Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XV)

 

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Estimado amigo lector, buen día; ¡FELIZ DÍA DE LA VIRGEN!

En un día como hoy, hace 100 años atrás, la Santísima Virgen ha descendido del Cielo a un humilde pueblito de Portugal; llamado Aljustrel, dependiente de Fátima, apareciéndose a tres pequeños pastorcitos. Dos de estos tres pequeños niños, Jacinta y Francisco son en este día solemnemente canonizados por el Santo Padre Francisco en el mismo lugar de las apariciones, Fátima. Con esta ceremonia, estos dos pastorcitos son propuestos como modelo de vida cristiana a toda la Iglesia universal. 
Y junto con la alegría por estos dos acontecimientos: el centenario de las apariciones y la canonización de los pastorcitos, tú y yo nos podemos preguntar cómo podemos nosotros imitar a tan singulares niños, o cómo puede ser que adultos como nosotros, que vivimos en medio de un mundo tan agitado y convulsionado, podamos imitar algo de esos dos niños pequeños, pastores de ovejas, que vivieron toda su corta vida en un pueblito perdido entre las sierras de Portugal. Yo te respondo a ti, y también me respondo a mí mismo, que tenemos mucho que imitar de estos niños.

Vamos a resaltar solo algunos aspectos: lo primero que podemos imitar es, de ambos santitos, sus intensas vidas de oración, llevadas a cabo en medio de las tareas cotidianas; elevando continuamente la mente a Dios, y también buscando sitio en nuestro día para entrar en comunión con Quien nos ama inmensamente y a Quien todo le debemos. 
Ahora bien, de Francisco en particular, hacer de nuestras vidas un acto de ofrenda en reparación de las ofensas con que Dios es ultrajado continuamente por los pecados de la humanidad. Este pequeño pasaba largos ratos en sus momentos libres pensando en Dios, meditando cómo es continuamente ofendido, y no dejaba pasar ocasión para hacer actos de reparación y consolar a Nuestro Señor por los pecados de los ingratos pecadores.

De Jacinta podemos imitar su continua oración por las almas de los pobres pecadores, especialmente para librarlos en el momento de la muerte de caer en el infierno. A esta pequeña niña le causó tal impresión el ver el infierno, con las almas que continuamente caen en él, que hizo de toda su corta e inocente vida, una ofrenda para librar a los pecadores de la condenación eterna. Podemos citar un pequeño ejemplo: en una tarde de verano, de intenso calor, los pequeños estaban agotados por el calor y resuelven ir a pedir agua a una vecina del lugar donde se encontraban pastando el rebaño. Ésta les da con gusto el agua pero, al ofrecérsela a Jacinta, ella la rechaza diciendo que ofrece la sed por la conversión de los pecadores. Más tarde, debilitada la pequeña por el calor, siente un fuerte y continuo dolor de cabeza, que igualmente soporta y ofrece por la conversión de los pobres pecadores. ¡Y esto lo vivió una pequeña de tan solo 7 años!

Y nosotros, al considerar estos pequeños ejemplos de los pastorcitos, a esa tierna edad; ¿qué excusa pondremos para no hacer de nuestras vidas una ofrenda perfecta de amor y reparación de las ofensas contra el Amor Divino? Ánimo pues, amigo mío; vivamos nuestra vida cristiana de manera heroica, realizando lo poco o mucho, lo grande o pequeño e insignificante que debamos hacer, con todo amor y con toda la mayor perfección posible; sabiendo que son muchos los pecados con que a diario y a cada instante se ofenden al Amor Divino, especialmente manifestado en la Eucaristía; y también son muchísimas las almas que a diario caen en el infierno por no haber quien rece y se sacrifique por ellas. 
Me despido hasta la próxima entrega, en donde comenzaremos a desarrollar con más detenimiento las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima, ya en el marco de los 100 años de sus manifestaciones. 
Adiós… y feliz día de la Virgen.

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

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Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

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Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIII)

Apariciones del ángel (tercera parte)

Buen día estimado lector. Gracias nuevamente por tomarte la molestia de leer estos sencillos artículos sobre las apariciones en Fátima.

Hoy vamos a comenzar a contemplar a los niños en la última aparición del Ángel. Lo haremos en dos veces, pues el contenido del artículo puede ser más extenso de lo que es habitualmente.

En esta oportunidad sorprendemos a los pastorcitos en plena terea de pastoreo, en el maravilloso escenario de los valles y las sierras de Portugal. A quienes hemos estado de paseo por regiones serranas nos puede ayudar, para meditar, el recuerdo de esos maravillosos lugares: la majestuosidad de las altas sierras, su vegetación, la imagen de los animales pastando en las laderas, las aves volando tan alto como pueden, como queriendo desafiar las cumbres, el viento que por momentos se torna aguerrido, y también la buena gente que habita esos lugares, la candidez y sencillez de esas personas que te hacen enamorar de lo más simple de la vida.

 

En medio de esos lugares, en una gruta ubicada en la ladera del monte Cabezo, es en donde se produce la última aparición del Ángel a los pastorcitos. Allí los pequeños recitan la oración que les enseñó el Ángel en la primera aparición. Pero dejemos que Sor Lucía nos cuente lo que sucedió:

“…de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo, etc. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando vimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos levantamos para ver lo que pasaba y vimos al Ángel que tenía en la mano izquierda un Cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de Sangre sobre el Cáliz. El Ángel dejó suspendido en el aire el Cáliz, se arrodilló junto a nosotros, y nos hizo repetir tres veces: Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos lo Sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que él mismo es ofendido. Y por los méritos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.”

 

Hasta aquí la primer parte del relato. En la próxima entrega consideraremos la segunda parte de la aparición. Pero hoy podemos concluir meditando sobre la necesidad de reparación pedida por el ángel. Para ello podemos proponernos repetir esta oración frecuentemente, principalmente delante de la Eucaristía, visitando el Sagrario de nuestras parroquias, donde habitualmente esta Nuestro Señor solo; podemos repetirla durante la jornada de trabajo, de estudio, en las fábricas, en los hospitales, allí donde Dios nos puso, en la realidad laboral y familiar de cada uno. Pero sobre todo, debemos ofrecer como reparación y pidiendo la conversión de los pecadores, todas las incomodidades, imprevistos, y dolores de cada día; como así también el peso del trabajo, la incomprensión de los que nos rodean, la enfermedad, la soledad, etc., etc. Todo lo común y cotidiano podemos transformarlo, si queremos, en un acto maravilloso de reparación.

 

Hasta la próxima entrega. Que Dios te bendiga. Y no olvides de rezar diariamente el Santo Rosario y difundirlo entre tus conocidos y vecinos.

Aniversario de las apariciones en Fátima

Hoy, 13 de mayo, se cumplen 99 años de la primera aparición de la Virgen Santísima en Fátima. Reflexionaremos sobre la importancia capital de su mensaje con este texto tomado de una homilía de S. Juan Pablo II:

 

«A partir de aquel momento en que Jesús, al morir en la Cruz, dijo a Juan: "He aquí a tu Madre", y a partir del momento en que el discípulo "la recibió en su casa", el misterio de la maternidad espiritual de María tuvo su realización en la historia con una amplitud sin límites. Maternidad quiere decir solicitud por la vida del hijo.

A la luz del misterio de la maternidad espiritual de María, busquemos entender el extraordinario mensaje que, desde aquí, de Fátima, comenzó a resonar por todo el mundo desde el día 13 de Mayo de 1917.

Si la Iglesia aceptó el mensaje de Fátima, es sobre todo porque contiene una verdad y un llamado que, en su contenido fundamental, son la verdad y el llamado del propio Evangelio. "Convertíos (haced penitencia), y creed en la Buena Nueva” (Mc. 1-15): son estas las primeras palabras del Mesías dirigidas a la humanidad. Y el mensaje de Fátima, en su núcleo fundamental, es el llamado a la conversión y a la penitencia, como en el Evangelio. Este llamado fue hecho en los inicios del siglo veinte y, por lo tanto, fue dirigido, de un modo particular a este mismo siglo.

 

El llamado a la penitencia es un llamado maternal; y, al mismo tiempo, es enérgico y hecho con decisión. La caridad que "se congratula con la verdad" (1Cor 13- 6) sabe ser clara y firme. El llamado a la penitencia, como siempre, va unido al llamado a la oración. En conformidad con la tradición de muchos siglos, la Señora del mensaje de Fátima indica el Rosario, que bien se puede definir "la oración de María": la oración en la cual Ella se siente particularmente unida con nosotros. Ella misma reza con nosotros. Con esta oración del rosario se abarcan los problemas de la Iglesia, de la Sede de Pedro, los problemas del mundo entero. Además de esto, se recuerdan a los pecadores, para que se conviertan y se salven, y las almas del Purgatorio.

 

La solicitud de la Madre del Salvador, se identifica con la solicitud por la obra de la salvación: la obra de Su Hijo. Es solicitud por la salvación, por la eterna salvación de todos los hombres.

Aquello que se opone más directamente al caminar del hombre en dirección a Dios es el pecado, el perseverar en el pecado, en fin, la negación de Dios. El apartar el nombre de Dios del mundo y del pensamiento humano. La separación de Él de toda la actividad terrenal del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre.

En verdad, la salvación eterna del hombre solamente en Dios se encuentra. El rechazo de Dios por parte del hombre puede tornarse definitivo, lógicamente conduce al rechazo del hombre por parte de Dios (Cfr. Mat. 7- 23; 10- 33), a la condenación.

 

¿Podrá la Madre, que desea la salvación de todos los hombres, con toda la fuerza de su amor que alimenta en el Espíritu Santo, podrá Ella quedarse callada acerca de aquello que mina las propias bases de esta salvación? ¡No, no puede!

Por eso, el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, tan maternal, se presenta al mismo tiempo tan fuerte y decidido. Hasta parece severo. Es como si hablase Juan Bautista en las márgenes del río Jordán. Exhorta a la penitencia. Advierte. Llama a la oración. Recomienda el Rosario.»

Fuente: S. Juan Pablo II, Homilía pronunciada en Fátima el 13 de mayo de 1982.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XI)

APARICIONES DEL ÁNGEL (Segunda parte)

Buen día estimado amigo lector. Nuevamente quiero agradecerte el tiempo que te tomas para leer estos pobres escritos sobre las apariciones de la Virgen  y del Ángel en Fátima.

 

Hoy vamos a ubicarnos en la huerta de la familia de Lucía, en el famoso pozo del que ya hemos hablado en otras entregas. Es un día de verano, el calor aprieta en la hora de la siesta en los valles de Aljustrel. Los pastorcitos elijen refugiarse a la sombra de los árboles del huerto, y allí dar rienda suelta a su energía infantil, jugando y brincando en sus juegos favoritos. Cuando de pronto una voz celestial les llama la atención y los reprende dulcemente: “¿Qué hacéis?”, es la voz del ángel que los despierta y despabila pues estaban muy entretenidos con sus diversiones, y juegos, y los insta a volver a lo esencial: “Rezad, rezad mucho. Los Santísimos Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios”. Y la pequeña Lucía, que todavía no sale de su asombro al ver la belleza del Ángel, le pregunta: “¿Cómo nos hemos de sacrificar?” El ángel le responde: “En todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio como acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el ángel de su guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad, con sumisión, el sufrimiento que el Señor os envíe.”

 

Esta fue la segunda aparición del Ángel a los tres niños pastorcitos; y en esta manifestación del cielo, nos podemos detener en la propuesta que les hace el Ángel a los niños, de atraer sobre su Patria la paz mediante la reparación y la oración por la conversión de los pecadores; esto te propongo que empecemos a practicar: oración y sacrificio por nuestra amada paria Argentina. ¿De qué modo? Pues primero ofreciendo todo nuestro día como un acto de reparación por las ofensas a los Sagrados Corazones de Jesús y María, ofrecer ese trabajo que no me gusta realizar, esta persona que no tolero, ese contratiempo o imprevisto con el que no contaba, etc., etc.; pero ofrecerlo de corazón y en silencio, sin que nadie lo note, solo Dios y tú. Y segundo rezar, rezar siempre, puede ser una jaculatoria, un rosario, una pequeña visita al Santísimo Sacramento; también puede suceder que no tengamos la constancia de participar de la Misa diaria, entonces es un buen momento para proponerte asistir todos los días a la Santa Misa y comulgar para reparar las ofensas de nuestra Patria al Sagrado Corazón, etc., etc.

 

Querido amigo, seamos generosos en el sacrificio y en la oración; ofrezcamos a Dios por nuestra Patria actos heroicos, mortifiquemos lo que más nos duele, nuestro amor propio, nuestro yo, nuestro egoísmo, nuestros pareceres y opiniones. Y supliquemos a nuestra Madre Bendita, la Santísima Virgen que reina en su trono de Luján, que vuelva sus benignos ojos hacia esta amada Argentina, y nos dé la Paz, nos bendiga, e interceda ante Su Hijo para que en nuestro suelo vuelva a florecer la Fe perdida.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (IX)

APARICIONES DEL ÁNGEL (Primera parte)

Buen día estimado lector. ¡Feliz y santa Pascua! Espero que hayas podido vivir una buena semana santa.

Hoy vamos a reanudar esta serie de publicaciones en las que me acompañas a meditar sobre los hechos ocurridos en Fátima.

En esta oportunidad nos ubicaremos en el año 1916, un año antes de las apariciones de la Santísima Virgen. Ya los pastorcitos habían comenzado a pastorear juntos los dos rebaños, el de Lucía, y el de los hermanitos Jacinta y Francisco. Es la primavera de dicho año; en esa estación todo cobra vida, los árboles, las flores, que engalanan con su perfume y su color el paisaje de las praderas y los valles; cesa el rigor del frío y comienzan los días con clima agradable.

 

Fue en uno de estos días en el que los niños se dirigen con el rebaño a una propiedad de la familia de Lucía, llamada “Chosa Velha”; a media mañana empieza a caer una pequeña llovizna, por lo cual los niños comienzan a buscar un refugio para ellos. Después del almuerzo, y luego del rosario, comienzan a jugar a las chinas, uno de sus juegos favoritos. En ese momento ocurre algo que sería el inicio de un largo camino, el inicio de las manifestaciones del Cielo llamándonos a la conversión. Pero veamos lo que nos dice Sor Lucía al respecto: “Hacía poco tiempo que jugábamos, cuando un viento fuerte sacudió los árboles y nos hizo levantar la vista para ver lo que pasaba, pues el día estaba sereno.” Es entonces cuando ven dirigirse hacia ellos la figura de un joven como de unos 14 o 15 años -dice Lucía que era más brillante que el sol-; cuando está junto a ellos les dice: “¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. Rezad conmigo”. Y arrodillándose en tierra e inclinando la frente hasta el suelo les enseñó la siguiente oración: “¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.” Luego les dice: “Rezad así. Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas.”

Nos dice sor Lucía: “Sus palabras se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces hasta caer cansados.”

 

Querido amigo, hay un punto de este precioso relato en el que quiero que nos detengamos; Sor Lucía nos decía que cuando estaban los pequeños entregados a sus actividades un viento los hizo levantar la vista: es aquí, en este pequeño e insignificante episodio donde podemos sacar una provechosa conclusión. ¡Cuántas veces nos encontramos muy ocupados con nuestros trabajos, oficios y quehaceres diarios, con nuestras preocupaciones, nuestros problemas; cuando de imprevisto sucede algo que no estaba planeado, algo inesperado, algo que nos sacude el alma, como puede ser un contratiempo, un accidente, un olvido, un robo, una discusión, un ataque; o quizás también un sutil toque de la gracia Divina mediante el cual el Buen Dios nos habla a nuestra conciencia indicándonos que estamos por un camino equivocado, etc., etc.  Y nos obliga a levantar la mirada, a dirigir nuestra vista a lo alto, buscando alguna respuesta a lo sucedido, buscando ayuda, buscando la dirección del camino perdido; buscando al Dios del Amor que parece estar tan lejano.

 

Eso, querido amigo, es el llamado de Dios, Él te está mostrando que estás muy ocupado con lo puramente terrenal, lo bajo y transitorio; te dice con los hechos que tu corazón está apegado a infinidad de cosas temporales que aunque no son malas le quitan el lugar a Él, a tu Dios. Es el Amor de Dios que nos está buscando, que nos rodea, pero como somos demasiado ciegos y sordos a las cosas del Cielo, no lo vemos. Este es el momento de repetir con el Ángel: Dios mío yo creo en ti, te adoro, espero en tu Amor y te amo, etc.

