Bondad extraordinaria de San Marcos

 

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San Marcos, Evangelista

Cuando San Marcos trabajaba en Roma y en Aquilea, se pudo apreciar en él el gran afán que tenía de ayudar a los fieles, enseñándoles los rudimentos de la fe y darse en todo y a todos para llevar al prójimo hacia Dios y salvar las almas. San Pablo, que le conocía, hace ver en una de sus Epístolas cuánto le estimaba, y no duda en llamarle junto a sí para aprovecharse de sus buenos servicios (IITim 4, 11). Porque la abnegación y la bondad del corazón son las mejores recomendaciones para ejercer el apostolado y practicar la verdadera caridad cristiana.

Enviado por orden de San Pablo a Egipto para que evangelizase este pueblo y las provincias limítrofes, convirtió a muchísimos idólatras, ganados a Cristo por su dulzura extraordinaria y grandes milagros. Y los que antes fueron idólatras fanáticos, destruyeron templos e ídolos y se convirtieron en fervorosos cristianos. Sabemos que la Iglesia de Alejandría, fundada por San Marcos, brilló por su santidad, pues en ella floreció tanto la piedad, que, según Eusebio, parecía como si todos los fieles fuesen religiosos. Estos felices resultados se debieron al celo y a la caridad de San Marcos, quien por estas dos virtudes recibió en premio la corona del martirio.

San Marcos recibió esta hermosa recompensa después de haber pasado la vida derramando beneficios, a imitación de su divino Maestro; ¿qué premio pudo ambicionar mejor que la palma del martirio? Porque en esta tierra no existe galardón que pueda pagar el bien que hace un corazón bondadoso. Ya que aquí todas las coronas se marchitan, él recibió en la gloria una corona inmortal.

Después de haber considerado todo esto, examinémonos y veamos: 1º, si somos demasiado sensibles y nos dolemos cuando no saben apreciar nuestros trabajos, fatigas, abnegación, o cuando no se agradecen los favores que prestamos; 2º, si hacemos a veces el bien llevados por otro fin que no sea Dios, ni su gracia, ni su honor, ni su divino beneplácito. Reputemos como indigno todo salario que no sea la recompensa eterna.

¡Oh preciosas llamas de amor, en que ardieron siempre las vidas de Jesús y de María!, consumid en mí los afectos terrenales, para que mis pensamientos, palabras, deseos y acciones sólo busquen la gloria de Dios y la salvación del prójimo; así seguiré yo el ejemplo de los apóstoles y de sus verdaderos discípulos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1639s

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

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Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Jesús fortalece la fe de sus discípulos

 

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La Transfiguración

Tenía previsto Nuestro Señor que sus discípulos no serían capaces de soportar sus humillaciones, que la cruz constituiría para ellos una ocasión de escándalo. Si eligió de preferencia a esos tres discípulos, y había de elegirlos más veces aún, para asistir a su Transfiguración, fue sin duda alguna, porque de allí a poco tiempo habían de ser testigos de su debilidad, de sus angustias y de su inmensa tristeza, en su agonía en el huerto de los olivos. Quiere prevenirlos contra el escándalo que ha de causar en ellos el verlo entonces en el estado de humillación; quiere fortalecer su fe por su Transfiguración. 
He aquí que lo ven transfigurado sobre la montaña Pedro, Santiago y Juan: la divinidad irradia, todopoderosa, a través del velo de la humanidad; el rostro de Jesús resplandeció como el sol, «sus vestidos quedan blancos con la blancura de la nieve, con una blancura tal, nos dice San Marcos, que ningún batanero hubiera sido capaz de hacer cosa semejante».

En presencia de semejante maravilla comprenden los Apóstoles que ese Jesús es verdaderamente Dios; quedan llenos de la majestad de la divinidad, y se les muestra en todo su esplendor la gloria eterna de su Maestro. Aparecen junto a Él, conversando con Él, adorándole, Moisés y Elías... En estos personajes vienen la Ley y los Profetas a atestiguar que es Cristo el Mesías figurado y predicho; que respeta la Ley y está de acuerdo con los Profetas; que es el enviado de Dios, el que había de venir. 
Y finalmente, para dar el último toque a todos estos testimonios, para manifestar de la manera más evidente la divinidad de Jesús, se deja oír la voz del Padre eterno. Dios Padre proclama que Jesús es su Hijo, Dios como Él. 
Todo contribuye de esta manera a consolidar la fe de los Apóstoles en Aquel al que había reconocido Pedro como Cristo, Hijo de Dios Vivo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Creer en el amor que Dios nos tiene

 

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El hijo pródigo

Un expositor claro y profundo del Evangelio trae esta meditación, que puede iluminar toda una vida: 
“Mientras no tomemos en serio el dogma de que Dios es amor (I Jn. 4, 16), es decir, mientras no lo creamos del todo, no podremos decir que vivimos la fe. Si uno invita a su mesa como padre, y alguien va a ella como a un hotel en que debe pagar con dinero y no con amor, no puede decir que acepta la invitación. «Yo os lo digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín» (Lc. 14, 24). Bien vemos que no se trata de cosas dejadas a nuestra elección, como tal o cual práctica devota: se trata de la recta fe, sin la cual, dice San Pablo, «es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11, 6).

Porque si yo creía que un señor es un comerciante, o un verdugo, y resulta que es mi padre, no puedo decir que creía en él. Y en vano querré entonces suplir con otros obsequios la falta de la verdadera fe, pues que, como lo define el Concilio Tridentino, «la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios»
¿Cómo podría, en efecto, agradar una doncella a un poderoso príncipe que lleno de amor pide su mano, si ella le contesta que no puede corresponder a su amor, pero, en cambio, le ofrece algún dinero?”

Jesús, quien es el retrato perfecto del Padre (Hebr. 1, 3), nos hace comprender fácilmente esta actitud “maternal” de Dios que por su exceso de bondad resulta increíble para el criterio humano cuando nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera ciertamente” (Jn. 6, 37). 
Más aún, las que consideramos como miserias, sean las que fueren, lejos de ser un obstáculo, son un título, el gran título para reclamar la benevolencia del que vino como Salvador y no se cansó de insistir en que no buscaba justos sino pecadores, no sanos sino enfermos (Lc. 5, 30-32).

Y puesto que Dios es amor (I Jn. 4, 8 y 16), es evidente que su mensaje a los hombres, enviado por medio del propio Hijo, víctima de amor, no puede ser sino un mensaje de amor. Por donde se ve que no entenderá nunca ese mensaje, ni podrá salir de la dura vida purgativa, quien se resista a creer en ese «loco amor» de Dios y se empeñe en hallar en Él a una especie de funcionario de policía. 
No solamente se construyen falsos dioses fabricando ídolos de palo y piedra, sino también, como observa San Agustín, formándose un falso concepto del verdadero Dios. 
Dios ha alzado las banderas de su amor para conquistarnos.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, Nota a Is. 66, 11 y Ct. 2, 4; Jer. 16, 20.

Importancia y necesidad de la salvación (V)

Características generales del problema de la salvación

Las principales son cuatro: es un negocio personal, urgente, arries­gado y verdaderamente trascendental.

 

l. Negocio personal.- El de la propia salvación es el más personal de todos los negocios. Nadie absolutamente puede substituirnos en él. Es algo que hemos de realizar nosotros mismos, con nues­tra actuación personal e intransferible.

«El médico te devuelve la salud perdida; el abogado te defiende y te gana el pleito; el mayordomo te cuida la hacienda; y el dinero pone a tu dis­posición obreros, empleados, transportes, diversiones, viajes, confort, de­leites, honores... Pero tu propia salvación depende de tu propia actividad, de tu propia libertad, de que tú tengas un enérgico ante el cumplimiento del deber costoso, y un no valiente ante el halago de la pasión repugnante. Dios te proporciona mil medios que te ayudarán a salvarte: los santos sacramentos, que dan la gracia, y los sacerdotes, que te los administran; buenos maestros, buenos ejemplos, muertes repentinas, oraciones de tus hijos y amigos, que te impetran gracias abundantes... Pero, si tú no pones de tu parte el esfuerzo personal, que a veces será heroico, no te salvas. Dios, que te hizo a ti sin ti, no te salvará sin ti» (P. Sánchez-Céspedes).

 

Estas últimas palabras -que recogen una conocida sentencia de San Agustín- nos dan la clave y explicación de este misterio. La creación de nuestra alma -el tránsito de la nada al ser- fue un regalo de Dios enteramente gratuito, en el cual no tuvimos nosotros interven­ción alguna; pero la salvación de la misma -el tránsito de la vida temporal a la bienaventuranza eterna- exige indispensablemente nuestra colaboración personal. Dios ha querido que se nos dé el cielo a título de premio o recompensa por nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible para el adulto la consecución de la bienaventuranza eterna.

 

La fe sólo no basta, como dice el apóstol Santiago (Sant. 2, 14-26). Es menester, como explica San Pablo, que la fe vaya acom­pañada de la caridad y de las obras: Fides quae per caritatem operatur (“La fe que obra por la caridad”, Gal. 5,6); ya que los que realizan las obras de la carne no poseerán el reino de Dios: Quoniam qui talia agunt regnum Dei non consequentur (ibid. 5,21). Y si la misma incorporación a Cristo por medio de la fe no bastaría, sin las obras, para asegurarnos la salvación, calcúlese lo que servirán para ese fin las cosas puramente humanas: el dinero, la influencia, la posición social, las recomendaciones, etc., etc. Todo eso no tiene absolutamente ningún valor. Al comparecer delante de Dios un alma que acaba de desprenderse de su cuerpo, no se tiene en cuenta para nada si perteneció a un emperador en cuyos dominios no se ponía el sol o a un pobre mendigo que iba pidiendo limosna de puerta en puerta. Sus buenas o malas obras: he ahí lo único que se examina en aquel tribunal inapelable. El negocio de nuestra eterna salvación es, pues, un asunto absolutamente personal e intransfe­rible.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O. P., Teología de la salvación