El sepulcro de Cristo, imagen de la fuente bautismal

 

Sepulcro vacio 01  01

El sepulcro vacío

José de Arimatea, tras haber descendido de la cruz el cuerpo de Jesús, lo envolvió en un lienzo, y lo depuso en un sepulcro tallado en la roca viva, en la que no había sido colocada aún persona alguna.

Decía San Pablo que Cristo debía sernos «semejante en todas las cosas». Incluso en el sepulcro, Jesús es uno de los nuestros: «Lo envolvieron, nos dice San Juan, según la costumbre de los judíos, con lienzos y aromas». Pero el cuerpo de Jesús, unido al Verbo, «no debía padecer la corrupción». No quedará más que durante tres días en el sepulcro; por su propio poder, saldrá de él Jesús triunfando así de la muerte, deslumbrador de vida y de gloria, y «la muerte no tendrá ya imperio sobre Él».

Nos dice el Apóstol que «por nuestro bautismo hemos sido sepultados con Cristo para morir al pecado». Las aguas del bautismo son como un sepulcro en el que debemos dejar el pecado, y del cual salimos animados de una nueva vida, de la vida de la gracia.

La virtud sacramental de nuestro bautismo permanece siempre. Al unirnos por la fe y el amor a ese Cristo colocado en el sepulcro, renovamos en nosotros esa gracia «de morir al pecado para no vivir más que para Dios».

¡Oh Señor Jesús! Haz que entierre en tu sepulcro todos mis pecados, mis faltas, mis infidelidades; concédeme por la virtud de tu muerte y de tu sepultura, el renunciar cada vez más a cuanto me aleja de Ti, a Satanás, a las máximas del mundo, a mi amor propio; haz que por la virtud de tu resurrección, como Tú mismo, no viva ya más que para la gloria del Padre!

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Jesús muere en la cruz

 

Jesus en la Cruz 05  07b

La hora del Señor había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás y veía morir a su Hijo. 
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte que penetró en el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra. 
¿Quién podría expresar el dolor de la madre de Jesús, de la reina de los mártires?...

Fuente: Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección de Jesús.

La agonía de Cristo

 

Agonia en el Huerto 07  13

Agonía en el Huerto

Todos los padres de la Iglesia y todos los doctores convienen en que los tormentos que el Salvador se dignó padecer por nuestro amor son incomprensibles al espíritu humano y que su pasión es un misterio de humillaciones y de dolores a que no alcanza ninguna inteligencia creada. Sería necesario comprender lo que es este Hijo de Dios, igual en todo a su Padre, y hecho semejante a nosotros por su encarnación, para formar una justa idea de lo que este Dios hombre padeció por redimir a los hombres.

Considera lo que pasó en el primer teatro de la pasión del Salvador [su agonía en el huerto]. Aquel Señor que jamás sintió en su alma otras pasiones que las que él mismo excitaba, quiso entonces entregarse por nuestro amor a las más crueles y más violentas, empezando su pasión por los dolores interiores y por el suplicio del corazón. 
Una tropa de objetos, todos los más tristes y los más terribles, se presentan a su imaginación, y le hacen sentir con anticipación toda su pasión. 
Se representa de la manera más viva la ignominia con que va a ser arrastrado por las calles de Jerusalén como un facineroso, cubierto de salivas, rasgadas sus espaldas con los azotes, y coronado de espinas como un engañador; y por último clavado en una cruz como el oprobio del género humano, y la execración de su pueblo. ¡Qué impresión no haría sobre el espíritu, y el corazón de un hombre Dios una imagen tan espantosa! ¿Y qué impresión hace sobre el mío? ¡Qué tristeza y qué dolor, cuando se representa la negra traición de uno de sus discípulos, la horrible ingratitud de un pueblo colmado de tantos beneficios, y el cobarde abandono de sus apóstoles! Sería menester poder comprender la bondad, la ternura y la sensibilidad del mejor corazón que hubo jamás, para concebir lo que padecería Jesucristo con la representación viva y sensible de este exceso de ingratitud.

En efecto, el exceso de sus penas interiores lo oprime tanto, que no pudiendo disimularlo, lo manifiesta a sus apóstoles: Yo padezco, les dice, estoy triste, y mi tristeza es tan extraordinaria y tan sensible, que es capaz de darme muerte. Los apóstoles lo ven, y en lugar de consolarlo, se duermen. ¡O dulce Jesús mío! ¡Y cómo esta indiferencia es para vos un cruel tormento, y una cruel reprensión para mí! Vuelve el Salvador al lugar de su oración, y aumentando su fervor, aumenta sus penas: nada se le escapa a su espíritu, ni a su corazón: junta en su imaginación todos los tormentos y todas las circunstancias de su pasión: penetra todo su rigor, siente, experimenta toda su amargura, y se apodera de él un pavor tan grande que lo lleva hasta la agonía. ¡O dulce Jesús mío, cuánto os cuesta el amarme con tanto exceso! ¿Y cuándo os amaré yo con menos indiferencia? Pero lo que exaspera su dolor, es el ver, con un conocimiento anticipado, el extraño abuso que harán tantos pecadores de las gracias que va a merecerles con su sangre. Mis pecados, mi insensibilidad y mi ingratitud, son una parte del motivo de su dolor: lo es asimismo la traición de Judas, y lo es el endurecimiento de su propio pueblo.

¡Ah, dulce Jesús mío! ¿Qué trastorno es éste? ¡Vos oprimido de tristeza á vista de lo que habéis de padecer por mis pecados; y yo que he pecado, quiero pasar mis días en la alegría! ¡Vos arrastrado con infamia sin decir palabra; y yo prorrumpo en quejas, y experimento vivos sentimientos de venganza desde el momento que me imagino que no se me hará tanto como deseo!

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano, meditación correspondiente al Martes Santo.

La Pasión, punto culminante de la vida de Jesús

 

Pasion de Jesucristo 08  14

La Pasión señala el punto culminante de la obra que vino a realizar Cristo en este mundo. Para Él es la hora en la que consuma su sacrificio, aquel sacrificio que había de dar una gloria infinita a su Padre, que había de rescatar a la humanidad, y abrir de nuevo a los hombres las fuentes de la vida eterna.

Por eso Nuestro Señor, que desde el primer momento de su Encarnación se ha entregado por completo al beneplácito de su Padre, desea ardientemente que llegue lo que llama Él «su» hora, la hora por excelencia. Baptismo habeo baptizari, quomodo coarctor usque dum perficiatur!: «Es preciso que sea bautizado en un bautismo -en el de su sangre- y ¡qué ansia siente mi corazón porque se realice!» Se le hace larga a Jesús la hora en la que podrá sumergirse en el sufrimiento y arrostrar la muerte para darnos la vida.

Verdad es que no le es dado adelantar esa hora; Jesús está plenamente sometido a la voluntad del Padre. 
Pero cuando suene, se entregará con el mayor ardor, aun cuando conoce perfectamente todos los sufrimientos a que se ha de ver sometido lo mismo su cuerpo que su alma. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum: «Con vivo deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de que se consume mi Pasión».

Este misterio de la Pasión es inefable; todo es en él grande, hasta los menores detalles, lo mismo por otra parte que todas las cosas de la vida del Hombre-Dios. Aquí, principalmente, nos hallamos en las puertas de un santuario en el que no nos es dado entrar más que con una fe viva y una reverencia profunda. 
Christus pro nobis passus est. Venite adoremus. «Cristo ha padecido por nosotros; venid, adorémosle.»

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Prueba de amor (II)

 

Santa Teresita 16  21b

Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La práctica del renunciamiento cristiano

 

San Nicoas de Tolentino 01  01b

San Nicolás de Tolentino

Pensemos, durante el día, en nuestra Misa. Nos hemos unido a la inmolación de Jesús; nos hemos colocado sobre el altar con la víctima divina; aceptamos entonces generosamente los sufrimientos, las contrariedades, el peso del día y del calor, las dificultades. Así es cómo prácticamente viviremos nuestra Misa. Porque, ¿no es acaso nuestro corazón un altar del que debe subir sin cesar hacia Dios el incienso de nuestro sacrificio, de nuestra sumisión a sus adorables designios? ¿qué altar podría ser más agradable a Dios que un corazón lleno de amor que se ofrece continuamente a El? Porque siempre podemos hacer sacrificios sobre este altar, y ofrecernos con el Hijo de sus complacencias, para su gloria y para el bien de las almas.

Esta doctrina es la que Nuestro Señor enseñó a Santa Matilde. “Un día en que ella pensaba que su enfermedad la hacía inútil y que sus sufrimientos no daban fruto, el Señor le dijo: Deposita todas las penas en mi Corazón, y yo les daré la más absoluta perfección que puede poseer un sufrimiento. Como mi Divinidad atrajo hacia sí los sufrimientos de mi Humanidad y los hizo suyos, así yo trasladaré tus penas a mi Divinidad, las uniré a mi Pasión y te haré participar en la gloria que Dios Padre confirió a mi santa Humanidad por todos sus padecimientos... Mi Pasión, añadió Jesucristo, ha producido infinitos frutos para el cielo y para la tierra; así también, tus penas, tus tribulaciones confiadas a Mí mismo y unidas a mi Pasión, serán en tal manera fructuosa, que procurarán a los elegidos más gloria, a los justos un nuevo mérito, a los pecadores el perdón y a las almas del purgatorio el alivio de sus penas”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

El perdón de Dios

 

Crucifixion 07  20b

Dios encuentra su gloria en perdonarnos porque todo perdón es otorgado en virtud de las satisfacciones de Jesucristo, su Hijo amadísimo. La sangre preciosísima de Cristo ha sido derramada hasta la última gota por la remisión de los pecados; la expiación que ha ofrecido Cristo a la justicia, a la santidad, a la majestad de su Padre, es de un valor infinito. 
Ahora bien, cada vez que nos perdona Dios, cada vez que nos da el sacerdote la absolución, sucede como si fueran presentados al Padre, y aplicados a nuestras almas para darles o aumentarles la vida, todos los sufrimientos, los merecimientos, el amor y la sangre toda de Jesucristo. 
Nos da la impresión de que en cada confesión repite Jesús a su Padre: «Oh, Padre, te ofrezco, en favor de esta alma, los merecimientos y satisfacciones de mi Pasión; te ofrezco el cáliz de mi sangre que ha sido derramada por la remisión de los pecados». Y entonces, de la misma manera que ratifica Cristo el juicio y el perdón otorgados por el sacerdote, el Padre a su vez confirma el juicio que su Hijo ha emitido, el perdón que su Hijo ha otorgado. Y nos dice: «También yo os perdono».

Por más graves que sean las recaídas de un alma, jamás nos es dado el perder nuestra esperanza en ella. «¿Cuántas veces, decía Pedro a nuestro Señor, habré de perdonar a mi hermano?» 
«Hasta setenta veces siete», le respondió Jesús, indicando con ello un número infinito de veces. 
En este mundo esa medida inagotable respecto al arrepentimiento es la de Dios mismo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Jesús fortalece la fe de sus discípulos

 

Transfiguracion 02  05

La Transfiguración

Tenía previsto Nuestro Señor que sus discípulos no serían capaces de soportar sus humillaciones, que la cruz constituiría para ellos una ocasión de escándalo. Si eligió de preferencia a esos tres discípulos, y había de elegirlos más veces aún, para asistir a su Transfiguración, fue sin duda alguna, porque de allí a poco tiempo habían de ser testigos de su debilidad, de sus angustias y de su inmensa tristeza, en su agonía en el huerto de los olivos. Quiere prevenirlos contra el escándalo que ha de causar en ellos el verlo entonces en el estado de humillación; quiere fortalecer su fe por su Transfiguración. 
He aquí que lo ven transfigurado sobre la montaña Pedro, Santiago y Juan: la divinidad irradia, todopoderosa, a través del velo de la humanidad; el rostro de Jesús resplandeció como el sol, «sus vestidos quedan blancos con la blancura de la nieve, con una blancura tal, nos dice San Marcos, que ningún batanero hubiera sido capaz de hacer cosa semejante».

En presencia de semejante maravilla comprenden los Apóstoles que ese Jesús es verdaderamente Dios; quedan llenos de la majestad de la divinidad, y se les muestra en todo su esplendor la gloria eterna de su Maestro. Aparecen junto a Él, conversando con Él, adorándole, Moisés y Elías... En estos personajes vienen la Ley y los Profetas a atestiguar que es Cristo el Mesías figurado y predicho; que respeta la Ley y está de acuerdo con los Profetas; que es el enviado de Dios, el que había de venir. 
Y finalmente, para dar el último toque a todos estos testimonios, para manifestar de la manera más evidente la divinidad de Jesús, se deja oír la voz del Padre eterno. Dios Padre proclama que Jesús es su Hijo, Dios como Él. 
Todo contribuye de esta manera a consolidar la fe de los Apóstoles en Aquel al que había reconocido Pedro como Cristo, Hijo de Dios Vivo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Mensajes de la Santísima Virgen en San Nicolás (II)

 

Jesus en la Cruz 04  06b

3-4-1985: “Digo a todos mis hijos: aquél que maldice, que odia, sólo esta envenenando su corazón. 
Que nadie maldiga, que nadie odie, que no haya en vuestros pensamientos pensamiento malo. Perdonad como el Señor perdona, amad como el Señor os ama, buscad la perfección en Él. Alabado sea el Señor.”

1-4-1988 (Viernes Santo) Dice Gladys: “Veo a Jesús, ya muerto en la Cruz. Su rostro está surcado por la Sangre, sus manos están duras y sus brazos bañados en sangre. Lo veo hasta la cintura y lo que veo de la Cruz, la madera, es de color amarillo claro. 
A los pocos minutos veo a la Santísima Virgen. Me dice: Hija mía; fueron los golpes los que comenzaron con su sufrimiento; luego las espinas, los clavos, la lanza. ¡Fue tan doloroso para Mí verlo sufrir! 
Son hoy; los pecados, las palabras hirientes, el ateísmo. Si, nuevamente lo están crucificando, nuevamente Mí Corazón sangra. 
Sean éstos, momentos de silencio; pido silencio y meditación. Es tiempo de meditación de los sufrimientos que padeció Cristo; es tiempo de meditación de Su Palabra Santa; es tiempo de meditación del Eterno Amor de Cristo. Amén, amén.”

8-2-1989: “Vivid esta Cuaresma en oración; participad en cada Misa, uniéndoos a Jesucristo y a esta Madre que, ciertamente está unida a los hijos, por Amor al Hijo. 
Frecuentemente veo la debilidad ante el sufrimiento, más, Yo pregunto ¿Quién como Cristo sufrió tan grandemente? Os doy el consuelo necesario: Oración y Mi Amor Maternal. 
Hace tiempo que os espero, venid; es Mi Misión, recogeros en Mi Corazón. 
Bendito y alabado sea Dios. 
Sea esto conocido por todos tus hermanos. 
Leed: I de San Juan 2, 24-25”

Crucificar con Cristo nuestra carne

 

Jesus en la Cruz 03  05

¡Oh Jesús! Haz que, al contemplarte clavado en cruz, mi amor se encienda en ansias de crucificar contigo mi carne.

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió el dominio del espíritu sobre los sentidos y sobre la carne, de lo cual proceden todas las malas inclinaciones que le empujan hacia abajo. San Pablo lo confiesa humildemente: «Yo sé que no habita en mí, quiero decir en mi carne, cosa buena..., porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro» (Rom. 7, 18-19). 
Sin embargo, es cierto que Dios nos da la gracia para triunfar de nuestras malas tendencias, con tal que nosotros realicemos también nuestro esfuerzo, que debe consistir precisamente en la mortificación voluntaria: «Los que son de Cristo Jesús crucificaron la carne con las pasiones y las concupiscencias» (Gál. 5, 24).

La mortificación corporal no tiene por objeto imponer al cuerpo molestias y privaciones por el gusto de hacerlo sufrir, sino para, regular y dominar cualquier tendencia suya que se oponga a la vida de la gracia. Nos amonesta el Apóstol: «Si vivís según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rom. 8, 13). Se trata de frenar nuestro impulso para prevenir caídas, de podar ramas inútiles o dañosas para evitar desviaciones, de dirigir hacia el bien fuerzas que, dejadas a sí mismas, pueden conducir al pecado. 
En este sentido la mortificación, sin ser nunca un fin en sí misma ni el principal elemento de la vida cristiana, ocupa en ella un puesto fundamental y es un medio estrictamente indispensable, en cuanto que sin ella no es posible la vida del espíritu. Nadie puede eludir esta ley sin verse cerrado el camino de la salvación, de la santidad. Ni el mismo San Pablo, que tanto había hecho y sufrido por Cristo, se creía dispensado de ella, y así decía: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado» (1 Cor. 9, 27).

¡Ayúdame, oh Señor, a librarme de la esclavitud del cuerpo! Enséñame a dominar sus injustas exigencias y a mortificar sus pretensiones. No permitas que esta envoltura de carne de que me has revestido para que pueda servirte en la tierra, me obstaculice y me impida la donación generosa y total de mí mismo a ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina