Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni

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Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni y familia

Sergio Bernardini y Domenica Bedonni, pareja humilde de Pavullo, en la provincia norteña de Módena (Italia), se unió en matrimonio el 20 de mayo de 1914. Sergio tuvo un primer matrimonio del que nacieron tres hijos; pero una peste en 1912 causó la muerte de su esposa, sus hijos, su padre y su madre. Al quedarse solo, viajó a Estados Unidos para trabajar en una mina un año. Ya de regreso en Italia, sueña con tener una familia, posiblemente numerosa. 
Por su parte, Domenica Bedonni a los 23 años optó por la vocación a la vida matrimonial y rezaba para tener al menos una hija monja y, por qué no, un hijo sacerdote. Se conocieron y poco después se casaron. El P. Sebastiano, uno de sus hijos, afirmó que una de las cosas que más recuerda de sus padres es la vida de sacrificio, su gran fe y el amor que estos Venerables Siervos de Dios se prodigaban y que se reflejaba en sus miradas.

Domenica y Sergio estuvieron casados 52 años y tuvieron diez hijos: ocho mujeres y dos hombres. Seis hijas eligieron la vida religiosa: cinco como hermanas paulinas y una en la Orden del Buen Pastor. Los dos hijos varones se hicieron sacerdotes, uno de ellos es el Obispo Emérito de Smirne (Italia), Mons. Giuseppe Germano Bernardini. El P. Sebastiano recordó: “Cuando nací, mi padre lanzó un suspiro de alivio. Era el primer hombre después de ocho mujeres” y le habría dado una mano en el trabajo del campo. “Sin embargo, cuando decidí entrar en el seminario, dijo: '*Que sea la voluntad del Señor'. Fue este el secreto de su matrimonio.*

Sergio Bernardini fallece el 12 de octubre de 1966. El 27 de febrero de 1971 lo sigue su esposa. A ambos funerales asistieron una gran cantidad de fieles y sacerdotes que proclamaban la santidad de ambos. Fueron declarados Venerables en mayo de 2015.

Fuente: aciprensa.com

Cuando una madre ama...

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Sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin

La sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin era una joven católica, piadosa y simple, de Cinisello (Milán, Italia). Se casó el 2 de febrero de 1991 con Carlo, de Carpané, un pueblito a los pies del Grappa, y allí dio a luz a sus 3 hijos. 
Ricardo, el menor, tenía sólo dos meses de concebido cuando su madre descubrió que estaba enferma de cáncer. Era el año 1994. Cristina y Carlo Mocellin, eran unos padres felices. Tenían otros dos hijos, Lucía y Francisco. Podían decidir el uso de medicinas para curar a la madre, pero a riesgo de que Ricardo muriese. Cristina tomó una decisión valiente, difícil, heroica. En vez de someterse al tratamiento médico, decidió esperar: primero está la vida de Ricardo, y luego su vida. Su bebé nació a los pocos meses, mientras el cáncer avanzaba con velocidad en el cuerpo de su madre. De nada sirven las dolorosas sesiones de quimioterapia. Un año después, el 22 de octubre de 1995, la muerte había triunfado sobre Cristina. Tenía sólo 26 años de edad. Cristina mostró lo que significa amar hasta dar la vida. Además, quiso dejar a Ricardo una carta, escrita un mes antes de morir.

Vale la pena releer este escrito de una madre que, de verdad, "da la vida". Nos ayuda a contrastar la mentalidad de quienes defienden, quizá olvidando que también ellos estuvieron en un seno materno, el mal llamado "derecho" al aborto... Nos ayuda, sobre todo, a comprender que la vida sólo vale la pena cuando la vivimos para amar sin límites, hasta la muerte, a nuestro prójimo. Aquí sus palabras:

"Querido Ricardo, tienes que saber que no estás aquí por casualidad. El Señor ha querido que tú nacieras a pesar de todos los problemas que había... cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas... Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: "¡Estoy embarazada! ¡Estoy embarazada! Señor doctor, ¡estoy embarazada!". Para afrontar el miedo de ese momento recibimos una gigantesca fuerza de voluntad para tenerte. Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. 
Ricardo, eres un regalo para nosotros. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por vez primera, parecía que me decías: "¡Gracias, mamá, por amarme!" ¿Y cómo podríamos no amarte? Tú eres una joya, y cuando te miro y te veo tan guapo, despierto, simpático… 
Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos. Sólo Él sabe lo mucho que querríamos tener más hijos, pero por ahora es imposible."

El 22 de Octubre de 1995, día de su muerte, repetía: "Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz". Y pronunciaba hasta una hora antes de morir los nombres de sus niños con una oración. Su causa de beatificación ha sido instruida por la diócesis de Padua en cuyo territorio se encuentran las parroquias de Carpané y Valstagna donde ha vivido y vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Fuente: cf. catholic-church.org

Una nueva intercesora a favor de la vida

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Sierva de Dios Chiara Corbella Petrillo

La Sierva de Dios Chiara Corbella Petrillo, nacida en Roma el 9 de enero de 1984, se educó en el seno de una familia profundamente cristiana y en seguida manifestó una gran sensibilidad y una especial docilidad al Espíritu Santo. Desde pequeña también abrigó una particular relación con la Virgen María. Siempre estuvo vinculada a su parroquia y en una peregrinación conoció a Enrico Petrillo. Se casaron en septiembre de 2008. Pronto supieron que estaba embarazada de una niña, María. El embarazo se complicó y el médico les dijo que su pequeña vendría al mundo con problemas de salud. Le diagnosticaron una anencefalia pero ellos lo aceptaron sin reservas y pudieron gozar de su presencia unos 30 minutos pudiéndola bautizar antes de morir. "El momento en el que la he visto ha sido un momento que no olvidaré jamás. En ese momento he entendido que estábamos unidas en la vida aunque no pensaba en el hecho de que ella estaría poco con nosotros. Ella estaba unida a mí por la vida, porque era mi hija", dijo Chiara tras dar a luz a María. "Aquella media hora no me pareció poco. Fue una media hora inolvidable. Si hubiese abortado, pienso que no podría recordar el día del aborto como una fiesta, un momento en el cual me hubiera liberado de alguna cosa. Pienso que habría sido algo que se quiere olvidar, un gran sufrimiento. El día del nacimiento de María, en cambio, podré recordarlo siempre como uno de los momentos más bellos de mi vida", explicó Chiara.

Después de un tiempo Chiara quedó de nuevo embarazada y a los pocos meses los médicos le dijeron que el niño, David, nacería con gravísimas malformaciones. El niño vendría sin piernas. Sin miedo, una vez más, decidieron continuar adelante. Hacia el séptimo mes, les dijeron que no podría vivir. Y de nuevo los dos, con una gran mirada de fe, decidieron acompañar al pequeño David desde su nacimiento hasta su muerte. Fue bautizado antes de que se apagase su pequeño corazón a los pocos minutos de nacer. 
En 2010 quedó embarazada por tercera vez. En esta ocasión era Francesco. Las ecografías mostraban que era un bebé sano. Pero al quinto mes de embarazo, la cruz les visitaba de nuevo. A Chiara le diagnosticaron un cáncer de lengua. Sabían que eran necesarias las sesiones de quimioterapia y radioterapia para salvar la vida de Chiara, pero los dos deciden seguir adelante con el embarazo. Querían defender la vida de su hijo. Retrasó su tratamiento hasta que naciese el niño para que las radiaciones no afectasen al embarazo. "No quiero morir por Francesco, quiero dar mi vida a Francesco", dijo Chiara.

Todas estas pruebas no perturbaban a ninguno de los dos, que iban aceptando la voluntad de Dios. El pequeño vino al mundo el 30 de mayo de 2011. Doce meses después, Chiara le escribió una carta por su primer cumpleaños. En ella le decía: "Voy al Cielo para ocuparme de María y David, tú quédate aquí con papá. Yo desde allí rezaré por vosotros. Eres especial y tienes una gran misión. El Señor te ha elegido y yo te mostraré el camino a seguir si abres tu corazón. Confía en mí, vale la pena. Mamá." 
Chiara inició sus sesiones contra el cáncer con cuatro meses de retraso. Eso la debilitó mucho e hizo que perdiese la vista de su ojo derecho. Pero siempre tuvo presente que lo había hecho por amor y eso le daba felicidad en medio del dolor físico. Una felicidad que siempre mostraba con una gran sonrisa y con un brillo especial en su mirada. 
Chiara, acabó la batalla contra el dragón, como ella misma llamaba al tumor, en referencia a la lectura del Apocalipsis, el 13 de junio de 2012 a los 28 años de edad. Su último mensaje de móvil se lo envió al sacerdote de su parroquia. En él le decía: "Estamos con las lámparas encendidas, esperamos al Esposo".

Chiara aseguró en una ocasión que "el Señor pone la verdad en cada uno de nosotros; y no existe la posibilidad de malinterpretarla". Enrico explicó que su mujer se refería "al hecho de que el mundo de hoy te propone elecciones equivocadas con el aborto, ante el niño enfermo, ante el anciano terminal", pero "el Señor responde con historias como la nuestra". "Somos nosotros quienes queremos filosofar sobre la vida, sobre quien la ha creado, y, al final, nos confundimos al querer convertirnos un poco en dueños de la vida, buscando escapar de la cruz que el Señor nos dona", dijo. 
"La verdad es que esta Cruz, -si la vives con Cristo-, deja de ser tan fea como aparenta. Si te fías de él, descubres que en este fuego, en esta Cruz no ardes, y que en el dolor está la paz y en la muerte está la alegría". "Reflexionaba mucho, sobre todo este año, en la frase del Evangelio que dice que el Señor nos da una Cruz dulce y una carga ligera. Cuando miraba a Chiara, que estaba a punto de morir, obviamente me inquietaba. Entonces tomé coraje y pocas horas antes -eran sobre las ocho de la mañana, Chiara murió a medio día-, se lo pregunté. Le dije: 'Pero Chiara, amor mío, ¿esta Cruz es realmente dulce, como dice el Señor?'. Ella me miró, me sonrió, y con un hilo de voz me dijo: 'Sí, Enrico, es muy dulce'. De este modo, toda la familia no hemos visto morir a Chiara serena, sino que la hemos visto morir feliz, que es totalmente distinto".

En la homilía del funeral de Chiara, el entonces vicario de la diócesis de Roma, el cardenal Agostino Vallini, se refirió a ella como "una nueva Gianna Beretta Molla". En 2017 se abrió oficialmente su proceso de Beatificación.

Fuente: cf. hogardelamadre.org

Venerable Silvio Dissegna

 

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Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

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"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Beata Chiara Badano

 

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Beata Chiara Badano

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este llamamiento que lanzó el Papa Juan Pablo II en agosto de 1989, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y María Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, María Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

Chiara es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». 
Participa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. A los doce años, escribe a la fundadora de los focolares: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios…”. Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. 
La joven posee una hermosa voz, ama la música, la danza y el deporte. No le gusta hablar de ella. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad.

Hacia finales del verano de 1988, Chiara está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos, pero siempre conserva su maravillosa sonrisa y su atención por los demás. Repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!»... A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera… no hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús». 
Se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!».

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Beato Pier Giorgio Frassati

 

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Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

En la resurrección nos veremos

 

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Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

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¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Necesidad de la mortificación

 

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San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina