A la espera del Espíritu Santo (II)

 

Pentecostes 04  10

Según nuestro concepto humano, una persona es un ser: completo, distinto de los demás seres, subsistente, o sea, que existe en sí mismo, inteligente y, en consecuencia, libre, capaz de querer, y por lo tanto, un ser que ama. Todo esto se cumple en el Espíritu Santo de la manera más perfecta: Él, aspiración del Padre y del Hijo, es una Persona, y una Persona divina; es un ser completo, Dios por entero, y no una parte de Dios; sin dejar de ser perfectamente igual a las otras dos Personas divinas es distinto de ellas; es subsistente en sí mismo, un ser que conoce y que ama. Siendo, pues, una Persona divina, podemos tener con el Espíritu Santo relaciones especiales, lo mismo que con el Padre y con el Hijo, como nos invita a hacerla la Iglesia proponiéndonos tantas invocaciones hermosísimas al Espíritu Santo, sobre todo el himno Veni, creator Spiritus, en que se contienen todos los títulos que tiene el divino Paráclito para ser invocado por nosotros con confianza.

El himno comienza dirigiéndose al Espíritu Santo como «Espíritu creador», recordándonos que Él, juntamente con el Padre y el Hijo es un solo Dios, nuestro Creador; a continuación le invoca como nuestro Santificador, que derrama la gracia en nuestras almas: imple superna gratia, quae tu creasti pectora, llena de la divina gracia los corazones que Tú creaste. Pues, aunque todas las obras externas de Dios -como la creación, la santificación de las almas, etc.- sean comunes a las tres Personas divinas, sin embargo, «por una cierta relación y cuasi afinidad que existe entre las obras externas y el carácter propio de cada Persona, tales obras se atribuyen más a una Persona que a las otras» (Enc. Divinum illud). Por eso al Espíritu Santo, que es la aspiración del amor divino, se le atribuye particularmente la obra de la santificación, que es obra de amor: «El Espíritu Santo -enseña el Papa León XIII- da impulso fuerte y suave y como la última mano al trabajo nobilísimo de nuestra predestinación» (ib.). Y precisamente bajo este aspecto particular de Santificador, nos invita la Iglesia a invocar al Espíritu Santo. 
Altissimi donum Dei, fons vivus; ignis, charitas et spiritalis unctio: don de Dios Altísimo, don concedido a nuestras almas para llevarlas a la santidad; fuente viva de la gracia, fuego, dulzura espiritual. Y continúa la Iglesia llamándolo: septitormis munere, digitus paternae dexterae: dispensador de los siete dones por medio de los cuales Él conducirá a perfección nuestra vida espiritual, dedo de la diestra del Padre, que debe señalarnos el camino de la santidad. ¡Con qué impetuoso fervor, con qué amor y deseo debemos, pues, invocar al Espíritu Santo, Espíritu Santificador!

“¡Oh Espíritu Santo! Tú vienes a nosotros con la amorosa actuación de tu gracia..., y vienes como fuente y te difundes en el alma si el alma se sumerge en ti. Y así como cuando confluyen dos ríos, el menor de ellos pierde su nombre y toma el del mayor, del mismo modo sucede cuando el alma se une a ti, ¡oh divino Espíritu, que vienes al alma para hacerla una cosa contigo! 
¡Oh Espíritu Santo! Tú penetras en el alma como el sol, que, de no encontrar obstáculos e impedimentos, ilumina todas las cosas; como una saeta encendida, que no se detiene por el camino, sino que llega hasta las últimas profundidades que encuentra abiertas, y allí descansa. Así Tú, ¡oh Espíritu Santo!, bajas del cielo con las saetas ardientes de tu divino amor y no te detienes en los corazones soberbios y en las inteligencias altaneras, sino que pones tu morada en las almas humildes y despreciables a sus propios ojos” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El episodio de Pentecostés (I)

 

Pentecostes 03  07

En otro tiempo, después del Pentecostés del Sinaí, el Señor estableció su Alianza con Israel y le dio, entre relámpagos y truenos, la Ley de su Alianza, la Ley del rigor, del temor, de la esclavitud. Hoy comienza un nuevo Pentecostés, que llena el corazón de amor, de interioridad, de libertad interior y de santa alegría. El Espíritu Santo desciende envuelto en el fragor de la tempestad. Invade y penetra los corazones de los Apóstoles y Discípulos. Se tornan anchos, libres, desprendidos, sin la debilidad e imperfección de hasta aquí. El Espíritu Santo los modela. Consume el viejo mundo de sus pensamientos, deseos, afectos, sentimientos y motivos y levanta en ellos el reino del espíritu. Les inocula nueva vida. Les da coraje, fortaleza, firmeza de carácter, paciencia inquebrantable y una gran presteza para todo sacrificio, incluso el del martirio, por la causa de Cristo. ¡Una nueva creación!

Nuestro Pentecostés. Para la sagrada liturgia, Pentecostés no es solamente un hecho histórico, pasado. El episodio relatado en la lectura de la Misa continúa siendo una perenne actualidad. También lo vivimos nosotros. También nosotros, en la celebración de la santa Eucaristía, nos encontramos reunidos todos juntos, en comunidad de oración y de sacrificio. El primer Pentecostés va a reproducirse y realizarse en nosotros. Por eso decimos en una oración: «Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado. La faz del mundo quedará renovada. Ven, Espíritu Santo; llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.» Ahora, en el sacrificio de la santa Misa, cuando aparezca entre nosotros, en la santa Consagración, el Señor glorioso, traerá consigo el Espíritu Santo. En la sagrada Comunión se realizará en nosotros de un modo invisible el milagro de Pentecostés. El Espíritu Santo descenderá sobre cada uno de nosotros y nos llenará de su fuego y de su fuerza. No vendrá en forma de lenguas de fuego, sino bajo el velo de una blanca Hostia, que es el mismo cuerpo glorioso del Señor, del portador del Espíritu Santo. En la recepción de la sagrada Comunión se realiza en nosotros el Bautismo del Espíritu. Llenos del Espíritu Santo, confesamos -hechos portadores del Espíritu, testigos de Cristo, Apóstoles- las maravillas del Señor. Por eso la sagrada liturgia acompaña la distribución de la sagrada Comunión con estas palabras: «Estando sentados en casa, se oyó de pronto en el cielo un gran estrépito, como el de una furiosa tempestad, aleluya. Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y publicaban las maravillas de Dios. Aleluya, aleluya.» ¡Pentecostés es una actualidad!

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 461s

A la espera del Espíritu Santo (I)

 

Espiritu Santo 03  26

¡Oh Espíritu Santo! Enséñame a conocerte, a amarte y a disponerme para sentir tu influjo. 
El acercarse de la fiesta de Pentecostés nos invita a levantar nuestra mente y nuestro corazón al Espíritu Santo para, con su ayuda, conocerle mejor, amarle más, invocarle con mayor fervor y prepararnos a secundar lo mejor que podamos su acción en nuestras almas. 
El Catecismo nos enseña que en Dios hay tres Personas iguales y distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre, conociéndose a sí mismo, engendra desde toda la eternidad al Verbo,idea perfecta y sustancial en quien el Padre expresa y a quien comunica toda su bondad, amabilidad, naturaleza y ciencias divinas. El Padre y el Verbo, por su bondad y belleza infinitas, se aman desde toda la eternidad, y de este amor que une al uno con el otro procede el Espíritu Santo. Como el Verbo es engendrado por el Padre por vía de conocimiento, así el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor. El Espíritu Santo es, pues, el término y la efusión del amor mutuo del Padre y del Hijo, efusión tan prefecta y substancial que es una Persona, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en la cual el Padre y el Hijo, por la sublime fecundidad de su amor, transfunden su misma naturaleza y esencia sin verse privados de ellas. 
Y precisamente por ser el Espíritu Santo la efusión del amor divino, es llamado «Espíritu», según el sentido latino de la palabra que significa hálito, aspiración, soplo vital. Como en nosotros la respiración es la manifestación de la vida, así en Dios el Espíritu Santo es la expresión y la efusión de la vida y del amor del Padre y del Hijo, pero una efusión substancial, personal, que es Persona.

En este sentido, a la tercera Persona de la Santísima Trinidad se la llama «el Espíritu del Padre y del Hijo» y también «el Espíritu del amor en Dios», es decir, el «soplo» de amor del Padre y del Hijo, el «soplo» del amor divino. En el mismo sentido llaman los Santos Padres al Espíritu Santo «osculum Patris et Filii», el beso del Padre y del Hijo, «beso suavísimo pero secretísimo»,según la delicada expresión de San Bernardo. 
Este es el Espíritu Santo, Espíritu de amor, que nosotros invocamos para que venga a encender la llama de la caridad en nuestros corazones.

“¡Oh unión maravillosa en el cielo, maravillosa en la tierra, maravillosa en aquel secretísimo y perfectísima vínculo de la naturaleza divina, donde el Espíritu santo, que es vínculo y nudo de amor, une las divinas Personas de modo tan inefable! ¡Oh, cuán unida está en perfectísima unidad la Santísima Trinidad! Unidad de esencia, de substancia, de amor. ¡Y cuán dulcísimo lazo eres Tú, oh Espíritu Santo! ¡Oh Espíritu divino!, de ese vínculo con que unes y anudas eternamente al Padre y al Hijo con perfectísima unión, sacas un vínculo y un nudo mediante el cual unes el alma a Dios, a semejanza de aquella unión divina. Y la unes con un dominio absoluto de sus potencias, para que, con la gracia que tan estrechamente unida la tiene a Dios, no quiera ni en cierta manera pueda recordar, ni entender ni amar otra cosa que la divina caridad. ¡Oh, quién pudiera, como los bienaventurados del cielo, no desatarse nunca de tan dichoso y apretado nudo!” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (IV)

Jesucristo desea la consagración.

