Necesidad del examen de conciencia

 

San Bruno 01  39

San Bruno rezando

"Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia, pídele cuentas muy exigentes de las decisiones malas que hayas tomado durante el día..., arráncalas, destrózalas, y castígate por ellas" (S. Juan Crisóstomo). La conveniencia de este ejercicio y el provecho que lleva consigo para la virtud cristiana, lo prueban los maestros más autorizados de la vida espiritual con admirables advertencias y consideraciones. Citaremos a este propósito unas instrucciones de San Bernardo: "Como investigador diligente de tu pureza de alma, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete, de ti mismo".

Consecuencias de no hacer examen. 
Sería una vergüenza que en esto se cumplieran las palabras de Jesús: Los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz. Salta a la vista con qué cuidado administran sus negocios, la frecuencia con que revisan sus gastos y sus ingresos, la atención y el rigor con que llevan sus cuentas, cómo les duelen sus pérdidas y el enorme empeño que ponen en recuperarlas. Y nosotros quizá no pensamos más que en buscar honores, aumentar nuestro patrimonio, hacernos un nombre famoso por medio de la ciencia, descuidando con enorme negligencia el negocio más importante y más difícil: el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos en nuestro interior para examinar nuestra alma y, así, se va llenando de hierbajos como la viña del perezoso de la Escritura: He pasado por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto que las espinas las habían invadido y su cerca de piedras estaba destruida.

Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, perjudiciales para la virtud del mismo sacerdote, se multiplican a su alrededor, por lo cual es necesario vivir cada día más vigilantes y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra que quien hace con frecuencia examen de sus pensamientos, de sus palabras y de sus obras, tiene más fortaleza para odiar el mal y huir de él, y también más ardor y celo para el bien. También la experiencia demuestra a cuántos inconvenientes y peligros está expuesto el que se niega a acudir a este tribunal, en el que la justicia se sienta para juzgar y al que la conciencia acude como reo y como acusador. Sería inútil buscar en él esa mesura que tanto necesita el cristiano y que lleva a evitar hasta los más leves pecados, esa firmeza de alma, tan propia de un sacerdote y que le hace sentir horror hasta por la más pequeña ofensa a Dios. Es más, esta dejadez y este abandono llegan a veces hasta el punto de descuidar incluso el Sacramento de la penitencia, el mejor medio que Jesucristo Nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto al alcance de la debilidad humana.

Fuente: S. Pío X, Haerent Animo, Constitución Apostólica del Papa San Pío X sobre la santidad del clero

Lecciones de la resurrección del Señor

 

Resurreccion 07  16

Santo Tomás nos señala cuatro lecciones que debemos tomar de la resurrección del Señor:

«En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".

En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom 6, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (11-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".

En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.»

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Comentario al Credo

Imitar la vida de Cristo (III)

 

Alegoria de la Fortaleza 01  01

Alegoría de la Fortaleza

Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, tantas pierde la tranquilidad. El soberbio y el avariento jamás sosiegan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí mismo, con facilidad es tentado y vencido, aun en cosas pequeñas y viles. El que es flaco de espíritu, y está inclinado a lo carnal y sensible, con dificultad se abstiene totalmente de los deseos terrenos, y cuando lo hace padece muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno lo contradice.

Pero si alcanza lo que desea siente luego pesadumbre, porque le remuerde la conciencia el haber seguido su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que buscaba. En resistir, pues, a las pasiones, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. Pues no hay paz en el corazón del hombre que se ocupa en las cosas exteriores, sino en el que es fervoroso y espiritual.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Mensajes de la Santísima Virgen en San Nicolás (III)

 

Maria de San Nicolas 04  08

4-9-2007: “Mi amada hija, pido a todos tus hermanos: dedicad verdaderamente un tiempo para orar al Señor. 
Os llevo a la Oración; que el Santo Rosario sea vuestra compañía, ya que orando agradareis a esta Madre. 
Llenad vuestro espíritu con la Oración y tendréis el corazón lleno de amor a Dios. Orad y lejos estaréis del maligno; orad y os cobijaré. 
Las glorias por siempre sean al Señor. 
Haz que esto se conozca en todas partes.”

1-11-2008. dice Gladys: “veo a la Santísima Virgen, está triste. Me dice: mi querida hija, mi rostro refleja lo que en mi Corazón siento, una profunda tristeza, porque la humanidad se esconde del Señor, retiene sus pecados y se niega a mi pedido de conversión. 
Haya reflexión en mis hijos, haya conversión; haya oración de arrepentimiento hacia el Señor. No se prolongue más la infidelidad. Amén, amén. 
Hazlo conocer en todas partes. 
Leed: hebreos 4,16”

5-11-2008. “Mi querida hija, ora por aquellos que nada saben de Dios. Ora por los que, aun sabiendo, rechazan la voz de Dios. 
Mucha arrogancia hay en muchos corazones, pero nada impedirá que Yo siga llamando a mis hijos. 
La mentira acecha, mas la Verdad está presente. Exhorto a mis hijos, a ir en busca de la Verdad: Cristo Jesús. 
Gloria al Todopoderoso. Hazlo conocer al mundo entero.”

La contrición

 

Hijo prodigo 04  07

El regreso del hijo pródigo

El obstáculo esencial a la unión divina es el pecado mortal; y el que se opone a todo progreso es el pecado venial deliberado. Es evidente que ni uno ni otro se concilian en manera alguna con la perfección. 
Por el pecado mortal el alma se aparta enteramente de Dios para colocar su fin en la criatura; el alejamiento de Dios es radical y la unión destruida. Tan verdadero es esto, que si la muerte sorprende al alma en este estado, queda el alma estabilizada para siempre en este alejamiento de Dios: “Apartaos de mí, malditos”, Discedite a me maledicti (Mt. 25, 41). 
El Padre Celestial no reconoce en el pecador la imagen de su Hijo Jesús; por eso queda aquel excluido eternamente de la herencia. Como sabéis, tal estado se destruye por la contrición perfecta y por el sacramento de la penitencia; en el sacramento los méritos infinitos de Cristo son aplicados al alma para purificarla de sus faltas.

Ved al hijo pródigo cuando vuelve al hogar paterno. ¿Nos lo figuramos acaso, después de su llegada, tomando aires insolentes y actitudes pretenciosas, como si siempre hubiese sido fiel? Oh, no. Me diréis: ¿acaso su padre no le perdonó todo? Ciertamente, recibió a su hijo con los brazos abiertos, no le hizo ningún reproche; no le dijo: “Eres un miserable”; no; lo estrechó contra su corazón. Y la vuelta de este hijo proporciona al padre tal alegría, que prepara para el arrepentido un gran festín. Todo está olvidado, todo perdonado. Esta conducta del padre del pródigo es la imagen de la misericordia de nuestro Padre Celestial. En cuanto al hijo perdonado, ¿cuáles son los sentimientos, cuál la actitud que observa? no lo dudemos; son los sentimientos y la actitud que tenía cuando se arrojó arrepentido a los pies de su padre: “Padre: he pecado contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como al último de los criados”. 
Estemos seguros de que en el transcurso de todas las fiestas con las cuales se celebró su vuelta, fueron éstas las disposiciones que predominaron en su alma. Y si después la contrición disminuyó en intensidad, jamás este sentimiento se le borró del todo, aun después que el hijo hubo retomado en el hogar paterno para siempre su puesto de antes. Cuántas veces hubo de decir a su padre: “Tú me has perdonado todo, yo lo sé; pero mi corazón no cesará de repetir con gratitud cuánto dolor siente de haberte ofendido, cuánto quiere reparar, por medio de una gran fidelidad, las horas perdidas y el olvido en que te he tenido”.

Tal debe ser el sentimiento de un alma que ha ofendido a Dios, despreciando sus perfecciones y participando en causar los padecimientos de Jesucristo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Encomendarnos a San José

 

San Jose 19  55

“En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos, y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí. 
Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical la compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.

Un día su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta, se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar?” se pregunta, el corazón preso ya de injusta sospecha. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos, y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía -dice- roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho también, seguramente. Encomendémoslo a San José, su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuerte sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “¡Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!” 
El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija, y Dios le da, a cambio de esta plegaria, el amor de la familia, así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.” (“Id a José”, Abadía San José de Clairval).

Encomendemos a San José nuestra familia y todas aquellas que más necesiten de nuestras oraciones. No dudemos de acudir a este glorioso santo, por más difícil que sea la situación que Dios permite que pasemos. Recordemos lo que decía Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra…, así en el cielo hace cuanto le pide”. “Hace algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío”.

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

San Ramon Nonato 01  01

San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Crucificar con Cristo nuestra carne

 

Jesus en la Cruz 03  05

¡Oh Jesús! Haz que, al contemplarte clavado en cruz, mi amor se encienda en ansias de crucificar contigo mi carne.

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió el dominio del espíritu sobre los sentidos y sobre la carne, de lo cual proceden todas las malas inclinaciones que le empujan hacia abajo. San Pablo lo confiesa humildemente: «Yo sé que no habita en mí, quiero decir en mi carne, cosa buena..., porque no es el bien que quiero lo que hago, antes el mal que no quiero es lo que obro» (Rom. 7, 18-19). 
Sin embargo, es cierto que Dios nos da la gracia para triunfar de nuestras malas tendencias, con tal que nosotros realicemos también nuestro esfuerzo, que debe consistir precisamente en la mortificación voluntaria: «Los que son de Cristo Jesús crucificaron la carne con las pasiones y las concupiscencias» (Gál. 5, 24).

La mortificación corporal no tiene por objeto imponer al cuerpo molestias y privaciones por el gusto de hacerlo sufrir, sino para, regular y dominar cualquier tendencia suya que se oponga a la vida de la gracia. Nos amonesta el Apóstol: «Si vivís según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rom. 8, 13). Se trata de frenar nuestro impulso para prevenir caídas, de podar ramas inútiles o dañosas para evitar desviaciones, de dirigir hacia el bien fuerzas que, dejadas a sí mismas, pueden conducir al pecado. 
En este sentido la mortificación, sin ser nunca un fin en sí misma ni el principal elemento de la vida cristiana, ocupa en ella un puesto fundamental y es un medio estrictamente indispensable, en cuanto que sin ella no es posible la vida del espíritu. Nadie puede eludir esta ley sin verse cerrado el camino de la salvación, de la santidad. Ni el mismo San Pablo, que tanto había hecho y sufrido por Cristo, se creía dispensado de ella, y así decía: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo sido heraldo para los otros, resulte yo descalificado» (1 Cor. 9, 27).

¡Ayúdame, oh Señor, a librarme de la esclavitud del cuerpo! Enséñame a dominar sus injustas exigencias y a mortificar sus pretensiones. No permitas que esta envoltura de carne de que me has revestido para que pueda servirte en la tierra, me obstaculice y me impida la donación generosa y total de mí mismo a ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Influencia de la amistad

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La amistad requiere una gran comunicación entre los amigos; de lo contrario, no puede nacer ni subsistir. Por esta causa, ocurre que, con la comunicación propia de la amistad, se deslizan y pasan insensiblemente de corazón a corazón otras comunicaciones, por una mutua infusión y recíproco cambio de afectos, de tendencias e impresiones. Pero, de un modo particular, ocurre esto cuando tenemos en grande aprecio a aquel a quien amamos, porque, entonces, de tal manera abrimos el corazón a la amistad, que, con ella, fácilmente entran todas sus inclinaciones y afectos, tanto si son buenos como si son malos.

Pues bien, Filotea, en este punto, es menester practicar las palabras que el Salvador de nuestras almas solía decir, como nos lo enseñan los antiguos: «Sed buenos cambistas y buenos negociantes de moneda», es decir, no aceptéis la moneda falsa junto a la buena, ni el oro de baja ley con el oro fino; separemos lo precioso de lo ruin, porque nadie hay que no tenga alguna imperfección. Y ¿qué razón hay para recibir mezcladas las taras y las imperfecciones del amigo, junto con su amistad? Ciertamente, es menester amarle, a pesar de su imperfección, pero sin amar ni recibir ésta, porque la amistad supone la comunicación del bien, mas no la del mal. 
Así como los que extraen las arenas del río, las dejan en la ribera después de haber separado el oro, para llevárselo, de la misma manera los que gozan de la comunicación de alguna buena amistad, han de separar de ella la arena de las imperfecciones, y no dejarla penetrar en el alma.

Cuenta San Gregorio que muchos amaban y admiraban tanto a San Basilio que se dejaban llevar hasta el extremo de imitarle aun en sus imperfecciones exteriores «en su hablar lento, en su espíritu abstracto y pensativo, en la forma de su barba y en su porte». Y conocemos a maridos, esposas, hijas, amigos que, por tener en grande estima a sus amigos, a sus padres, a sus maridos, a sus esposas, adquieren, por condescendencia o por imitación, mil pequeños defectos, con el trato amistoso que sostienen. 
Ahora bien, esto en manera alguna se ha de hacer, pues cada uno harto y demasiado tiene con sus malas inclinaciones, sin necesidad de echar sobre sí las de los demás; y la amistad, no sólo no exige esto, sino que, al contrario, nos obliga a ayudarnos los unos a los otros para librarnos mutuamente de toda clase de imperfecciones. 
Es indudable que se han de soportar pacientemente en el amigo sus imperfecciones, pero no nos hemos de inclinar a ellas ni mucho menos trasladarlas a nosotros.

Y no hablo sino de las imperfecciones, porque, en cuanto a los pecados, ni los hemos de admitir, ni los hemos de soportar en el amigo. Es una amistad débil o mala ver al amigo en peligro y no socorrerle, verle morir de una apostema y no atreverse a clavarle el bisturí de la corrección para salvarle. 
La verdadera y viva amistad, no puede conservarse entre los pecados. Se dice de la salamandra que apaga el fuego sobre el cual se acuesta, y el pecado destruye la amistad, porque no puede subsistir si no es sobre la verdadera virtud. ¡Cuánto menos, pues, hay que pecar por motivos de amistad! El amigo es enemigo, cuando quiere inducirnos al pecado, y merece perder la amistad cuando pretende perder y condenar al amigo; y una de las señales más seguras de la falsa amistad es verla sostenida con una persona viciada por el pecado, sea cual sea éste.

Fuente: S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota

El buen samaritano

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Señor, graba en mi corazón el mandamiento de tu caridad y el ejemplo que Tú me has dado.

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron y después de cargarle de golpes se marcharon, dejándole medio muerto». Así leemos en el Evangelio del día (Lc. 10, 25-37). 
Cada uno de nosotros puede verse figurado en aquel infeliz; también nosotros en nuestro camino hemos encontrado ladrones: el mundo, el demonio, las pasiones, que nos han despojado y herido. ¿Quién podrá decir que no lleva en su alma alguna herida, más o menos profunda, consecuencia de las tentaciones y del pecado? Pero también a nosotros nos ha salido al encuentro un buen samaritano, el buen Samaritano por excelencia, Jesús, el cual, movido a compasión de nuestra miseria, nos ha prestado su auxilio. 
Con amor infinito se ha inclinado sobre nuestras llagas sangrantes, curándolas con el aceite y vino de la gracia: el aceite indica la suavidad y el vino el vigor. Luego nos ha tomado en sus brazos y nos ha llevado a un refugio seguro, o sea nos ha confiado a los cuidados maternales de la Iglesia, a la que ha entregado el precio de nuestro rescate, fruto de su muerte de cruz.

La parábola del buen Samaritano alegoriza así la historia de nuestra redención, historia 
siempre en acto y que se renueva cuantas veces nos acercamos a Jesús, enseñándole con humildad y arrepentimiento las heridas de nuestra alma. Esta historia se actúa de un modo particularísimo en la santa Misa, en que Jesús presenta al Padre el precio de nuestra salvación, renovando su inmolación a favor de nuestras almas. Debemos acudir a la santa Misa para encontramos con Él, el buen Samaritano, para invocar y recibir en nosotros su acción curativa y santificante. 
Cuanto más viva sintamos, conscientes de nuestra miseria, la necesidad de su redención, con tanta mayor largueza nos aplicará Jesús sus frutos, y, viniendo a nosotros en la Comunión, sanará nuestras heridas no sólo por fuera, sino por dentro, bañándolas copiosamente del aceite suavísimo y del vino tonificante de su gracia. 
Así nos trata Jesús; así ha tratado Jesús a la humanidad que por el pecado le era extraña y hasta enemiga y que nada tenía que ver con El, el Santo, el Hijo de Dios.

“¡Señor! Cuanto mejor comprenda el amor que Tú me tienes, más a gusto dejaré mi sabor y bien por contentarte en servir a mi prójimo. Entonces no me acordaré si perderé yo; la ganancia de mis prójimos tendré presente, no más. Por contentarte más a ti, Dios mío, ayúdame a olvidarme a mí por ellos, hasta estar pronta a perder la vida en la demanda, como hicieron muchos mártires”(Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina