La oración de recogimiento (I)

Meditar 02 02

¡Oh Dios mío! Que tenga yo la dicha de hallarte dentro de mí, en el pequeño cielo de mi alma. 
Otra forma de oración, que Santa Teresa aconseja a las almas interiores como muy sencilla y provechosa, es la oración de recogimiento. Su fundamento es la presencia de Dios en nuestras almas: presencia de inmensidad, por la cual Dios está en nosotros como Criador y Conservador, tan real y esencialmente que «en Él vivimos y nos movemos y existimos» (Hech17, 28), de tal modo que si Él cesase de estar presente en nosotros, nosotros dejaríamos inmediatamente de existir; presencia de amistad, por la cual Dios habita en el alma en gracia como Padre, como Amigo, como dulce Huésped que la invita a vivir en unión con las tres divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo. Esta es la consoladora promesa que Jesús hizo a toda alma que le ama: «Si alguno me ama..., mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23).

La oración de recogimiento consiste en darse perfecta cuenta y vivir conscientemente esta gran realidad: Dios está en mí..., mi alma es templo suyo...; me recojo en la intimidad de este templo para adorarle, para amarle, para unirme con Él... « ¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas -exclama San Juan de la Cruz-, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y unirte con Él! Ya se te dice que tú mismo eres el aposento donde Él mora...; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que... está tan cerca de ti que está en ti... Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con Él, pues le tienes cerca. Ahí deséale, ahí adórale, y no le vayas a buscar fuera de ti» (Cántico espiritual 1, 7-8). 
El alma que tiene el sentido de esta presencia de Dios en ella, posee uno de los medios más eficaces para hacer oración. « ¿Pensáis -dice Santa Teresa de Jesús- que importa poco para un alma derramada entender esta verdad, [es decir, que Dios está dentro de ella], y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces? Por paso [bajo, suave] que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped.» (Camino de perfección 28, 2).

Ya escucho, Dios mío lo que dices a mi alma: “Mi reino está dentro de ti”. Grande contento es para mí entender que Tú nunca faltas de mí y que yo nunca puedo estar sin ti. “¿Qué más quieres ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tu deleite, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?” (San Juan de la Cruz). 
“¡Oh Dios mío! Tú estás en mí y yo en ti. He hallado mi cielo en la tierra, porque el cielo eres Tú que te encuentras dentro de mí. Aquí te encuentro y poseo, aunque no sienta tu presencia. Tú siempre estás ahí, en mi interior. ¡Cómo me gusta buscarte en mí! Haz, Señor, que no te deje nunca solo” (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Meditar en el amor de Dios

Meditar 01 01

¡Oh Señor! Tú nada ganas en estar con nosotros; y sin embargo, nos amas tanto, que dijiste que tus delicias eran estar con nosotros. ¡Oh, cuánto nos amas Dios mío, pues eres más feliz en darte a ti mismo que en darnos las cosas que te pedimos! Ya no quiero poseer nada, porque, si yo quiero y te lo pido, puedo poseerte a ti, Dios mío, y tratar tan íntimamente contigo. 
Me adornaré con las joyas de las virtudes y te invitaré a que entres en el tálamo de mi corazón para descansar contigo en íntima unión. Sé que Tú no pides ni quieres otra cosa sino visitar mi alma y entrar en ella.

Y ¡qué triste es, Señor, me hayas estado llamando tanto tiempo y no te haya abierto y me haya privado de tan grande felicidad! Me acercaré a ti en el secreto de mi corazón y te diré: Sé que Tú me amas mucho más de lo que yo me amo, por eso ya no me preocuparé más de mí; me acercaré a ti, pondré mi vida en tus manos y Tú cuidarás de mí. Yo no puedo atender y preocuparme de mí y de ti; por eso viviremos en un intercambio mutuo de pensamientos y de afectos: Tú pensarás en mí y en mi debilidad para socorrerme, y yo pensaré en tu bondad para deleitarme en ella. Y aunque en este cambio el que gana soy yo, porque Tú nada puedes recibir de mí, sé que Tú te complaces más en permanecer conmigo y en ayudarme que yo en estar gozando de tu bondad.

¿Cuál es la causa de esto? La causa soy yo, porque yo me quiero mal y Tú me quieres bien, como Dios que eres. Si quisiera, ¡oh Señor!, recordar todas las pruebas que me has dado de tu amor, no sería capaz de hacerlo; aunque tuviera las lenguas de todos los hombres y de todos los ángeles, no llegaría a expresar y cantar dignamente los bienes de naturaleza, de gracia y de gloria que de ti proceden. ¿Es posible, Señor, que yo pueda pensar y meditar en otra cosa que no sea tu amor? ¿Por qué deseo y ansío otras cosas que no sean tu amor? ¿Por qué no me siento atado preso de tu amor? Tu amor me rodea por todas partes y yo aún no lo comprendo, aún no sé lo que es tu amor.

Fuente: San Buenaventura, citado en Intimidad Divina, del P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d.

Los cristianos en el mundo

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Los primeros cristianos

Fragmento de la Carta a Diogneto, escrito de los primeros tiempos del cristianismo:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.

Fuente: Carta a Diogneto (Cap. 5-6)

El trato íntimo con Dios (I)

Santa Teresa de Jesus 11 34

Santa Teresa de Jesús

¡Oh Señor! No te desdeñes de admitirme, aunque indigno, en tu intimidad. 
La meditación, lo mismo que la lectura meditada, es un medio para llegar al centro y a la esencia de la oración, que, según Santa Teresa de Jesús, "no es otra cosa... sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida 8, 5).

Poco importa que lleguemos a ella a través de la meditación o de la lectura o por medio del rezo lento y devoto de una oración vocal: todos son caminos buenos; el mejor para cada uno será aquel que más rápidamente le lleve al término, o sea, al trato íntimo con Dios. Llegada al centro de la oración, el alma tiene que aprender a permanecer en esta actitud, en este "tratar de amistad... a solas" con el Señor. También aquí el modo de ejercitarse en este intimar con Dios cambiará según la inclinación y las disposiciones personales, que frecuentemente pueden variar según los días y las circunstancias.

A veces, apenas se ha adentrado el alma un poco en la consideración del amor de Dios para con ella, se siente impulsada a manifestarle su gratitud y su deseo de corresponder a ese amor; así, espontáneamente, se inicia una conversación íntima con el Señor. En ella le declara todo su reconocimiento, le promete ser en adelante más generosa y decidida en darse a Él, le pide perdón por no haber sido así en el pasado; porque son sinceras sus palabras, hace después delante de Dios sus propósitos prácticos y, finalmente le pide gracia y ayuda para saber cumplirlos de veras. 
Evidentemente esta manera de oración es un coloquio íntimo, todo personal y espontáneo, sin ninguna preocupación de forma y de orden, brotado únicamente de la exuberante plenitud del corazón. Es ésta una de las formas en que el alma, suspendida la lectura o la meditación que despertaron en ella tantos sentimientos buenos "está... tratando a solas" con Dios. Volverá de nuevo a la lectura o a la reflexión cuando sienta la necesidad de nuevos pensamientos y de nuevos afectos para animar y calentar el espíritu en ese coloquio con el Señor.

Se puede llamar éste un verdadero coloquio, pues no sólo es el alma quien habla, sino que el mismo Dios le responde, no con palabras sensibles, sino infundiéndole gracias de luz y de amor que le iluminan los caminos de Dios y le encienden en ansias de entrar en ellos con mayor generosidad. Por eso no es conveniente que el alma en el coloquio abunde demasiado en palabras: es mejor que muchas veces lo suspenda y se ponga a escuchar en su interior los movimientos de la gracia, que son precisamente la respuesta de Dios.

"¡Oh Señor! Ayúdame para que el fin de mi oración sea únicamente ocupar mi corazón en amarte; y porque no conozco ni encuentro otro medio más apto para ejercitarme en el amor que este recogimiento íntimo que se goza en el silencio y el olvido de todas las criaturas, quítame, Dios mío, la vida antes que privarme de este trato interior contigo, que es mi pequeño cielo en la tierra" (San Leonardo de Porto Mauricio).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Características de la vida según la interioridad

Modestia 01 01b

La interioridad moral. Consiste en la capacidad radical de acoger en sí y experimentar vitalmente toda verdad y todo bien hasta quedar fecundado por ellos, y en el poder subsiguiente de engendrar mediante una voluntad libre acciones y obras que transformarán tanto al propio hombre como al mundo que depende de él. 
Cuando por la fe y la caridad la intimidad del hombre se abre al Espíritu Santo, entonces la interioridad del creyente entra en comunicación con la interioridad divina y adquiere una profundidad nueva e insondable. 
Se juzga mal al hombre y a los asuntos morales cuando se opone superficialmente la interioridad a la exterioridad, cuando se quiere combatir lo que se llama la "vida interior" so pretexto de favorecer el compromiso del hombre o del cristiano en el mundo. Más bien lo propio de la vida parece ser crear una interioridad dinámica capaz de transformar el mundo gracias a una interacción regular. La interioridad personal es, de este modo, la verdadera matriz donde se forman las mejores acciones del hombre.

La profundidad. Designa el hecho de dejar atrás las impresiones, los sentimientos, las ideas y las representaciones superficiales, penetrando hasta el corazón de las realidades humanas y de las cuestiones morales gracias a la reflexión y la experiencia activa. Se puede ver su símbolo en la comparación, propuesta por Orígenes, de la meditación de la Escritura con la excavación de pozos en el desierto que llevaron a cabo los siervos de Jacob, a la búsqueda de las fuentes vivas.

La altura o elevación. Designa la exigencia de un esfuerzo prolongado y progresivo para alcanzar la calidad moral, comparable con la ascensión de una cima. Implica dejar atrás todo lo que es moralmente bajo, la lucha contra la pereza y la pesadez interior. Se la designa con expresiones como la elevación de los sentimientos o la grandeza del alma. Se puede ver su signo en la montaña del Sinaí que escaló Moisés para recibir las tablas de la Ley o en la montaña de las bienaventuranzas donde Jesús proclamó la justicia superior a la de los escribas y fariseos. Esta altura debe, sin embargo, conjugarse con la profundidad en la que está colocado el fundamento sólido de la humildad ante lo real y ante la palabra de Dios, que previene la exaltación falaz del orgullo.

La densidad. Es el resultado de la paciente acumulación, en el espíritu y en el corazón, de las reflexiones, las experiencias y los esfuerzos. Implica una cierta capacidad de recogimiento y reclama una fidelidad perseverante de las cualidades morales.

La amplitud. El progreso de la profundidad, la altura y la densidad contribuyen al ensanchamiento del espíritu y del corazón. La capacidad de recibir, de comprender y de ordenar las ideas y los sentimientos aumenta y se fortifica. Uno de los signos de esta amplitud es el saber abarcar con una mirada y comprender el pensamiento de otras épocas de la historia para discernir en ellas la continuidad viva de una tradición espiritual.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers OP, Las fuentes de la moral cristiana.

No se trata de pensar mucho sino de amar mucho

Santa Teresa de Jesus 10 05

Meditar con el corazón

El trato con Dios más es amar que pensar. No porque en la meditación el pensamiento ocupe un lugar secundario, tenemos que caer en el extremo opuesto de descuidar todo esfuerzo y ejercicio intelectual. He aquí pues, la conducta que se debe observar. 
Antes de leer el punto de meditación, el alma se pondrá con suma diligencia en la presencia de Dios, alejando con un acto firme y decidido de su voluntad todo pensamiento ajeno, toda preocupación e inquietud.

Si la oración mental consiste en un trato íntimo con el Señor, es evidente que será imposible este tratar íntimamente con Dios si Él está lejos de nuestra mente y de nuestro corazón. Es verdad que Dios está siempre presente en nosotros, pero somos nosotros los que muchas veces no estamos presentes a Él; es, pues, necesario, que nos pongamos en contacto con el Señor, que nos acerquemos a Él; todo esto se hace con un acto de presencia de Dios, que despierta en nosotros la conciencia de esta hermosa realidad. 
Cada uno practicará este ejercicio de la manera que le sea más fácil: o considerando a la Santísima Trinidad presente en su corazón, o adorando a Jesús presente en los sagrarios de nuestras iglesias, o representándose en su interior un paso determinado de la vida o de la Pasión del Salvador. Así recogido, en la presencia de Dios y bajo su mirada divina, leerá pausadamente el punto de meditación y comenzará a pensar en él con calma y suavidad, no como razonando consigo mismo, sino más bien como si hablase con el Señor, en cuya presencia se encuentra.

Cuanto más se vaya acostumbrando el alma a discurrir de esta manera, a este tratar y desarrollar con Dios el tema de su meditación, más perfectamente alcanzará ésta su fin propio, que es precisamente ayudar al alma a entretenerse y estarse con el Señor y a conversar afectuosamente con Él, como un hijo habla con su padre y un amigo se entretiene con su amigo. Este permanecer con el Señor exige mucha atención y esfuerzo, pero hemos de procurar que este ejercicio se oriente a mantener nuestra alma en vivo contacto con Dios más que a concentrarla en un discurrir abstracto y rígido. Los pensamientos que nos ha sugerido la meditación -sobre cuyo punto de lectura el alma puede volver cuando sienta necesidad- favorecerán e intensificarán este contacto con Dios y le darán materia para conversar amigablemente con el señor. Brevemente, el trabajo intelectual no debe hacernos olvidar que la esencia de la oración consiste en un trato íntimo con Dios, y que este trato con Dios más es amar que pensar.

Haz, ¡oh Señor!, que la meditación de tus misterios me inflame en tu santo amor, para que al retirarme de la oración me sienta con más deseos de amarte y más dispuesto a entregarme generosamente a tu servicio. 
Enséñame, pues, a meditar no sólo con la inteligencia, sino a meditar sobre todo con el corazón; enséñame a considerar las verdades con espíritu devoto y amoroso, para que, al contacto de mi amor con la meditación de tus misterios, se foguee mi corazón y salten chispas de amor, que, con la ayuda de tu gracia, se conviertan en llama ardiente y robusta, capaz de purificar mi alma y de lanzarme con un ardor de fuego al cumplimiento de tu voluntad. 
¡Oh Jesús mío, qué feliz sería si, al soplo patente del Espíritu Santo, esta llama se convirtiera en un incendio de amor divino! Mi frialdad, mi ruindad, mi egoísmo, me hacen indigno e incapaz de esta gracia, pero Tú, que sabes hacer surgir hijos de Abrahán aun de las mismas piedras, puedes romper y ablandar este corazón frío y duro y encender en él la viva llama de tu amor.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Servirse de la meditación para despertar el amor

Orando 01 01

Infúndeme, Señor, un vivo espíritu de piedad, para que aprenda a tratar contigo con afecto de hijo. 
La doctrina de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús nos ofrece un método de meditación, el más apto y apropiado para introducir a las almas en la intimidad con Dios y prepararlas a la contemplación. 
He aquí cómo lo delinea claramente San Juan de la Cruz: "El fin -dice- de la meditación y discurso en las cosas de Dios es sacar alguna noticia y amor de Dios" (Subida II, 14, 2). A primera vista nos damos cuenta de que el Santo, más que en el trabajo del entendimiento, en el "conocimiento especulativo" de Dios y de las verdades de la fe, insiste en el "conocimiento amoroso", que se funda ciertamente sobre el pensamiento, pero sobre un pensamiento afectuoso, penetrado de amor, que brota de un corazón amante. Quien ama a una persona llega a conocerla y a comprenderla mucho mejor y más fácilmente que quien la estudia, quizás más minuciosamente, pero sin amor.

Idéntica es la manera de pensar de Santa Teresa cuando, hablando de la oración, afirma que "no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho" (Moradas IV, 1, 7). El pensamiento debe estar siempre subordinado al amor; es evidente que en la meditación se piensa y se reflexiona, pero no para conocer simplemente, sino para poder amar más al Señor. Por lo tanto, el trabajo de la inteligencia deberá tender sobre todo a hacernos más conscientes del amor que Dios nos tiene, de ese amor inmenso que el Señor nos ha manifestado de mil maneras; pues se puede afirmar con toda verdad que no hay misterio divino ni verdad de fe que no nos hable de una manera o de otra de la infinita caridad de Dios. Cuanto más convencidos estemos de este amor, más profunda e íntima será en nosotros esa "inteligencia amorosa" de Dios y al mismo tiempo más impulsados nos sentiremos a pagar con el mismo amor a quien tanto nos ha amado. 
De esta manera la meditación, o sea, el discurso, nos irá introduciendo natural y sencillamente en el ejercicio del amor. Por lo tanto, en nuestra oración no hemos de dar la primacía a las reflexiones y consideraciones, por elevadas que sean; nos serviremos de ellas únicamente en cuanto sea necesario para despertar en nosotros el amor y para perseverar en ese acto prolongado de amor que debe ser la oración.

"¡Oh Señor! Enséñame a meditar; enséñame a hacer oración, pues ninguna de las dos cosas sé hacer como conviene y solamente puedo aprenderlas de Ti. Dame oídos para escucharte en la lectura y en la meditación, dame lengua para hablarte en la oración. Infúndeme tu divino espíritu, que me sugiera lo que debo pensar, lo que debo decir y pedir y cómo debo hacerlo para obtener lo que pido. Que el Espíritu Santo me enseñe a gemir en tu presencia; más aún, que Él mismo forme en mi interior esos santos gemidos que Tú siempre escuchas y nunca rechazas. Inspírame, ¡oh Señor!, un grande amor a tus verdades y a tu doctrina, para que, leyéndolas las entienda y las guste. Abre mi inteligencia, abre mi corazón, hazme fiel en creer lo que me enseñas y en practicar lo que me mandas" (Un autor antiguo). 
"¡Oh Dios Eterno! Tú eres bondad infinita y eterna; nadie te puede comprender ni conocer sino en lo que Tú mismo te das a conocer. Y tanto más te comunicas, cuanto más dispuesta está nuestra alma para recibir tu conocimiento y tu amor. ¡Oh amor dulcísimo, qué poco te he amado a lo largo de toda mi vida!... Sin embargo, mi alma siempre te desea, y cuanto más te posee, más te busca, y cuanto más te desea, más te encuentra y más te gusta, ¡oh sumo y eterno Fuego, abismo de caridad!" (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Orar confiadamente (II)

 

Santisimo Sacramento 02  06

Jesús, interesado por ganarnos la confianza. 
Todos los esfuerzos de Jesús parecen encaminados a ganarnos el corazón, a robar nuestra confianza. «Hijo mío, dame tu corazón.» (Pr 23, 26). Estas palabras del Antiguo Testamento vibran en todos sus actos. Considéralo si no junto al pozo de Jacob convirtiendo a la Samaritana. Mírale también ante la adúltera. Contémplale sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando sentado con los suyos en el Cenáculo les da sus últimos consejos. ¡Qué sentimiento de cariño publican sus palabras! «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros... Ya no os diré siervos; más bien os llamaré amigos, porque os he dado a conocer los secretos de mi Padre...» (Lc 22, 15; Jn 15, 15). Lava los pies a sus discípulos. Se entrega totalmente a los mortales en el Sacramento del amor, y por los mortales ofrécese a la muerte. Y por si todas estas finezas no bastaran todavía, nos ha manifestado en estos postreros tiempos los últimos pliegues de su afecto en la revelación de su Divino Corazón. Quien así está interesado en ganarnos la voluntad, ¿qué no hará cuando nos halle conquistados por la confianza? ¡Ah!, entonces se entregará totalmente a nuestros deseos.

Por lo demás, es muy humano sentirse obligado por aquel que, al pedir un favor, deposita toda su confianza en su bienhechor. Jesucristo, cuyo corazón siente más finamente que el nuestro, no puede menos de dejarse mover por sentimiento tan humano. Le hacemos poco favor, si no le atribuimos lo que concedemos a cualquier mortal. ¡Cuánta confusión para nosotros, por no haber sabido aprovechar doctrina tan clara y patente! Acudamos al Señor, pidiéndole perdón y demandando su ayuda, para que el grado de nuestra confianza corresponda a sus deseos. «Creo, Señor, pero aumenta mi fe.».

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 810s

Orar confiadamente (I)

 

Virgen Maria 09  21b

En plena conciencia de nuestra pequeñez e indignidad (oración humilde), hemos de traspasar por la confianza los cielos.

Nuestra condición de hijos de Dios nos exige confiar. 
Jesús nos instruye en la doctrina de la confianza de una manera en extremo gráfica. «Si entre vosotros un hijo pide pan a su padre, ¿acaso le dará una piedra? Si le pide un pez, ¿le dará una serpiente? ¿O le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos como sois, sabés dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos!»

El sentido de las palabras de Cristo es claro. Si vosotros -dice-, siendo malos, no llegáis a la perversidad de engañar al hijo que pide con lágrimas en los ojos el precioso sustento, ¿cuáles serán las finezas de un Dios para con sus hijos? La argumentación no podía ser más apremiante. De ahí la consecuencia: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Hagamos actos de fe en la palabra divina.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 809s

Necesidad del examen de conciencia

 

San Bruno 01  39

San Bruno rezando

"Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia, pídele cuentas muy exigentes de las decisiones malas que hayas tomado durante el día..., arráncalas, destrózalas, y castígate por ellas" (S. Juan Crisóstomo). La conveniencia de este ejercicio y el provecho que lleva consigo para la virtud cristiana, lo prueban los maestros más autorizados de la vida espiritual con admirables advertencias y consideraciones. Citaremos a este propósito unas instrucciones de San Bernardo: "Como investigador diligente de tu pureza de alma, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete, de ti mismo".

Consecuencias de no hacer examen. 
Sería una vergüenza que en esto se cumplieran las palabras de Jesús: Los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz. Salta a la vista con qué cuidado administran sus negocios, la frecuencia con que revisan sus gastos y sus ingresos, la atención y el rigor con que llevan sus cuentas, cómo les duelen sus pérdidas y el enorme empeño que ponen en recuperarlas. Y nosotros quizá no pensamos más que en buscar honores, aumentar nuestro patrimonio, hacernos un nombre famoso por medio de la ciencia, descuidando con enorme negligencia el negocio más importante y más difícil: el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos en nuestro interior para examinar nuestra alma y, así, se va llenando de hierbajos como la viña del perezoso de la Escritura: He pasado por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto que las espinas las habían invadido y su cerca de piedras estaba destruida.

Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, perjudiciales para la virtud del mismo sacerdote, se multiplican a su alrededor, por lo cual es necesario vivir cada día más vigilantes y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra que quien hace con frecuencia examen de sus pensamientos, de sus palabras y de sus obras, tiene más fortaleza para odiar el mal y huir de él, y también más ardor y celo para el bien. También la experiencia demuestra a cuántos inconvenientes y peligros está expuesto el que se niega a acudir a este tribunal, en el que la justicia se sienta para juzgar y al que la conciencia acude como reo y como acusador. Sería inútil buscar en él esa mesura que tanto necesita el cristiano y que lleva a evitar hasta los más leves pecados, esa firmeza de alma, tan propia de un sacerdote y que le hace sentir horror hasta por la más pequeña ofensa a Dios. Es más, esta dejadez y este abandono llegan a veces hasta el punto de descuidar incluso el Sacramento de la penitencia, el mejor medio que Jesucristo Nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto al alcance de la debilidad humana.

Fuente: S. Pío X, Haerent Animo, Constitución Apostólica del Papa San Pío X sobre la santidad del clero