Corpus Christi

 

Corpus Christi 04  06

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar la fiesta del Corpus Christi. La santa desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento, y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y, finalmente, Papa Urbano IV. 
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim junto con algunas partes del oficio. El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège.

Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero. Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. 
Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano. La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia. Luego las procesiones con el Santísimo fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

En algunos países la solemnidad se celebra el domingo después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. 
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: cf. corazones.org

Orar confiadamente (II)

 

Santisimo Sacramento 02  06

Jesús, interesado por ganarnos la confianza. 
Todos los esfuerzos de Jesús parecen encaminados a ganarnos el corazón, a robar nuestra confianza. «Hijo mío, dame tu corazón.» (Pr 23, 26). Estas palabras del Antiguo Testamento vibran en todos sus actos. Considéralo si no junto al pozo de Jacob convirtiendo a la Samaritana. Mírale también ante la adúltera. Contémplale sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando sentado con los suyos en el Cenáculo les da sus últimos consejos. ¡Qué sentimiento de cariño publican sus palabras! «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros... Ya no os diré siervos; más bien os llamaré amigos, porque os he dado a conocer los secretos de mi Padre...» (Lc 22, 15; Jn 15, 15). Lava los pies a sus discípulos. Se entrega totalmente a los mortales en el Sacramento del amor, y por los mortales ofrécese a la muerte. Y por si todas estas finezas no bastaran todavía, nos ha manifestado en estos postreros tiempos los últimos pliegues de su afecto en la revelación de su Divino Corazón. Quien así está interesado en ganarnos la voluntad, ¿qué no hará cuando nos halle conquistados por la confianza? ¡Ah!, entonces se entregará totalmente a nuestros deseos.

Por lo demás, es muy humano sentirse obligado por aquel que, al pedir un favor, deposita toda su confianza en su bienhechor. Jesucristo, cuyo corazón siente más finamente que el nuestro, no puede menos de dejarse mover por sentimiento tan humano. Le hacemos poco favor, si no le atribuimos lo que concedemos a cualquier mortal. ¡Cuánta confusión para nosotros, por no haber sabido aprovechar doctrina tan clara y patente! Acudamos al Señor, pidiéndole perdón y demandando su ayuda, para que el grado de nuestra confianza corresponda a sus deseos. «Creo, Señor, pero aumenta mi fe.».

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 810s

Venerable Silvio Dissegna

 

Silvio Dissegna 01  01

Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

Siervo de Dios Carlo Acutis 01  01

Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

El Buen Pastor (I)

 

El buen Pastor 05  20

La Liturgia se complace en presentarnos a la Iglesia como un prado fecundo, donde Jesús, cual Buen Pastor, apacienta a los fieles con un pasto delicioso, la gracia divina, que el alma toma por medio de los Sacramentos. En la Eucaristía, Sacramento pascual, es donde Jesús contribuye particularmente al crecimiento de nuestras almas, dándonos en alimento su Cuerpo y Sangre. ¿Es posible hallar un Pastor más cuidadoso y solícito?

Cual ovejita del rebaño de Cristo te ha correspondido a ti, alma amiga, tal dicha. Te mueves entre cortesanos celestes y te nutres de manjares divinos. No rebajes tu condición, ansiando saborear otros goces. Con el gusto espiritual sucede lo que con el paladar. Si se acostumbra a bocados deliciosos, le dan náuseas los vulgares, y si prueba manjares vulgares, no será capaz de saborear la exquisitez de los finos y delicados. Por eso los santos sienten hastío de las cosas mundanas; y por eso los mundanos no pueden soportar una hora de silencio ante el sagrario; como los israelitas que preferían al rico maná los ajos y cebollas de Egipto.

No quieras pertenecer tú a este último grupo. Y para ello procura que tus lecturas sean de cosas santas, que tus conversaciones no se muevan en un ambiente pagano, que tus diversiones no te aparten del espíritu de Jesús. De esta forma, acostumbrada al manjar delicado de lo espiritual y divino, no habrá peligro de que te atraiga lo bajo y rastrero, degradándote así de tu dignidad excelsa.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Meditación sobre el Jueves Santo

 

Ultima Cena 06  09

Última Cena

¿Por qué usó Nuestro Señor el pan y el vino como elementos de su conmemoración en la última cena? 
Primeramente, porque en la naturaleza no hay dos substancias mejor que el pan y el vino para simbolizar la unidad. De la misma manera que el pan está formado de una multiplicidad de granos de trigo y el vino de una multiplicidad de racimos de uva, así los muchos que creen son como uno solo en Cristo. 
En segundo lugar, no hay en la naturaleza otras dos substancias que hayan de sufrir más antes de llegar a ser lo que son. El trigo ha de pasar por los rigores del invierno, ha de ser triturado debajo del calvario de un molino y sometido al fuego purificador antes de llegar a ser pan. A su vez, las uvas han de pasar por el Getsemaní del lagar y ser aplastadas para poder convertirse en vino. De esta manera simbolizan la pasión y los sufrimientos de Cristo, y la condición de salvación, puesto que nuestro Señor afirmó que, a menos que muramos a nosotros mismos, no podemos vivir en Él. 
Una tercera razón es que en la naturaleza no hay otras dos substancias que como el pan y el vino vayan alimentando tanto a los hombres desde los tiempos más remotos. Al llevar estos elementos al altar es como si los hombres se ofrecieran a sí mismos. Al recibir en sus manos y consumir el pan y el vino, los transformó en Él mismo.

Él les dio el mandato a los apóstoles de conmemorar y anunciar su muerte redentora hasta el momento en que Él volvería a la tierra. Lo que pedía que hicieran era celebrar en el futuro la conmemoración de su pasión, muerte y resurrección. Lo que Él estaba haciendo ahora miraba hacia adelante, hacia la cruz; lo que ellos harían, y se ha continuado haciendo desde entonces en la misa, era mirar atrás, hacia su muerte redentora. De esta manera, lo que harían sería lo que dijo San Pablo: anunciar la muerte del Señor hasta que volviera para juzgar al mundo. 
Rompió el pan para indicar que Él era víctima por su propia voluntad. Lo rompió por su voluntaria entrega, antes de que sus verdugos lo rompieran por la crueldad voluntaria de ellos.

Luego en la escena del lavatorio de los pies vemos un resumen de la encarnación del Verbo. Levantándose del celestial banquete, en el que se hallaba unido íntimamente por su naturaleza al Padre, puso a un lado los ropajes de su gloria, cubrió su divinidad con la toalla de su naturaleza humana que recibió de María, vertió el agua de la regeneración, que es su sangre derramada en la cruz para redimir a los hombres, y empezó a lavar las almas de los discípulos y seguidores por los méritos de su muerte, resurrección y ascensión. 
Los discípulos están inmóviles, mudos de asombro. Cuando la humildad procede del Hombre-Dios de esta manera, entonces es indudable que por medio de la humildad los hombres podrán volver a Dios.

Fuente: Fulton Sheen, Vida de Cristo

Disposiciones para recibir dignamente el Pan Eucarístico

 

Eucaristia 08  11

Fue en la soledad, lejos del mundo, sobre una montaña, donde Jesús realizó el milagro de la multiplicación de los panes, símbolo de la sagrada Eucaristía, queriéndonos enseñar que, para que participemos abundantemente de las gracias de la Comunión, debemos vivir, a lo menos de deseo, alejados del mundo, de sus vanidades, de sus placeres y de sus máximas. Los israelitas, para comer el Cordero pascual, figura de la Eucaristía, se mantenían en pie, con un cayado en la mano, como viajeros que se aprestaran a abandonar el país. Nosotros, que somos extranjeros sobre la tierra, debemos vivir en ella completamente desprendidos de lo terreno, no atándonos con lazos de afecto a nada de lo perecedero y creado.

Perfectamente desligados de todo lo caduco, hemos de hallarnos en las mejores disposiciones de recibir con fruto al Creador, Rey inmortal de nuestras almas. Los israelitas en el desierto tenían que recoger el Maná, símbolo de la Eucaristía, antes de la aurora, porque si no, al calor del sol, se deshacía este celestial manjar. También el ardor de las pasiones, si no está combatido por la voluntad ayudada de la gracia, impide que la paz y la tranquilidad necesarias para comulgar devotamente se posesionen de nuestro corazón. 
Jesús, antes de realizar el milagro de la multiplicación de los panes, hizo que se sentasen sobre el césped las personas que le seguían, para que con comodidad pudiesen alimentarse del pan del milagro. Con esto nos dio a entender que quiere que tengamos paz y tranquilidad interior siempre que nos acerquemos a su sagrada mesa, paz y tranquilidad interior que no obtendremos sin abnegación.

Apliquémonos a reprimir nuestras pasioncillas, genio vivo, inquietudes y excesiva actividad. Seamos menos sensibles a las heridas del amor propio. Así nos habituaremos a recibir la sagrada Comunión con los sentimientos requeridos para participar con fruto en el banquete del Príncipe de la Paz. Tal es la preparación remota debida a este divino Sacramento. 
En cuanto a la preparación inmediata, ¡cuántos actos de fervoroso deseo y de inflamado amor no deberemos de hacer! Estos fervientes deseos fueron simbolizados por el hambre grande de aquella multitud, que fue de modo milagroso plenamente saciada por Jesús. «Además -dice San Francisco de Sales-, hay que recibir por amor a aquel que se nos da por amor». Después de haber comido los panes multiplicados por el Salvador, el pueblo se sintió movido de tal modo hacia él, que quiso proclamarle rey de Judea, según se relata en el Evangelio. También nosotros estemos firmemente decididos, antes de tomar parte en el banquete Eucarístico, a proclamar a Jesús por Rey de nuestros corazones y a consagrarle pensamientos, deseos y acciones, colocándonos totalmente bajo su soberano dominio.

¡Oh Jesús, alimento divino! Por los piadosos ruegos de tu santísima Madre, hazme participar del banquete Eucarístico: 1º, llevando el cuerpo adornado de castidad y mortificación; 2º, con el corazón desprendido del mundo y de las pasiones; 3º, con voluntad sumisa y generosa, elevados sentimientos y ardentísimos deseos de pertenecerte sin reserva hasta el último suspiro de mi vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 257s

La multiplicación del Pan Eucarístico

 

Eucaristia 07  09

¡Qué gran milagro hizo Jesús al multiplicar cinco panes y dos peces, hasta satisfacer el hambre de cinco mil hombres y llenar doce cestos con las sobras de aquella comida! Pero ¿no es mil veces más grande el divino milagro Eucarístico? Ahora multiplica el Salvador, no un pan material para alimentar nuestros cuerpos, sino el Pan vivo, bajado del cielo para alimentar nuestras almas y que no es sino su sacratísima Persona adorada por las celestiales jerarquías. Se multiplica inmolándose cada día sobre millares de altares, aún más: permaneciendo en millones de hostias consagradas por las palabras del sacerdote. Y allí está prisionero bajo las más humildes apariencias para servirnos de alimento. ¡Prodigio incomprensible!

Allí, dice el Doctor Angélico, su cuerpo glorioso y su sangre adorable unidos a su alma y a su divinidad, nos preparan el banquete más augusto y sustancial que jamás pudo haber sido. Quien de él participe, asegura el mismo Jesús, no morirá espiritualmente, y tendrá sobre la tierra la vida de la gracia, y en el cielo la vida de la gloria (Jn 6, 52). «Cuando tú me recibes,decía el Señor a San Agustín, no eres tú quien me transformas y hace vivir por ti, sino yo soy quien te transformo y hago vivir por mí». Luego Jesús nos comunica su propia vida; su espíritu pasa a nosotros y nos dirige en nuestros caminos; su imaginación cura la nuestra enferma de disipación y le enseña el recogimiento; su divina voluntad ennoblece nuestros sentimientos, purifica nuestros afectos y eleva nuestros deseos por encima de lo creado, nos hace capaces de huir de toda infidelidad y nos ejercita en la práctica de todas las virtudes. Así, nos convertimos por la gracia, dice Ruperto, en lo que el Señor es por naturaleza, haciéndonos por tanto santos y agradables a los ojos de Dios. ¡Qué maravillosos los efectos del alimento Eucarístico y cuánto más grande este misterio que el milagro de la multiplicación de los panes! ¿No será quizá la prueba más decisiva que Jesús nos ha dado de su infinita caridad?

