El Buen Pastor (I)

 

El buen Pastor 05  20

La Liturgia se complace en presentarnos a la Iglesia como un prado fecundo, donde Jesús, cual Buen Pastor, apacienta a los fieles con un pasto delicioso, la gracia divina, que el alma toma por medio de los Sacramentos. En la Eucaristía, Sacramento pascual, es donde Jesús contribuye particularmente al crecimiento de nuestras almas, dándonos en alimento su Cuerpo y Sangre. ¿Es posible hallar un Pastor más cuidadoso y solícito?

Cual ovejita del rebaño de Cristo te ha correspondido a ti, alma amiga, tal dicha. Te mueves entre cortesanos celestes y te nutres de manjares divinos. No rebajes tu condición, ansiando saborear otros goces. Con el gusto espiritual sucede lo que con el paladar. Si se acostumbra a bocados deliciosos, le dan náuseas los vulgares, y si prueba manjares vulgares, no será capaz de saborear la exquisitez de los finos y delicados. Por eso los santos sienten hastío de las cosas mundanas; y por eso los mundanos no pueden soportar una hora de silencio ante el sagrario; como los israelitas que preferían al rico maná los ajos y cebollas de Egipto.

No quieras pertenecer tú a este último grupo. Y para ello procura que tus lecturas sean de cosas santas, que tus conversaciones no se muevan en un ambiente pagano, que tus diversiones no te aparten del espíritu de Jesús. De esta forma, acostumbrada al manjar delicado de lo espiritual y divino, no habrá peligro de que te atraiga lo bajo y rastrero, degradándote así de tu dignidad excelsa.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

San Jose 21  59

San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Encomendarnos a San José

 

San Jose 19  55

“En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos, y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí. 
Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical la compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.

Un día su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta, se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar?” se pregunta, el corazón preso ya de injusta sospecha. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos, y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía -dice- roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho también, seguramente. Encomendémoslo a San José, su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuerte sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “¡Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!” 
El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija, y Dios le da, a cambio de esta plegaria, el amor de la familia, así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.” (“Id a José”, Abadía San José de Clairval).

Encomendemos a San José nuestra familia y todas aquellas que más necesiten de nuestras oraciones. No dudemos de acudir a este glorioso santo, por más difícil que sea la situación que Dios permite que pasemos. Recordemos lo que decía Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra…, así en el cielo hace cuanto le pide”. “Hace algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío”.

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

San Ramon Nonato 01  01

San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Importancia y necesidad de la salvación (I)

Es preciso examinar ante todo la gran importancia de la salvación del alma para convencernos de la necesidad de salvarla a toda costa y al precio que fuere.

 

Necesidad de reflexionar.- La mayoría de los hom­bres viven enteramente olvidados de Dios porque no se han planteado nunca en serio el problema formidable de la salvación eterna. Cualquier espíritu reflexivo que se detenga un instante a ponderar su trascendencia soberana, no puede menos de sentir una impresión profunda, que puede ser decisivamente orientadora en la marcha ge­neral de su vida. Escuchemos al sentido común hablando en cas­tellano por boca de nuestro inmortal Balmes:

 

«La vida es breve; la muerte, cierta: de aquí a pocos años, el hombre que disfrute de la salud más robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destru­yen la realidad de los hechos: si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo; y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el des­tino que según las leyes eternas me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío; tan mío como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida, privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me mues­tran con toda evidencia la alta importancia de la religión; la necesidad que tengo de saber lo que hay de verdad en ella; y que, si digo: “Sea lo que fuere de la religión, no quiero pensar en ella”, hablo como el más insensato de los hombres.

Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atra­vesarlo, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: “¡Qué me importan a mí esas cuestiones!”, y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí el indiferente en materias de religión» (Balmes, El criterio).

 

Son legión, por desgracia, los que proceden en materia tan grave en la forma irreflexiva y absurda que Balmes acaba de denunciar. La mayoría de la gente no piensa ni reflexiona en el magno problema de la salvación. El resultado es una vida del todo mundana y peca­minosa, que pone en grave riesgo los destinos supremos de su alma. Muy otra sería su conducta si ponderaran un poco la trascendencia sin igual de la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo que a tantos ha detenido en su loca carrera hacia el abismo: ¿Qué le aprovecha al hom­bre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma? (Mt. 16,26). Esas palabras, pronunciadas de manera entrañable por San Ignacio de Loyola, tuvieron la virtud de convertir a un alegre estudiante de Pa­rís en uno de los mayores santos de la Iglesia: San Francisco Javier. Y otro tanto podría suceder -y ha sucedido en innumerables ocasiones- con cualquiera que se detenga a reflexionar un poquito aca­llando el griterío del mundo y el clamor de sus propias pasiones.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, Teología de la salvación