Confiemos en el Dios del Amor y levantemos nuestra alma caída para seguirlo cumpliendo Su Voluntad.

 

Hasta la próxima entrega. Recuerda rezar a diario el Santo Rosario, y de difundirlo entre tus amigos. Dios te bendiga.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (VIII)

CONCLUSIÓN DE LA PRIMERA PARTE.

Estimado amigo lector: Hemos llegado al final de la primera parte de esta serie de publicaciones.

A lo largo de estas ocho entregas fuimos conociendo el lugar de las apariciones, la vida de los pequeños pastorcitos protagonistas de estos hechos, nos hemos maravillado con la belleza del relato que Sor Lucía hace de su familia, de las ansias por recibir por primera vez a Jesús en la Eucaristía; igualmente hemos recorrido la vida y familia de los Beatos Jacinta y Francisco, hemos visto llorar a Jacinta ante el relato de la Pasión del Señor, y la hemos escuchado prometerle no ofenderle jamás con el pecado, con Francisco, viendo su inocencia, su candor y hemos elevado al cielo súplicas para que el Buen Dios nos conceda la gracia de recuperar la inocencia de vida perdida, de volver a la sencillez y a la verdadera alegría.

 

Con el meditar de estos temas, hemos podido sentir como una suave brisa fresca, como cuando uno camina por la mañana por el parque y siente el aire fresco acariciando el rostro. Es que nosotros, tan acostumbrados al encierro, a estar muy vueltos hacia nosotros mismos, con la mirada puesta en lo puramente material, cuando salimos y levantamos nuestra mirada, y nos dejamos asombrar por lo pequeño de cada día, el alma parece que respirara aire puro.

 

Querido lector, a partir del día 1 de abril, comenzaremos a meditar sobre las tres apariciones del Ángel, y las seis de la Santísima Virgen.

Sólo resta para despedirnos recordarte, como venimos haciendo, que reces el Santo Rosario todos los días, que lo reces, si es posible, en familia, que lo propagues entre tus conocidos y vecinos. Si miras a tu alrededor, verás que muchas personas sufren, que hay mucho desconcierto, mucha inseguridad, que el mundo gira locamente sin sentido. Para todo esto la Virgen Santa nos ha dado el rosario, como remedio de tantas necesidades, y salvación de nuestras almas. Sobre todo rézalo por la Santa Iglesia, pero especialísimamente por el Santo Padre, el Papa Francisco, para que la Virgen lo sostenga, proteja e ilumine en su ministerio.

 

Pero antes de concluir me gustaría transcribirte una pequeña anécdota que recuerda Sor Lucía de la pequeña Jacinta; ojalá sirva de pequeño estímulo para incentivar en tu alma la devoción al Inmaculado Corazón de María: “También anteriormente apunté, cómo Jacinta, entre las muchas jaculatorias que el Padre Cruz nos sugirió, escogió la de: ¡Dulce Corazón de María, sé la salvación mía! A veces, después de decirla, añadía con aquella sencillez que le era propia: -¡Me agrada tanto el Inmaculado Corazón de María! ¡Es el Corazón de nuestra Madrecita del Cielo! ¿A ti no te gusta decir muchas veces: Dulce Corazón de María, Inmaculado Corazón de María? ¡Me agrada tanto, tanto!...

A veces cuando recogía flores del campo, cantaba en ese momento con una música inventada por ella: ¡Dulce corazón de María, sé la salvación mía! ¡Inmaculado Corazón de María, convierte a los pecadores, libra a las almas del infierno!” 

Hasta el mes que viene.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (VII)

LOS PASTORCITOS, LOS PREDILECTOS DE MARÍA SANTÍSIMA (cuarta parte)

Buenos días, estimado amigo lector. Hoy nos vamos a permitir seguir observando la vida y virtudes de los pastorcitos antes de las apariciones. En esta oportunidad nos ocuparemos del pequeño Francisco, hermano de Jacinta, de quién era dos años mayor.

Si nos damos una vueltita por los montes en las afueras de Aljustrel, lo podemos encontrar tocando su flauta para divertir a Lucía y a Jacinta, o lo podemos ver contemplar una noche estrellada desde lo alto del granero. Por su alma pura, vacío de sí mismo, su humildad y sencillez verdadera, lo hacían capaz de llegar, a pesar de sus cortos años, a una unión muy estrecha con Dios.

 

Poseía un alma muy simple y sencilla, sensible a cuanto padecían los seres que lo rodeaban. Sor Lucía en sus memorias nos dejó varios recuerdos de su primito. Vamos a deleitarnos citando algunos: “Los pajarillos le gustaban mucho; no podía ver que les robasen los nidos. Hacía migas siempre, con una parte del pan que llevaba de merienda, en lo alto de las piedras, para que ellos se lo comiesen; no quería que nadie se acercase para no meterles miedo. -¡Pobrecitos!, están muertos de hambre, decía hablando con ellos; ¡venid a comer, venid a comer! Y ellos, con el ojo vivo que tienen, no se hacían rogar e iban en grandes bandadas. Él se alegraba mucho al verlos volar a lo alto de los arboles con el buche lleno, a cantar sus alegres trinos; él los imitaba con arte haciendo coro con ellos. Cierto día encontramos a un pequeño que traía en su mano un pajarito que había cazado. Lleno de pena Francisco le prometió dos monedas si lo dejaba volar. El niño aceptó el trato, pero antes quería ver el dinero en la mano. Francisco volvió entonces a casa, desde la Lagoa da Carreira, que está un poco más debajo de Cova de Iría, a buscar las dos monedas para dar libertad al prisionero. Cuando un poco después, lo vio volar, batía las palmas de contento y decía: -Ten cuidado, no te vuelvan a cazar”.

 

Prosigue Sor Lucía: “Había allí una viejecita a quién llamábamos tía María Carreira, a la que los hijos a veces mandaban pastorear un rebaño de cabras y ovejas. Éstas, poco domadas, se le dispersaban cada una por su lado. Cuando la encontrábamos, Francisco era el primero en correr en su auxilio. Le ayudaba a llevar el rebaño al pasto juntándoles las que se habían escapado. La pobre viejecita se desasía en mil agradecimientos y le llamaba su ángel de la guarda”.  

 

Los tres pequeños gustaban en las horas de pastoreo recrearse con algunos cantos populares, el que más le gustaba a Francisco era el siguiente:

Amo a Dios en el cielo,

también lo amo en la tierra.

Amo el campo, las flores,

las ovejas en la sierra.

 

Soy una pobre pastora,

rezo siempre a María.

En medio de mi rebaño,

soy el sol del mediodía.

 

Con mis corderitos

aprendí a saltar.

soy la alegría de la sierra,

soy el lirio del valle.

 

Pequeño pastorcito, Beato Francisco, qué bien estás reflejado en estos versos, pues has amado a Dios tan tiernamente en la tierra que al comprender cómo era ofendido por nuestros pecados quisiste pasar toda tu corta vida consolándolo, y ahora en cielo, a su lado, lo consuelas eternamente; amabas la naturaleza, y en cada rincón veías la mano creadora de Dios,  te extasiabas ante los rayos del sol, el trinar y el vuelo de las aves, y tu alma pura como los lirios parecía confundirse con la belleza del paisaje. Pastorcito amigo, tú que ahora ves a Dios, háblale de mí, dile que quisiera consolarlo como tú, que no quiero ofenderlo más con mis pecados; que ya soy viejo y he pasado mi vida apartado de Él; dile a tu Jesús, a quién estabas tan unido en la tierra, que venga en mi ayuda; pastorcito de María, enséñame a imitar a Nuestra Señora y a crecer en su  verdadera devoción; pastorcito inocente, sobre mis espaldas llevo el peso de varios años, me he vuelto soberbio, orgulloso, muy seguro con mis estructuras y mi educación, enséñame  a recuperar la inocencia, la sencillez y la verdadera alegría. Beato Francisco, me oprimen miles de lazos que me esclavizan, me ensucian y me entristecen, ayúdame a ser libre como tú, y poder comenzar a amar al Señor sirviéndolo contento en lo más pequeño y simple de cada día.

 

Hasta la próxima, y que el Beato Francisco nos otorgue la gracia de ser verdaderos reparadores del Corazón de Jesús. Y no olvides rezar el rosario diariamente.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (VI)

ORACIÓN Y SACRIFICIO EN CUARESMA. (Segunda parte)

Estimado amigo lector, buen día. Vamos a completar las reflexiones iniciadas en la entrega anterior.

-SACRIFICIO: Para lo que hoy te propongo meditar es necesario que recordemos brevemente la primera aparición de la Virgen (en otras entregas hablaremos con más detalle).

Esta mañana nos encontramos en un campo, en las afueras de Aljustrel, llamado Cova de Iria, propiedad de los padres de Lucía; allí vemos a los tres niños pastorcitos, de rodillas frente a la famosa Encina de las apariciones; escuchamos pronunciar a Lucía unas pocas palabras, son las siguientes: "Sí, queremos"; pero… ¿a qué se refiere? Si leemos el Diario de la Hermana Lucía podremos esclarecer lo sucedido.

 

La frase de Lucía es la respuesta libre y generosa que la pequeña hizo en nombre de los tres niños a una pregunta formulada por la Santísima Virgen. El diálogo fue el siguiente: pregunta la Virgen:

- ¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de suplica por la conversión de los pecadores?

Y Lucía responde:

- Sí, queremos.

 

De este simple, pero a la vez sublime y trascendente acto, podemos sacar una buena enseñanza. Primeramente consideremos la pregunta formulada por la Virgen, que también se dirige a nosotros: "¿queréis ofreceros  a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros…?"

Puede ser que tú digas libremente NO, no quiero. Pero déjame seguir con lo que quiero expresar. Estamos en el santo tiempo de la Cuaresma, en el que habitualmente se sugieren ciertas prácticas de sacrificios y mortificación para expiar los pecados cometidos por nosotros mismos, por el mundo entero, como así también para reparar las ofensas cometidas contra la bondad Divina; en vistas a prepararse adecuadamente para la celebración de la Pascua.

Los que abrazan tales prácticas, suelen proponerse, durante el día, algunas mortificaciones: dormir sin almohada, tomar café o té sin azúcar, ayunar varios días, usar cilicio, etc, etc. Todas son prácticas muy loables, y están permitidas por la Iglesia, si se realizan con las debidas moderaciones.

Pero volvamos a la pregunta de la Virgen, específicamente cuando dice: "...soportar los sufrimientos que Él quiera enviaros…", querido amigo, es aquí donde quiero que nos detengamos. Aquí Nuestra Señora habla de aceptar los sufrimientos que Dios quiera enviarnos, según su Voluntad y siempre para nuestro bien.

Las penitencias que citamos anteriormente, como el ayuno, son puestas y programadas por nosotros mismos, según nuestro parecer, y según nuestras posibilidades. Pero la Virgen hace mención de lo que Dios mismo quiera enviarnos, por ejemplo: cuando estamos abocados a una buena lectura y sucede que alguien cercano necesita de nuestra ayuda; o cuando has decidido pasar la tarde del sábado lavando muy bien el coche y resulta que tu hijo quiere que lo ayudes con su tarea: realmente no quieres, quieres lavar el auto porque te gusta; también puede suceder que quieres este fin de semana salir con tu esposa o tu esposo a tomar un café y te dicen que mejor tomar un helado, y te molesta mucho que te contradiga y quieres sí o sí tomar ese café; en alguna oportunidad puede suceder que tienes un día espléndido, todo te sale como has planeado, pero de pronto un accidente te desconcierta, transforma en un segundo toda tu vida, etc., etc. Son éstas preciosas ocasiones, con una riqueza única, pues en estos casos hacemos una buena penitencia venciéndonos a nosotros mismos, muriendo a nuestro gusto, renunciando a nuestro plan, para abrazar este pequeño o gran sacrificio, ya no según mi plan, parecer o conveniencia, sino el sacrificio inesperado que Dios me envía.

 

Nos despedimos hasta la próxima publicación. Y recuerda rezar diariamente el Santo Rosario, e invitar a otros a rezarlo.