Encuentro y unión de mi voluntad con la de Dios

 

Anunciacion 07  11b

Maravillosa explicación de cómo nuestra acción debe corresponder a la de Dios: 
La acción divina es anterior y superior a la mía, de suerte que la mía tiene su fuente y su medida en la de Dios: mi acción está mantenida, sostenida, dirigida y medida por la de Dios; yo no puedo preceder, ni exceder, ni abandonar el movimiento divino sin volver a caer, totalmente o en parte, en la muerte de una agitación puramente humana y natural. 
Ahora bien; en este proceso de la piedad, mi parte de acción es la piedad activa; la parte de acción de Dios, o más bien, la correspondencia a la acción de Dios, es la piedad pasiva. Se desprende de ahí que la piedad activa tiene su fuente y su medida en la piedad pasiva. No hay, pues, vida ni piedad sin la unión de la piedad activa a la piedad pasiva, y la unión supone que la piedad pasiva anima a la piedad activa como el alma anima al cuerpo.

El encuentro.- He aquí cómo se produce el desarrollo de esta unión: Dios me previene, obra sobre mí por un acto cualquiera de su beneplácito, acto interior o exterior, consolador o crucificante: unas veces es una inspiración, un accidente, un encuentro, en una palabra, uno cualquiera de esos actos providenciales que se ejercen sobre mí continuamente. Esta acción que se hace sobre mí, pero inicialmente sin mí, que me previene y que se me impone en cierta manera, ¿qué obra en mí? Es como una invitación, una excitación, una solicitación; sugiere una idea, un sentimiento o una acción. Y este primer movimiento, ¿qué pide de mí? Que yo lo acepte; es decir, que mi espíritu sea capaz de reconocerlo, que mi corazón quiera acogerlo y que mis sentidos se sometan a recibirlo como operación divina. Este es el deber de la piedad pasiva.

Frente a esta excitación mi libertad puede desempeñarse de dos maneras: puédese cerrar o abrir. Si yo me cierro; si, demasiado sensible a una impresión natural, me impaciento o me desaliento en una prueba; si me entretengo en un consuelo, o si la disipación exterior o la apatía interior me hacen extraño a los toques divinos, no hay correspondencia a la acción de Dios. En este caso permanezco frío, vacío, sin animación espiritual, fácilmente olvidadizo, o desganado, o incapaz de cumplir mi deber; me quedo en la mentira, en la vanidad y en la esclavitud de mi inercia o de mi movimiento puramente humano; mis pensamientos, mis sentimientos y mis acciones no son animados por la influencia divina, a la cual voluntariamente me he cerrado. No hay ni piedad pasiva ni piedad activa; ha faltado la sumisión y por eso ha faltado de igual modo el cumplimiento del deber.

La unión.- Pero si por una franca aceptación me abro a la solicitación divina, entro entonces en comunicación efectiva, con el Autor de la vida. La operación por la cual me ha prevenido va a prolongarse en mí, me acompañará, me sostendrá y me fortificará hasta el cumplimiento del deber para el cual me es proporcionado este auxilio; y así el deber es visto en la luz de Dios, amado en el movimiento de Dios, cumplido en la fuerza de Dios; entonces es cuando el deber tiene una perfección acabada, con tal que yo quiera mantenerme en este estado de correspondencia que permite al movimiento divino continuar su acción y producir su efecto.

Fuente: cf. José Tissot, La vida interior

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

San Jose 20  57

¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Necesidad de la mortificación

 

San Francisco de Asis 13  59

San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Las mortificaciones impuestas por la Iglesia

 

Ayuno 03  03b

Todo el valor de nuestros padecimientos y actos de abnegación depende de la unión que ellos tienen, por medio de la fe y del amor, con los sufrimientos y los méritos de Jesús, sin el cual nada podemos hacer. Y, ¿quién está más unido a Cristo que la Iglesia, su Esposa? Suyas son las mortificaciones que ella nos impone; las adopta y las ofrece oficialmente a Dios, en su calidad de Esposa de Cristo; tales mortificaciones son como la prolongación natural de las expiaciones de Cristo; presentadas por la Iglesia misma, son muy agradables a Dios, que ve en ellas la participación más íntima y la más profunda que puedan tener con los sufrimientos de su Hijo muy amado las almas. Todo lo que viene de la Iglesia, Esposa de Cristo, no puede dejar de agradar al Padre Eterno. 
Por lo demás, tales mortificaciones son para nosotros muy saludables. La misma Iglesia nos dice, al comienzo de la cuaresma, que ella las ha "establecido no sólo para bien del alma, sino también del cuerpo" (Oración del sábado después de Ceniza).

No olvidéis que en el curso de la santa cuaresma la Iglesia ruega diariamente por las almas que se sujetan a estas expiaciones; sin cesar pide a Dios que le sean agradables estas obras, que las acepte y que las haga beneficiosas para nosotros; "que nos dé fuerza para cumplirlas con la devoción que condice con un discípulo de Jesucristo y con una piedad que en nada nos pueda turbar" (Oración del miércoles de Ceniza). Esta incesante plegaria de la Iglesia por nosotros tiene mucho poder sobre el corazón de Dios, y se convierte en una fuente de bendiciones celestiales que hacen fecundas nuestras mortificaciones.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Santo Tomás Moro y la educación de sus hijos

Transcribimos parte de una carta de Santo Tomás Moro a Gunnel, uno de los preceptores de sus hijos.

 

« [...] Lo que más me encanta es la seriedad de que ha dado pruebas mi pequeña Elizabeth en la ausencia de su madre, seriedad que no siempre se encuentra en niñas de su edad. Hacedla entender que esta conducta de su parte me es aún más agradable que la mayor instrucción que podría haber adquirido, porque si la ciencia unida a la virtud es preferible a todos los tesoros de la tierra, los bienes que la ciencia nos procura, si son ajenos a la inocencia de costumbres, no son más que falsos e imaginarios.

 

«Sea lo que fuere, si una de mis hijas llega a juntar a la modestia y a la piedad una sólida instrucción, la consideraría como más favorecida por el Cielo que si reuniese a la belleza de Helena las riquezas de Creso. No porque la sabiduría deba ser para ella una ocasión de gloria sino porque, acompañada de la virtud, es un don precioso que no nos puede ser quitado como nos son quitadas las riquezas y la belleza. No debemos pues buscar solamente la gloria de las letras, sino el saber, que da la felicidad. [...] He aquí, pues, mi querido Gunnel, los motivos que tengo para no buscar para mis hijos el renombre literario sin la virtud. [...] Además, como siempre he pensado que era de suma importancia el no salirme del camino que me he trazado para asegurar la felicidad de mis hijos, os recomiendo a vos, mi querido Gunnel, así también como a mis mejores amigos, que les enseñéis a evitar los tropiezos del lujo y del orgullo; como a permanecer fieles a los preceptos de la modestia; a no dejarse encandilar por la vista del oro; a no buscar su propia estimación ni la de los otros en suntuosos vestidos; a no degradar por una negligencia culpable los dones que hayan recibido de la naturaleza; y, en fin, a ser ávidos por adquirir los tesoros de la ciencia para hacerlos servir únicamente en defensa de la verdad y para gloria del Todopoderoso. Es así como merecerán obtener un día la recompensa de una vida ejemplar. Afirmados en esa consoladora esperanza, no temerán jamás la muerte, que no será a sus ojos más que el término de las pruebas que acá abajo habrán tenido que sufrir. He aquí, a mi juicio, los frutos que uno debe retirar del estudio de las ciencias humanas. Confieso que esos frutos no siempre los consiguen aquellos que parecen pretenderlos, pero sostengo que los hombres que buscan este único fin llegarán a él después de algunos esfuerzos, y se convertirán no sólo en eruditos sino en buenos cristianos y en hombres de bien. [...]».

Fuente: Cfr. Lucrecia Sáenz Quesada de Sáenz, Sir Thomas More, humanista y mártir, Buenos Aires 1934, pp. 106-109

Inmaculado Corazón de María

Recurso y devoción a la Santísima Virgen.

La Madre de Cristo tiene como misión propia el introducirnos en las profundidades de los misterios de su divino Hijo. En unión con Ella contemplamos a Jesús. ¿No posee por ventura una madre la llave del corazón de su hijo?

 

Pidamos a la Virgen que de la humanidad de su Hijo, que posee la plenitud de la gracia, fluya ésta en abundancia sobre nosotros, a fin de que por el amor, nos vayamos conformando cada vez más a ese Hijo amadísimo del Padre que es también su Hijo.

Ésta es la mejor petición que podemos dirigirle.

Decía Nuestro Señor a sus Apóstoles en la última Cena: «Mi Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y porque habéis creído que yo he nacido de Él». Lo mismo podría decirnos de María: «Mi Madre os ama, porque me amáis, y porque creéis que he nacido de su seno». Nada puede ser tan grato a María como el oír proclamar que Jesús es su Hijo, como el verle amado por todas las criaturas.

 

El Evangelio nos narra las palabras que dirigió María a los servidores en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga»: Quodcumque dixerit vobis, facite.

Palabras estas que son como el eco de la palabra del Padre eterno: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias, escuchadle»: Ipsum audite.

 

Podemos nosotros aplicarnos las palabras de María: «Haced cuanto os diga mi Hijo». Y ésta será la mejor forma de devoción que podamos nosotros tener con la Madre de Jesús.

No tiene María deseo mayor que el de ver a su Hijo obedecido, amado, glorificado, exaltado: lo mismo que para el Padre eterno, Jesús es el objeto de todas sus complacencias.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

En el Lago de Genesareth

Luego de la pesca milagrosa en el lago de Genesareth, los discípulos sospechan si no estará por allí el Señor. El discípulo amado tiene eso por cierto y le dice a Pedro: ¡Es el Señor! Ni bien lo oye Pedro se ciñe la túnica y se echa al mar.

 

I. Juan es el primero en conocer al Señor. El amor de un alma pura y limpia descubre enseguida a Jesús. Pedro, en cambio, es el primero en lanzarse al agua para encontrarle, dejando redes, peces, barca... todo. El amor le empuja irresistiblemente hacia el Maestro.

A ejemplo de Pedro, hemos de procurar nosotros seguir con fervor a Cristo y desear llegar pronto a la tierra de la eternidad donde está, dejando por esta causa cuanto tengamos, y arrojándonos a todos los peligros y trabajos del mar tempestuoso de este mundo; y pareciéndonos muy espacioso y lento el paso del hombre común, debemos nosotros apresurarnos mucho más.

Apenas oigamos en el corazón: «¡Es el Señor!», en algún acontecimiento, vayamos a Él como Pedro, busquemos en espíritu su presencia, o vayamos al Tabernáculo, para derramar allí nuestro corazón o darle gracias, o presentarle nuestros buenos deseos o propósitos.

 

II. Otra gran sorpresa les aguardaba en la ribera a los discípulos. Luego que saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pez y pan. ¡Era el desayuno preparado por la mano misma del Maestro!...

Y les dijo: Venid y comed. Y tomando el pan, lo repartió entre ellos y también el pez.

¡Cómo resplandece aquí la afabilidad y liberalidad del Redentor! Con sus propias manos les prepara este sagrado convite, y les convida a comer pan hecho de su mano milagrosamente y peces diferentes de los que ellos habían pescado, para significar cuán cuidadoso es de dar comida y refección espiritual a los que trabajan por su amor y obediencia, dándoles manjar de ángeles y pan celestial que los conforte, echando con este regalo brasas sobre sus corazones, para que todos se enciendan en su amor.

Mientras nosotros trabajamos en la tierra, Jesús nos está preparando en el cielo un convite magnífico, donde Él mismo nos convidará y servirá a la mesa, dándonos por manjar su sacratísima divinidad y humanidad.

¿Quién no se animará a servir a tan generoso Señor?...

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz

Haz mi corazón semejante al Tuyo

Oración para alcanzar la humildad

¡Jesús!

Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, tú nos dijiste: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso». Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra en ti su descanso al ver cómo, revestido de la forma y de la naturaleza de esclavo, te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: «Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro... Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica». Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.

 

Quiero abajarme con humildad y someter mi voluntad a la de mis hermanas, sin contradecirlas en nada y sin andar averiguando si tienen derecho o no a mandarme. Nadie, Amor mío, tenía ese derecho sobre ti, y sin embargo obedeciste, no sólo a la Virgen Santísima y a san José, sino hasta a tus mismos verdugos. Y ahora te veo colmar en la Hostia la medida de tus anonadamientos. ¡Qué humildad la tuya, Rey de la gloria, al someterte a todos tus sacerdotes, sin hacer alguna distinción entre los que te amen y los que, por desgracia, son tibios o fríos en tu servicio...! A su llamada, tú bajas del cielo; pueden adelantar o retrasar la hora del santo sacrificio, que tú estás siempre pronto a su voz...

¡Qué manso y humilde de corazón me pareces, Amor mío, bajo el velo de la blanca hostia! Para enseñarme la humildad, ya no puedes abajarte más.

 

Por eso, para responder a tu amor, yo también quiero desear que mis hermanas me pongan siempre en el último lugar y compartir tus humillaciones, para «tener parte contigo» en el reino de los cielos.

Pero tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz que nazca en mi alma la virtud que deseo. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: «¡Jesús manso y humilde de Corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!»

 

Fuente: Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, Oraciones y otros escritos.

El estado de mi alma (II)

3. En la vida ordinaria. - Si con resuelta determinación yo pusiese mis juicios, mis gustos, mis inclinaciones y mis hábitos en parangón con las máximas del Evangelio, ¿los encontraría conformes con estas máximas? Así, por ejemplo, la pobreza, la mansedumbre, la humildad, las lágrimas, el hambre y sed de justicia, la misericordia, el amor a la paz, las persecuciones, las calumnias, los oprobios, todas esas cosas que Nuestro Señor llama bienaventuranzas, el mundo las considera desdichas o tonterías. Las realidades presentes de mis conversaciones y de mi conducta, ¿se asemejan más a las de Nuestro Señor que a las del mundo?... Respecto al amor a mis enemigos, al amor a las cruces, a las privaciones, a la vida retirada y oculta, sencilla y sobria, al desprecio de mí mismo, al odio de todo lo que es ocasión de escándalo y obstáculo para la vida divina; respecto a la confianza en la divina Providencia, a la eficacia de la oración, a la utilidad del ayuno y la abnegación, a la limosna, en una palabra, con respecto a los consejos evangélicos, ¿soy digno de ser llamado discípulo de Jesús?... En las vicisitudes de los acontecimientos diarios, generales o particulares, ¿cuál es mi preocupación y cuál mi facilidad en ver el adelanto del reino de Dios en mí y en la humanidad? Porque esta es la gran significación de los acontecimientos, y así es como los miran Dios y los hombres de Dios. Pero yo me hallo ajeno todavía a las ideas de Dios, y muy lejos aún de las miras de los hombres de Dios. El mundo humano está abierto de par en par para mí, y muy cerrado en cambio el mundo divino.

 

4. El interés de Dios y el mío no son incompatibles. - Repitámoslo: el mal no está en que yo piense en mis intereses, ni en que yo mire a la utilidad humana de las cosas; mi satisfacción, aun siendo simplemente instrumental, puede muy bien juntarse a la gloria de Dios, y muchas veces hasta debe juntarse a ella. Nunca me lo repetiré demasiado: para su gloria y para mi felicidad en Él ha querido Dios que yo crezca, que yo ejercite mi espíritu, mi corazón y mis sentidos; y para crecer en ese ejercicio desea que yo emplee los instrumentos a mi disposición; y para manejar útilmente esos instrumentos quiere que use del placer criado; de consiguiente, no hay incompatibilidad entre mi satisfacción y su gloria, la una no excluye a la otra, la una llama a la otra, pero es menester que la satisfacción no predomine ni sea puramente humana, como sucede más o menos habitualmente en mí. No, en verdad; en el curso ordinario de mi vida no creo que haya un pensamiento, un afecto, una acción, en los que la gloria de Dios tenga en absoluto todo su lugar, salvo, tal vez, las raras ocasiones en las que he aceptado plenamente un sufrimiento.

Fuente: R. P. José Tissot, La vida interior

El ejemplo de obediencia de Jesús en la Pasión

“El Salvador -dijo el Apóstol- fue obediente hasta la muerte”, es decir, todos los instantes de su vida mortal, sin dejar nunca de estar sometido y dependiente. “Obedeció hasta morir en cruz”; esto significa que aun en medio de los tormentos continuó siendo fiel a la obediencia. “Prefirió perder la vida -dijo San Bernardo- antes que perder esta virtud”. “Para que conozca el mundo -dijo Jesús a sus apóstoles- que yo amo al Padre y que cumplo lo que me ha mandado, levantaos y vámonos de aquí” (Jn 14, 31). Y el Señor, lleno de denuedo, iba al encuentro de los que habían resuelto hacerle morir.

Una agonía cruel en el Huerto de los Olivos hizo que su naturaleza sintiera todas las repugnancias y temores y que se rebelara contra ellas; sin embargo, en vez de ceder, exclamaba: “Padre mío, si es de tu agrado, aleja de mi este cáliz. No obstante, no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Y se adelantó hacia sus enemigos, capitaneados por Judas, para conformarse al decreto divino.

Durante la Pasión, él, Rey de la gloria y Soberano del Universo, se sometió a sus jueces inicuos y a sus verdugos inhumanos, diciendo de él San Pedro: “Se pone en manos de aquel que le sentencia injustamente” (I Pe 2, 23). Isaías nos le hacer ver como manso cordero que llevan al matadero o como oveja silenciosa en manos del que la esquila.

 

Jesús mío, ¿quién encadena así tu poder? ¿Quién te cierra la boca para que no puedas contestar a tus enemigos? ¡Ah! Tú mismo se lo dijiste a Pilatos con estas palabras: “No tendrías poder alguno sobre mí si no te fuera dado de arriba” (Jn 19, 11). Es, pues, la autoridad divina, oh Jesús, quien te sujeta, autoridad  que ves en tus jueces y respetas hasta en tus mismos verdugos. ¡Oh divina obediencia y cómo nos enseñas a ver sólo a Dios en los que nos mandan en su nombre!

 

Jesús, por último, muere en la cruz. Él había dicho: “Yo también guardo los preceptos de mi Padre” (Jn 15, 10). “Tengo acabada la obra, cuya ejecución me encomendaste” (Jn 17, 4). Estas mismas pruebas de su fidelidad en obedecer a Dios las confirmó con sus últimas palabras: “Todo lo he cumplido” (Jn 19, 20). Consummatum est. ¡Oh!, qué felices seríamos si pudiéramos, antes de rendir nuestro último suspiro, hablar así después de haber pasado la vida ejercitando la obediencia. Pero una obediencia: 1º, sobrenatural, animada por la fe; 2º, generosa, vencedora de dificultades y repugnancias; 3º, perseverante, sin desmentirse jamás hasta la muerte, aceptando la voluntad divina aun en la más dolorosa y cruel de las agonías. Factus oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis (Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz - Fil 2, 8).

Fuente: L. B., C, SS. R.; Manual de Meditaciones