El Buen Pastor (II)

 

El buen Pastor 06  21

«Conozco mis ovejas.» No tenemos un Dios a lo pagano que se desentienda de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un corazón como el que se dignó tomar de las purísimas entrañas de María. Tenemos un Jesús, cuyos ojos están puestos en cada uno de nosotros con un cariño indecible, todo comprensión con nuestras flaquezas, condescendiente con nuestras miserias, y compasivo en extremo cuando la desgracia se ceba en nosotros. Esto y mucho más es Jesús. ¡Que dicha la nuestra!

«Y las mías Me conocen.» Conoce a Cristo quien comprende su espíritu, y lo capta, y lo hace propio, dándose a Él y sintiéndose uno con Él. ¿Eres tú de esas ovejas auténticas? ¿Te mueves en torno de este Pastor divino? ¿Prefieres sus gustos e intereses a los tuyos?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Imitar la vida de Cristo (VI)

 

Beato Artemides Zatti 01  01

Beato Artémides Zatti con un paciente

Extractos del libro La imitación de Cristo.

La obra exterior sin caridad no aprovecha; mas todo cuanto se hace con caridad, por poco que sea, se hace fructuoso, pues más mira Dios al corazón que a la obra misma. 
Mucho hace el que mucho ama, y mucho hace el que en todo hace bien, y bien hace el que atiende más al bien común que a su voluntad propia. 
Muchas veces parece caridad lo que es amor propio; porque la inclinación de la naturaleza, la propia voluntad, la esperanza de la recompensa, el gusto de la comodidad, pocas veces nos abandonan.

El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; mas sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque no ama ningún placer particular (1), ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; mas refiere todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quién tuviese una centella de verdadera Caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XV, ed. Lumen. 
(1) La traducción de la que nos servimos vierte: porque ama algún placer particular, pero hemos corregido la frase según el texto latino que dice “quia nullum privatum gaudium amat”:porque no ama ningún placer personal.

Imitar la vida de Cristo (V)

 

Otono 01  01b

Caída de las hojas en Otoño - Stefan Ivanov

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las acciones ajenas. En juzgar a otro se ocupa uno en vano, yerra muchas veces, y peca fácilmente; mas juzgándose y examinándose a sí mismo, se emplea siempre con fruto. Muchas veces sentimos de las cosas según nuestro juicio, y fácilmente perdemos el verdadero juicio de ellas por el amor propio. Si fuese Dios siempre el fin puramente de nuestro deseo, no nos turbaría tan presto la contradicción de la sensualidad.

Muchos buscan secretamente su propia comodidad en las obras que hacen, y no lo entienden. También les parece estar en paz cuando se hacen las cosas a su voluntad y gusto; mas si de otra manera suceden, presto se alteran y entristecen. Por la diversidad de los pareceres muchas veces se levantan discordias entre los amigos y convecinos, entre los religiosos y devotos. 
La costumbre antigua con dificultad se quita, y ninguno deja de buena gana su propio parecer. Si en tu razón e industria estribas más que en la virtud de la sujeción de Jesucristo, rara vez y tarde serás iluminado; porque quiere Dios que nos sujetemos a Él perfectamente, y que trascendamos toda razón inflamados de Su Amor.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. I, c. XIV, ed. Lumen.

Imitar la vida de Cristo (III)

 

Alegoria de la Fortaleza 01  01

Alegoría de la Fortaleza

Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, tantas pierde la tranquilidad. El soberbio y el avariento jamás sosiegan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí mismo, con facilidad es tentado y vencido, aun en cosas pequeñas y viles. El que es flaco de espíritu, y está inclinado a lo carnal y sensible, con dificultad se abstiene totalmente de los deseos terrenos, y cuando lo hace padece muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno lo contradice.

Pero si alcanza lo que desea siente luego pesadumbre, porque le remuerde la conciencia el haber seguido su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que buscaba. En resistir, pues, a las pasiones, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. Pues no hay paz en el corazón del hombre que se ocupa en las cosas exteriores, sino en el que es fervoroso y espiritual.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Imitar la vida de Cristo (II)

 

San Luis Gonzaga 03  05

San Luis Gonzaga

Extractos del libro La imitación de Cristo.

Todos los hombres naturalmente desean saber, ¿más qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que le sirve, que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso de los astros. El que bien se conoce tiénese por vil y no se deleita en loores humanos. Si yo supiese cuánto hay que saber en el mundo, y no tuviese caridad, ¿qué me aprovecharía delante de Dios, que me juzga según mis obras?

Cuanto más y mejor entiendas, tanto más gravemente serás juzgado si no vivieres santamente. Por esto no te envanezcas si posees alguna de las artes o ciencias; sino que debes temer del conocimiento que de ella se te ha dado. Si te parece que sabes mucho y bien, ten por cierto que es mucho más lo que ignoras. No quieras con presunción saber cosas altas; sino confiesa tu ignorancia. ¿Por qué te quieres tener en más que otro, hallándose muchos más doctos y sabios que tú en la ley? Si quieres saber y aprender algo provechosamente, desea que no te conozcan ni te estimen.

El verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo, es altísima y doctísima lección. Gran sabiduría y perfección es sentir siempre bien y grandes cosas de otros, y tenerse y reputarse en nada. Si vieres a alguno pecar públicamente, o comentar culpas graves, no te debes juzgar por mejor que él, porque no sabes hasta cuando podrás perseverar en el bien. Todos somos frágiles, mas a nadie tengas por más frágil que tú.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

San Jose 21  59

San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

San Ramon Nonato 01  01

San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

La Ceniza y su elocuencia

 

Cenizas 02  02b

«Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris» (Rito de la imposición de la ceniza).

El Miércoles de Ceniza es un día cargado de significaciones y de consideraciones profundas para nosotros -los seres humanos descendientes de Adán-, muy apropiadas para ayudarnos a vivir en sintonía con la realidad. 
Y si bien durante siglos, cada año, se le repite la misma advertencia al ser humano, quizás hoy tenga para todos un sentido de urgencia el atenderla.

«Recuerda que eres polvo»... Frase tan breve como profunda y con significado descarnadamente real... ¡Qué distorsionada imagen tenemos de nosotros mismos! Nos creemos tan seguros de nosotros, de nuestras vidas y bienes; y orgullosos tantas veces por las cosas que poseemos, que hasta pensamos que somos casi invulnerables... Por eso, ¡qué importante y providencial es que una vez al año, durante unos cuántos días, la Iglesia, como Madre buena que es, nos recuerde esta verdad para ayudarnos a vivir bien, reubicándonos en el lugar real que tenemos!

«Recuerda que eres polvo», que eres nada, que no tienes en tí mismo la causa que te hace ser lo que eres, que eres fugaz, que no puedes retener la vida ni un solo instante por tí mismo... 
Nos sentimos habitualmente tan seguros de que viviremos hasta el fin del día de hoy; de que seguiremos viviendo mañana; y hasta de pensar (quizás no expresamente) que la vida que poseemos es interminable... «Recuerda que al polvo volverás», que tu vida tiene fin, que aunque poseas lo que poseas no dejas de ser simplemente polvo, que así como naciste desnudo, desnudo volverás a la tierra, porque ninguna cosa podemos llevarnos, ninguna cosa -por importante que nos parezca- nos podrá evitar el volver al polvo...

Pero esa ceniza que se nos impone en la cabeza no sólo tiene el fin de recordarnos estas cosas, sino que también nos quiere mover a tomar conciencia de lo que somos para comenzar a vivir mejor esta vida terrena que nos toca, y que no sabemos hasta cuando la podremos vivir. 
El recuerdo de nuestra nada y fugacidad debe ir acompañado del recuerdo del plan de Dios sobre nosotros. Él es quien quiere que aspiremos a la Vida que está más allá de la tumba y de la oscuridad de la muerte. Él quiere que nosotros, que somos polvo, alcancemos la vida inmortal en la eternidad. Y por eso nos recuerda con la ceniza que todo lo que vivimos y todo lo que hacemos y poseemos aquí abajo no será más que ceniza si no vivimos una vida ya desde aquí abajo aspirando a aquella otra vida feliz y eterna.

Debemos vivir deseando a Dios y cumpliendo su voluntad. Debemos vivir rectificando en nosotros las intenciones y los movimientos desordenados de esta carne mortal herida por el pecado, orientando todo nuestro ser, intenciones y quereres según el Espíritu que se nos ha infundido en el Bautismo. 
Por esto el Miércoles de Ceniza es como una puerta, como un acceso, que nos introduce en el bello tiempo de la Cuaresma, que con sus meditaciones y consideraciones nos irá ayudando a volver a ubicarnos bien en nuestra realidad de seres fugaces que deben aspirar a bienes eternos.

Pidamos al Señor que esta Cuaresma no deje de dar frutos de conversión en nosotros. Que no la vivamos como un tiempo más, sino como otra oportunidad que el Padre nos da de volver a su Casa arrepentidos y con nuevos deseos de vivir como verdaderos hijos suyos.

Pentecostés debe perdurar a través de nuestra vida (II)

La estancia del Espíritu Santo en nuestras almas se puede definir con mucha razón como un modo de ser enteramente dinámico. Se trata de un germen que pide crecimiento y que necesita para ello de nuestra colaboración. Por eso pide la Iglesia atención a ese misterio, interesada en que demos auge durante el año a la gracia renovada en nuestras almas en los días de Pentecostés.

 

El Espíritu divino lucha con el espíritu propio, es puesto en aprieto por la propia voluntad. Agradecido a tu Bienhechor, resuélvete a morir a ti mismo, para que viva en ti el Espíritu de Cristo. Se trata de una balanza muy delicada. A medida que baja un platillo, sube el otro. Despójate del espíritu propio, no te busques a ti mismo; no te cuides de tu propia satisfacción, de tus gustos, y entonces dominará en ti el Espíritu de Cristo, que te empujará a buscar la honra del Padre, el bien de las almas, aun a cambio de incomodidades y sacrificios personales.

Olvidémonos de nosotros mismos, atentos a que en el fondo de nuestro ser vive Cristo. Ésta es la gran realidad de Pentecostés. «El Espíritu es el que da vida; pero la carne de nada aprovecha. ¡Aleluya!»

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

El mal está en no ver o en ver mal (I)

El centro del mal. - A la luz de estos principios puedo analizar mejor el mal de mi vida. El mal no está solamente en la parte inferior del alma, donde ésta sufre la tiranía de las pasiones que exigen satisfacciones desordenadas. Hay indudablemente ahí muchas agitaciones, muchas heridas que me hacen prorrumpir en crueles gemidos y suspirar como San Pablo: "Desventurado de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?". El mal está ahí, sí; pero está más alto todavía.

 

La voluntad también está enferma. Flaca y siempre fluctuante, no acierta a buscar su apoyo en Dios; y, entregada a sí misma, no tiene energía para resistir a las solicitaciones perversas de la naturaleza, y su cobardía da lugar a muchas caídas. El mal está ahí también; pero está más alto todavía.

 

La inteligencia está acaso más atacada que la voluntad y la sensibilidad: no conoce o conoce mal, y cuando no conozco, o conozco mal, ¿para qué me sirven la voluntad y la sensibilidad si no es para extraviarme siguiendo las falsas indicaciones del espíritu? "Cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la fosa".

 

El mal está en no ver o en ver mal. - El mal más profundo de mi alma radica en la inteligencia; está en las ideas. Juzgo las cosas desde el punto de vista de mi interés egoísta y de mi placer; y viéndolas así, así las aprecio y así obro en consecuencia. La acción y la voluntad están viciadas, sobre todo, porque lo está la inteligencia. Mis acciones dependen de mis afectos, mis afectos, de mis ideas; y desde el momento que mis ideas son equivocadas, mis afectos y mis acciones resultan falseados.

"Verdaderamente -dice el P. Surin- nuestros defectos proceden casi todos de la perversidad de nuestros juicios y de que no referimos las cosas criadas a su principio, como deben hacerlo los hijos de Dios".

"El camino de la justicia, he ahí nuestro camino", dice San Agustín. “¿Cómo no caer en el camino cuando no se posee luz? Por esto, en ese camino, la primera necesidad es ver, el gran negocio es ver” (Tract. in Io. 35, 3).

Si ver es la primera necesidad y el gran negocio, no ver es la gran desgracia, ver mal es el gran peligro. Mi mayor mal es, pues, no ver o ver mal.

Fuente: José Tissot, La vida interior