si no te despojas de toda voluntad propia interior y exteriormente? Cuanto más presto hicieres esto, tanto mejor te irá; y cuanto más pura y cumplidamente, tanto más me agradarás, y mucho más ganarás. 
Algunos se renuncian, pero con alguna excepción, porque no confían del todo en Dios, y por eso trabajan en mirar por sí. También algunos al principio lo ofrecen todo, pero después, combatidos por la tentación, se vuelven a las cosas propias, y por eso no aprovechan en la virtud. Estos nunca llegarán a la verdadera libertad del corazón puro, ni a la gracia de mi suave familiaridad si antes no se renuncian del todo, haciendo cada día sacrificio de sí mismos, sin el cual no están ni estarán en la unión con que se goza de Mí.

Muchas veces te dije, y ahora te lo vuelvo a decir: déjate a ti, renúnciate, y gozarás de una gran paz interior. Dalo todo por el Todo, no busques nada, nada vuelvas a pedir, está pura y confiadamente en Mí y me poseerás, estarás libre en el corazón y no te hollarán las tinieblas. Esfuérzate en esto, y esto desea, que puedas despojarte de todo propio amor y desnudo seguir al desnudo Jesús, morir a ti mismo, y vivir a Mí eternamente. Entonces huirán todas las malas ilusiones, las penosas inquietudes y los superfluos cuidados. También se ausentará entonces el demasiado temor y morirá el amor desordenado.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. XXXVII, ed. Lumen.

Santa Gianna Beretta Molla

 

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Santa Gianna Beretta Molla

Hoy celebramos la memoria de S. Gianna Beretta Molla, cirujana y pediatra que entregó libremente su vida por salvar a su hija, al optar por no someterse a un tratamiento de cáncer que hubiera matado a la criatura. 
Nació en Magenta (provincia de Milán) el 4 de octubre de 1922, en una familia católica, con 13 hermanos. Durante los años de Liceo y de Universidad, en los que se dedica con diligencia a los estudios, realiza un generoso apostolado en la Acción católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Habiendo recibido el título en Medicina y Cirugía en 1949, abre en 1950 un ambulatorio de consulta. En 1952 se especializa en Pediatría. 
En la práctica de la medicina, presta una atención particular a las madres, a los niños, a los ancianos y a los pobres. Su trabajo profesional, que considera como una misión (decía: “Como el sacerdote toca a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en los cuerpos de nuestros pacientes”), no le impide dedicarse más y más a la Acción católica, intensificando su apostolado entre las jovencitas. Se dedica también a sus deportes favoritos, el esquí y el alpinismo, encontrando en ellos una ocasión para recrearse ante el encanto de la creación. También le gusta tocar el piano y escuchar conciertos.

Se interroga sobre su porvenir, reza y pide oraciones para conocer la voluntad de Dios. Ve que Dios la llama al matrimonio y, llena de entusiasmo, se entrega a esta vocación, con voluntad firme y decidida de formar una familia verdaderamente cristiana. Conoce al ingeniero Pietro Molla, y el 24 de septiembre de 1955 contraen matrimonio. 
En noviembre de 1956, Gianna da a luz a su primer hijo, Pierluigi. En 1957 a Mariolina, y en 1959 a Laura. Gianna armoniza con simplicidad y equilibrio sus deberes de madre, de esposa y de médico. 
En septiembre de 1961, al cumplirse el segundo mes de embarazo de su cuarto hijo, tiene grandes dolores. Le diagnostican un cáncer en el útero. Es necesario operarla. Antes de ser intervenida, suplica al cirujano que salve, a toda costa, la vida que lleva en su seno, y se confía a la oración y a la Providencia. Se salva la vida de la criatura. Ella da gracias a Dios y pasa los siete meses antes del parto con incomparable fuerza de ánimo, y con plena dedicación a sus deberes de madre y médico; orando y aceptando lo que el Señor quisiera de ella. Se estremece al pensar que la criatura pueda nacer enferma, y pide al Señor que no suceda tal cosa.

Antes del parto, confiando siempre en la Providencia, está dispuesta a dar su vida para salvar a la criatura: “Si hay que decidir entre mi vida y la del niño, no dudéis; elegid la suya. Salvadlo. Lo exijo.” La mañana del 21 de abril de 1962 da a luz a Gianna Emanuela. Decía: “¡Si supieras qué diferente se juzgan las cosas a la hora de la muerte!... Qué vanas parecen ciertas cosas a las que dábamos tanta importancia en el mundo”. 
Pasó una semana de indecibles dolores y murió santamente el 28 de ese mes de abril, repitiendo la jaculatoria “Jesús, te amo; Jesús, te amo”. Tenía 39 años. 
Se le había recomendado el aborto. Al negarse, murió al desarrollarse una peritonitis séptica muy dolorosa. Como médico, sabía muy bien la realidad, pero prefirió morir por salvar a su hija. 
S. Juan Pablo II la beatificó el 24 de abril de 1994, dentro del año internacional de la familia. El milagro que dio paso a su canonización fue el concedido a Elisabete Arcolino Comparini. Con tres meses de embarazo, perdió todo el líquido amniótico. Ella y su esposo le pidieron a la B. Gianna y la niña nació bien en mayo de 2000; la llamaron Gianna María. El nacimiento es científicamente inexplicable. La canonizó S. Juan Pablo II el 16 de mayo de 2004. Es patrona de las mujeres embarazadas y de los movimientos pro-vida.

Fuente: Cfr. “Los días con Dios”, revista del Centro de difusión de la Buena prensa.

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

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Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La Pasión, punto culminante de la vida de Jesús

 

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La Pasión señala el punto culminante de la obra que vino a realizar Cristo en este mundo. Para Él es la hora en la que consuma su sacrificio, aquel sacrificio que había de dar una gloria infinita a su Padre, que había de rescatar a la humanidad, y abrir de nuevo a los hombres las fuentes de la vida eterna.

Por eso Nuestro Señor, que desde el primer momento de su Encarnación se ha entregado por completo al beneplácito de su Padre, desea ardientemente que llegue lo que llama Él «su» hora, la hora por excelencia. Baptismo habeo baptizari, quomodo coarctor usque dum perficiatur!: «Es preciso que sea bautizado en un bautismo -en el de su sangre- y ¡qué ansia siente mi corazón porque se realice!» Se le hace larga a Jesús la hora en la que podrá sumergirse en el sufrimiento y arrostrar la muerte para darnos la vida.

Verdad es que no le es dado adelantar esa hora; Jesús está plenamente sometido a la voluntad del Padre. 
Pero cuando suene, se entregará con el mayor ardor, aun cuando conoce perfectamente todos los sufrimientos a que se ha de ver sometido lo mismo su cuerpo que su alma. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum: «Con vivo deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de que se consume mi Pasión».

Este misterio de la Pasión es inefable; todo es en él grande, hasta los menores detalles, lo mismo por otra parte que todas las cosas de la vida del Hombre-Dios. Aquí, principalmente, nos hallamos en las puertas de un santuario en el que no nos es dado entrar más que con una fe viva y una reverencia profunda. 
Christus pro nobis passus est. Venite adoremus. «Cristo ha padecido por nosotros; venid, adorémosle.»

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

En la resurrección nos veremos

 

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Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

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¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

La resurrección está próxima (II)

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Concilio de Trento

No estamos, pues, hoy, llamados ni a una operación de prospección ni a una operación de salvamento
No estamos llamados a una operación de prospección dirigida a naturalizar y a racionalizar a la Iglesia en función del mundo de mañana. Tampoco estamos llamados a una operación de salvamento como si tuviéramos que salvar a la Iglesia, cuando es Ella la que nos salva y la que nos salvará. 
El secreto de la vida del cristianismo no está en una prospección natural ni tampoco en una supervivencia, como pudieron sobrevivir, por ejemplo, durante cierto tiempo, la religión druídica o la filosofía marxista. El secreto vital del cristianismo está para cada hombre y para cada generación, en cada momento de la historia, en un nuevo nacimiento, en una resurrección. 
No es por supervivencia ni por prospección; es por resurrección como el alma muerta por el pecado renace a la vida de la gracia. Y, paralelamente, no es por prospección ni por supervivencia, sino por resurrección como una Iglesia abierta al mundo y aparentemente abocada a la muerte renace en el esplendor original de su institución divina.

Estamos llamados a consentir y a participar en una operación de resurrección. Y el cristianismo, como Cristo, no resucita a medias, en un compromiso de partición negociado con la muerte o con el mundo. Estamos llamados a una operación de resurrección integral. Por la fe, por la fidelidad que confía plenamente en Cristo resucitado, maestro de la historia por su Cruz y que ejerce su señorío por la resurrección.

Diréis que, a pesar de esto, el mal es profundo. Os contesto que es todavía más profundo de lo que os imaginéis. Porque aun la más inquieta razón humana no consigue medir la profundidad del misterio de iniquidad. Lo que estamos oyendo resonar en el mundo de hoy es el ruido de los martillos que golpean los clavos, los tres clavos de la crucifixión. Y además vemos las tinieblas que invaden la tierra. Y además he aquí que los príncipes de los sacerdotes y los soldados han tomado la precaución suplementaria de sellar la losa y han puesto una guardia. Estos signos no engañan: de una manera o de otra, la resurrección está próxima.

Fuente: Jean Madiran, Introducción al sentido de la historia

Creer en el amor que Dios nos tiene

 

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El hijo pródigo

Un expositor claro y profundo del Evangelio trae esta meditación, que puede iluminar toda una vida: 
“Mientras no tomemos en serio el dogma de que Dios es amor (I Jn. 4, 16), es decir, mientras no lo creamos del todo, no podremos decir que vivimos la fe. Si uno invita a su mesa como padre, y alguien va a ella como a un hotel en que debe pagar con dinero y no con amor, no puede decir que acepta la invitación. «Yo os lo digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín» (Lc. 14, 24). Bien vemos que no se trata de cosas dejadas a nuestra elección, como tal o cual práctica devota: se trata de la recta fe, sin la cual, dice San Pablo, «es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11, 6).

Porque si yo creía que un señor es un comerciante, o un verdugo, y resulta que es mi padre, no puedo decir que creía en él. Y en vano querré entonces suplir con otros obsequios la falta de la verdadera fe, pues que, como lo define el Concilio Tridentino, «la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios»
¿Cómo podría, en efecto, agradar una doncella a un poderoso príncipe que lleno de amor pide su mano, si ella le contesta que no puede corresponder a su amor, pero, en cambio, le ofrece algún dinero?”

Jesús, quien es el retrato perfecto del Padre (Hebr. 1, 3), nos hace comprender fácilmente esta actitud “maternal” de Dios que por su exceso de bondad resulta increíble para el criterio humano cuando nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera ciertamente” (Jn. 6, 37). 
Más aún, las que consideramos como miserias, sean las que fueren, lejos de ser un obstáculo, son un título, el gran título para reclamar la benevolencia del que vino como Salvador y no se cansó de insistir en que no buscaba justos sino pecadores, no sanos sino enfermos (Lc. 5, 30-32).

Y puesto que Dios es amor (I Jn. 4, 8 y 16), es evidente que su mensaje a los hombres, enviado por medio del propio Hijo, víctima de amor, no puede ser sino un mensaje de amor. Por donde se ve que no entenderá nunca ese mensaje, ni podrá salir de la dura vida purgativa, quien se resista a creer en ese «loco amor» de Dios y se empeñe en hallar en Él a una especie de funcionario de policía. 
No solamente se construyen falsos dioses fabricando ídolos de palo y piedra, sino también, como observa San Agustín, formándose un falso concepto del verdadero Dios. 
Dios ha alzado las banderas de su amor para conquistarnos.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, Nota a Is. 66, 11 y Ct. 2, 4; Jer. 16, 20.

Importancia y necesidad de la salvación (VIII)

3. Negocio arriesgado.- Nuestra salvación es perfectamente posible -en virtud de la voluntad salvífica de Dios-, y hasta fácil y sencilla, si queremos aprovecharnos de los medios eficaces de salvación que la misericor­dia infinita de Dios brinda a todos los hombres en una forma o en otra. Pero esto no es obstáculo para que presente al mismo tiempo riesgos terribles, que provienen conjuntamente de nuestros mortales enemigos -mundo, demonio y carne- y de las veleidades y ca­prichos de nuestro libre albedrío, que tantas veces nos lleva atolondradamente hacia los caminos del mal.

Nos lo jugamos todo a una sola carta, a cara o cruz. No hay tér­mino medio entre salvarse o condenarse, entre ir al cielo o al infierno para toda la eternidad. Nadie muere más que una sola vez, y en esa única ocasión se decidirá su suerte eterna. El que acierte, acertó para siempre. El que se equivoque, jamás podrá rectificar su yerro. En el viaje que todos estamos realizando hacia la eternidad se nos ha dado a todos billete de ida, pero a nadie se le ha dado el de vuelta: donde el tren nos deje, allí quedaremos para siempre. Dentro de unos pocos años -quizá de pocas semanas o días- se habrá decidido nuestra serte de una manera absolutamente irreparable, para toda la eternidad: Si el árbol cae al sur o al norte, allí quedará (Eccl. 11, 3).

 

Sin embargo, aunque los peligros que nos acechan son muchos, no olvidemos nunca que con la gracia de Dios pueden superarse todos. Nos lo asegura el Espíritu Santo por boca de San Pablo al de­cirnos que Dios no permitirá jamás que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (1 Cor. 10, 13); y que si por nosotros mismos somos la misma debilidad y miseria, lo podremos todo en Aquel que nos ayuda y conforta (Filip. 4, 13). No podemos abrigar la menor duda sobre esto. El negocio de la salvación es arriesgado, ciertamente, pero este riesgo y peligro a nadie debe arrojar en brazos de la desesperación, estando como está de nuestra parte el mismo Dios (Rom. 8, 31), si bien nos ha de poner vigilantes y alerta para no dejarnos sorprender por la maldad y astucia de nuestros mortales enemigos. La lucha no se prolongará más allá de esta pobre vida, transitoria y fugaz como «una noche en una mala posada», en frase feliz de Santa Teresa.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O. P., Teología de la salvación

Tengo absoluta necesidad de ser santo

Hoy celebramos la memoria de Santo Domingo Savio, que murió a los 15 años siendo un modelo de inocencia, de pureza, de piedad, de caridad, de celo por la salvación de las almas, ferviente devoto de la Santísima Virgen. Por su preparación y gran deseo de recibir a Jesús Sacramentado, hizo la primera Comunión a los 7 años, y uno de sus propósitos de ese día fue “Prefiero morir antes que pecar”.

Los últimos años de su vida los pasó en el Oratorio de Don Bosco, quien a pedido sus compañeros, les escribe un breve resumen de su vida. En el prólogo les dice Don Bosco: “Aprovechad las enseñanzas de vuestro amigo, y repetid en vuestro corazón lo que San Agustín decía para sí: Si ille, cur non ego? (Si él pudo ¿por qué yo no?)”

Meditemos hoy en este pasaje de ese precioso librito:

 

“Ya hacía seis meses que Domingo se hallaba en el Oratorio, cuando se hizo allí una plática sobre lo fácil que es llegar a ser santo. El predicador detúvose en desarrollar tres pensamientos que causaron profunda impresión en el ánimo de Domingo, a saber: es voluntad de Dios que todos seamos santos; es muy fácil alcanzarlo, y al santo le está preparado un gran premio en el cielo. Aquella plática fue para Domingo como una chispa que le inflamó el corazón. Por algunos días no dijo nada; pero estaba menos alegre de lo que solía, de suerte que hubimos de notarlo sus compañeros y yo. Pensando que esto proviniese de nueva indisposición de su salud, le pregunté si padecía algún malestar.

-Antes al contrario -me dijo.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que siento como un deseo y necesidad de ser santo: jamás creía yo que uno podía llegar a ser santo con tanta facilidad; pero ahora que tengo entendido que uno puede muy bien ser santo estando siempre alegre, quiero absolutamente y tengo absoluta necesidad de ser santo. Dígame, pues, cómo he de conducirme para dar comienzo a tal empresa.

Alabé su propósito, pero lo exhorté a que no se turbara, porque en la turbación del ánimo no se conoce la voz del Señor; antes bien, que se requería, en primer lugar, una constante y moderada alegría; lo exhorté a perseverar en el cumplimiento de sus deberes de piedad y estudio, y que jamás dejase de tomar parte en la recreación con sus compañeros.

 

Díjele un día que quería obsequiarle con algo que fuese de su agrado, mas que era mi voluntad hiciese él mismo la elección.

-El regalo que le pido -me interrumpió prontamente-, es que me ayude a ser santo. Quiero entregarme enteramente al Señor para siempre; siento un vivo deseo de santificarme. Dios quiere que sea santo, y tal he de ser.

 

Un día que se estaban explicando algunas palabras según su etimología:

-Domingo -dijo él-, ¿qué significa?

-Domingo quiere decir “del Señor”.

-Vea usted -añadió luego-, si tengo razón en pedirle que me santifique; hasta el nombre dice que yo soy del Señor; y luego, yo debo y quiero ser santo, y no seré feliz mientras no sea santo.”

Fuente: San Juan Bosco, Domingo Savio.