Unidad de Jesucristo y de su Cuerpo Místico

 

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Cristo es nuestro Jefe, y la Iglesia no forma con Él más que un único cuerpo, cuerpo místico, del que Él es la cabeza. 
Tan profunda es esta unión de Cristo con sus miembros que llega hasta la unidad. 
Nosotros, pues, constituímos todos una sola cosa con Cristo, en el pensamiento del Padre Celestial: «Rico es Dios en misericordia, nos dice San Pablo; ya que cuando por nuestros pecados estábamos muertos, nos ha devuelto a la vida con Cristo, nos ha resucitado en Él, ha hecho que nos sentemos a su diestra en los cielos, para con ello mostrar en los siglos venideros las infinitas riquezas de su gracia en Jesucristo»; en una palabra, «nos hace vivir en Cristo: convivificavit nos in Christo», para hacernos coherederos suyos.

El Padre, en sus pensamientos, no nos separa de Cristo; dice Santo Tomás que «Cristo y nosotros hemos sido predestinados con un mismo acto de la sabiduría divina»; todos los discípulos de Cristo que creen en Él y viven de su gracia, constituyen para el Padre un único objeto de complacencias.

El mismo Jesús nos lo dice: «Mi Padre os ama porque me amáis vosotros y porque habéis creído que yo soy su Hijo». 
Por eso Cristo, cuya voluntad tan íntimamente unida estaba a la de su Padre, se ha entregado por su Iglesia que debía formar en Él un solo cuerpo místico «para que fuera ese cuerpo glorioso, sin mancha ni arruga, santo e inmaculado»... ¡Si tuviéramos nosotros fe en estas verdades! ¡Si comprendiéramos lo que para nosotros significa el hecho de haber entrado por el Bautismo en la Iglesia, el hecho de ser por la gracia miembros del cuerpo místico de Cristo! «Felicitémonos, rompamos en himnos de acciones de gracias, exclama San Agustín, somos, no sólo cristianos, sino otros Cristos».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

El Buen Pastor (IV)

 

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«Tengo también otras ovejas... las cuales debo Yo recoger.» Dulce y consoladora promesa, que se ha realizado ya en ti, alma amiga, y continuará realizándose en tantísimos descarriados, mientras duren los siglos, ya que Jesús no deja nunca de ejercer su oficio de Buen Pastor. Ruega por ellos y alégrate por tu suerte. Repleta de ese gozo en el Espíritu Santo, canta con la Iglesia: «Toda la tierra está llena de la misericordia del Señor. ¡Aleluya! Regocijaos, pues, justos en el Señor.»

Esa alegría santa pedirás también como fruto particular de esta meditación. Ruega al Señor con la Iglesia: «Oh, Dios, que con la humillación de tu Hijo elevaste al mundo abatido; concede a tus fieles una perpetua alegría, para que hagas gozar de una felicidad sin fin a los que libraste de los peligros de la muerte eterna.»

Pensamiento para la Comunión 
Conozco a mis ovejas. «El término cognoscere significa algo más que tener conocimiento.Confiar, comprender, amar, vivir por el otro, ser uno con él: todos estos conceptos encierra aquella palabra. Cristo quiere decir: Yo estoy íntimamente unido con los míos, soy uno con ellos. La unidad en la Trinidad es el modelo de esta unión. ¿En dónde, entonces, llega a ser esa unión más íntima y profunda que en el partir el pan de la Eucaristía?». (Parsch, Pius.)

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

San Atanasio de Alejandría

 

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San Atanasio, Obispo de Alejandría, es sin duda uno de los Padres de la Iglesia antigua más importantes y venerados. Pero sobre todo, este gran santo es el apasionado teólogo de la encarnación del «Logos», el Verbo de Dios que, como dice el prólogo del cuarto Evangelio, «se hizo carne, y puso su morada entre nosotros». 
Precisamente por este motivo Atanasio fue también el más importante y tenaz adversario de la herejía arriana, que entonces era una amenaza para la fe en Cristo, reducido a una criatura «intermedia» entre Dios y el hombre, según una tendencia que se repite en la historia y que también hoy constatamos de diferentes maneras.

Nacido probablemente en Alejandría, en Egipto, hacia el año 300, Atanasio recibió una buena educación antes de convertirse en diácono y secretario del obispo de la metrópolis egipcia, Alejandro. 
Cercano colaborador de su obispo, el joven eclesiástico participó con él en el Concilio de Nicea, el primero de carácter ecuménico, convocado por el emperador Constantino en mayo del año 325 para asegurar la unidad de la Iglesia. Los Padres de Nicea pudieron de este modo afrontar varias cuestiones, principalmente el problema originado unos años antes por la predicación del presbítero de Alejandría, Arrio.

Éste, con su teoría, amenazaba la auténtica fe en Cristo, declarando que el «Logos» no era verdadero Dios, sino un Dios creado, un ser «intermedio» entre Dios y el hombre y de este modo el verdadero Dios siempre permanecía inaccesible para nosotros. Los obispos, reunidos en Nicea, respondieron redactando el «Símbolo de la fe», que completado más tarde por el primer Concilio de Constantinopla, ha quedado en la tradición de las diferentes confesiones cristianas y en la liturgia como el «Credo niceno-constantinopolitano». 
La crisis arriana, que parecía haberse solucionado en Nicea, continuó durante décadas con vicisitudes difíciles y divisiones dolorosas en la Iglesia. Y en cinco ocasiones, durante 30 años, entre 336 y 366, Atanasio se vio obligado a abandonar su ciudad, pasando 17 años en exilio y sufriendo por la fe. 
Pero durante sus ausencias forzadas de Alejandría, el obispo tuvo la posibilidad de sostener y difundir en Occidente, primero en Tréveris y después en Roma, la fe de Nicea así como los ideales del monaquismo, abrazados en Egipto por el gran eremita, Antonio, con una opción de vida por la que Atanasio siempre se sintió cercano.

Atanasio es autor de textos meditativos sobre los Salmos, muy difundidos, y sobre todo de una obra que constituye el «best seller» de la antigua literatura cristiana, la «Vida de Antonio», es decir, la biografía de Antonio abad, escrita poco después de la muerte de este santo, precisamente mientras el obispo de Alejandría, en el exilio, vivía con los monjes del desierto egipcio. Atanasio fue amigo del grande eremita hasta el punto de recibir una de las dos pieles de oveja dejadas por Antonio como herencia suya, junto al manto que el mismo obispo de Alejandría le había regalado.

Fuente: cf. Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 20 junio de 2007 (ZENIT)

La agonía de Cristo

 

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Agonía en el Huerto

Todos los padres de la Iglesia y todos los doctores convienen en que los tormentos que el Salvador se dignó padecer por nuestro amor son incomprensibles al espíritu humano y que su pasión es un misterio de humillaciones y de dolores a que no alcanza ninguna inteligencia creada. Sería necesario comprender lo que es este Hijo de Dios, igual en todo a su Padre, y hecho semejante a nosotros por su encarnación, para formar una justa idea de lo que este Dios hombre padeció por redimir a los hombres.

Considera lo que pasó en el primer teatro de la pasión del Salvador [su agonía en el huerto]. Aquel Señor que jamás sintió en su alma otras pasiones que las que él mismo excitaba, quiso entonces entregarse por nuestro amor a las más crueles y más violentas, empezando su pasión por los dolores interiores y por el suplicio del corazón. 
Una tropa de objetos, todos los más tristes y los más terribles, se presentan a su imaginación, y le hacen sentir con anticipación toda su pasión. 
Se representa de la manera más viva la ignominia con que va a ser arrastrado por las calles de Jerusalén como un facineroso, cubierto de salivas, rasgadas sus espaldas con los azotes, y coronado de espinas como un engañador; y por último clavado en una cruz como el oprobio del género humano, y la execración de su pueblo. ¡Qué impresión no haría sobre el espíritu, y el corazón de un hombre Dios una imagen tan espantosa! ¿Y qué impresión hace sobre el mío? ¡Qué tristeza y qué dolor, cuando se representa la negra traición de uno de sus discípulos, la horrible ingratitud de un pueblo colmado de tantos beneficios, y el cobarde abandono de sus apóstoles! Sería menester poder comprender la bondad, la ternura y la sensibilidad del mejor corazón que hubo jamás, para concebir lo que padecería Jesucristo con la representación viva y sensible de este exceso de ingratitud.

En efecto, el exceso de sus penas interiores lo oprime tanto, que no pudiendo disimularlo, lo manifiesta a sus apóstoles: Yo padezco, les dice, estoy triste, y mi tristeza es tan extraordinaria y tan sensible, que es capaz de darme muerte. Los apóstoles lo ven, y en lugar de consolarlo, se duermen. ¡O dulce Jesús mío! ¡Y cómo esta indiferencia es para vos un cruel tormento, y una cruel reprensión para mí! Vuelve el Salvador al lugar de su oración, y aumentando su fervor, aumenta sus penas: nada se le escapa a su espíritu, ni a su corazón: junta en su imaginación todos los tormentos y todas las circunstancias de su pasión: penetra todo su rigor, siente, experimenta toda su amargura, y se apodera de él un pavor tan grande que lo lleva hasta la agonía. ¡O dulce Jesús mío, cuánto os cuesta el amarme con tanto exceso! ¿Y cuándo os amaré yo con menos indiferencia? Pero lo que exaspera su dolor, es el ver, con un conocimiento anticipado, el extraño abuso que harán tantos pecadores de las gracias que va a merecerles con su sangre. Mis pecados, mi insensibilidad y mi ingratitud, son una parte del motivo de su dolor: lo es asimismo la traición de Judas, y lo es el endurecimiento de su propio pueblo.

¡Ah, dulce Jesús mío! ¿Qué trastorno es éste? ¡Vos oprimido de tristeza á vista de lo que habéis de padecer por mis pecados; y yo que he pecado, quiero pasar mis días en la alegría! ¡Vos arrastrado con infamia sin decir palabra; y yo prorrumpo en quejas, y experimento vivos sentimientos de venganza desde el momento que me imagino que no se me hará tanto como deseo!

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano, meditación correspondiente al Martes Santo.

El cántico del Verbo en el seno de la Divinidad y en la creación

 

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La Transfiguracion

Como consecuencia de la Encarnación, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis (Jn. 1, 14). Pero no olvidemos esta verdad que cantamos en los días de Navidad: al tomar la humanidad, el Verbo no se aminoró; quedó como es: Verbo eterno; y por consiguiente es la glorificación infinita de su Padre. Sin embargo, como unió, en la unidad de su Persona divina, a una naturaleza humana, esta santa humanidad entra, por el Verbo, en la participación de la obra de glorificación.

El Verbo Encarnado, Jesucristo, ha dicho: “Yo vivo para glorificar al Padre” (Jn. 6,58); toda mi actividad tiende a procurar la gloria de mi Padre. Esta actividad es de una naturaleza humana, glorifica a Dios de una manera humana; pero como emana de una “persona” divina, como se apoya sobre el Verbo, las alabanzas que tributa, aunque humanas en la expresión, son alabanzas del Verbo, y adquieren por esto un valor infinito.

Cuando Cristo rogaba, cuando recitaba los Salmos, cuando, como lo dice el Evangelio, pasaba la noche en oración, eran acentos humanos de un Dios los que se dejaba oír; de una absoluta simplicidad en la eternidad, el cántico del Verbo se multiplicaba, se detallaba en los labios de la humanidad. Así pues, este mismo cántico que desde toda la eternidad el Verbo hacía resonar en el santuario de la divinidad, se prolongó y fue cantado en la tierra de una manera humana, cuando el Verbo se encarnó. Y en adelante se prolongará sin fin en la creación; siempre la humanidad de Cristo cantará, con un cántico de expresión humana, pero de un precio inconmensurable y por consiguiente digno de Dios, la gloria del Padre.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

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San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.