¡Tarde te amé!

San Agustin 04 07

San Agustín

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz. 
Cuando yo me adhiriere a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será viva, llena toda de ti. Mas ahora, como al que tú llenas lo elevas, me soy carga a mí mismo, porque no estoy lleno de ti.

Contienden mis alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de alegría, y no sé de qué parte está la victoria. Contienden mis tristezas malas con mis gozos buenos, y no sé de qué parte está la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! ¡Ay de mí! 
He aquí que no oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo miserable. ¿Acaso no es tentación la vida del hombre sobre la tierra? (...)

Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras. Nos mandas que seamos continentes. Y como yo supiese -dice uno- que ninguno puede ser continente si Dios no se lo da, entendí que también esto mismo era parte de la sabiduría, conocer de quién es este don. 
Por la continencia, en efecto, somos juntados y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado, derramándonos en muchas cosas. Porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti. 
¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues! Caridad, Dios mío, enciéndeme. ¿Mandas la continencia? Da lo que mandas y manda lo que quieras.

Fuente: San Agustín, Confesiones, Libro X, c. 27, 28 y 29

Obstáculos para conocer la voluntad de Dios (I)

Jesus y el ciego de nacimiento 03 06

Curación del ciego de nacimiento

Debo ante todo conocer la voluntad de Dios: debo conocerla si quiero seguirla y no andar en tinieblas, y si aspiro a no carecer completamente de prudencia y de discreción. El conocimiento es también aquí la primera condición del bien: debo pedir a Dios que alcance yo pleno conocimiento de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual, a fin de que camine en este mundo manteniendo una conducta digna de Dios, agradándole en todo, produciendo frutos en toda clase de obras buenas y adelantando en la ciencia de Dios. Es necesario que así como los ojos de los siervos están mirando siempre las manos o insinuaciones de sus amos, así como la esclava tiene fijos sus ojos en las manos de su ama, así también nuestros ojos estén clavados en el Señor, Dios nuestro, para consultarle en todas las cosas y conocer su voluntad.

De dos males es preciso guardarse: la ignorancia que no conoce y la ilusión que conoce mal. En primer lugar, la ignorancia culpable que no se cuida de corregirse y reformarse con nuevos sentimientos, sino que, conformándose con el siglo, no se toma el trabajo de averiguar qué es lo bueno, lo más agradable y perfecto que Dios quiere de nosotros. Síguese después esa ignorancia mezcla de distracción y de ligereza, que no se para a reflexionar en nada y deja que su vida sea llevada por la corriente de los sucesos. Viene, en fin, la ignorancia involuntaria, fruto de las tinieblas de nuestra pobre inteligencia, contra la cual es preciso luchar toda la vida, pidiendo, sobre todo, a Dios preste luz a nuestro espíritu e ilumine nuestras tinieblas. 
En una próxima entrega trataremos el tema de la ilusión.

Fuente: José Tissot, La vida interior

Miércoles de Ceniza

Cenizas 03 03

Rito de la imposición de las cenizas

Hoy, hermanos míos muy amados, dice San Bernardo, hoy comenzamos el santo tiempo de Cuaresma, este tiempo de combates, y de victorias para los Cristianos; pero victorias que se han de conseguir con las armas del ayuno y de la penitencia. ¿Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor no debemos comenzar esta carrera?

Se puede decir con verdad que el ayuno de la Cuaresma es tan antiguo como el Evangelio, pues el Hijo de Dios no comenzó a predicar su Evangelio sino después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches. El Salvador, dice San Jerónimo, santificó con su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los cristianos, y su ejemplo fue la primera institución de la Cuaresma; pero no hizo entonces un mandamiento expreso; cuando quiso que se estableciera fue probablemente desde su Resurrección hasta su Ascensión, cuando enseñó a sus Apóstoles el modo con que debían formar su Iglesia y las observancias religiosas que habían de tener. 
El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de los días de ayuno; y el tiempo inmediato antes de Pascua les pareció el más propio para servir de preparación para esta gran festividad. En efecto, dice San Agustín, no se podía escoger en todo el año tiempo más a propósito para el ayuno de la Cuaresma que aquel que viene a parar en la Pasión de Jesucristo.

Como las seis semanas de la Cuaresma sólo incluyen treinta y seis días de ayuno, la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, ha añadido los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena al Miércoles de Ceniza. Todos saben que esta santa ceremonia de poner la ceniza sobre la cabeza es la que ha dado el nombre a este primer día del ayuno de la Cuaresma. La ceniza, no sólo en la nueva Ley, sino también en la antigua, era símbolo de la penitencia y señal sensible de aflicción y de dolor. 
Reginon tomó de los antiguos Concilios el modo con que se ponían en penitencia los grandes pecadores y la ceremonia del día de ceniza: Todos los penitentes, dice, se presentaban a la puerta de la Iglesia vestidos de un saco, los pies descalzos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El Obispo, o el Penitenciario, les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados; después, habiendo rezado los siete Salmos Penitenciales, les imponían las manos, les rociaban con agua bendita, y les cubrían la cabeza de ceniza.

Esta era la ceremonia del día de ceniza, o de los primeros días del ayuno de la Cuaresma, para los pecadores públicos, cuyas faltas enormes habían hecho ruido y causado escándalo. Pero como todos los hombres son pecadores, dice San Agustín, todos deben ser penitentes; y esto es lo que movió a los Fieles, aún a aquellos mismos que eran más inocentes, a dar en este día esta señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre la cabeza. Ningún fiel estuvo exento de esta ceremonia. Los Príncipes y los súbditos, los Sacerdotes, y aún los Obispos, dieron al público desde los primeros tiempos este ejemplo de penitencia. 
Y lo que al principio había sido particular y propio de los penitentes públicos, vino después a ser común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión en que deben estar, según la moral de Jesucristo, de que no hay persona, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Venerable Silvio Dissegna

 

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Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Lecciones de la resurrección del Señor

 

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Santo Tomás nos señala cuatro lecciones que debemos tomar de la resurrección del Señor:

«En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".

En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom 6, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (11-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".

En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.»

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Comentario al Credo