Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

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"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

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Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

Bondad extraordinaria de San Marcos

 

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San Marcos, Evangelista

Cuando San Marcos trabajaba en Roma y en Aquilea, se pudo apreciar en él el gran afán que tenía de ayudar a los fieles, enseñándoles los rudimentos de la fe y darse en todo y a todos para llevar al prójimo hacia Dios y salvar las almas. San Pablo, que le conocía, hace ver en una de sus Epístolas cuánto le estimaba, y no duda en llamarle junto a sí para aprovecharse de sus buenos servicios (IITim 4, 11). Porque la abnegación y la bondad del corazón son las mejores recomendaciones para ejercer el apostolado y practicar la verdadera caridad cristiana.

Enviado por orden de San Pablo a Egipto para que evangelizase este pueblo y las provincias limítrofes, convirtió a muchísimos idólatras, ganados a Cristo por su dulzura extraordinaria y grandes milagros. Y los que antes fueron idólatras fanáticos, destruyeron templos e ídolos y se convirtieron en fervorosos cristianos. Sabemos que la Iglesia de Alejandría, fundada por San Marcos, brilló por su santidad, pues en ella floreció tanto la piedad, que, según Eusebio, parecía como si todos los fieles fuesen religiosos. Estos felices resultados se debieron al celo y a la caridad de San Marcos, quien por estas dos virtudes recibió en premio la corona del martirio.

San Marcos recibió esta hermosa recompensa después de haber pasado la vida derramando beneficios, a imitación de su divino Maestro; ¿qué premio pudo ambicionar mejor que la palma del martirio? Porque en esta tierra no existe galardón que pueda pagar el bien que hace un corazón bondadoso. Ya que aquí todas las coronas se marchitan, él recibió en la gloria una corona inmortal.

Después de haber considerado todo esto, examinémonos y veamos: 1º, si somos demasiado sensibles y nos dolemos cuando no saben apreciar nuestros trabajos, fatigas, abnegación, o cuando no se agradecen los favores que prestamos; 2º, si hacemos a veces el bien llevados por otro fin que no sea Dios, ni su gracia, ni su honor, ni su divino beneplácito. Reputemos como indigno todo salario que no sea la recompensa eterna.

¡Oh preciosas llamas de amor, en que ardieron siempre las vidas de Jesús y de María!, consumid en mí los afectos terrenales, para que mis pensamientos, palabras, deseos y acciones sólo busquen la gloria de Dios y la salvación del prójimo; así seguiré yo el ejemplo de los apóstoles y de sus verdaderos discípulos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1639s

El Cura Brochero y el Catecismo

 

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San José Gabriel del Rosario Brochero

Este día, 16 de marzo, nos gozamos en la celebración litúrgica de San José Gabriel del Rosario Brochero, insigne ejemplo de sacerdote fiel a Dios y a sus enseñanzas, y celoso apóstol que, comprendiendo que el mayor bien de las almas es el conocimiento de Dios y el amor y servicio a Él, no dejó de poner todos los medios para que sus feligreses se alimentaran de lo único y verdaderamente importante. Transcribimos parte de una carta que él escribe como respuesta a un cuestionario que se envió a los párrocos pidiéndoles una evaluación de la situación doctrinal de sus feligreses. 
"Vean: Ustedes me preguntan cómo anda por acá eso de la Doctrina Cristiana, qué es lo que se ha hecho y qué es lo que podría hacerse para mejorar y más difundir su enseñanza entre los feligreses de mi parroquia. Seguro de no mentir puedo decirles que aquí en el Tránsito, en Villa Dolores y en todos los Departamentos serranos, no hay nada que hacer, como no sea seguir haciendo lo mismo que se hace y conservar lo ya hecho. Que aquí todo el mundo sabe el catecismo, y, éste más, aquél menos, todos lo practican y algunos de lo lindo; que aquí no hay niño ni chinita de doce años para arriba que no sea medio teóloga, siendo muchas las que saben de memoria a San Alfonso de Ligorio; que los niños, aún los de pecho, lo saben porque se les enseña cotidianamente y porque sus padres también lo saben. 
Si no lo quieren creer, pregúntenselo al Padre Villarrubia, jesuita misionero que, habiendo venido una vez para dar Ejercicios, pudo comprobarlo. Encontró al Padre en la calle un anciano barbudo y venerable que llevaba en sus brazos un niño de pocos meses. Atraído por el aspecto de aquel anciano que le saludaba con veneración, como deben hacerlo con el sacerdote todos los cristianos, el Padre se acercó y se puso a acariciar al niño. Entonces el buen hombre dijo: «Pregúntele, Padre, al chiquito, en dónde está Dios». El Padre, sonriendo como los que no saben o no quieren creer, le hizo al niño la pregunta, a la que, no sabiendo todavía hablar, el niño respondió alzando su manecita y señalando hacia arriba, hacia abajo y alrededor, así como sabemos hacerlo nosotros cuando les enseñamos a los chicos el catecismo, diciendo: «En el cielo, en la tierra y en todo lugar». Esto me lo contó el mismo Padre Villarrubia. 
Ya ven ustedes, pero lo que ustedes no ven es cómo he llegado a conseguir esto en mi parroquia y en todos estos Departamentos. Sencillamente: enseñando el catecismo y dando Ejercicios, lo uno a los niños y lo otro a los padres de los niños. Pueden hacer la prueba."

Fuente: Conf. Episcopal Argentina, El Cura Brochero. Escritos y sermones, 1ª Edición, 2013, pp. 825-826

Santo Domingo de Guzmán

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La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu. En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.

Con frecuencia pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.

Con frecuencia exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.

Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles.»

Fuente: De varios escritos de la Historia de la Orden de los Predicadores, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Evangelización: comenzar por uno mismo

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Si queremos que [la doctrina social de la Iglesia] aparezca con todo su atractivo, debemos mostrar qué realizaciones concretas permite. 
Para ello, debemos conocer la doctrina y ser competentes en nuestra, vida profesional. 
Además, hay que aplicar la doctrina. Juan XXIII lo pidió en la Mater et Magistra: 
"En el ejercicio de una función tan noble (la de «nuestros hijos del laicado que en virtud de su estado de vida se hallan habitualmente ocupados en el desenvolvimiento de actividades y en la creación de instituciones de contenido y finalidad temporales») no sólo sean profesionalmente competentes y ejerzan sus actividades temporales según las leyes naturales que conducen con eficacia al fin, sino que también es indispensable que, en el ejercicio de dichas actividades, se muevan en el ámbito de los principios y directrices de la doctrina social cristiana...". 
Dicho de otro modo, debemos ser capaces de traducir la doctrina a términos concretos, de saber colocar la doctrina sobre el raíl.

Cultivemos nuestras facultades superiores con la ascesis, la oración, los ejercicios espirituales. Pidamos a Dios los siete dones del Espíritu Santo y supliquémosle que se digne hacer crecer en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. 
Hoy no tendríamos excusa de no sentir esa necesidad, incluso en el plano temporal. 
Cultivemos, también en nosotros, las virtudes de la fortaleza, la templanza, la justicia y la prudencia. Un buen catecismo nos mostrará lo que estas virtudes implican. Algunos descubrirán, quizás, que la prudencia, por ejemplo, es la virtud por la cual buscamos los medios convenientes para que la acción resulte bien hecha de todas las maneras.

Para ejercitar estas virtudes en todos los planos de nuestra vida profesional, familiar, social, cívica, las reforzaremos en nosotros mismos. Así nos ayudarán a merecer la confianza de aquellos a quienes hablemos, de aquellos en quienes queremos influir.

Fuente: André Frament, Actuar en la esperanza