A este doble fundamento de su poder y dominio, benignamente permite que se añada, de parte nuestra, si nos place, la voluntaria consagración. Ahora bien, Jesucristo, Dios al mismo tiempo que Redentor, es rico por la colmada y cumplida posesión de todas las cosas; nosotros, en cambio, tan desprovistos y necesitados, que, por cierto, no hay cosa de nuestra propiedad con que nos sea posible obsequiarle.

 

Sin embargo, dada su bondad y caridad suma, no rehúye en modo alguno que le demos y dediquemos lo que es suyo como si nos perteneciese; y no sólo no lo rehúye, antes insistentemente lo pide: Hijo, dame tu corazón.

 

Podemos, pues, ciertamente acceder a sus deseos con la voluntad y el afecto. Pues, consagrándonos a Él, no sólo reconocemos y aceptamos abierta y gustosamente su imperio, sino que en verdad atestiguamos que si fuese nuestro lo que le regalamos se lo daríamos gustosísimos, y que le pedimos que no lleve a mal recibir de nosotros eso mismo, aunque sea totalmente suyo. Éste es el significado del acto de que tratamos, ésta la idea expresada con Nuestras palabras.

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 7

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (III)

Las bendiciones que reporta esa completa y perfecta entrega a la acción del Espíritu Santo son innumerables.

Profundo es asimismo el consuelo que siente el alma al considerarse conducida por Guía tan seguro.

Y los frutos que se cosechan de ese «árbol de la vida, plantado en medio del paraíso», son copiosísimos. El Catecismo los enumera, reduciéndolos a doce: Caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad.

No nos apartemos de la sombra prolífica de árbol tan fecundo. Demos realidad a la gracia de Pentecostés. Caminemos por este mundo protegidos e impulsados por el Espíritu Santo.

 

Oración: Te rogamos, Señor, que el Espíritu Santo nos inflame con aquel fuego que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra, y en el que tanto ansió verla inflamada.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (II)

La estancia del Espíritu Santo en nuestras almas se puede definir con mucha razón como un modo de ser enteramente dinámico. Se trata de un germen que pide crecimiento y que necesita para ello de nuestra colaboración. Por eso pide la Iglesia atención a ese misterio, interesada en que demos auge durante el año a la gracia renovada en nuestras almas en los días de Pentecostés.

 

El Espíritu divino lucha con el espíritu propio, es puesto en aprieto por la propia voluntad. Agradecido a tu Bienhechor, resuélvete a morir a ti mismo, para que viva en ti el Espíritu de Cristo. Se trata de una balanza muy delicada. A medida que baja un platillo, sube el otro. Despójate del espíritu propio, no te busques a ti mismo; no te cuides de tu propia satisfacción, de tus gustos, y entonces dominará en ti el Espíritu de Cristo, que te empujará a buscar la honra del Padre, el bien de las almas, aun a cambio de incomodidades y sacrificios personales.

Olvidémonos de nosotros mismos, atentos a que en el fondo de nuestro ser vive Cristo. Ésta es la gran realidad de Pentecostés. «El Espíritu es el que da vida; pero la carne de nada aprovecha. ¡Aleluya!»

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (I)

Recuerdo de Pentecostés

Al despedirnos del tiempo pascual, la Iglesia nos da como una especie de diminuto recordatorio en unas palabras que debemos grabar en el alma: «La caridad de Dios ha sido derramado sobre nuestros corazones por su Espíritu, que habita en nosotros.» Meditémoslas.

 

Esa caridad de Dios es el espíritu de filiación divina. El Espíritu Santo es su autor. Todavía más. Aunque no puede confundirse con rigor teológico la gracia con el Espíritu Santo, porque aquella es algo creado; sin embargo, es cierto que con la caridad se nos da el Espíritu Consolador a Sí mismo.

Él vive dentro del alma en gracia como en su templo o santuario. ¡Qué dicha la nuestra! No perdamos nunca la conciencia de nuestra dignidad; de que llevamos a todo un Dios encerrado en nuestro pecho; de que, doquiera nos movamos, paseamos al Dios vivo por este suelo. No profanemos tan sagrada morada. Concedamos al Divino Espíritu la atención que se merece. Que no se apague nunca ante su presencia la lamparilla de nuestro amor. Que no falten jamás adoradores en ese templo.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado