Imitar la vida de Cristo (IX)

 

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Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, cuanto puedes salir de ti, tanto puedes pasarte a Mí. Así como no desear nada de lo exterior hace la paz interior, así la negación y desprecio interior produce la unión con Dios. Yo quiero que aprendas la perfecta abnegación de ti mismo en mi Voluntad, sin contradicción ni queja. Sígueme; Yo soy el camino, verdad y vida. Sin camino no se anda, sin verdad no se conoce, sin vida no se vive. Yo soy el camino que no se puede violar, la verdad infalible, la vida interminable. 
Si permanecieres en mi camino conocerás la verdad, y la verdad te librará, y alcanzarás la vida eterna. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos, si quieres conocer la verdad créeme. Si quieres ser perfecto vende cuanto tienes. Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo. Si quieres poseer la vida bienaventurada, desprecia ésta presente. Si quieres ser ensalzado en el cielo, humíllate en el mundo. Si quieres reinar conmigo, lleva la Cruz conmigo; porque sólo los ciervos de la Cruz hallan el camino de la Bienaventuranza y de la Luz verdadera.

-Señor Jesús, pues que tu camino es estrecho y despreciado en el mundo, concédeme imitarte en el desprecio del mundo, que no es mayor el siervo que su Señor, ni el discípulo que su Maestro. Ejercítese tu siervo en Tu vida, que en ella está mi salud y la santidad verdadera. Cualquier cosa que fuera de ella oigo o leo, no me recrea ni satisface del todo.

-Hijo, pues que sabes todo esto, y lo has leído, si lo hicieres serás bienaventurado. El que abraza mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y Yo me manifestaré a él, y le haré sentar conmigo en el reino de mi Padre.

-Señor Jesús, como lo dijiste y prometiste, así dame tu Gracia para que lo merezca. Recibí de Tu mano la Cruz, la llevaré, y la llevaré hasta muerte, así como Tú me la diste. Verdaderamente la vida... es Cruz que guía al Paraíso. Ya hemos comenzado, no se puede volver atrás, ni conviene dejarla. 
Ea, hermanos, vamos juntos; Jesús será con nosotros. Por Jesús hemos tomado esta Cruz, por Jesús perseveremos en la Cruz. Jesús que es nuestro capitán y adalid, será nuestro ayudador. Mirad que nuestro rey va delante de nosotros, que peleará por nosotros. Sigámosle varonilmente, ninguno tenga miedo a los terrores; estemos preparados a morir con valor en la batalla, y no pongamos un borrón a nuestra gloria huyendo de la Cruz.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. LVII, ed. Lumen.

Imitar la vida de Cristo (VIII)

 

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Fátima - 3er. Secreto - Penitencia

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. No quieras hacer elección ni te apropies de cosa alguna, y siempre ganarás; porque negándote de verdad y sin volverte a ti, se te dará mayor gracia. 
-Señor, ¿cuántas veces me negaré, y en qué cosas me negaré? 
-Siempre y en cada hora, así en lo pequeño como en lo grande. Ninguna cosa exceptúo, pues en todo te quiero hallar desnudo; porque de otro modo ¿cómo podrás tú ser mío y Yo tuyo, si no te despojas de toda voluntad propia interior y exteriormente? Cuanto más presto hicieres esto, tanto mejor te irá; y cuanto más pura y cumplidamente, tanto más me agradarás, y mucho más ganarás. 
Algunos se renuncian, pero con alguna excepción, porque no confían del todo en Dios, y por eso trabajan en mirar por sí. También algunos al principio lo ofrecen todo, pero después, combatidos por la tentación, se vuelven a las cosas propias, y por eso no aprovechan en la virtud. Estos nunca llegarán a la verdadera libertad del corazón puro, ni a la gracia de mi suave familiaridad si antes no se renuncian del todo, haciendo cada día sacrificio de sí mismos, sin el cual no están ni estarán en la unión con que se goza de Mí.

Muchas veces te dije, y ahora te lo vuelvo a decir: déjate a ti, renúnciate, y gozarás de una gran paz interior. Dalo todo por el Todo, no busques nada, nada vuelvas a pedir, está pura y confiadamente en Mí y me poseerás, estarás libre en el corazón y no te hollarán las tinieblas. Esfuérzate en esto, y esto desea, que puedas despojarte de todo propio amor y desnudo seguir al desnudo Jesús, morir a ti mismo, y vivir a Mí eternamente. Entonces huirán todas las malas ilusiones, las penosas inquietudes y los superfluos cuidados. También se ausentará entonces el demasiado temor y morirá el amor desordenado.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. XXXVII, ed. Lumen.

El Buen Pastor (II)

 

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«Conozco mis ovejas.» No tenemos un Dios a lo pagano que se desentienda de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un corazón como el que se dignó tomar de las purísimas entrañas de María. Tenemos un Jesús, cuyos ojos están puestos en cada uno de nosotros con un cariño indecible, todo comprensión con nuestras flaquezas, condescendiente con nuestras miserias, y compasivo en extremo cuando la desgracia se ceba en nosotros. Esto y mucho más es Jesús. ¡Que dicha la nuestra!

«Y las mías Me conocen.» Conoce a Cristo quien comprende su espíritu, y lo capta, y lo hace propio, dándose a Él y sintiéndose uno con Él. ¿Eres tú de esas ovejas auténticas? ¿Te mueves en torno de este Pastor divino? ¿Prefieres sus gustos e intereses a los tuyos?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Santa Gianna Beretta Molla

 

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Santa Gianna Beretta Molla

Hoy celebramos la memoria de S. Gianna Beretta Molla, cirujana y pediatra que entregó libremente su vida por salvar a su hija, al optar por no someterse a un tratamiento de cáncer que hubiera matado a la criatura. 
Nació en Magenta (provincia de Milán) el 4 de octubre de 1922, en una familia católica, con 13 hermanos. Durante los años de Liceo y de Universidad, en los que se dedica con diligencia a los estudios, realiza un generoso apostolado en la Acción católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Habiendo recibido el título en Medicina y Cirugía en 1949, abre en 1950 un ambulatorio de consulta. En 1952 se especializa en Pediatría. 
En la práctica de la medicina, presta una atención particular a las madres, a los niños, a los ancianos y a los pobres. Su trabajo profesional, que considera como una misión (decía: “Como el sacerdote toca a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en los cuerpos de nuestros pacientes”), no le impide dedicarse más y más a la Acción católica, intensificando su apostolado entre las jovencitas. Se dedica también a sus deportes favoritos, el esquí y el alpinismo, encontrando en ellos una ocasión para recrearse ante el encanto de la creación. También le gusta tocar el piano y escuchar conciertos.

Se interroga sobre su porvenir, reza y pide oraciones para conocer la voluntad de Dios. Ve que Dios la llama al matrimonio y, llena de entusiasmo, se entrega a esta vocación, con voluntad firme y decidida de formar una familia verdaderamente cristiana. Conoce al ingeniero Pietro Molla, y el 24 de septiembre de 1955 contraen matrimonio. 
En noviembre de 1956, Gianna da a luz a su primer hijo, Pierluigi. En 1957 a Mariolina, y en 1959 a Laura. Gianna armoniza con simplicidad y equilibrio sus deberes de madre, de esposa y de médico. 
En septiembre de 1961, al cumplirse el segundo mes de embarazo de su cuarto hijo, tiene grandes dolores. Le diagnostican un cáncer en el útero. Es necesario operarla. Antes de ser intervenida, suplica al cirujano que salve, a toda costa, la vida que lleva en su seno, y se confía a la oración y a la Providencia. Se salva la vida de la criatura. Ella da gracias a Dios y pasa los siete meses antes del parto con incomparable fuerza de ánimo, y con plena dedicación a sus deberes de madre y médico; orando y aceptando lo que el Señor quisiera de ella. Se estremece al pensar que la criatura pueda nacer enferma, y pide al Señor que no suceda tal cosa.

Antes del parto, confiando siempre en la Providencia, está dispuesta a dar su vida para salvar a la criatura: “Si hay que decidir entre mi vida y la del niño, no dudéis; elegid la suya. Salvadlo. Lo exijo.” La mañana del 21 de abril de 1962 da a luz a Gianna Emanuela. Decía: “¡Si supieras qué diferente se juzgan las cosas a la hora de la muerte!... Qué vanas parecen ciertas cosas a las que dábamos tanta importancia en el mundo”. 
Pasó una semana de indecibles dolores y murió santamente el 28 de ese mes de abril, repitiendo la jaculatoria “Jesús, te amo; Jesús, te amo”. Tenía 39 años. 
Se le había recomendado el aborto. Al negarse, murió al desarrollarse una peritonitis séptica muy dolorosa. Como médico, sabía muy bien la realidad, pero prefirió morir por salvar a su hija. 
S. Juan Pablo II la beatificó el 24 de abril de 1994, dentro del año internacional de la familia. El milagro que dio paso a su canonización fue el concedido a Elisabete Arcolino Comparini. Con tres meses de embarazo, perdió todo el líquido amniótico. Ella y su esposo le pidieron a la B. Gianna y la niña nació bien en mayo de 2000; la llamaron Gianna María. El nacimiento es científicamente inexplicable. La canonizó S. Juan Pablo II el 16 de mayo de 2004. Es patrona de las mujeres embarazadas y de los movimientos pro-vida.

Fuente: Cfr. “Los días con Dios”, revista del Centro de difusión de la Buena prensa.

Imitar la vida de Cristo (IV)

 

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Extractos del libro La imitación de Cristo.

Vano es el que pone su esperanza en los hombres o en las criaturas. No te avergüences de servir a otros por amor de Jesucristo y parecer pobre en este mundo. No te confíes de ti mismo, mas pon tu parte y Dios favorecerá tu buena voluntad. No confíes en tu ciencia, ni en la astucia de ningún viviente, sino en la Gracia de Dios, que ayuda a los humildes y abate a los presuntuosos.

Si tienes riquezas no te gloríes en ellas, ni en los amigos, aunque sean poderosos; sino en Dios que todo lo da, y sobretodo desea darse a sí mismo. No te alucines por la lozanía y buena disposición de tu cuerpo, que con una pequeña enfermedad se destruye y afea. No tomes contentamiento de tu habilidad o ingenio, porque no desagrades a Dios, de quien proviene todo bien natural que poseyeres.

No te estimes por mejor que los demás, porque no seas quizá tenido por peor delante de Dios, que sabe lo que hay en el hombre. No te ensoberbezcas de tus buenas obras, porque son muy distintos los juicios de Dios del de los hombres, al cual muchas veces desagrada lo que a ellos contenta. Si algo bueno hay en ti piensa que son mejores los otros, pues así conservarás la humildad. No te daña si te pospones a los demás, pero es muy dañoso si te antepones a solo uno. Continua paz tiene el humilde; mas en el corazón del soberbio hay emulación y saña muchas veces.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. VII, ed. Lumen.

El pecado de la mezquindad de corazón

 

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Santa Gema Galgani

Los judíos no aceptan al Mesías Dios, porque la magnitud del don asustaba a aquel pueblo mezquino. ¡Cuántas veces no caes tú en el mismo pecado! El amor que tu Señor te muestra es tan grande, que, apocado, temes aceptarlo, y lo rechazas. Te asustan los sacrificios que un Dios, clavado por ti en una cruz, puede exigir. Tiemblas ante el amor que reclama en correspondencia al de un Dios que se entrega a su criatura. E imitando a los judíos, rechazas el don divino, cierras los oídos a sus repetidos llamamientos, no respondes a las voces de angustia de tu Salvador, y prefieres encerrarte en tu mezquindad y vivir una «vida ordinaria»,cuando tu Señor te da muestras tan extraordinarias de benevolencia. ¡Ah, miserables de nosotros, y más miserables porque nos obstinamos en permanecer en nuestra miseria! ¿No nos avergüenza y ruboriza nuestra timidez? ¿Y no cesaremos de poner trabas a la obra de Dios en nosotros? ¿Y no acabaremos de entregarnos a su caridad infinita como víctimas de amor?

El Señor se aparece en cierta ocasión a Santa Gema y le dice que busca víctimas, víctimas heroicas. La sierva de Dios no titubea y grita al instante: «Yo soy la víctima, y Jesús el sacrificador. Date prisa, Jesús mío, que lo que Tú quieras, eso mismo quiero yo. Cuanto de Jesús reciba, será para mí un regalo.»

Imita la generosidad de Gema. El Señor va buscando almas consagradas totalmente a su amor; las busca sobre todo en estos días dedicados a los grandes misterios de la Redención. ¿Titubeas aún? ¿No vencerá en ti el amor de un Dios crucificado?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (III)

 

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Cristianos, ¿no sabéis que Jesucristo está aún oculto? Sufre que se blasfeme diariamente su nombre y que se burlen de su Evangelio, porque no ha llegado la hora de su gran gloria. Está oculto con su Padre, y nosotros estamos escondidos con Él en Dios, como dice el divino Apóstol. Puesto que estamos escondidos con Él, no debemos buscar la gloria en este lugar de destierro, sino cuando Jesús se mostrará en su majestad, ése será entonces el tiempo de aparecer: “Cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Col. 3,4).

Oh, Dios, ¡qué hermoso será aparecer en ese día, cuando Jesús nos alabará delante de sus santos ángeles, ante todo el universo y ante su Padre celestial! ¿Qué noche, qué oscuridad bastante larga podrá merecernos esta gloria? Que los hombres se callen de nosotros eternamente, con tal de que Jesucristo hable de nosotros en ese día. 
Sin embargo, cristianos, tenemos esa terrible palabra que pronuncia en su Evangelio: “Habéis recibido vuestra recompensa” (Mt. 6, 2). Queríais la gloria de los hombres: la habéis tenido; estáis pagados; no hay más nada que esperar. ¡Oh, envidia ingeniosa de nuestro enemigo, que nos da los ojos de los hombres para quitarnos los de Dios; que con una justicia maliciosa se ofrece a recompensar nuestras virtudes, de miedo que las recompense Dios!

Desgraciado, yo no quiero tu gloria, ni tu brillo, ni tu vana pompa: no pueden pagar mis trabajos. Espero mi corona de una mano más querida y mi recompensa de un brazo más potente. Cuando Jesús aparecerá en su majestad, entonces, es entonces que quiero aparecer. 
Allí, fieles, veréis lo que yo no os puedo decir hoy: descubriréis las maravillas de la vida oculta de José; sabréis lo que hizo durante tantos años y qué glorioso es ocultarse con Jesucristo. ¡Ah! sin duda no es de aquéllos que han recibido su recompensa en este mundo: es por eso, que él aparecerá entonces, porque no ha aparecido; se manifestará, porque no se ha manifestado. Dios reparará la oscuridad de su vida; y su gloria será tanto más grande, cuanto que está reservada para la vida futura.

Amemos pues esta vida oculta en la cual Jesús se envolvió con José. ¿Qué importa que los hombres nos vean? Es locamente ambicioso aquél a quien no le bastan los ojos de Dios y es injuriarlo demasiado el no contentarse con tenerlo por espectador. Si es que tenéis grandes cargos y empleos importantes, si es necesario que vuestra vida sea toda pública, meditad al menos seriamente que al final haréis una muerte privada, puesto que todos esos honores no os seguirán. Que el ruido que los hombres hacen a vuestro alrededor no os impida escuchar las palabras del Hijo de Dios. Él no dice: Felices aquéllos a los que se elogia, sino dice en su Evangelio: “Felices aquéllos a los que se maldice por mi amor” (Mt. 5, 11).

Temblad, pues, en esta gloria que os rodea, porque no sois juzgados dignos de los oprobios del Evangelio. Pero si el mundo nos los niega, cristianos, hagámonoslos a nosotros mismos; reprochémonos ante Dios nuestra ingratitud y nuestras ridículas vanidades; pongámonos ante nosotros mismos, ante nuestra faz, toda la vergüenza de nuestra vida; seamos al menos oscuros ante nuestros ojos por una humilde confesión de nuestros crímenes; y participemos como podemos en el retiro de Jesús, para participar en su gloria. Amén.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

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Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Víctima reparadora

 

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El concepto de reparación evoca el de «víctima reparadora», concepto bien conocido de los devotos del Sagrado Corazón y reconocido oficialmente por la Iglesia mediante la Encíclica de Pío XI acerca de la reparación. El venerando documento explica lo que debe hacer el alma que intenta ofrecerse como víctima: «Deberá sin duda, no sólo aborrecer todo pecado como mal supremo y huir de él, sino ofrecerse toda entera a la voluntad de Dios y aplicarse a compensar el honor violado de la Majestad divina con la asidua oración, con la práctica de penitencias y con la paciente tolerancia de las pruebas que se ofrecen; en fin, con la vida entera vivida según este espíritu de reparación» (Enc. Miserent. Red.).

Estamos muy lejos de aquel concepto fantástico de víctima, por el que, bajo pretexto de deberse ofrecer a inmolaciones extraordinarias, ciertas almas se evaden a la realidad de la vida cotidiana y se imaginan capaces de tales y cuales sufrimientos, mientras, de hecho, procuran esquivar los sacrificios de cada día. El concepto de víctima reparadora propuesto por la Iglesia es, por el contrario, algo muy serio, concreto y realista. El alma víctima debe reparar el pecado, y lo reparará haciendo lo contrario de lo que el pecado es. El pecado es un acto de rebeldía contra Dios y su voluntad manifestada en la ley y en las disposiciones de la divina Providencia. Por eso lo contrario del pecado será adherirse totalmente a la voluntad divina, abrazándola con todo el corazón y en todas sus manifestaciones, a despecho de las repugnancias que se puedan sentir.

Este es, pues, el programa del alma víctima: no sólo evitar el pecado, aun en sus formas más leves, sino salir de tal modo al encuentro de la voluntad de Dios, que pueda Él realmente hacer de ella todo lo que quiera. Añadirá luego oraciones y penitencias voluntarias, pero éstas tendrán valor sólo en la medida que broten de un corazón totalmente rendido a la divina voluntad. Y observemos que la primera penitencia –señalada también por la Encíclica– será siempre «la paciente tolerancia» de las pruebas de la vida.

"Si, Dios mío... Tú sabes que no ansío otra cosa fuera de ser una víctima de tu Sagrado Corazón, consumida toda en holocausto con el fuego de tu santo amor, y por eso tu Corazón será el altar donde se debe cumplir esta mi consumación en ti, querido Esposo mío; Tú debes ser el Sacerdote que ha de consumir esta víctima con ardores de tu santo Corazón. Pero, Dios mío, ¡cómo me confundo al ver cuán culpable es esta víctima e indigna de que Tú aceptes su sacrificio! Mas confío que todo él será reducido a pavesas en aquel divino fuego. 
"Por el ofrecimiento completo que de mí misma te he hecho, he querido cederte mi libre albedrío, porque sólo Tú, de aquí en adelante, has de ser el Señor de mi corazón. Y por eso únicamente tu voluntad ha de ser la regla de mis acciones. Y así, dispón siempre de mí como más te agrade, que de todo estaré contenta…, porque deseo amarte con amor sufrido, con amor muerto, es decir, enteramente abandonado en ti, y con amor operativo; en suma, con amor entero y sin división y, lo que importa más, con amor perseverante" (Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santo Tomás Moro y la educación de sus hijos

Transcribimos parte de una carta de Santo Tomás Moro a Gunnel, uno de los preceptores de sus hijos.

 

« [...] Lo que más me encanta es la seriedad de que ha dado pruebas mi pequeña Elizabeth en la ausencia de su madre, seriedad que no siempre se encuentra en niñas de su edad. Hacedla entender que esta conducta de su parte me es aún más agradable que la mayor instrucción que podría haber adquirido, porque si la ciencia unida a la virtud es preferible a todos los tesoros de la tierra, los bienes que la ciencia nos procura, si son ajenos a la inocencia de costumbres, no son más que falsos e imaginarios.

 

«Sea lo que fuere, si una de mis hijas llega a juntar a la modestia y a la piedad una sólida instrucción, la consideraría como más favorecida por el Cielo que si reuniese a la belleza de Helena las riquezas de Creso. No porque la sabiduría deba ser para ella una ocasión de gloria sino porque, acompañada de la virtud, es un don precioso que no nos puede ser quitado como nos son quitadas las riquezas y la belleza. No debemos pues buscar solamente la gloria de las letras, sino el saber, que da la felicidad. [...] He aquí, pues, mi querido Gunnel, los motivos que tengo para no buscar para mis hijos el renombre literario sin la virtud. [...] Además, como siempre he pensado que era de suma importancia el no salirme del camino que me he trazado para asegurar la felicidad de mis hijos, os recomiendo a vos, mi querido Gunnel, así también como a mis mejores amigos, que les enseñéis a evitar los tropiezos del lujo y del orgullo; como a permanecer fieles a los preceptos de la modestia; a no dejarse encandilar por la vista del oro; a no buscar su propia estimación ni la de los otros en suntuosos vestidos; a no degradar por una negligencia culpable los dones que hayan recibido de la naturaleza; y, en fin, a ser ávidos por adquirir los tesoros de la ciencia para hacerlos servir únicamente en defensa de la verdad y para gloria del Todopoderoso. Es así como merecerán obtener un día la recompensa de una vida ejemplar. Afirmados en esa consoladora esperanza, no temerán jamás la muerte, que no será a sus ojos más que el término de las pruebas que acá abajo habrán tenido que sufrir. He aquí, a mi juicio, los frutos que uno debe retirar del estudio de las ciencias humanas. Confieso que esos frutos no siempre los consiguen aquellos que parecen pretenderlos, pero sostengo que los hombres que buscan este único fin llegarán a él después de algunos esfuerzos, y se convertirán no sólo en eruditos sino en buenos cristianos y en hombres de bien. [...]».

Fuente: Cfr. Lucrecia Sáenz Quesada de Sáenz, Sir Thomas More, humanista y mártir, Buenos Aires 1934, pp. 106-109