Vivid la vida del cielo

 

Tesoro en el campo 01  01

Tesoro en el campo

Puesto que hemos resucitado con Cristo, debemos buscar y saborear las cosas que son del cielo. Éramos hijos de los hombres y somos ahora hijos de Dios; no seamos, pues, insensatos amando la vanidad y buscando la mentira, porque muchos buscamos la mentira, ¿sabéis cómo? Buscando la felicidad donde no se puede encontrar. No hay quien no quiera ser feliz. Si alguien te viese cavar buscando el oro en un sitio donde no pudiera encontrarse, lo lógico es que te dijera: Cava en otra parte, que es donde está. Eso es lo que yo te digo: Buscas la felicidad, pues mira a Cristo, que ha venido a nuestra miseria, a tener hambre y sed y padecer mil tormentos; pero mírale y observa cómo al tercer día ha resucitado, porque terminó su trabajo y murió la muerte.

Eso es lo que debes buscar si quieres ser feliz, porque en esta vida no podrás serlo nunca del todo, pero en aquella región te espera lo que buscas. Por tanto, mientras languidecemos en esta carne corruptible, muramos con Cristo cambiando nuestras costumbres, y vivamos con Cristo en el amor de la justicia, esperando recibir la gloria de aquel que ha muerto por nosotros.

Fuente: San Agustín. Extraído de La Palabra de Cristo, colección Verbum Vitae, B.A.C.

En la resurrección nos veremos

 

Sargento Cisneros 01  01

Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

La resurrección está próxima (II)

Concilio de Trento 01  01

Concilio de Trento

No estamos, pues, hoy, llamados ni a una operación de prospección ni a una operación de salvamento
No estamos llamados a una operación de prospección dirigida a naturalizar y a racionalizar a la Iglesia en función del mundo de mañana. Tampoco estamos llamados a una operación de salvamento como si tuviéramos que salvar a la Iglesia, cuando es Ella la que nos salva y la que nos salvará. 
El secreto de la vida del cristianismo no está en una prospección natural ni tampoco en una supervivencia, como pudieron sobrevivir, por ejemplo, durante cierto tiempo, la religión druídica o la filosofía marxista. El secreto vital del cristianismo está para cada hombre y para cada generación, en cada momento de la historia, en un nuevo nacimiento, en una resurrección. 
No es por supervivencia ni por prospección; es por resurrección como el alma muerta por el pecado renace a la vida de la gracia. Y, paralelamente, no es por prospección ni por supervivencia, sino por resurrección como una Iglesia abierta al mundo y aparentemente abocada a la muerte renace en el esplendor original de su institución divina.

Estamos llamados a consentir y a participar en una operación de resurrección. Y el cristianismo, como Cristo, no resucita a medias, en un compromiso de partición negociado con la muerte o con el mundo. Estamos llamados a una operación de resurrección integral. Por la fe, por la fidelidad que confía plenamente en Cristo resucitado, maestro de la historia por su Cruz y que ejerce su señorío por la resurrección.

Diréis que, a pesar de esto, el mal es profundo. Os contesto que es todavía más profundo de lo que os imaginéis. Porque aun la más inquieta razón humana no consigue medir la profundidad del misterio de iniquidad. Lo que estamos oyendo resonar en el mundo de hoy es el ruido de los martillos que golpean los clavos, los tres clavos de la crucifixión. Y además vemos las tinieblas que invaden la tierra. Y además he aquí que los príncipes de los sacerdotes y los soldados han tomado la precaución suplementaria de sellar la losa y han puesto una guardia. Estos signos no engañan: de una manera o de otra, la resurrección está próxima.

Fuente: Jean Madiran, Introducción al sentido de la historia

13 de junio: Fiesta de San Antonio de Padua

De los sermones del santo:

Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: “Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer.” Así ahora la Misericordia del Señor ha puesto como refugio de Misericordia el Nombre de María hasta para los homicidas voluntarios. Torre Fortísima es el Nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, Nombre que conforta al pecador, Nombre de dichosa esperanza. Señora tu Nombre está en el deseo de mi alma.

 

“El nombre de la Virgen era María”, dice San Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El Nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.”

Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de Tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en Tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.