Venerable Silvio Dissegna

 

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Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

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"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Beata Chiara Badano

 

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Beata Chiara Badano

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este llamamiento que lanzó el Papa Juan Pablo II en agosto de 1989, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y María Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, María Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

Chiara es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». 
Participa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. A los doce años, escribe a la fundadora de los focolares: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios…”. Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. 
La joven posee una hermosa voz, ama la música, la danza y el deporte. No le gusta hablar de ella. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad.

Hacia finales del verano de 1988, Chiara está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos, pero siempre conserva su maravillosa sonrisa y su atención por los demás. Repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!»... A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera… no hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús». 
Se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!».

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Beato Pier Giorgio Frassati

 

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Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

En la resurrección nos veremos

 

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Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

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¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Necesidad de la mortificación

 

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San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Esperaba que alguien me consolase y no lo hallé...

¡Corazón de Jesús, llagado por nuestro amor! Hazme digno de reparar las heridas que nuestros pecados te han infligido.

 

El himno de primeras Vísperas en la fiesta del Sagrado Corazón dice: «Mirad cómo la insolente y horrible patrulla de nuestras culpas ha herido el Corazón inocente de un Dios»; y con mayor realismo continúa: «La lanzada del soldado fue dirigida por nuestros pecados» (Breviario Romano). Estas expresiones evocan a nuestra mente las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María Alacoque: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; pero a cambio de su amor infinito, en vez de encontrar gratitud, halló olvido, indiferencia, ultrajes, a veces aun de parte de los mismos que deberían tributarle especial amor».

Ante esta queja del Corazón divino, el alma amante no puede permanecer indiferente: quiere expiar, reparar, consolar. Y lo quiere hacer -enseña Pío XI- por un doble motivo: «de justicia y de amor: de justicia, para reparar la ofensa causada a Dios por nuestras culpas…; de amor, para sufrir con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle, en la medida de nuestra poquedad, algún alivio» (Enc. Miserent. Red.).

 

Que debamos reparar nuestros pecados es fácil entenderlo, pero que podamos hacerlo también para consolar al Corazón de Jesús tal vez no es tan claro. «¿Cómo se podrá decir -pregunta Pío XI- que Cristo reina feliz en el cielo, si puede ser consolado por estos actos de reparación? Dadme un alma amante y comprenderá lo que digo», responde el gran Papa. En efecto, el alma que penetra con amor en el misterio de Jesús, comprende bien que, cuando Él en Getsemaní veía todos nuestros pecados, veía también todas las buenas obras que habríamos de hacer para consolarle, y de este modo le consolaron entonces los actos que hoy hacemos con tal fin. Ese pensamiento nos estimula cada vez más a la práctica de obras de reparación, para que Jesús no tenga motivos de dirigimos también a nosotros la compasiva queja: «El dolor me despedaza el Corazón…; esperaba alguien que me consolase y no lo he encontrado» (Misa del S. Corazón).

 

“¡Dios mío! ¿Por qué no podré lavar yo con mis lágrimas y con mi sangre todos aquellos lugares donde ha sido vilipendiado tu Corazón? ¿Por qué no me será permitido reparar tantos sacrilegios y tantas profanaciones? ¿Por qué no me concederás por un solo instante ser dueña del corazón de todos los nombres, para resarcir con el sacrificio que de ellos te haría el olvido e insensatez de todos los que no han querido conocerte o que, aun conociéndote, te han amado tan poco? Pero, Salvador adorado, lo que más me llena de confusión y mayormente me aflige es que yo misma he sido de estos ingratos. Tú, Dios mío, que ves el fondo de mi corazón, mira el dolor que sufro por mis ingratitudes y por verte tratado tan indignamente. Heme, pues, aquí ¡oh Señor!, con el corazón partido de dolor, humillado, abierto, pronto a recibir de tu mano todo lo que te plazca exigirme en reparación de tantos ultrajes” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Del hombre interior

Cristo fue también en el mundo despreciado de los hombres, y entre grandes afrentas desamparado de amigos y conocidos, y en la mayor necesidad. Cristo quiso padecer y ser despreciado, ¿y tú osas quejarte de cosa alguna? Cristo tuvo adversarios y murmuradores, ¿y tú quieres tener a todos por amigos y bienhechores? ¿Cómo se coronará tu paciencia, si ninguna adversidad se te ofrece? Si no quieres sufrir algo, ¿cómo serás amigo de Cristo? Sufre con Cristo y por Cristo, si quieres reinar con Cristo.

 

Si una vez entrases perfectamente en lo interior de Jesucristo, y gustases un poco de su encendido amor, entonces no tendrías cuidado de tu provecho o daño propio, antes te holgarías más de las injurias que te hiciesen; porque el amor de Jesús hace al hombre despreciarse a sí mismo. El amador de Jesús y de la verdad, y el hombre verdaderamente interior y libre de afectos desordenados, se puede volver fácilmente a Dios y elevarse sobre sí mismo en espíritu, y gozarse en él con suavidad.

 

Aquél que aprecia todas las cosas como son, no como se dicen o estiman, es verdaderamente sabio, y enseñado más por Dios que por los hombres. El que sabe vivir interiormente y tener en poco las cosas exteriores, no busca lugares, ni espera tiempos para darse a ejercicios devotos. El hombre interior presto se recoge; porque nunca se derrama del todo a las cosas exteriores, no le estorba el trabajo exterior, ni la ocupación tomada en tiempo necesario; sino que como suceden las cosas, se conforma a ellas. El que está interiormente bien dispuesto y ordenado, no cuida de lo que perversamente obran los mundanos. Tanto se estorba uno y se distrae, cuanto atrae a sí las cosas del mundo.

 

Si fueres recto y puro de pasiones, todo te sucederá bien y con provecho. Por eso te descontentan muchas cosas a cada paso, y te turban, porque aún no estás muerto a ti perfectamente, ni apartado del todo de lo terreno. No hay cosa que tanto mancille y embarace al corazón del hombre, como el amor desordenado a las criaturas. Si desprecias las consolaciones exteriores, podrás contemplar las cosas celestiales y muchas veces gozarte interiormente.

Fuente: Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 2.

Nuestra Preparación (II)

Describiendo Santa Teresa el ambiente espiritual en que ordinariamente florece la contemplación, coloca en primer plano el ejercicio intenso de las virtudes, en particular el desasimiento total y la humildad profunda. Pero Santa Teresa no pide un ejercicio cualquiera, más o menos perfecto; exige una generosidad absoluta y a veces el heroísmo de las virtudes. La razón es bien clara: la contemplación es un don generoso de Dios, por lo tanto exige también generosidad por nuestra parte; las almas poco generosas son precisamente las que nunca llegarán a gustarla. No olvidemos el gran principio inculcado por la Santa: “Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo” (Camino de perfección 23, 12).

 

Favorecida por esta atmósfera de generosidad, el alma ha de vivir en un recogimiento y oración continuos e intensos. Cuanto más recogida viva el alma en Dios y más íntimos y profundos sean su oración y su contacto vital con Él, más dispuesta estará para recibir las mociones divinas. He aquí, pues, en síntesis, cuál debe ser nuestra preparación: por una parte un ejercicio intenso de mortificación, de abnegación y de desasimiento, lo que supone la práctica de las virtudes; y por otra una vida de oración, profunda y continua.

 

Al disponernos para la contemplación, es evidente que no intentamos convertirla en el fin de nuestra vida espiritual. El fin siempre será el amor, pues la santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad. Sin embargo, la contemplación es un medio muy poderoso para hacernos llegar pronto a la plenitud del amor, y es precisamente por lo que la deseamos. Nuestra vida es un continuo caminar hacia Dios, un dirigir y orientar constantemente todas nuestras energías hacia Él. ¡Feliz el alma que se siente atraída poderosamente por el Señor! Su paso será más ágil y rápido. Este es el gran beneficio de la contemplación.

De este modo se comprende que si debemos prepararnos a ella, no es para gozar de sus dulzuras, sino para penetrar de lleno en el camino de la intimidad divina y del amor perfecto, porque nada puede orientarnos tan directa y plenamente hacia Dios y hacia su gloria como esta experiencia amorosa y esta luz contemplativa que constituyen la esencia de la contemplación.

 

Ayúdame, ¡oh Señor!, a hacer propósitos generosos y enséñame a entregarme a ti sin reserva alguna, sin ninguna división. Esto es lo que Tú esperas de mí. Después Tú sabrás completar tu obra en mí.

 

“Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde quisiere. Bien creo que quien de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasidas del todo), que no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea por siempre alabado y bendito. Amén". (Santa Teresa, IV Morada 2. 10).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.