¡Oh divino Maestro!, concédeme que por ti ame a mi prójimo como tú me amaste, es decir, con fuerza y ternura, con constancia, con abnegación, multiplicándome en cierto modo para acudir en su ayuda, como tú, por mi salvación, has querido multiplicar tus tabernáculos. Haz que comprenda cuánto más admirable es en sí y en sus efectos el milagro de la Eucaristía, que el milagro de la multiplicación de los panes. Concédeme la gracia de apreciar como la más estupenda de todas las maravillas este divino don de la Eucaristía y que en ella encuentre siempre, al comulgar, el valor de consagrarme, a tu ejemplo, al servicio de Dios y de mi prójimo.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 255s

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

Virgen de Fatima 13  42

Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

El buen samaritano

Buen Samaritano 02  03

Señor, graba en mi corazón el mandamiento de tu caridad y el ejemplo que Tú me has dado.

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron y después de cargarle de golpes se marcharon, dejándole medio muerto». Así leemos en el Evangelio del día (Lc. 10, 25-37). 
Cada uno de nosotros puede verse figurado en aquel infeliz; también nosotros en nuestro camino hemos encontrado ladrones: el mundo, el demonio, las pasiones, que nos han despojado y herido. ¿Quién podrá decir que no lleva en su alma alguna herida, más o menos profunda, consecuencia de las tentaciones y del pecado? Pero también a nosotros nos ha salido al encuentro un buen samaritano, el buen Samaritano por excelencia, Jesús, el cual, movido a compasión de nuestra miseria, nos ha prestado su auxilio. 
Con amor infinito se ha inclinado sobre nuestras llagas sangrantes, curándolas con el aceite y vino de la gracia: el aceite indica la suavidad y el vino el vigor. Luego nos ha tomado en sus brazos y nos ha llevado a un refugio seguro, o sea nos ha confiado a los cuidados maternales de la Iglesia, a la que ha entregado el precio de nuestro rescate, fruto de su muerte de cruz.

La parábola del buen Samaritano alegoriza así la historia de nuestra redención, historia 
siempre en acto y que se renueva cuantas veces nos acercamos a Jesús, enseñándole con humildad y arrepentimiento las heridas de nuestra alma. Esta historia se actúa de un modo particularísimo en la santa Misa, en que Jesús presenta al Padre el precio de nuestra salvación, renovando su inmolación a favor de nuestras almas. Debemos acudir a la santa Misa para encontramos con Él, el buen Samaritano, para invocar y recibir en nosotros su acción curativa y santificante. 
Cuanto más viva sintamos, conscientes de nuestra miseria, la necesidad de su redención, con tanta mayor largueza nos aplicará Jesús sus frutos, y, viniendo a nosotros en la Comunión, sanará nuestras heridas no sólo por fuera, sino por dentro, bañándolas copiosamente del aceite suavísimo y del vino tonificante de su gracia. 
Así nos trata Jesús; así ha tratado Jesús a la humanidad que por el pecado le era extraña y hasta enemiga y que nada tenía que ver con El, el Santo, el Hijo de Dios.

“¡Señor! Cuanto mejor comprenda el amor que Tú me tienes, más a gusto dejaré mi sabor y bien por contentarte en servir a mi prójimo. Entonces no me acordaré si perderé yo; la ganancia de mis prójimos tendré presente, no más. Por contentarte más a ti, Dios mío, ayúdame a olvidarme a mí por ellos, hasta estar pronta a perder la vida en la demanda, como hicieron muchos mártires”(Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina