Imitar la vida de Cristo (VI)

 

Beato Artemides Zatti 01  01

Beato Artémides Zatti con un paciente

Extractos del libro La imitación de Cristo.

La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea, se hace fructuoso, pues más mira Dios al corazón que a la obra misma. 
Mucho hace el que mucho ama, y mucho hace el que en todo hace bien, y bien hace el que atiende más al bien común que a su voluntad propia. 
Muchas veces parece caridad lo que es amor propio; porque la inclinación de la naturaleza, la propia voluntad, la esperanza de la recompensa, el gusto de la comodidad, pocas veces nos abandonan.

El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque no ama ningún placer particular (1), ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiere todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quién tuviese una centella de verdadera Caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XV, ed. Lumen. 
(1) La traducción de la que nos servimos vierte: porque ama algún placer particular, pero hemos corregido la frase según el texto latino que dice “quia nullum privatum gaudium amat”:porque no ama ningún placer personal.

Prueba de amor (I)

 

Santa Maria Magdalena de Pazzis 01  01

Santa María Magdalena de Pazzis

¡Oh Jesús Crucificado! Hazme comprender cómo la cruz es la más sublime prueba de amor.

Después de la Encarnación, la Cruz es la prueba más grandiosa de amor que Jesús ha dado a los hombres; del mismo modo, por parte nuestra, la mortificación y el sufrimiento abrazados voluntariamente por Él son la prueba más clara de amor que le podemos dar. Se trata, en efecto, de renunciar libremente a nuestras satisfacciones y gustos personales para imponernos, por amor de Dios, algunas cosas que nos desagradan y contrarían; lo cual demuestra claramente que preferimos agradar a Dios, antes que a nosotros mismos. 
En cada acto de mortificación voluntaria, tanto física como moral, decimos a Dios, no con las palabras, sino con los hechos: ¡Señor, te amo más que a mí mismo! Y como el alma enamorada desea ardientemente probar su amor, vigila constantemente para no dejar escapar ocasión alguna de mortificarse.

Por eso Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús se había propuesto ¡no perder nunca ocasión alguna que se le presentase de padecer todo lo que pudiera, siempre en silencio entre Dios y ella misma!. De este modo su amor a Dios hallaba como una especie de desahogo en esta práctica continua y generosa de mortificación. 
Con hermosa expresión Santa Teresa del Niño Jesús llamaba a este ejercicio de mortificación arrojar flores, es decir, servirse de las más mínimas ocasiones de sufrimiento para dar a Dios una prueba de amor. Y, sabiendo que el valor de la mortificación depende de las buenas y generosas disposiciones con que se realiza, decía la Santa: «Cantaré aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas» (Historia de un alma, 11,18).

¡Oh mi Bien amado! ¿Cómo te demostraré mi amor, si el amor se prueba con obras? “No tengo otro medio de probaros mi amor que el de echar flores: es decir, 
no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor. 
Quiero sufrir por amor, y gozar por amor. Así echaré flores delante del trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para ti. Además, al echar mis flores cantaré... Cantaré, aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas” (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma 11, 18).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La práctica del renunciamiento cristiano

 

San Nicoas de Tolentino 01  01b

San Nicolás de Tolentino

Pensemos, durante el día, en nuestra Misa. Nos hemos unido a la inmolación de Jesús; nos hemos colocado sobre el altar con la víctima divina; aceptamos entonces generosamente los sufrimientos, las contrariedades, el peso del día y del calor, las dificultades. Así es cómo prácticamente viviremos nuestra Misa. Porque, ¿no es acaso nuestro corazón un altar del que debe subir sin cesar hacia Dios el incienso de nuestro sacrificio, de nuestra sumisión a sus adorables designios? ¿qué altar podría ser más agradable a Dios que un corazón lleno de amor que se ofrece continuamente a El? Porque siempre podemos hacer sacrificios sobre este altar, y ofrecernos con el Hijo de sus complacencias, para su gloria y para el bien de las almas.

Esta doctrina es la que Nuestro Señor enseñó a Santa Matilde. “Un día en que ella pensaba que su enfermedad la hacía inútil y que sus sufrimientos no daban fruto, el Señor le dijo: Deposita todas las penas en mi Corazón, y yo les daré la más absoluta perfección que puede poseer un sufrimiento. Como mi Divinidad atrajo hacia sí los sufrimientos de mi Humanidad y los hizo suyos, así yo trasladaré tus penas a mi Divinidad, las uniré a mi Pasión y te haré participar en la gloria que Dios Padre confirió a mi santa Humanidad por todos sus padecimientos... Mi Pasión, añadió Jesucristo, ha producido infinitos frutos para el cielo y para la tierra; así también, tus penas, tus tribulaciones confiadas a Mí mismo y unidas a mi Pasión, serán en tal manera fructuosa, que procurarán a los elegidos más gloria, a los justos un nuevo mérito, a los pecadores el perdón y a las almas del purgatorio el alivio de sus penas”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Importancia del fin de la vida humana

 

San Francisco Solano 01  01

San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

El Juicio Final

 

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El Juicio Final

Para nuestro Señor, la caridad para con nuestro prójimo ha de ser el signo de que ha de servirse en el día del juicio para distinguir a los elegidos de los réprobos; es Él quien nos lo dice; escuchémosle, ya que es la verdad infalible. 
Tras la resurrección de los muertos quedará el Hijo del hombre sentado en el trono de su gloria; ante Él se congregarán las naciones; colocará a los buenos a su derecha y a los malos a su izquierda. Y dirigiéndose a los buenos les dirá: «Venid, benditos de mi Padre a poseer el reino que os ha preparado mi Padre desde el comienzo del mundo»
Y ¿cuál será la razón que les dará? 
«Tuve hambre y me disteis de comer; sed y me disteis de beber; estaba de paso y me hospedásteis; cuando estaba desnudo me vestísteis; enfermo, vinisteis a visitarme; encarcelado, os llegasteis a mí»
Y los justos no podrán menos de extrañarse, ya que jamás han visto a Cristo necesitado. Pero Jesús les responderá: «En verdad os digo, que cada vez que lo hicisteis con cada uno de estos pequeñuelos que en mí creen, lo habéis hecho conmigo»: Mihi fecistis. 
A continuación se dirigirá a los réprobos: «Alejaos de mí, malditos, id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles». 
¿Razón de ello? No lo han amado en la persona de sus hermanos. 
De boca del mismo Jesús hemos podido oír que la sentencia que a fin de cuentas ha de decidir nuestra suerte por toda la eternidad, será pronunciada teniendo en cuenta el amor que a Cristo hayamos profesado en la persona de nuestros hermanos.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Las mortificaciones impuestas por la Iglesia

 

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Todo el valor de nuestros padecimientos y actos de abnegación depende de la unión que ellos tienen, por medio de la fe y del amor, con los sufrimientos y los méritos de Jesús, sin el cual nada podemos hacer. Y, ¿quién está más unido a Cristo que la Iglesia, su Esposa? Suyas son las mortificaciones que ella nos impone; las adopta y las ofrece oficialmente a Dios, en su calidad de Esposa de Cristo; tales mortificaciones son como la prolongación natural de las expiaciones de Cristo; presentadas por la Iglesia misma, son muy agradables a Dios, que ve en ellas la participación más íntima y la más profunda que puedan tener con los sufrimientos de su Hijo muy amado las almas. Todo lo que viene de la Iglesia, Esposa de Cristo, no puede dejar de agradar al Padre Eterno. 
Por lo demás, tales mortificaciones son para nosotros muy saludables. La misma Iglesia nos dice, al comienzo de la cuaresma, que ella las ha "establecido no sólo para bien del alma, sino también del cuerpo" (Oración del sábado después de Ceniza).

No olvidéis que en el curso de la santa cuaresma la Iglesia ruega diariamente por las almas que se sujetan a estas expiaciones; sin cesar pide a Dios que le sean agradables estas obras, que las acepte y que las haga beneficiosas para nosotros; "que nos dé fuerza para cumplirlas con la devoción que condice con un discípulo de Jesucristo y con una piedad que en nada nos pueda turbar" (Oración del miércoles de Ceniza). Esta incesante plegaria de la Iglesia por nosotros tiene mucho poder sobre el corazón de Dios, y se convierte en una fuente de bendiciones celestiales que hacen fecundas nuestras mortificaciones.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Buscar a Dios en la actividad (II)

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Marta y María

«Es preciso andar con aviso de no descuidarse en las obras, aunque sean de obediencia y caridad, de manera que no acudan muchas veces a lo interior, a su Dios» (Santa Teresa). Esta es la segunda condición para que la actividad externa no turbe el recogimiento interno.

«No haré nada con prisa o turbación», era el constante propósito de Santa Teresa Margarita, que en medio de una sorprendente actividad, mantenía “un continente siempre pacífico y tranquilo, que daba la impresión de que en todos sus actos era dueña de sí misma”. Esto significa tener siempre pleno dominio de sí y de la propia actividad y, por lo tanto, aleja todo peligro de dejarse dominar y arrastrar por la acción. Quien se lanza de bruces a la acción sin ninguna cautela, verá bien pronto que el alma se le va de entre las manos: perderá la calma, se agitará, se hará incapaz de recogerse en su interior, y esto tanto más cuanto la acción se vaya haciendo más exigente y agobiadora.

Jesús no reprendió a Marta porque se daba a la actividad externa, sino porque lo hacía con demasiado afán: «Marta, Marta, tú te afanas y te turbas por muchas cosas» (Lc. 10, 41) El Señor quiere la actividad, pero no la inquietud afanosa, porque, aun sumergida en sus ocupaciones, el alma ha de atender «a la única cosa necesaria», esto es, a la unión con Él. Por eso, apenas se dé cuenta de que la paz interior comienza a desvanecerse, debe interrumpir, si le es posible, a lo menos por un instante, su actividad externa, y retirarse al interior de su espíritu con Dios. Estos breves momentos de pausa repetidos con frecuencia, la acostumbrarán poco a poco a mantenerse tranquila y recogida en Dios aun en medio de la actividad.

Dadme fuerzas, Señor, para que no me arrastre y domine la actividad, externa. Que sepa yo mantenerme siempre sereno y recogido aun en medio de la actividad más intensa, siempre en paz delante de ti, el Pacífico. 
Sólo en esta calma y paz interior conservaré unidas en un solo haz las potencias de mi alma para tenerlas fijas en ti, a pesar de las múltiples exigencias de la actividad exterior. ¡Oh, Jesús mío! ¿No es esto por ventura lo que querías decir cuando hablabas a María Magdalena del unum necessarium -lo único necesario-? “¡Y qué bien lo había comprendido la Santa! Los ojos de su alma, iluminados por la fe, te habían reconocido bajo el velo de la humanidad, y en el silencio y en la unidad de sus potencias escuchaba las palabras que le decías. Podía cantar de veras: 'llevo siempre mi alma en mis manos', y añadir la breve palabra nescivi, 'no sé nada más'. ¡Sí, ya no sabía otra cosa que a ti, Dios mío! Ya podían hacer ruido y agitarse alrededor de ella: nescivi! Podían acusarla: nescivi! (B. Isabel de la Trinidad). Y aun cuando por necesidad tenía que retirarse de tus pies, y ocuparse en las cosas de la tierra, su corazón permanecía fijo en ti. Y el día de tu Resurrección, cuando por orden tuya tuvo que abandonarte para ir a anunciar a los Apóstoles tu triunfo, su alma quedó inmóvil... en una actitud de profunda calma, recogida y concentrada siempre en ti. ¡Ojalá pueda yo con tu gracia vivir también así, oh Señor! 
Pidámoselo hoy especialmente por intercesión de Santa Marta, en el día de su fiesta.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Víctima reparadora

 

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El concepto de reparación evoca el de «víctima reparadora», concepto bien conocido de los devotos del Sagrado Corazón y reconocido oficialmente por la Iglesia mediante la Encíclica de Pío XI acerca de la reparación. El venerando documento explica lo que debe hacer el alma que intenta ofrecerse como víctima: «Deberá sin duda, no sólo aborrecer todo pecado como mal supremo y huir de él, sino ofrecerse toda entera a la voluntad de Dios y aplicarse a compensar el honor violado de la Majestad divina con la asidua oración, con la práctica de penitencias y con la paciente tolerancia de las pruebas que se ofrecen; en fin, con la vida entera vivida según este espíritu de reparación» (Enc. Miserent. Red.).

Estamos muy lejos de aquel concepto fantástico de víctima, por el que, bajo pretexto de deberse ofrecer a inmolaciones extraordinarias, ciertas almas se evaden a la realidad de la vida cotidiana y se imaginan capaces de tales y cuales sufrimientos, mientras, de hecho, procuran esquivar los sacrificios de cada día. El concepto de víctima reparadora propuesto por la Iglesia es, por el contrario, algo muy serio, concreto y realista. El alma víctima debe reparar el pecado, y lo reparará haciendo lo contrario de lo que el pecado es. El pecado es un acto de rebeldía contra Dios y su voluntad manifestada en la ley y en las disposiciones de la divina Providencia. Por eso lo contrario del pecado será adherirse totalmente a la voluntad divina, abrazándola con todo el corazón y en todas sus manifestaciones, a despecho de las repugnancias que se puedan sentir.

Este es, pues, el programa del alma víctima: no sólo evitar el pecado, aun en sus formas más leves, sino salir de tal modo al encuentro de la voluntad de Dios, que pueda Él realmente hacer de ella todo lo que quiera. Añadirá luego oraciones y penitencias voluntarias, pero éstas tendrán valor sólo en la medida que broten de un corazón totalmente rendido a la divina voluntad. Y observemos que la primera penitencia –señalada también por la Encíclica– será siempre «la paciente tolerancia» de las pruebas de la vida.

"Si, Dios mío... Tú sabes que no ansío otra cosa fuera de ser una víctima de tu Sagrado Corazón, consumida toda en holocausto con el fuego de tu santo amor, y por eso tu Corazón será el altar donde se debe cumplir esta mi consumación en ti, querido Esposo mío; Tú debes ser el Sacerdote que ha de consumir esta víctima con ardores de tu santo Corazón. Pero, Dios mío, ¡cómo me confundo al ver cuán culpable es esta víctima e indigna de que Tú aceptes su sacrificio! Mas confío que todo él será reducido a pavesas en aquel divino fuego. 
"Por el ofrecimiento completo que de mí misma te he hecho, he querido cederte mi libre albedrío, porque sólo Tú, de aquí en adelante, has de ser el Señor de mi corazón. Y por eso únicamente tu voluntad ha de ser la regla de mis acciones. Y así, dispón siempre de mí como más te agrade, que de todo estaré contenta…, porque deseo amarte con amor sufrido, con amor muerto, es decir, enteramente abandonado en ti, y con amor operativo; en suma, con amor entero y sin división y, lo que importa más, con amor perseverante" (Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santo Tomás Moro y la educación de sus hijos

Transcribimos parte de una carta de Santo Tomás Moro a Gunnel, uno de los preceptores de sus hijos.

 

« [...] Lo que más me encanta es la seriedad de que ha dado pruebas mi pequeña Elizabeth en la ausencia de su madre, seriedad que no siempre se encuentra en niñas de su edad. Hacedla entender que esta conducta de su parte me es aún más agradable que la mayor instrucción que podría haber adquirido, porque si la ciencia unida a la virtud es preferible a todos los tesoros de la tierra, los bienes que la ciencia nos procura, si son ajenos a la inocencia de costumbres, no son más que falsos e imaginarios.

 

«Sea lo que fuere, si una de mis hijas llega a juntar a la modestia y a la piedad una sólida instrucción, la consideraría como más favorecida por el Cielo que si reuniese a la belleza de Helena las riquezas de Creso. No porque la sabiduría deba ser para ella una ocasión de gloria sino porque, acompañada de la virtud, es un don precioso que no nos puede ser quitado como nos son quitadas las riquezas y la belleza. No debemos pues buscar solamente la gloria de las letras, sino el saber, que da la felicidad. [...] He aquí, pues, mi querido Gunnel, los motivos que tengo para no buscar para mis hijos el renombre literario sin la virtud. [...] Además, como siempre he pensado que era de suma importancia el no salirme del camino que me he trazado para asegurar la felicidad de mis hijos, os recomiendo a vos, mi querido Gunnel, así también como a mis mejores amigos, que les enseñéis a evitar los tropiezos del lujo y del orgullo; como a permanecer fieles a los preceptos de la modestia; a no dejarse encandilar por la vista del oro; a no buscar su propia estimación ni la de los otros en suntuosos vestidos; a no degradar por una negligencia culpable los dones que hayan recibido de la naturaleza; y, en fin, a ser ávidos por adquirir los tesoros de la ciencia para hacerlos servir únicamente en defensa de la verdad y para gloria del Todopoderoso. Es así como merecerán obtener un día la recompensa de una vida ejemplar. Afirmados en esa consoladora esperanza, no temerán jamás la muerte, que no será a sus ojos más que el término de las pruebas que acá abajo habrán tenido que sufrir. He aquí, a mi juicio, los frutos que uno debe retirar del estudio de las ciencias humanas. Confieso que esos frutos no siempre los consiguen aquellos que parecen pretenderlos, pero sostengo que los hombres que buscan este único fin llegarán a él después de algunos esfuerzos, y se convertirán no sólo en eruditos sino en buenos cristianos y en hombres de bien. [...]».

Fuente: Cfr. Lucrecia Sáenz Quesada de Sáenz, Sir Thomas More, humanista y mártir, Buenos Aires 1934, pp. 106-109

María nos enseña a prestar servicios de caridad

Apenas la Virgen recibe aviso de que su prima ha sido bendecida por el cielo, se pone en camino hacia las montañas de Judea, en dirección a la ciudad de residencia del sacerdote Zacarías. Ni le espantan las dificultades del viaje; ni le asusta su tierna edad; ni le detiene el pensamiento de que también Ella presenta títulos, y aún mayores que los de su prima, para ser congratulada. Para el mundo es una joven cualquiera, y a sus propios ojos no es más que la «esclava del Señor», y como tal debe cumplir sus oficios de caridad para con la anciana Isabel. María lo hace de buen grado y sin sentirse por ello humillada.

 

Aprendamos de aquí a olvidarnos de nosotros mismos y a cumplir con presteza y fervor nuestros deberes sociales. Mientras no nos sea dado huir a la soledad del desierto, nos resultará imposible eludir obligaciones a veces harto penosas para con el prójimo. La caridad fraterna y hasta simplemente la buena crianza nos ligan muchas veces con ataduras sobradamente molestas. Sobrenaturalicemos todas estas insignificantes acciones. Es incalculable el caudal de méritos que podemos acumular con ello. Cuando creemos perder el tiempo aguantando, por ejemplo, la insípida conversación de una pobre viejecita que busca en nosotros consuelo, estamos quizá escribiendo una de las mejores páginas del Libro de la vida. ¿Quién sabe, además, si el Altísimo ha vinculado la salvación de un alma a un acto de caridad para con ella? No perdamos, pues, ocasión alguna de hacer el bien, ya que ignoramos lo que el Espíritu Santo quiere obrar por nosotros. Y así como al final de aquella jornada de caridad por las montañas de Judea esperaba a María una hora de júbilo, la hora del alumbramiento del Magnificat, así puede suceder que siga a un insignificante deber de cortesía sobrenaturalizado, un placer y gozo espiritual que nunca hubiéramos imaginado.

 

Ponderemos asimismo que, como nota el Evangelio, María caminaba apresuradamente, enseñándonos con ello, dice San Ambrosio, que no era el deseo de ostentación, sino el deber de caridad, lo que la constreñía a mostrarse en público; así que andaba como sobre ascuas hasta poderse encerrar otra vez en el retiro de su casa. ¡Qué ejemplos tan instructivos para las almas consagradas a Dios y también para todo bautizado! No dejemos de leer en ellos y de apropiarnos la doctrina que encierran.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado