Imitar la vida de Cristo (II)

 

San Luis Gonzaga 03  05

San Luis Gonzaga

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿más qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiese cuánto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzga según mis obras?

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuando podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

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San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

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San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Santa Catalina, esposa de Cristo y fiel hija de la Iglesia (IV)

Para Catalina la humildad no es una simple pose. Es el conocimiento fundamental, al que accede la inteligencia cuando considera la grandeza de Dios trino y uno. Por eso su oración es siempre tan respetuosa y humilde, penetrada de santo temor: “¡Oh Deidad! ¡Deidad! ¡Inefable Deidad! Tú eres la sabiduría soberana, yo una ignorante y miserable criatura. Tú eres la soberana y eterna Bondad. Yo soy la muerte y tú la vida; yo las tinieblas, tú la luz... Tú eres la belleza purísima, yo sólo una sórdida criatura. Por amor inefable me has sacado de ti mismo...” Tal era el sentimiento que la impregnaba.

En cierta ocasión le oyeron decir luego de comulgar: “Soy la que no es; tú eres el que es. Comunícate a mí a fin de que pueda cantar tus alabanzas.” Toda su vida será un canto ininterrumpido de alabanza. Pero dicha alabanza brotó de la conciencia de su nada.

 

Si ser humilde es reconocer la nada original, ello no basta, ya que esa nada es mero vacío. Necesita llenarse de algo. O se llena con las cosas del mundo o se deja colmar por Dios. “No se puede saciar -le dice Dios, según se lee en el Diálogo-, porque ama cosas que son menos que él, ya que todas las cosas creadas han sido hechas por amor del hombre, para que le sirvan y no para que hagan de él su esclavo; el hombre me debe servir a mí, que soy su fin.” En el fondo, le enseña el Señor, esos hombres empobrecen y matan su alma, son crueles consigo mismos, “le quitan la dignidad de lo infinito y le hacen finito; es decir, que su deseo, que debería estar unido a mí, que soy Bien infinito, lo une y lo pone, por afecto de amor, en la cosa finita”.

 

La humildad es la condición de acceso a la vocación divina del hombre, la base de todas las virtudes. Sólo ella nos defiende de la gran tentación, la del orgullo. ¿Cómo el orgullo hubiera podido hallar cabida en el alma de Catalina, convencida de que no era sino nada? ¿Cómo hubiera podido sentirse orgullosa de sus obras, cuando se sabía pecadora? Esto no fue sólo una idea sino un sentimiento vivísimo. Ella que no temió asomarse a su doble nada, la de su condición de creatura y la de su condición de pecadora, desde ahora sólo se contentará con lo infinito. No en vano le había dicho el Señor: “Yo, que soy infinito, requiero obras infinitas, es decir, infinito afecto de amor. Pido que todas las obras, tanto las de la penitencia como los otros ejercicios corporales, sean empleadas a título de medios, y que no ocupen en el afecto el lugar principal. Si esto es lo que se ama por encima de todo, no se me ofrecen sino obras finitas.” Por eso, a una persona tentada de pusilanimidad, la Santa le escribe: “Esta es la condición del alma: porque su ser es infinito, desea de un modo infinito, y no se sacia jamás si no es uniéndose con lo infinito. Levántese, pues, el corazón con toda su fuerza a amar al que ama sin ser amado.”

Fuente: Cfr. P. Alfredo Sáenz, “El Pendón y la aureola”.