Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

San Jose 20  57

¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

La oración vocal (II)

Santa Teresa de Jesús, para educar y disponer a las almas al trato íntimo con Dios, quiere que la oración vocal sea siempre orientada a este fin. Dice: «Yo he de poner siempre junta la oración mental con la vocal» Y explica así su pensamiento: «Sabed, hijas, que no está la falta para ser o no ser oración mental en tener cerrada la boca; si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que en las palabras que digo, junto está oración mental y vocal». La Santa no desprecia en manera alguna la exactitud material del rezo, cosa importantísima, especialmente en la plegaria litúrgica, como el Oficio divino; pero afirma claramente que el alma, el espíritu de la oración vocal está en prestar atención a Dios.

 

Cuando se trata de oraciones vocales de cierta extensión, es casi imposible atender al sentido de todas las palabras que se pronuncian, pero no es imposible permanecer durante nuestras oraciones en la presencia de Dios; presencia de Dios que, según la disposición del momento, puede reflejarse en un fuerte deseo de alabarle y de unirse a Él, o en la petición confiada de su ayuda en general o de una gracia en particular; también puede bastar para mantener esta presencia de Dios un pensamiento genérico, provocado por el significado de las fórmulas que se recitan, o una mirada sencilla de amor a Dios, mientras decimos nuestras oraciones. En una palabra, no se trata sólo de rezar, sino de estar con Dios. Por eso insiste la Santa: «Si habéis de estar, como es razón se esté, hablando con tan gran Señor, es bien estéis mirando con quién habláis, y quién sois vos… Porque ¿cómo podéis llamar al rey Alteza, ni saber las ceremonias que se hacen para hablar a un grande, si no entendéis bien qué estado tiene y qué estado tenéis vos?». Y concluye: «Esto es oración mental, hijas mías, entender estas verdades». No se trata, ciertamente, de una oración mental tan intensa como la que se hace en el tiempo dedicado exclusivamente a ella, sin preocupaciones de rezos vocales; sin embargo, es verdadera oración mental, en cuanto que la mente y el corazón están orientados hacia Dios y buscan el contacto íntimo con Él aun a través del rezo material.

 

Practicada de este modo, la oración vocal tiene un gran valor,  porque se hace de la manera  más conveniente y digna de Dios y va acostumbrando al alma a la oración mental y al trato íntimo con Él.

“Sí, hermanas mías, llegaos a pensar y entender con quién vais a hablar o con quién estáis hablando. En mil vidas de las nuestras no acabaremos de entender cómo merece ser tratado este Señor, que los ángeles tiemblan delante de Él… Sí, que no hemos de ir a hablar a un príncipe con el descuido que a un labrador, o como con una pobre como nosotras, que como quiera que nos hablaren va bien… No estéis hablando con Dios y pensando en otras cosas, que esto es no entender qué cosa es oración mental” (Cfr. Santa Teresa, Camino de perfección 22, 7,3 y 8).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La oración (II)

A pesar de ser la oración una cosa tan sencilla, no siempre es fácil orar y sobre todo orar como se debe. Es un arte que se aprende estudiando las diversas formas y los diversos métodos de oración, y especialmente con la aplicación diligente y asidua a la oración misma. La esencia de la oración consiste siempre en el movimiento interior y en la elevación del corazón y de la mente hacia Dios; pero sus formas son muy diversas: existe la oración vocal y la mental, la oración discursiva y la afectiva, la oración privada y la plegaria litúrgica.

 

Podemos emplear una u otra de estas formas de acuerdo, ante todo, con nuestros deberes y obligaciones: así, por ejemplo, todos los cristianos están obligados a ciertas oraciones vocales y litúrgicas, como las preces de la mañana y de la noche, la asistencia a la santa Misa los días de fiesta, etc... Después podremos elegir libremente la forma de oración que nos piden la devoción del momento o las circunstancias o necesidades en que nos hallamos. Todas las formas son buenas y pueden servir para fomentar nuestro amor a Dios, con tal de que nos pongan en contacto real con Él. Ésta ha de ser nuestra preocupación principal: llegar al contacto con Dios, porque en esto consiste la verdadera esencia de la oración, y si esto faltare, para nada servirían las formas externas. El mismo Señor nos diría: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí» (Mt. 15, 8).

 

Sin embargo, un alma que aspira a la intimidad divina, se orientará espontáneamente hacia una forma de oración del todo interior, que le facilitará grandemente el contacto íntimo y la unión silenciosa y profunda con Dios; todas sus formas de oración irán tomando este carácter especial de interioridad. De este modo, lo mismo a través de la oración vocal y litúrgica que de la mental, el alma irá disponiéndose y penetrando en ese trato cada vez más íntimo con Dios, hasta que Dios mismo, mediante la experiencia amorosa y la luz contemplativa, la introduzca en una oración más profunda que la sumerja en Él.

 

“Anhela mi alma y ardientemente desea los atrios del Señor. Salta de júbilo mi corazón y mi carne por el Dios vivo. Halla una casa el pájaro, y la golondrina un nido donde poner sus polluelos, cerca de tus altares, ¡oh Señor, rey mío y Dios mío! ¡Bienaventurados los que moran en tu casa, y continuamente te alaban!” (Sal. 83, 3-5).

También yo quiero entonar desde la mañana hasta la noche en el templo de mi corazón himnos de alabanza y de amor en honra tuya, ¡oh Dios altísimo, que te dignas habitar dentro de mí! Aunque mi lengua calle o, por el contrario, hable y converse, aunque mi cuerpo y mi mente estén ocupados en el trabajo, mi corazón está siempre libre para amarte y para tender hacia ti en todo momento y en toda acción. Por eso te pido, ¡oh Señor!, esta grande gracia: que yo te busque siempre en lo más profundo de mi espíritu y que viva siempre unido a ti con el afecto de mí corazón.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Nuestra Preparación (II)

Describiendo Santa Teresa el ambiente espiritual en que ordinariamente florece la contemplación, coloca en primer plano el ejercicio intenso de las virtudes, en particular el desasimiento total y la humildad profunda. Pero Santa Teresa no pide un ejercicio cualquiera, más o menos perfecto; exige una generosidad absoluta y a veces el heroísmo de las virtudes. La razón es bien clara: la contemplación es un don generoso de Dios, por lo tanto exige también generosidad por nuestra parte; las almas poco generosas son precisamente las que nunca llegarán a gustarla. No olvidemos el gran principio inculcado por la Santa: “Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo” (Camino de perfección 23, 12).

 

Favorecida por esta atmósfera de generosidad, el alma ha de vivir en un recogimiento y oración continuos e intensos. Cuanto más recogida viva el alma en Dios y más íntimos y profundos sean su oración y su contacto vital con Él, más dispuesta estará para recibir las mociones divinas. He aquí, pues, en síntesis, cuál debe ser nuestra preparación: por una parte un ejercicio intenso de mortificación, de abnegación y de desasimiento, lo que supone la práctica de las virtudes; y por otra una vida de oración, profunda y continua.

 

Al disponernos para la contemplación, es evidente que no intentamos convertirla en el fin de nuestra vida espiritual. El fin siempre será el amor, pues la santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad. Sin embargo, la contemplación es un medio muy poderoso para hacernos llegar pronto a la plenitud del amor, y es precisamente por lo que la deseamos. Nuestra vida es un continuo caminar hacia Dios, un dirigir y orientar constantemente todas nuestras energías hacia Él. ¡Feliz el alma que se siente atraída poderosamente por el Señor! Su paso será más ágil y rápido. Este es el gran beneficio de la contemplación.

De este modo se comprende que si debemos prepararnos a ella, no es para gozar de sus dulzuras, sino para penetrar de lleno en el camino de la intimidad divina y del amor perfecto, porque nada puede orientarnos tan directa y plenamente hacia Dios y hacia su gloria como esta experiencia amorosa y esta luz contemplativa que constituyen la esencia de la contemplación.

 

Ayúdame, ¡oh Señor!, a hacer propósitos generosos y enséñame a entregarme a ti sin reserva alguna, sin ninguna división. Esto es lo que Tú esperas de mí. Después Tú sabrás completar tu obra en mí.

 

“Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde quisiere. Bien creo que quien de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasidas del todo), que no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea por siempre alabado y bendito. Amén". (Santa Teresa, IV Morada 2. 10).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Nuestra preparación (I)

¡Oh Señor! Hazme generoso y fiel en tu servicio, para que yo no ponga obstáculos a la acción de tu gracia.

 

La fuente de agua viva de que brota la experiencia amorosa de Dios y la luz de la contemplación no es sino la operación del Espíritu Santo, quien obra en las almas mediante la actuación de los dones. Habiendo recibido todos en el bautismo estos dones del Espíritu Santo, que son disposiciones sobrenaturales que nos capacitan para recibir las mociones divinas, es evidente que si Dios nos los ha infundido, ha sido para actuarlos, no para que sean estériles. Por lo tanto, la actuación de los dones no puede considerarse como un hecho extraordinario, sino como algo connatural.

Consecuentemente la experiencia amorosa de Dios y la luz contemplativa que proceden de ellos tampoco pueden tenerse como ajenas al desarrollo pleno de la gracia. En otras palabras, si un alma se abre generosamente a la acción de la gracia y corresponde a ella con plena voluntad, podemos esperar que el Señor no le negará al menos alguna gota de esta agua viva, es decir, alguna forma o grado de conocimiento contemplativo.

 

Santa Teresa lo afirma con insistencia, y dice a este propósito: “No hayáis miedo muráis de sed en este camino: nunca faltará agua de consolación tanto que no se pueda sufrir” (Cfr. Cam, 20. 2). Pero hay que tener presente que este «camino» a que se refiere la Santa es la entrega total, la generosidad que no conoce límites y que nunca dice «esto es demasiado»: una generosidad que no conoce cálculos mezquinos y que persevera en medio de las asperezas del camino, de la sequedad interior y de las dificultades exteriores.

Por eso, si es razonable que un alma que se siente llamada a la intimidad divina aprecie y desee la contemplación, no lo es menos que procure también prepararse para recibirla. Porque si Dios no concede esta gracia a muchas almas, es precisamente por no encontrarlas convenientemente dispuestas. Es necesario, pues, trabajar para que no seamos privados de esta gracia por nuestra culpa; que si hacemos lo que está en nuestra parte para disponernos a ella, no se malograrán nuestros esfuerzos, antes bien, de un modo o de otro, más tarde o más temprano, siempre nos dará el Señor a beber de esta agua.

 

“¡Oh Dios mío! Para estas mercedes tan grandes… la puerta es la oración, cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia, y con gana de recibirlas. Si te ponemos muchos tropiezos y no hacemos nada por quitarlos, ¿cómo has de venir a nosotros? ¡Y queremos nos hagáis grandes mercedes!” (Cfr. Santa Teresa, Vida 8, 9).

 

 “Es cosa donosa que aún nos estamos con mil embarazos e imperfecciones y las virtudes que aún no saben andar, sino que hace poco que comenzaron a nacer, y aun quiera Dios estén comenzadas, ¿y no tenemos vergüenza de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades? Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene: no hay para qué aconsejarle lo que nos debe dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se os olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conformar con la de Dios; y estad muy ciertas que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor, y más adelante está en este camino” (Cfr. Santa Teresa, Moradas II, 7-8).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Dios invita a todos (II)

"Como [Dios] es tan bueno -escribe Santa Teresa de Jesús- no nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le quieren seguir, para que ninguno vaya desconsolado ni muera de sed» (Camino de perfección 20, 2).

Con estas palabras quiere enseñamos la Santa que existen muchas formas y muchos grados de contemplación; y para hacérnoslo comprender, compara la contemplación a una fuente caudalosa de la que «salen arroyos, unos grandes y otros pequeños, y algunas veces, charquitos para niños» (Ib.).

El Señor convida a todos y a todos dará de beber, pero no nos ha dicho en qué arroyo saciará nuestra sed, ni en qué momento de nuestra vida llegará cada uno a beber de esa agua; ni se ha obligado a darnos de beber del arroyo grande, más bien que del pequeño. Ha habido santos, como Teresa de Jesús, que bebieron abundantemente, pero les ha habido también quienes, como Teresa de Lisieux, sólo tuvieron a su disposición pequeños charquitos; y sin embargo, tanto los unos como los otros, alcanzaron igualmente la santidad.

 

Como de un manantial se pueden formar diversos arroyuelos que, no obstante la diferencia de su caudal, llevan la misma clase de agua, así hay también muchas formas de contemplación: unas suaves, otras áridas; unas con gran claridad e inefable dulzura, otras oscuras y hasta penosas, pero todas son igualmente útiles para el alma. Existe ciertamente el más y el menos, pero se trata esencialmente de la misma agua vivificadora que sumerge al alma en Dios, que la hace comprender el todo de Dios y la nada de las criaturas, que abre el camino a la intimidad divina que conduce a la santidad.

Sí, Dios da «cuando quiere, y como quiere, y a quien quiere», pero esto se refiere a la forma y a la medida de la contemplación, así como al tiempo en que será concedida al alma, cosas todas que dependen únicamente de Dios. Sin embargo, Santa Teresa nos asegura que Dios no niega nunca esta agua viva a quien la busca «como se ha de buscar»; por lo tanto interviene también nuestra cooperación, y ésta consiste en disponernos de manera que Dios no nos halle indignos de sus dones.

 

"¡Oh Señor! Hablando con la Samaritana le dijisteis que quien bebiere de esta agua viva no tendrá sed. ¡Y con cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad, que no tendrá sed de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de lo que acá podemos imaginar la sed de las cosas de la otra vida por esta sed natural! Mas ¡con qué sed se desea tener esta sed! Porque entiende el alma su gran valor, y aunque es sed penosísima que fatiga, trae consigo la misma satisfacción con que se mata aquella sed. De manera que es una sed que no ahoga sino a las cosas terrenas, antes da hartura de manera que, cuando Tú la satisfaces, una de las mayores gracias que puedes hacer al alma es dejarla con la misma necesidad, y queda más necesitada de volver siempre a beber esta agua.

Dadnos Tú, Señor, que la prometiste, gracia para buscarla como se ha de buscar, por quien Tú eres.” (Cfr. Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección 19, 2 y 15).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.