El Buen Pastor (I)

 

El buen Pastor 05  20

La Liturgia se complace en presentarnos a la Iglesia como un prado fecundo, donde Jesús, cual Buen Pastor, apacienta a los fieles con un pasto delicioso, la gracia divina, que el alma toma por medio de los Sacramentos. En la Eucaristía, Sacramento pascual, es donde Jesús contribuye particularmente al crecimiento de nuestras almas, dándonos en alimento su Cuerpo y Sangre. ¿Es posible hallar un Pastor más cuidadoso y solícito?

Cual ovejita del rebaño de Cristo te ha correspondido a ti, alma amiga, tal dicha. Te mueves entre cortesanos celestes y te nutres de manjares divinos. No rebajes tu condición, ansiando saborear otros goces. Con el gusto espiritual sucede lo que con el paladar. Si se acostumbra a bocados deliciosos, le dan náuseas los vulgares, y si prueba manjares vulgares, no será capaz de saborear la exquisitez de los finos y delicados. Por eso los santos sienten hastío de las cosas mundanas; y por eso los mundanos no pueden soportar una hora de silencio ante el sagrario; como los israelitas que preferían al rico maná los ajos y cebollas de Egipto.

No quieras pertenecer tú a este último grupo. Y para ello procura que tus lecturas sean de cosas santas, que tus conversaciones no se muevan en un ambiente pagano, que tus diversiones no te aparten del espíritu de Jesús. De esta forma, acostumbrada al manjar delicado de lo espiritual y divino, no habrá peligro de que te atraiga lo bajo y rastrero, degradándote así de tu dignidad excelsa.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

Santo Tomas 01  01

Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Tras los pasos del Señor

 

San Josemaria Escriva de Balaguer 01  02

San Josemaría Escrivá de Balaguer

El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. 
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.

Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar. Para eso, insisto, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria. 
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo.

Fuente: S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios

Crucificar con Cristo nuestra carne

 

Jesus en la Cruz 03  05

¡Oh Jesús! Haz que, al contemplarte clavado en cruz, mi amor se encienda en ansias de crucificar contigo mi carne.

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió el dominio del espíritu sobre los sentidos y sobre la carne, de lo cual proceden todas las malas inclinaciones que le empujan hacia abajo. San Pablo lo confiesa humildemente: «Yo sé que no habita en mí, quiero decir en mi carne, cosa buena..., porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro» (Rom. 7, 18-19). 
Sin embargo, es cierto que Dios nos da la gracia para triunfar de nuestras malas tendencias, con tal que nosotros realicemos también nuestro esfuerzo, que debe consistir precisamente en la mortificación voluntaria: «Los que son de Cristo Jesús crucificaron la carne con las pasiones y las concupiscencias» (Gál. 5, 24).

La mortificación corporal no tiene por objeto imponer al cuerpo molestias y privaciones por el gusto de hacerlo sufrir, sino para, regular y dominar cualquier tendencia suya que se oponga a la vida de la gracia. Nos amonesta el Apóstol: «Si vivís según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rom. 8, 13). Se trata de frenar nuestro impulso para prevenir caídas, de podar ramas inútiles o dañosas para evitar desviaciones, de dirigir hacia el bien fuerzas que, dejadas a sí mismas, pueden conducir al pecado. 
En este sentido la mortificación, sin ser nunca un fin en sí misma ni el principal elemento de la vida cristiana, ocupa en ella un puesto fundamental y es un medio estrictamente indispensable, en cuanto que sin ella no es posible la vida del espíritu. Nadie puede eludir esta ley sin verse cerrado el camino de la salvación, de la santidad. Ni el mismo San Pablo, que tanto había hecho y sufrido por Cristo, se creía dispensado de ella, y así decía: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado» (1 Cor. 9, 27).

¡Ayúdame, oh Señor, a librarme de la esclavitud del cuerpo! Enséñame a dominar sus injustas exigencias y a mortificar sus pretensiones. No permitas que esta envoltura de carne de que me has revestido para que pueda servirte en la tierra, me obstaculice y me impida la donación generosa y total de mí mismo a ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Reflexión para la Solemnidad de Corpus Christi

Por primera vez entra la palabra transubstanciación en un documento solemne de la Iglesia en el Concilio Ecuménico de Letrán IV del año 1215. Y allí se afirma que es el mismo Cristo resucitado, el mismo Cristo histórico, su ser real, a quien, en la Eucaristía, vemos bajo la apariencia de pan y de vino. Eso -diría Tertuliano- no depende de mi fe, ni de mi convencimiento, ni de mi opinión subjetiva, sino que es la realidad misma que veo delante de mí y puedo recibir en la comunión. El pan es de verdad la carne de Cristo. "Esto es mi cuerpo" decimos en la Misa los sacerdotes con toda la fuerza de la palabra 'es'. Cuerpo de Cristo que, por supuesto, podemos recibir con dignidad y fruto si lo hacemos sabiendo de su presencia real bajo apariencia de pan. Pero que, también objetivamente, podemos profanar e insultar si lo recibimos o tratamos con indignidad, con falta de decoro, con carencia de esa solemnidad piadosa y no estirada de la cual habla el Papa Benedicto, rodeando su soberana presencia de serenidad, de belleza, de señales de respetuosa alegría, de acción de gracias, de formas nobles. Sin juicios excesivamente temerarios podemos medir la fe del cristiano en la presencia real del Señor en la Eucaristía por la forma que tiene de actuar frente a ella o con ella.

 

Fue en medio del desarrollo de la doctrina de la transubstanciación que el papa Urbano IV instituyó, en 1264, la fiesta de Corpus Christi. Encargó a Santo Tomás de Aquino la redacción de su oficio. Y este gran teólogo compuso para la fiesta las hermosas poesías de la secuencia Lauda Sion y los himnos Pange lingua, con su Tantum ergo, Sacris solemniis y Verbum supernum, todas vertidas bellamente al castellano por nuestro Francisco Luis Bernárdez.

Fiesta por excelencia de la verdad católica: acción de gracias por la creación de nuestra vida humana corporal, de nuestro mundo, del mundo futuro. Acción de gracias por el acercarse a nosotros de Dios en Jesucristo, en su plena humanidad, en su simplicidad de hombre, en su carne.

 

En la subversión de los valores y la verdad de los últimos tiempos no ha dejado de hacerse presente otra vez la negación de esta augusta Presencia. Lo denunciaron en su momento Pablo VI en su Mysterium Fidei de 1965, donde frenaba el intento de algunos teólogos de cambiar la palabra transubstanciación por transignificación, y Juan Pablo II en su última encíclica Ecclesia de Eucharistia. También el papa Benedicto en sus obras de teología anteriores al pontificado.

 

Es necesario volver no solo a reactualizar, en nuestra convicción, la doctrina, sino manifestar su verdad cada vez con mayor valentía, con esa única vergüenza que puede tener la verdad que es 'la de ocultarse' -como decía Tertuliano-, y reflejarla en nuestras actitudes, en nuestras visitas al Santísimo, en nuestras comuniones y acciones de gracias, en nuestro modo de asistir a Misa, en nuestra forma de recibir el sagrado don de la presencia de Dios, de la carne que se hace pan -como acaba de decir Benedicto [año 2005] en su homilía de Corpus Christi-. Frase, la última, ante la cual Tertuliano se hubiera regocijado, él que defendía que la carne era el eje de la salvación y se horrorizaba de que las manos que habían fabricado ídolos o jugado con ellos se atrevieran a recibir el cuerpo del Señor. "¡Oh escándalo! -escribía- los judíos pusieron sus manos en Cristo una sola vez, pero éstos desgarran su cuerpo todos los días. ¡Oh manos dignas de ser cortadas!"

Pero también escribía Tertuliano, para los que recibían a Jesús dignamente: "Nuestra carne, ¡dichosa carne!, es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo, y nuestro corazón se llena de gozo y de Dios."

 

¡Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar!

Fuente: Pbro. Mons. Gustavo E. Podestá, Sermones de Corpus Christi. www.catecismo.com.ar

Madre de la Iglesia

Hoy celebramos la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. El Papa Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, dio a María el título honorífico de Madre de la Iglesia. El episcopado argentino solicitó y obtuvo de la Sede Apostólica la inserción de esta memoria, asignada al lunes después de Pentecostés.

Roguemos especialmente en este día, por intercesión de la Santísima Virgen, por la libertad y exaltación de la Santa Madre Iglesia, que la libre y defienda de la perversidad y asechanzas del demonio, y que proteja e ilumine al Santo Padre, el Papa, los obispos, sacerdotes y a todos los que por inmensa misericordia de Dios somos hijos de la Iglesia y miembros de su Cuerpo Místico.

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¡Oh María! Ya que eres verdaderamente Madre mía, haz que ya sea verdadero hijo tuyo, digno de ti.

 

Al dar su consentimiento para ser madre del Hijo de Dios, María se unió en un consorcio estrechísimo no sólo a la persona, sino también a la obra de Jesús. Sabía que el Salvador venía a este mundo para redimir al género humano; aceptando, pues, ser su madre, aceptaba también ser la más íntima colaboradora de su misión. De hecho María, dándonos a Jesús, que es la fuente de la gracia, colaboró directísimamente a la difusión de la gracia en nuestras almas. «Si Jesús fue el Padre de nuestras almas -dice San Alfonso-, María fue la Madre, porque dándonos a Jesús nos dio la verdadera vida, y ofreciendo después sobre el Calvario por nuestra salvación la vida del Hijo, nos alumbró a la vida de la gracia divina».

 

Porque una mujer -Eva- había cooperado a la pérdida de la gracia, por eso, según una disposición armoniosa de la Providencia divina, otra mujer -María- había de cooperar a la restitución de esa misma gracia. Ciertamente la vida de la gracia nos viene de Jesús, que es su única fuente y el único Salvador; pero en cuanto María fue quien lo dio al mundo, en cuanto María está íntimamente asociada a toda la vida y obra de Jesús, se puede decir muy bien que la gracia nos viene también de María. Si Jesús es la fuente y el manantial de la gracia, María -como dice San Bernardo- es el canal, el acueducto que nos la trae hasta nosotros. Así como Jesús quiso venir a nosotros a través de María, del mismo modo toda la gracia, toda la vida sobrenatural nos llega a través de María.

 

«Esta es la voluntad de quien determinó que todo lo recibamos por medio de María» (San Bernardo). Todo lo que Jesús nos mereció en sentido propio, de derecho, María nos lo ha merecido secundariamente por mérito de conveniencia. La Virgen es, pues, verdaderamente nuestra Madre; con Jesús nos ha engendrado a la vida de la gracia. Podemos por eso saludarla con toda verdad: «Dios te salve, Reina, Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve».

"¡Oh, qué feliz esperanza!; oh, ¡qué refugio! Tú, Madre de Dios, eres mi madre. ¿Cómo no esperaré cuando mi salvación y mi santidad están en las manos de Jesús, mi Hermano, y en las de María, mi Madre?" (San Anselmo).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa Catalina, esposa de Cristo y fiel hija de la Iglesia (II)

El 29 de enero de 1380, estaba rezando y de pronto la vieron caer, como abrumada por un inmenso peso. Quisieron levantarla pero era casi imposible. Jesús había puesto sobre sus débiles hombros el navío de la Iglesia y todos los pecados que lleva a bordo. Era el anuncio de su fin. La llevaron costosamente hasta su casa, un pequeño cuartito cercano a una iglesia. Allí la reclinaron sobre unas tablas que le servían de lecho. Ya no se recuperaría más.

La santa tenía plena conciencia de que la muerte estaba a las puertas. Le dice a un sacerdote: “Estad seguro de que si muero, la única causa de mi muerte es el celo por la Iglesia que me abraza y me consume.” Se despidió de sus allegados y de su madre. Luego dijo con voz tenue: “Tú me llamas, Señor, yo voy a ir a ti. Voy a ti, no por mis méritos, sino gracias a la misericordia que imploro en virtud de tu sangre... ¡Oh Sangre! ¡Oh Sangre!” E inclinando su cabeza, murió como había deseado, “consumida de amor por la dulce Esposa de Cristo.” Era el 29 de abril de 1380.

 

Cuando se considera la gran figura de Catalina, resulta inevitable sentirse pequeño, mezquino, muy poca cosa. La reciedumbre de su personalidad, el vuelo de sus proyectos, su visión grandiosa de todo, siempre a la luz de la eternidad, sus voglio (“quiero”) viriles, hechos de sangre y de fuego, las intervenciones de Dios a lo largo de su vida, todo ello hace que su figura nos resulte gigantesca. Lejos de querer empequeñecerla, de recortarle lo “desmesurado” a la medida de nuestra mediocridad, con la excusa de hacerla más “humana”, es mejor ir acostumbrando la retina a sus fulgurantes dimensiones.

Es tan extraordinaria que pareciera desanimar a los que aspiran a la perfección. Ella nunca nos ha pedido que la imitemos. No nos será posible hacerlo, por cierto, en la excepcionalidad de su vocación, a la que correspondieron medios y caminos poco comunes. Por lo demás, no radica en ello la santidad, y por ende tampoco la imitabilidad. Cada alma tiene su camino propio e intransferible. Ni siquiera a Cristo, que se dijo “Camino”, hay que imitarlo materialmente. Pero lo que sí podemos imitar de Catalina es su entrega generosa e incondicional al cumplimiento de la voluntad de Dios, de la “idea” que Dios tuvo de ella desde toda la eternidad. Eso sí está a nuestro alcance, con la ayuda de la gracia.

Fuente: Cfr. P. Alfredo Sáenz, “El Pendón y la aureola”.

Nuestra preparación (I)

¡Oh Señor! Hazme generoso y fiel en tu servicio, para que yo no ponga obstáculos a la acción de tu gracia.

 

La fuente de agua viva de que brota la experiencia amorosa de Dios y la luz de la contemplación no es sino la operación del Espíritu Santo, quien obra en las almas mediante la actuación de los dones. Habiendo recibido todos en el bautismo estos dones del Espíritu Santo, que son disposiciones sobrenaturales que nos capacitan para recibir las mociones divinas, es evidente que si Dios nos los ha infundido, ha sido para actuarlos, no para que sean estériles. Por lo tanto, la actuación de los dones no puede considerarse como un hecho extraordinario, sino como algo connatural.

Consecuentemente la experiencia amorosa de Dios y la luz contemplativa que proceden de ellos tampoco pueden tenerse como ajenas al desarrollo pleno de la gracia. En otras palabras, si un alma se abre generosamente a la acción de la gracia y corresponde a ella con plena voluntad, podemos esperar que el Señor no le negará al menos alguna gota de esta agua viva, es decir, alguna forma o grado de conocimiento contemplativo.

 

Santa Teresa lo afirma con insistencia, y dice a este propósito: “No hayáis miedo muráis de sed en este camino: nunca faltará agua de consolación tanto que no se pueda sufrir” (Cfr. Cam, 20. 2). Pero hay que tener presente que este «camino» a que se refiere la Santa es la entrega total, la generosidad que no conoce límites y que nunca dice «esto es demasiado»: una generosidad que no conoce cálculos mezquinos y que persevera en medio de las asperezas del camino, de la sequedad interior y de las dificultades exteriores.

Por eso, si es razonable que un alma que se siente llamada a la intimidad divina aprecie y desee la contemplación, no lo es menos que procure también prepararse para recibirla. Porque si Dios no concede esta gracia a muchas almas, es precisamente por no encontrarlas convenientemente dispuestas. Es necesario, pues, trabajar para que no seamos privados de esta gracia por nuestra culpa; que si hacemos lo que está en nuestra parte para disponernos a ella, no se malograrán nuestros esfuerzos, antes bien, de un modo o de otro, más tarde o más temprano, siempre nos dará el Señor a beber de esta agua.

 

“¡Oh Dios mío! Para estas mercedes tan grandes… la puerta es la oración, cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia, y con gana de recibirlas. Si te ponemos muchos tropiezos y no hacemos nada por quitarlos, ¿cómo has de venir a nosotros? ¡Y queremos nos hagáis grandes mercedes!” (Cfr. Santa Teresa, Vida 8, 9).

 

 “Es cosa donosa que aún nos estamos con mil embarazos e imperfecciones y las virtudes que aún no saben andar, sino que hace poco que comenzaron a nacer, y aun quiera Dios estén comenzadas, ¿y no tenemos vergüenza de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades? Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene: no hay para qué aconsejarle lo que nos debe dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se os olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conformar con la de Dios; y estad muy ciertas que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor, y más adelante está en este camino” (Cfr. Santa Teresa, Moradas II, 7-8).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

El agua viva (I)

¡Oh Jesús! Mi alma tiene sed de ti, fuente de agua viva; déjame acercarme a ti y beber.

Varias veces dijo Jesús de sí que era “una fuente de agua viva” para todos los que creyesen en Él, e invitó a las almas a que se acercasen a ese divino manantial, porque, como dijo a la Samaritana, “el que beba del agua que Yo le diere no tendrá jamás sed” (Jn. 4, 13). Pero el llamamiento más solemne a este beber del agua que salta hasta la vida eterna, lo dirigió Jesús el último año de su ministerio a la muchedumbre que llenaba el templo con ocasión de la fiesta de los tabernáculos.

 

De pie en medio de las turbas, decía en voz alta: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en Mi..., ríos de agua viva correrán de su seno” (Jn. 7, 37-38). La sed de que habla Jesús es la sed de verdad, de justicia, la sed de paz y de felicidad verdadera; y, sobre todo, la sed de Dios, el ansia, el deseo vivo y ardiente de Él. Quien ha intentado apagar su sed en la fuente de las cosas terrenas, ha podido experimentar la inutilidad de sus esfuerzos, porque, aunque haya saboreado en ellas alguna gotita de verdad, de justicia, de paz y de alegría, al fin le habrán dejado mucho más sediento que antes. Y entonces ha comprendido que sólo Dios es la fuente que puede apagar su sed.

 

Pero, ¿cuál es esa agua que procede de Jesús como de su propia fuente y que Él promete a todos? Es el agua vivificante de la gracia, la única que puede satisfacer nuestra sed de infinito, porque, al hacernos participantes de la naturaleza divina, nos permite entrar en relación íntima con Dios y vivir con la Trinidad que mora en nuestras almas; en una palabra, nos abre las puertas a la intimidad divina.

«Cuando la gracia del Espíritu Santo entra y se establece en un alma -dice San Juan Crisóstomo- mana con más fuerza que ningún otro manantial; no cesa de brotar, no se seca ni se agota. Y precisamente para significar este don inagotable y esta energía infalible, nuestro divino Salvador la llama con los nombres de 'fuente' y 'torrente'; y la llama también 'agua que brota y mana', para indicar su fuerza y su empuje». La fuerza de la gracia es tan grande que abisma al alma en Dios, conduciéndola a la intimidad y a la unión con El, primero en este mundo por la fe y el amor, y más tarde en el cielo por la visión beatífica.

 

“¡Oh Verdad, luz de mi alma! No permitas que me hablen las tinieblas que hay en mí. Me dejé caer en ellas y me hallé en la oscuridad. Pero también desde allí, sí, también desde allí te amé. Erré, pero me acordé de ti. Oí tras de mí tu voz que me invitaba a volver; a duras penas pude oírla por el ruido que hacían a mi alrededor las pasiones en rebeldía. Y he aquí que ahora vuelvo ardiente y ansioso a tu fuente... ¡Que nadie me detenga, que yo beba de ella y viva!...

Como el ciervo desea la fuente de las aguas, así mi alma suspira por ti, Señor. Mi alma está sedienta de ti, ¡oh Dios, fuente viva! ¿Cuándo vendré y compareceré ante tu presencia? ¡Oh fuente de vida, vena de aguas vivas! ¿Cuándo llegaré a gustar las aguas de tu dulzura en esta tierra desierta, intransitable y árida, para ver tu poder y tu gloria, y apagar así mi sed con las aguas de tu misericordia? Tengo sed. Señor, sed, de ti, fuente viva...” (San Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Quédate con nosotros

En la Misa de hoy se lee el bellísimo pasaje evangélico de los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35). De su boca oímos esta súplica apremiante: “Quédate con nosotros, pues el día ya declina”.

 

¡Quédate con nosotros, Señor!, es el grito del alma que, habiendo ya encontrado a su Dios, no quiere separarse más de Él. También nosotros, como los discípulos de Emaús, vamos en busca del Señor; toda nuestra vida es un continuo peregrinar hacia Él; y cuántas veces también nosotros estamos tristes y abatidos porque no lo encontramos, no lo sentimos, y por eso, ignorando sus misteriosos caminos, creemos que nos ha abandonado.

Nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel, pero…”, decían los dos discípulos desilusionados por la muerte de Jesús, sin darse cuenta de que precisamente cuando ellos habían perdido ya casi toda esperanza, Jesús estaba allí junto a ellos, como compañero de viaje. Lo mismo nos sucede a nosotros; aunque oculto en la oscuridad de la fe, Dios se acerca a nuestras almas, se hace compañero de nuestro camino, aún más, vive en nosotros por la gracia. Es verdad que Dios no se muestra aquí abajo con la claridad del “cara a cara” que gozaremos en la eternidad, y que sólo le vemos “por un espejo y oscuramente” (I Cor. 13, 12); sin embargo, Dios sabe darse a conocer. Como un día a los discípulos de Emaús, también a nosotros nos manifiesta su presencia de una manera oscura, pero inconfundible, por medio de ese ardor todo especial que sólo Él sabe despertar en nuestros corazones: “¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras nos hablaba?”

El alma que ha encontrado y experimentado, al menos una vez, esta presencia de Dios, que lo ha sentido, no sólo fuera de sí, sino en su interior, dentro de sí, viviente y operante en su corazón, no puede menos que exclamar y decirle: “¡Quédate conmigo!”.

 

Y, sin embargo, este grito del alma ya ha sido escuchado y es ya una realidad permanente, pues Dios está siempre con el alma que vive en gracia; Dios está siempre con nosotros; nuestro deber es quedarnos con Él y permanecer con Él. Si Dios permite a veces que el alma le reconozca, le sienta, lo hace precisamente para invitarla a vivir en unión íntima con Él. Pidámosle, pues, con fervor: Enséñanos ¡oh Señor!, a permanecer contigo, a vivir contigo.

 

“¡Oh Señor mío! No quiero mundo ni cosa de él, ni me parece me da contento cosa fuera de Vos, y lo demás me parece pesada cruz…

Estoy temiendo y con mucha razón si me dejaras; porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud no estando Vos dándomela siempre y ayudando para que no te deje; y quiera Su Majestad que aun ahora no esté dejada de Vos…

¡No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto! Me parecía, Señor mío, ya imposible dejarte tan del todo a Vos; y como tantas veces te dejé, no puedo dejar de temer, porque, apartándote un poco de mí, daba con todo en el suelo.

Bendito seáis por siempre, que aunque te dejaba yo a Vos, no me dejaste Vos a mí tan del todo, que no me volviese a levantar, dándome Vos siempre la mano.” (Cfr. Santa Teresa de Jesús, Vida 6, 9)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina