El perdón de Dios

 

Crucifixion 07  20b

Dios encuentra su gloria en perdonarnos porque todo perdón es otorgado en virtud de las satisfacciones de Jesucristo, su Hijo amadísimo. La sangre preciosísima de Cristo ha sido derramada hasta la última gota por la remisión de los pecados; la expiación que ha ofrecido Cristo a la justicia, a la santidad, a la majestad de su Padre, es de un valor infinito. 
Ahora bien, cada vez que nos perdona Dios, cada vez que nos da el sacerdote la absolución, sucede como si fueran presentados al Padre, y aplicados a nuestras almas para darles o aumentarles la vida, todos los sufrimientos, los merecimientos, el amor y la sangre toda de Jesucristo. 
Nos da la impresión de que en cada confesión repite Jesús a su Padre: «Oh, Padre, te ofrezco, en favor de esta alma, los merecimientos y satisfacciones de mi Pasión; te ofrezco el cáliz de mi sangre que ha sido derramada por la remisión de los pecados». Y entonces, de la misma manera que ratifica Cristo el juicio y el perdón otorgados por el sacerdote, el Padre a su vez confirma el juicio que su Hijo ha emitido, el perdón que su Hijo ha otorgado. Y nos dice: «También yo os perdono».

Por más graves que sean las recaídas de un alma, jamás nos es dado el perder nuestra esperanza en ella. «¿Cuántas veces, decía Pedro a nuestro Señor, habré de perdonar a mi hermano?» 
«Hasta setenta veces siete», le respondió Jesús, indicando con ello un número infinito de veces. 
En este mundo esa medida inagotable respecto al arrepentimiento es la de Dios mismo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida