Importancia del fin de la vida humana

 

San Francisco Solano 01  01

San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

El estado de mi alma (II)

3. En la vida ordinaria. - Si con resuelta determinación yo pusiese mis juicios, mis gustos, mis inclinaciones y mis hábitos en parangón con las máximas del Evangelio, ¿los encontraría conformes con estas máximas? Así, por ejemplo, la pobreza, la mansedumbre, la humildad, las lágrimas, el hambre y sed de justicia, la misericordia, el amor a la paz, las persecuciones, las calumnias, los oprobios, todas esas cosas que Nuestro Señor llama bienaventuranzas, el mundo las considera desdichas o tonterías. Las realidades presentes de mis conversaciones y de mi conducta, ¿se asemejan más a las de Nuestro Señor que a las del mundo?... Respecto al amor a mis enemigos, al amor a las cruces, a las privaciones, a la vida retirada y oculta, sencilla y sobria, al desprecio de mí mismo, al odio de todo lo que es ocasión de escándalo y obstáculo para la vida divina; respecto a la confianza en la divina Providencia, a la eficacia de la oración, a la utilidad del ayuno y la abnegación, a la limosna, en una palabra, con respecto a los consejos evangélicos, ¿soy digno de ser llamado discípulo de Jesús?... En las vicisitudes de los acontecimientos diarios, generales o particulares, ¿cuál es mi preocupación y cuál mi facilidad en ver el adelanto del reino de Dios en mí y en la humanidad? Porque esta es la gran significación de los acontecimientos, y así es como los miran Dios y los hombres de Dios. Pero yo me hallo ajeno todavía a las ideas de Dios, y muy lejos aún de las miras de los hombres de Dios. El mundo humano está abierto de par en par para mí, y muy cerrado en cambio el mundo divino.

 

4. El interés de Dios y el mío no son incompatibles. - Repitámoslo: el mal no está en que yo piense en mis intereses, ni en que yo mire a la utilidad humana de las cosas; mi satisfacción, aun siendo simplemente instrumental, puede muy bien juntarse a la gloria de Dios, y muchas veces hasta debe juntarse a ella. Nunca me lo repetiré demasiado: para su gloria y para mi felicidad en Él ha querido Dios que yo crezca, que yo ejercite mi espíritu, mi corazón y mis sentidos; y para crecer en ese ejercicio desea que yo emplee los instrumentos a mi disposición; y para manejar útilmente esos instrumentos quiere que use del placer criado; de consiguiente, no hay incompatibilidad entre mi satisfacción y su gloria, la una no excluye a la otra, la una llama a la otra, pero es menester que la satisfacción no predomine ni sea puramente humana, como sucede más o menos habitualmente en mí. No, en verdad; en el curso ordinario de mi vida no creo que haya un pensamiento, un afecto, una acción, en los que la gloria de Dios tenga en absoluto todo su lugar, salvo, tal vez, las raras ocasiones en las que he aceptado plenamente un sufrimiento.

Fuente: R. P. José Tissot, La vida interior

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (IV)

LOS PASTORCITOS, LOS PREDILECTOS DE MARÍA SANTÍSIMA. (Tercera parte)

Buenos días estimado amigo lector. En este día vamos a continuar observando y meditando sobre la vida de los pastorcitos de Fátima, ahora centrándonos más sobre los hermanitos Jacinta y Francisco.

Imaginemos que estamos delante de la casa de los pequeños, casita blanca igual que todas, pobre pero bien arregladita y cuidada. Tomemos coraje, golpeemos la puerta, pidamos permiso y entremos. Vayamos al patio, allí los veremos jugar a los tres niños; Lucía ha venido de visita como lo hace habitualmente. Los juegos preferidos de los niños son: las chinas, el de las prendas, pasar el aro, el del botón, las sotas, etc.; también son buenos con las barajas. La pequeña Jacinta es la capitana, ella elige los juegos, ella y solo ella… Cuenta Sor Lucía: “La menor contrariedad, que siempre hay entre niños cuando juegan, era suficiente para que enmudeciese y se amohinara, como nosotros decíamos. Para hacerla volver a ocupar su puesto en el juego, no bastaban las más dulces caricias que en tales ocasiones los niños saben hacer. Era preciso dejarle escoger el juego y la pareja con la que quería jugar. Sin embargo, ya tenía muy buen corazón y el buen Dios le había dotado de un carácter dulce y tierno, que la hacía, al mismo tiempo, amable y atractiva”.

 

Y es en uno de esos días de juegos infantiles en el que ocurrió un suceso que marcó la vida de la pequeña Jacinta: Estaban jugando a las prendas, Jacinta perdió y como castigo tenía que dar un beso al hermano de Lucía, que estaba en la misma habitación, sentado ocupado con unos papeles. La niña dijo: “¡eso no! Mándame otra cosa. ¿Por qué no me mandas besar aquel Cristo que está allí?” (era un Crucifijo que estaba colgado de la pared)… Y corrió a buscar el crucifijo. Lo besó y lo abrazó con tanta devoción, que (cuenta la misma Lucía) nunca más me olvidé de aquello. Después, mira con atención al Señor y pregunta:

-¿Por qué está Nuestro Señor, así clavado en una Cruz?

-Porque murió por nosotros.

-Cuéntame cómo fue…

Y así Lucía les relata lo que ella llama “La historia de Nuestro Señor”, es decir les cuenta a sus primitos la pasión y muerte de Cristo. Dice Sor Lucía: “Al oír contar los sufrimientos de Nuestro Señor, la pequeña se enterneció y lloró. Muchas veces, después, me pedía repetírsela. Entonces lloraba con pena y decía: ¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no debo cometer ningún pecado. No quiero que Nuestro Señor sufra más”.

 

Pequeña Jacinta, niña preciosa que ya a los cinco años tienes semejante compunción de corazón. No llores tú, déjame llorar a mí; tú eres inocente y pura, yo en cambio estoy envejecido en el mal; tú eres un lirio de candor, y yo arrastro toda una vida de soberbia y pecado. No pequeña, no llores tú, debo llorar yo, pues yo soy la causa principal de los tormentos de nuestro Redentor. Señor dame a mí esas lágrimas, ablanda mi endurecido corazón.

 

Querido lector, mira el rostro de la pequeña, ¿no te interpela su mirada?, es como si nos pidiera a ti y a mí una limosna, mas no para ella sino para su Señor. Nos pide que no le ofendamos más, que nos decidamos a llevar una vida de piedad y rectitud basada únicamente en el verdadero amor a Dios, y así consolarlo por tantos ingratos que a diario lo ofenden e injurian. Hagamos pues un firme propósito: el comenzar de nuevo, todo de nuevo, ahora en este presente sin esperar a mañana. Ahora te levantas de tu asiento, y buscas un Crucifijo, y mirando al Señor que tú clavaste en la Cruz le dices como Jacinta: “Oh Señor, no quiero ofenderte más, nunca más; ahora comienzo, YA dejo esa mala compañía, ese mal hábito, ese defecto de carácter, ese vicio, que tanto te ofende y comienzo de nuevo, con tu ayuda. Hoy me levanto y comienzo una vida de cara a Ti Señor, con la ayuda del Inmaculado Corazón de María”.

Hasta la próxima entrega. No te olvides de rezar a diario el Santo Rosario para desagraviar a los Corazones de Jesús y de María.

Sobre la limosna (IV)

Escuchad lo que el mismo Jesucristo nos dice en el Evangelio: «Si dais limosnas, yo bendeciré vuestros bienes de un modo especial. Dad, nos dice, y se os dará; si dais en abundancia, se os dará también en abundancia» (Lc 6, 38). El Espíritu Santo nos dice por boca del Sabio: «¿Queréis haceros ricos? Dad limosna, ya que el seno del indigente es un campo tan fértil que rinde el ciento por uno» (Pr 29, 15). San Juan, conocido con el sobrenombre de «el Limosnero», por razón de la gran caridad que por los pobres sentía, nos dice que cuánto más daba, más recibía: «Un día, refiere él, encontré a un pobre sin vestido, y le entregué el que yo llevaba. En seguida una persona me facilitó medios con que proporcionarme muchos». El Espíritu Santo nos dice que quien desprecie al pobre será desgraciado todos los días de su vida (Pr 17, 5).

El santo Rey David nos dice: «Hijo mío, no permitas que tu hermano muera de miseria si tienes algo para darle, ya que el Señor promete una abundante bendición al que alivie al pobre, y Él mismo atenderá a su conservación» (Ps 11, 1). Y añade después, que a aquellos que sean misericordiosos para con los pobres, el Señor los librará de tener desgraciada muerte (Ps 111, 7). Vemos de ello un ejemplo elocuente en la persona de la viuda de Sarepta. El Señor envió al profeta Elías para que la socorriese en su pobreza, mientras dejó que todas las viudas de Israel padeciesen los rigores del hambre. ¿Queréis saber la razón de ello? «Es porque -dice el Señor a su profeta- ella había sido caritativa todos los días de su vida.» Y el profeta dijo a la viuda: «Tu caridad te mereció una muy especial protección de Dios; los ricos, con todo su dinero, perecerán de hambre; pero ya que fuiste tan caritativa para con los pobres, serás aliviada, pues tus provisiones no disminuirán hasta que termine el hambre general» (III Re 17).

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano

Sobre la limosna (III)

Sobre la limosna (III)

Leemos en la Sagrada Escritura que Tobías, santo varón que había sido desterrado de su tierra por causa de la cautividad de Siria, ponía el colmo de su gozo en practicar la caridad para con los desgraciados. Por la mañana y por la noche, distribuía entre sus hermanos pobres todo cuanto tenía, sin reservarse nada para sí. Unas veces se lo veía junto a los enfermos exhortándolos a padecer y a conformarse con la voluntad de Dios, y mostrándoles cuán grande iba a ser su recompensa en el cielo; otras veces veíasele desprenderse de sus propios vestidos para darlos a los pobres sus hermanos. Cierto día se le dijo que había fallecido un pobre, sin que nadie se prestase a darle sepultura. Estaba comiendo y se levantó al momento, se lo cargó sobre sus hombros y lo llevó al lugar donde tenía que ser sepultado.

Cuando creyó llegado el fin de su vida, llamó a su hijo junto al lecho de muerte: "Hijo mío, le dijo, creo que dentro de poco el Señor va a llevarme de este mundo. Antes de morir tengo que recomendarte una cosa de gran importancia. Prométeme, hijo mío, que la observarás. Da limosna todos los días de tu vida; no desvíes jamás tu vista de los pobres. Haz limosna según la medida de tus posibilidades. Si tienes mucho, da mucho, si tienes poco, da poco, pero pon siempre el corazón en tus dádivas y da además con alegría. Con ello acumularás grandes tesoros para el día del Señor. No olvides jamás que la limosna borra nuestros pecados y preserva de caer en otros muchos. El Señor ha prometido que un alma caritativa no caerá en las tinieblas del infierno, donde no hay ya lugar a la misericordia. No, hijo mío, no desprecies jamás a los pobres, ni tengas tratos con los que los menosprecian, pues el Señor te perderá. La casa, le dijo, del que da limosna, pone sus cimientos sobre la dura piedra que no se derrumbará nunca, mientras que la del que se resiste a dar limosna será una casa que caerá por la debilidad de sus cimientos"; con lo cual nos quiere manifestar, hermanos míos, que una casa caritativa jamás será pobre, y, por el contrario, que aquellos que son duros para con los indigentes perecerán junto con sus bienes.

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano

Sobre la limosna (II)

Sobre la limosna (II)

Oh hermosa virtud de la caridad, ¿eres hasta poderosa para doblegar la justicia de Dios? Mas ¡ay! ¡cuán desconocida eres de la mayor parte de los cristianos de nuestros días! Y ¿a qué es ello debido, hermanos míos? Proviene de que estamos demasiado aferrados a la tierra, solamente pensamos en la tierra, como si sólo viviésemos para este mundo y hubiésemos perdido de vista, y no los apreciásemos en lo que valen, los bienes del cielo.

Vemos también que los santos estimaron hasta tal punto la caridad para con los demás, que tuvieron por imposible salvarse sin ella.

En primer término os diré que Jesucristo, que en todo quiso servirnos de modelo, la practicó hasta lo sumo. Si abandonó la diestra de su Padre para bajar a la tierra, si nació en la más humilde pobreza, si vivió en medio del sufrimiento y murió en el colmo del dolor, fue porque a ello le llevó la caridad para con nosotros. Viéndonos totalmente perdidos, su caridad le condujo a realizar todo cuanto realizó, a fin de salvarnos del abismo de males eternos en que nos precipitara el pecado. Durante el tiempo que moró en la tierra, vemos su corazón tan abrazado de caridad, que, al hallarse en presencia de enfermos, muertos, débiles o necesitados, no podía pasar sin aliviarlos o socorrerlos. Y aún iba más lejos: movido por su inclinación hacia los desgraciados, llegaba hasta el punto de realizar en su provecho grandes milagros. Un día, al ver que los que le seguían para oír sus predicaciones estaban sin alimentos, con cinco panes y algunos peces alimentó, hasta saciarlos, a cuatro mil hombres sin contar a los niños y a las mujeres; otro día alimentó cinco mil. [...] Quedó tan contento con poderlos aliviar, que llegó a olvidarse de sí mismo. ¡Oh virtud de la caridad, cuán bella eres, cuán abundantes y preciosas son las gracias que traes aparejadas! Hasta vemos cómo los santos del Antiguo Testamento parecían prever ya cuán apreciada sería del Hijo de Dios esta virtud, y así podemos observar cómo muchos de ellos ponen su dicha y emplean todo el tiempo de su vida en ejercitar tan hermosa y amable virtud.

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano