Orar confiadamente (II)

 

Santisimo Sacramento 02  06

Jesús, interesado por ganarnos la confianza. 
Todos los esfuerzos de Jesús parecen encaminados a ganarnos el corazón, a robar nuestra confianza. «Hijo mío, dame tu corazón.» (Pr 23, 26). Estas palabras del Antiguo Testamento vibran en todos sus actos. Considéralo si no junto al pozo de Jacob convirtiendo a la Samaritana. Mírale también ante la adúltera. Contémplale sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando sentado con los suyos en el Cenáculo les da sus últimos consejos. ¡Qué sentimiento de cariño publican sus palabras! «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros... Ya no os diré siervos; más bien os llamaré amigos, porque os he dado a conocer los secretos de mi Padre...» (Lc 22, 15; Jn 15, 15). Lava los pies a sus discípulos. Se entrega totalmente a los mortales en el Sacramento del amor, y por los mortales ofrécese a la muerte. Y por si todas estas finezas no bastaran todavía, nos ha manifestado en estos postreros tiempos los últimos pliegues de su afecto en la revelación de su Divino Corazón. Quien así está interesado en ganarnos la voluntad, ¿qué no hará cuando nos halle conquistados por la confianza? ¡Ah!, entonces se entregará totalmente a nuestros deseos.

Por lo demás, es muy humano sentirse obligado por aquel que, al pedir un favor, deposita toda su confianza en su bienhechor. Jesucristo, cuyo corazón siente más finamente que el nuestro, no puede menos de dejarse mover por sentimiento tan humano. Le hacemos poco favor, si no le atribuimos lo que concedemos a cualquier mortal. ¡Cuánta confusión para nosotros, por no haber sabido aprovechar doctrina tan clara y patente! Acudamos al Señor, pidiéndole perdón y demandando su ayuda, para que el grado de nuestra confianza corresponda a sus deseos. «Creo, Señor, pero aumenta mi fe.».

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 810s

Orar confiadamente (I)

 

Virgen Maria 09  21b

En plena conciencia de nuestra pequeñez e indignidad (oración humilde), hemos de traspasar por la confianza los cielos.

Nuestra condición de hijos de Dios nos exige confiar. 
Jesús nos instruye en la doctrina de la confianza de una manera en extremo gráfica. «Si entre vosotros un hijo pide pan a su padre, ¿acaso le dará una piedra? Si le pide un pez, ¿le dará una serpiente? ¿O le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos como sois, sabés dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos!»

El sentido de las palabras de Cristo es claro. Si vosotros -dice-, siendo malos, no llegáis a la perversidad de engañar al hijo que pide con lágrimas en los ojos el precioso sustento, ¿cuáles serán las finezas de un Dios para con sus hijos? La argumentación no podía ser más apremiante. De ahí la consecuencia: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Hagamos actos de fe en la palabra divina.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 809s

Necesidad del examen de conciencia

 

San Bruno 01  39

San Bruno rezando

"Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia, pídele cuentas muy exigentes de las decisiones malas que hayas tomado durante el día..., arráncalas, destrózalas, y castígate por ellas" (S. Juan Crisóstomo). La conveniencia de este ejercicio y el provecho que lleva consigo para la virtud cristiana, lo prueban los maestros más autorizados de la vida espiritual con admirables advertencias y consideraciones. Citaremos a este propósito unas instrucciones de San Bernardo: "Como investigador diligente de tu pureza de alma, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete, de ti mismo".

Consecuencias de no hacer examen. 
Sería una vergüenza que en esto se cumplieran las palabras de Jesús: Los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz. Salta a la vista con qué cuidado administran sus negocios, la frecuencia con que revisan sus gastos y sus ingresos, la atención y el rigor con que llevan sus cuentas, cómo les duelen sus pérdidas y el enorme empeño que ponen en recuperarlas. Y nosotros quizá no pensamos más que en buscar honores, aumentar nuestro patrimonio, hacernos un nombre famoso por medio de la ciencia, descuidando con enorme negligencia el negocio más importante y más difícil: el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos en nuestro interior para examinar nuestra alma y, así, se va llenando de hierbajos como la viña del perezoso de la Escritura: He pasado por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto que las espinas las habían invadido y su cerca de piedras estaba destruida.

Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, perjudiciales para la virtud del mismo sacerdote, se multiplican a su alrededor, por lo cual es necesario vivir cada día más vigilantes y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra que quien hace con frecuencia examen de sus pensamientos, de sus palabras y de sus obras, tiene más fortaleza para odiar el mal y huir de él, y también más ardor y celo para el bien. También la experiencia demuestra a cuántos inconvenientes y peligros está expuesto el que se niega a acudir a este tribunal, en el que la justicia se sienta para juzgar y al que la conciencia acude como reo y como acusador. Sería inútil buscar en él esa mesura que tanto necesita el cristiano y que lleva a evitar hasta los más leves pecados, esa firmeza de alma, tan propia de un sacerdote y que le hace sentir horror hasta por la más pequeña ofensa a Dios. Es más, esta dejadez y este abandono llegan a veces hasta el punto de descuidar incluso el Sacramento de la penitencia, el mejor medio que Jesucristo Nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto al alcance de la debilidad humana.

Fuente: S. Pío X, Haerent Animo, Constitución Apostólica del Papa San Pío X sobre la santidad del clero

Beato Iván Merz

 

Beato Ivan Merz 01  01b

Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

Venerable Silvio Dissegna

 

Silvio Dissegna 01  01

Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

Trigo 01  01

"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

Siervo de Dios Carlo Acutis 01  01

Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

Beato Pier Giorgio Frassati

 

Beato Pier Giorgio Frassati 03  03b

Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

Santo Tomas 01  01

Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

San Jose 20  57

¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.