Importancia del fin de la vida humana

 

San Francisco Solano 01  01

San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

La contrición

 

Hijo prodigo 04  07

El regreso del hijo pródigo

El obstáculo esencial a la unión divina es el pecado mortal; y el que se opone a todo progreso es el pecado venial deliberado. Es evidente que ni uno ni otro se concilian en manera alguna con la perfección. 
Por el pecado mortal el alma se aparta enteramente de Dios para colocar su fin en la criatura; el alejamiento de Dios es radical y la unión destruida. Tan verdadero es esto, que si la muerte sorprende al alma en este estado, queda el alma estabilizada para siempre en este alejamiento de Dios: “Apartaos de mí, malditos”, Discedite a me maledicti (Mt. 25, 41). 
El Padre Celestial no reconoce en el pecador la imagen de su Hijo Jesús; por eso queda aquel excluido eternamente de la herencia. Como sabéis, tal estado se destruye por la contrición perfecta y por el sacramento de la penitencia; en el sacramento los méritos infinitos de Cristo son aplicados al alma para purificarla de sus faltas.

Ved al hijo pródigo cuando vuelve al hogar paterno. ¿Nos lo figuramos acaso, después de su llegada, tomando aires insolentes y actitudes pretenciosas, como si siempre hubiese sido fiel? Oh, no. Me diréis: ¿acaso su padre no le perdonó todo? Ciertamente, recibió a su hijo con los brazos abiertos, no le hizo ningún reproche; no le dijo: “Eres un miserable”; no; lo estrechó contra su corazón. Y la vuelta de este hijo proporciona al padre tal alegría, que prepara para el arrepentido un gran festín. Todo está olvidado, todo perdonado. Esta conducta del padre del pródigo es la imagen de la misericordia de nuestro Padre Celestial. En cuanto al hijo perdonado, ¿cuáles son los sentimientos, cuál la actitud que observa? no lo dudemos; son los sentimientos y la actitud que tenía cuando se arrojó arrepentido a los pies de su padre: “Padre: he pecado contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como al último de los criados”. 
Estemos seguros de que en el transcurso de todas las fiestas con las cuales se celebró su vuelta, fueron éstas las disposiciones que predominaron en su alma. Y si después la contrición disminuyó en intensidad, jamás este sentimiento se le borró del todo, aun después que el hijo hubo retomado en el hogar paterno para siempre su puesto de antes. Cuántas veces hubo de decir a su padre: “Tú me has perdonado todo, yo lo sé; pero mi corazón no cesará de repetir con gratitud cuánto dolor siente de haberte ofendido, cuánto quiere reparar, por medio de una gran fidelidad, las horas perdidas y el olvido en que te he tenido”.

Tal debe ser el sentimiento de un alma que ha ofendido a Dios, despreciando sus perfecciones y participando en causar los padecimientos de Jesucristo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

El Juicio Final

 

Juicio Final 06  03

El Juicio Final

Para nuestro Señor, la caridad para con nuestro prójimo ha de ser el signo de que ha de servirse en el día del juicio para distinguir a los elegidos de los réprobos; es Él quien nos lo dice; escuchémosle, ya que es la verdad infalible. 
Tras la resurrección de los muertos quedará el Hijo del hombre sentado en el trono de su gloria; ante Él se congregarán las naciones; colocará a los buenos a su derecha y a los malos a su izquierda. Y dirigiéndose a los buenos les dirá: «Venid, benditos de mi Padre a poseer el reino que os ha preparado mi Padre desde el comienzo del mundo»
Y ¿cuál será la razón que les dará? 
«Tuve hambre y me disteis de comer; sed y me disteis de beber; estaba de paso y me hospedásteis; cuando estaba desnudo me vestísteis; enfermo, vinisteis a visitarme; encarcelado, os llegasteis a mí»
Y los justos no podrán menos de extrañarse, ya que jamás han visto a Cristo necesitado. Pero Jesús les responderá: «En verdad os digo, que cada vez que lo hicisteis con cada uno de estos pequeñuelos que en mí creen, lo habéis hecho conmigo»: Mihi fecistis. 
A continuación se dirigirá a los réprobos: «Alejaos de mí, malditos, id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles». 
¿Razón de ello? No lo han amado en la persona de sus hermanos. 
De boca del mismo Jesús hemos podido oír que la sentencia que a fin de cuentas ha de decidir nuestra suerte por toda la eternidad, será pronunciada teniendo en cuenta el amor que a Cristo hayamos profesado en la persona de nuestros hermanos.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

El buen samaritano

Buen Samaritano 02  03

Señor, graba en mi corazón el mandamiento de tu caridad y el ejemplo que Tú me has dado.

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron y después de cargarle de golpes se marcharon, dejándole medio muerto». Así leemos en el Evangelio del día (Lc. 10, 25-37). 
Cada uno de nosotros puede verse figurado en aquel infeliz; también nosotros en nuestro camino hemos encontrado ladrones: el mundo, el demonio, las pasiones, que nos han despojado y herido. ¿Quién podrá decir que no lleva en su alma alguna herida, más o menos profunda, consecuencia de las tentaciones y del pecado? Pero también a nosotros nos ha salido al encuentro un buen samaritano, el buen Samaritano por excelencia, Jesús, el cual, movido a compasión de nuestra miseria, nos ha prestado su auxilio. 
Con amor infinito se ha inclinado sobre nuestras llagas sangrantes, curándolas con el aceite y vino de la gracia: el aceite indica la suavidad y el vino el vigor. Luego nos ha tomado en sus brazos y nos ha llevado a un refugio seguro, o sea nos ha confiado a los cuidados maternales de la Iglesia, a la que ha entregado el precio de nuestro rescate, fruto de su muerte de cruz.

La parábola del buen Samaritano alegoriza así la historia de nuestra redención, historia 
siempre en acto y que se renueva cuantas veces nos acercamos a Jesús, enseñándole con humildad y arrepentimiento las heridas de nuestra alma. Esta historia se actúa de un modo particularísimo en la santa Misa, en que Jesús presenta al Padre el precio de nuestra salvación, renovando su inmolación a favor de nuestras almas. Debemos acudir a la santa Misa para encontramos con Él, el buen Samaritano, para invocar y recibir en nosotros su acción curativa y santificante. 
Cuanto más viva sintamos, conscientes de nuestra miseria, la necesidad de su redención, con tanta mayor largueza nos aplicará Jesús sus frutos, y, viniendo a nosotros en la Comunión, sanará nuestras heridas no sólo por fuera, sino por dentro, bañándolas copiosamente del aceite suavísimo y del vino tonificante de su gracia. 
Así nos trata Jesús; así ha tratado Jesús a la humanidad que por el pecado le era extraña y hasta enemiga y que nada tenía que ver con El, el Santo, el Hijo de Dios.

“¡Señor! Cuanto mejor comprenda el amor que Tú me tienes, más a gusto dejaré mi sabor y bien por contentarte en servir a mi prójimo. Entonces no me acordaré si perderé yo; la ganancia de mis prójimos tendré presente, no más. Por contentarte más a ti, Dios mío, ayúdame a olvidarme a mí por ellos, hasta estar pronta a perder la vida en la demanda, como hicieron muchos mártires”(Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Creer en el amor que Dios nos tiene

 

Hijo prodigo 03  05

El hijo pródigo

Un expositor claro y profundo del Evangelio trae esta meditación, que puede iluminar toda una vida: 
“Mientras no tomemos en serio el dogma de que Dios es amor (I Jn. 4, 16), es decir, mientras no lo creamos del todo, no podremos decir que vivimos la fe. Si uno invita a su mesa como padre, y alguien va a ella como a un hotel en que debe pagar con dinero y no con amor, no puede decir que acepta la invitación. «Yo os lo digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín» (Lc. 14, 24). Bien vemos que no se trata de cosas dejadas a nuestra elección, como tal o cual práctica devota: se trata de la recta fe, sin la cual, dice San Pablo, «es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11, 6).

Porque si yo creía que un señor es un comerciante, o un verdugo, y resulta que es mi padre, no puedo decir que creía en él. Y en vano querré entonces suplir con otros obsequios la falta de la verdadera fe, pues que, como lo define el Concilio Tridentino, «la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios»
¿Cómo podría, en efecto, agradar una doncella a un poderoso príncipe que lleno de amor pide su mano, si ella le contesta que no puede corresponder a su amor, pero, en cambio, le ofrece algún dinero?”

Jesús, quien es el retrato perfecto del Padre (Hebr. 1, 3), nos hace comprender fácilmente esta actitud “maternal” de Dios que por su exceso de bondad resulta increíble para el criterio humano cuando nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera ciertamente” (Jn. 6, 37). 
Más aún, las que consideramos como miserias, sean las que fueren, lejos de ser un obstáculo, son un título, el gran título para reclamar la benevolencia del que vino como Salvador y no se cansó de insistir en que no buscaba justos sino pecadores, no sanos sino enfermos (Lc. 5, 30-32).

Y puesto que Dios es amor (I Jn. 4, 8 y 16), es evidente que su mensaje a los hombres, enviado por medio del propio Hijo, víctima de amor, no puede ser sino un mensaje de amor. Por donde se ve que no entenderá nunca ese mensaje, ni podrá salir de la dura vida purgativa, quien se resista a creer en ese «loco amor» de Dios y se empeñe en hallar en Él a una especie de funcionario de policía. 
No solamente se construyen falsos dioses fabricando ídolos de palo y piedra, sino también, como observa San Agustín, formándose un falso concepto del verdadero Dios. 
Dios ha alzado las banderas de su amor para conquistarnos.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, Nota a Is. 66, 11 y Ct. 2, 4; Jer. 16, 20.

13 de junio: Fiesta de San Antonio de Padua

De los sermones del santo:

Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: “Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer.” Así ahora la Misericordia del Señor ha puesto como refugio de Misericordia el Nombre de María hasta para los homicidas voluntarios. Torre Fortísima es el Nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, Nombre que conforta al pecador, Nombre de dichosa esperanza. Señora tu Nombre está en el deseo de mi alma.

 

“El nombre de la Virgen era María”, dice San Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El Nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.”

Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de Tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en Tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Esperaba que alguien me consolase y no lo hallé...

¡Corazón de Jesús, llagado por nuestro amor! Hazme digno de reparar las heridas que nuestros pecados te han infligido.

 

El himno de primeras Vísperas en la fiesta del Sagrado Corazón dice: «Mirad cómo la insolente y horrible patrulla de nuestras culpas ha herido el Corazón inocente de un Dios»; y con mayor realismo continúa: «La lanzada del soldado fue dirigida por nuestros pecados» (Breviario Romano). Estas expresiones evocan a nuestra mente las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María Alacoque: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; pero a cambio de su amor infinito, en vez de encontrar gratitud, halló olvido, indiferencia, ultrajes, a veces aun de parte de los mismos que deberían tributarle especial amor».

Ante esta queja del Corazón divino, el alma amante no puede permanecer indiferente: quiere expiar, reparar, consolar. Y lo quiere hacer -enseña Pío XI- por un doble motivo: «de justicia y de amor: de justicia, para reparar la ofensa causada a Dios por nuestras culpas…; de amor, para sufrir con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle, en la medida de nuestra poquedad, algún alivio» (Enc. Miserent. Red.).

 

Que debamos reparar nuestros pecados es fácil entenderlo, pero que podamos hacerlo también para consolar al Corazón de Jesús tal vez no es tan claro. «¿Cómo se podrá decir -pregunta Pío XI- que Cristo reina feliz en el cielo, si puede ser consolado por estos actos de reparación? Dadme un alma amante y comprenderá lo que digo», responde el gran Papa. En efecto, el alma que penetra con amor en el misterio de Jesús, comprende bien que, cuando Él en Getsemaní veía todos nuestros pecados, veía también todas las buenas obras que habríamos de hacer para consolarle, y de este modo le consolaron entonces los actos que hoy hacemos con tal fin. Ese pensamiento nos estimula cada vez más a la práctica de obras de reparación, para que Jesús no tenga motivos de dirigimos también a nosotros la compasiva queja: «El dolor me despedaza el Corazón…; esperaba alguien que me consolase y no lo he encontrado» (Misa del S. Corazón).

 

“¡Dios mío! ¿Por qué no podré lavar yo con mis lágrimas y con mi sangre todos aquellos lugares donde ha sido vilipendiado tu Corazón? ¿Por qué no me será permitido reparar tantos sacrilegios y tantas profanaciones? ¿Por qué no me concederás por un solo instante ser dueña del corazón de todos los nombres, para resarcir con el sacrificio que de ellos te haría el olvido e insensatez de todos los que no han querido conocerte o que, aun conociéndote, te han amado tan poco? Pero, Salvador adorado, lo que más me llena de confusión y mayormente me aflige es que yo misma he sido de estos ingratos. Tú, Dios mío, que ves el fondo de mi corazón, mira el dolor que sufro por mis ingratitudes y por verte tratado tan indignamente. Heme, pues, aquí ¡oh Señor!, con el corazón partido de dolor, humillado, abierto, pronto a recibir de tu mano todo lo que te plazca exigirme en reparación de tantos ultrajes” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Importancia y necesidad de la salvación (VIII)

3. Negocio arriesgado.- Nuestra salvación es perfectamente posible -en virtud de la voluntad salvífica de Dios-, y hasta fácil y sencilla, si queremos aprovecharnos de los medios eficaces de salvación que la misericor­dia infinita de Dios brinda a todos los hombres en una forma o en otra. Pero esto no es obstáculo para que presente al mismo tiempo riesgos terribles, que provienen conjuntamente de nuestros mortales enemigos -mundo, demonio y carne- y de las veleidades y ca­prichos de nuestro libre albedrío, que tantas veces nos lleva atolondradamente hacia los caminos del mal.

Nos lo jugamos todo a una sola carta, a cara o cruz. No hay tér­mino medio entre salvarse o condenarse, entre ir al cielo o al infierno para toda la eternidad. Nadie muere más que una sola vez, y en esa única ocasión se decidirá su suerte eterna. El que acierte, acertó para siempre. El que se equivoque, jamás podrá rectificar su yerro. En el viaje que todos estamos realizando hacia la eternidad se nos ha dado a todos billete de ida, pero a nadie se le ha dado el de vuelta: donde el tren nos deje, allí quedaremos para siempre. Dentro de unos pocos años -quizá de pocas semanas o días- se habrá decidido nuestra serte de una manera absolutamente irreparable, para toda la eternidad: Si el árbol cae al sur o al norte, allí quedará (Eccl. 11, 3).

 

Sin embargo, aunque los peligros que nos acechan son muchos, no olvidemos nunca que con la gracia de Dios pueden superarse todos. Nos lo asegura el Espíritu Santo por boca de San Pablo al de­cirnos que Dios no permitirá jamás que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (1 Cor. 10, 13); y que si por nosotros mismos somos la misma debilidad y miseria, lo podremos todo en Aquel que nos ayuda y conforta (Filip. 4, 13). No podemos abrigar la menor duda sobre esto. El negocio de la salvación es arriesgado, ciertamente, pero este riesgo y peligro a nadie debe arrojar en brazos de la desesperación, estando como está de nuestra parte el mismo Dios (Rom. 8, 31), si bien nos ha de poner vigilantes y alerta para no dejarnos sorprender por la maldad y astucia de nuestros mortales enemigos. La lucha no se prolongará más allá de esta pobre vida, transitoria y fugaz como «una noche en una mala posada», en frase feliz de Santa Teresa.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, O. P., Teología de la salvación

María nos enseña a prestar servicios de caridad

Apenas la Virgen recibe aviso de que su prima ha sido bendecida por el cielo, se pone en camino hacia las montañas de Judea, en dirección a la ciudad de residencia del sacerdote Zacarías. Ni le espantan las dificultades del viaje; ni le asusta su tierna edad; ni le detiene el pensamiento de que también Ella presenta títulos, y aún mayores que los de su prima, para ser congratulada. Para el mundo es una joven cualquiera, y a sus propios ojos no es más que la «esclava del Señor», y como tal debe cumplir sus oficios de caridad para con la anciana Isabel. María lo hace de buen grado y sin sentirse por ello humillada.

 

Aprendamos de aquí a olvidarnos de nosotros mismos y a cumplir con presteza y fervor nuestros deberes sociales. Mientras no nos sea dado huir a la soledad del desierto, nos resultará imposible eludir obligaciones a veces harto penosas para con el prójimo. La caridad fraterna y hasta simplemente la buena crianza nos ligan muchas veces con ataduras sobradamente molestas. Sobrenaturalicemos todas estas insignificantes acciones. Es incalculable el caudal de méritos que podemos acumular con ello. Cuando creemos perder el tiempo aguantando, por ejemplo, la insípida conversación de una pobre viejecita que busca en nosotros consuelo, estamos quizá escribiendo una de las mejores páginas del Libro de la vida. ¿Quién sabe, además, si el Altísimo ha vinculado la salvación de un alma a un acto de caridad para con ella? No perdamos, pues, ocasión alguna de hacer el bien, ya que ignoramos lo que el Espíritu Santo quiere obrar por nosotros. Y así como al final de aquella jornada de caridad por las montañas de Judea esperaba a María una hora de júbilo, la hora del alumbramiento del Magnificat, así puede suceder que siga a un insignificante deber de cortesía sobrenaturalizado, un placer y gozo espiritual que nunca hubiéramos imaginado.

 

Ponderemos asimismo que, como nota el Evangelio, María caminaba apresuradamente, enseñándonos con ello, dice San Ambrosio, que no era el deseo de ostentación, sino el deber de caridad, lo que la constreñía a mostrarse en público; así que andaba como sobre ascuas hasta poderse encerrar otra vez en el retiro de su casa. ¡Qué ejemplos tan instructivos para las almas consagradas a Dios y también para todo bautizado! No dejemos de leer en ellos y de apropiarnos la doctrina que encierran.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

El Evangelio y la Epístola de la Liturgia de hoy nos llevan directamente a la consideración del Corazón de Jesús. El Evangelio (Jn. 19, 31-37) nos muestra su Corazón descubierto por la herida de la lanza: «uno de los soldados le abrió el costado con la lanza»: y San Agustín comenta: «El evangelista dijo abrió para mostrarnos que en cierto modo allí se nos abre la puerta de la vida, de donde han brotado los Sacramentos».

Del Corazón traspasado de Cristo -símbolo del amor que le ha inmolado por nosotros en la Cruz- han brotado los Sacramentos figurados en el agua y la sangre salidos de su herida, y precisamente mediante estos Sacramentos recibimos nosotros la vida de la gracia; sí, es exactísimo decir que el Corazón de Jesús ha sido abierto para introducirnos en la vida. «Angosta es la puerta que conduce a la vida» (Mt. 7, 14), dijo un día Jesús; mas si por esta puerta entendemos la herida de su Corazón, cabe decir que no podía abrirnos una puerta más acogedora.

 

Pero San Pablo, en su bellísima Epístola (Ef. 3, 8-19), nos invita a entrar más adentro aún en el Corazón de Jesús para contemplar sus «incalculables riquezas» y penetrar «el misterio oculto desde los siglos en Dios». Este «misterio» es precisamente el misterio del amor infinito de Dios, que nos ha prevenido desde la eternidad y que nos ha sido revelado por el Verbo hecho carne; es el misterio de aquel amor que nos ha querido redimir y santificar en Cristo, «en el cual tenemos franco acceso a Dios». Una vez más Jesús se nos presenta como la puerta que conduce a la salvación: «Yo soy la puerta. Quien entre por Mí se salvará» (Jn. 10, 9); y la puerta es su Corazón que, rasgándose por nosotros, nos ha introducido en la vida. Sólo el amor nos puede permitir penetrar este misterio de amor infinito; pero no basta un amor cualquiera, es menester -como dice San Pablo- estar «arraigados y fundados en el amor»; sólo así podremos «conocer el amor de Cristo, que supera toda ciencia, para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios».

 

“¡Oh Jesús! Ahora que ya he entrado en tu dulcísimo Corazón -y 'bueno es estarnos aquí'- no queremos dejarnos fácilmente separar de ti. ¡Oh cuán bueno y dulce es habitar en tu Corazón! Tu Corazón, ¡oh buen Jesús!, es el rico tesoro, la perla preciosa que hemos descubierto en el campo excavado de tu Cuerpo. ¿Quién arrojará esta perla? Más bien, tiraré todas las perlas del mundo, daré a cambio todos mis pensamientos y afectos y me la compraré: arrojaré toda mi solicitud en tu Corazón, ¡oh buen Jesús!, y ciertamente Él me saciará. Yo he encontrado tu Corazón, ¡oh Señor!, tu Corazón, ¡oh Jesús benignísimo!, Corazón de rey, Corazón de hermano, Corazón de amigo… atráeme enteramente a tu Corazón”. (San Buenaventura).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina