Venerable Silvio Dissegna

 

Silvio Dissegna 01  01

Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

El pecado de la mezquindad de corazón

 

Santa Gema Galgani 01  02

Santa Gema Galgani

Los judíos no aceptan al Mesías Dios, porque la magnitud del don asustaba a aquel pueblo mezquino. ¡Cuántas veces no caes tú en el mismo pecado! El amor que tu Señor te muestra es tan grande, que, apocado, temes aceptarlo, y lo rechazas. Te asustan los sacrificios que un Dios, clavado por ti en una cruz, puede exigir. Tiemblas ante el amor que reclama en correspondencia al de un Dios que se entrega a su criatura. E imitando a los judíos, rechazas el don divino, cierras los oídos a sus repetidos llamamientos, no respondes a las voces de angustia de tu Salvador, y prefieres encerrarte en tu mezquindad y vivir una «vida ordinaria»,cuando tu Señor te da muestras tan extraordinarias de benevolencia. ¡Ah, miserables de nosotros, y más miserables porque nos obstinamos en permanecer en nuestra miseria! ¿No nos avergüenza y ruboriza nuestra timidez? ¿Y no cesaremos de poner trabas a la obra de Dios en nosotros? ¿Y no acabaremos de entregarnos a su caridad infinita como víctimas de amor?

El Señor se aparece en cierta ocasión a Santa Gema y le dice que busca víctimas, víctimas heroicas. La sierva de Dios no titubea y grita al instante: «Yo soy la víctima, y Jesús el sacrificador. Date prisa, Jesús mío, que lo que Tú quieras, eso mismo quiero yo. Cuanto de Jesús reciba, será para mí un regalo.»

Imita la generosidad de Gema. El Señor va buscando almas consagradas totalmente a su amor; las busca sobre todo en estos días dedicados a los grandes misterios de la Redención. ¿Titubeas aún? ¿No vencerá en ti el amor de un Dios crucificado?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

La contrición

 

Hijo prodigo 04  07

El regreso del hijo pródigo

El obstáculo esencial a la unión divina es el pecado mortal; y el que se opone a todo progreso es el pecado venial deliberado. Es evidente que ni uno ni otro se concilian en manera alguna con la perfección. 
Por el pecado mortal el alma se aparta enteramente de Dios para colocar su fin en la criatura; el alejamiento de Dios es radical y la unión destruida. Tan verdadero es esto, que si la muerte sorprende al alma en este estado, queda el alma estabilizada para siempre en este alejamiento de Dios: “Apartaos de mí, malditos”, Discedite a me maledicti (Mt. 25, 41). 
El Padre Celestial no reconoce en el pecador la imagen de su Hijo Jesús; por eso queda aquel excluido eternamente de la herencia. Como sabéis, tal estado se destruye por la contrición perfecta y por el sacramento de la penitencia; en el sacramento los méritos infinitos de Cristo son aplicados al alma para purificarla de sus faltas.

Ved al hijo pródigo cuando vuelve al hogar paterno. ¿Nos lo figuramos acaso, después de su llegada, tomando aires insolentes y actitudes pretenciosas, como si siempre hubiese sido fiel? Oh, no. Me diréis: ¿acaso su padre no le perdonó todo? Ciertamente, recibió a su hijo con los brazos abiertos, no le hizo ningún reproche; no le dijo: “Eres un miserable”; no; lo estrechó contra su corazón. Y la vuelta de este hijo proporciona al padre tal alegría, que prepara para el arrepentido un gran festín. Todo está olvidado, todo perdonado. Esta conducta del padre del pródigo es la imagen de la misericordia de nuestro Padre Celestial. En cuanto al hijo perdonado, ¿cuáles son los sentimientos, cuál la actitud que observa? no lo dudemos; son los sentimientos y la actitud que tenía cuando se arrojó arrepentido a los pies de su padre: “Padre: he pecado contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como al último de los criados”. 
Estemos seguros de que en el transcurso de todas las fiestas con las cuales se celebró su vuelta, fueron éstas las disposiciones que predominaron en su alma. Y si después la contrición disminuyó en intensidad, jamás este sentimiento se le borró del todo, aun después que el hijo hubo retomado en el hogar paterno para siempre su puesto de antes. Cuántas veces hubo de decir a su padre: “Tú me has perdonado todo, yo lo sé; pero mi corazón no cesará de repetir con gratitud cuánto dolor siente de haberte ofendido, cuánto quiere reparar, por medio de una gran fidelidad, las horas perdidas y el olvido en que te he tenido”.

Tal debe ser el sentimiento de un alma que ha ofendido a Dios, despreciando sus perfecciones y participando en causar los padecimientos de Jesucristo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Los dos modos de la operación divina (III)

 

San Antonio de Padua 04  09

Visión de San Antonio de Padua

III. La intención de Dios. - ¿Y por qué los instrumentos de Dios, manejados por su mano, determinan en mí los unos el dolor y los otros el gozo? ¿Cuál es la razón de los consuelos y de las pruebas de mi vida? -Dios no me envía seguramente el consuelo con el pueril fin de recrearme, ni me envía el sufrimiento con el cruel objeto de torturarme; Dios no obra como un niño ni como un verdugo; obra como padre; su conducta respecto a mí es invariablemente seria y paternal. 
Su propósito esencial, del cual no le permite apartarse su paternidad, es que en todo para mí quiere ser padre, esto es, darme la vida, y para conducirme a la vida tiene empeño en despegarme y en alentarme: tiene empeño en desasirme; he aquí la gran razón de los sufrimientos: tiene empeño en animarme; he aquí la gran razón de los consuelos.

En su intención, ninguna criatura me ocasiona más dolor que en la medida de desprendimiento, de expiación y de reparación que me es necesaria; ninguna criatura me trae consuelo y gozo sino en la medida del fervor y ánimo de que tengo necesidad. Los sufrimientos nos desprenden de la criatura; los consuelos nos elevan a Dios: he aquí su intención.

Fuente: José Tissot, La vida interior.

Meditaciones marianas (VI)

Flores a Maria  01   01

Obsequios a la Santísima Virgen

Santa Gema Galgani, la estigmatizada de Lucca, escribía a su director espiritual: “Reposaba en mi cama, sin dormirme, cuando mi Madre celestial me miró con su sonrisa y me dijo: -Querida hija mía. 
Yo me abandoné a mi dulce Madre, quien me tomó en sus brazos. Pensé morir, sí, morir de exceso de dicha... ¡Qué caricias!... ella me decía que había venido a buscar mi ramillete. Usted comprende. Me encontró muy pobre, y me animó a la virtud, sobre todo a la humildad y a la obediencia.” 
¿Nosotros ofrecemos diariamente algún ramillete a María?

Se cuenta de Santa Rosa de Lima, que los sábados, llevaba o hacía llevar a los pies de la Santísima Virgen, un ramo de hermosas flores. Los santos amaron esta práctica, como lo prueba también el ejemplo de San Juan Bautista de Lasalle quien, siendo niño, ofrecía flores a una estatua de María que adornaba el jardín de su casa. 
Con todo, no es de las flores naturales que nos queremos referir aquí. El ramo que hemos de ofrendar a María está formado tan sólo de flores espirituales: flores de actos de virtud, de pequeños sacrificios.

Algunos niños son muy ingeniosos para demostrar su amor a María. He aquí algunos hechos: 
-“Tenía curiosidad de saber qué hora era, pero por amor a María no miré el reloj”. 
-“En casa, pasando junto a un ciruelo, se me hizo agua la boca a la vista de las tentadoras frutas maduras, pero ni siquiera las toqué, para honrar a María.” 
-“Un compañero me había molestado durante el recreo. Me vino el pensamiento de vengarme, pero no lo hice, para agradar a María.” 
-“No me reí cuando mis compañeros querían que me riera con ellos durante la clase”. 
-“Di todo mi dinero a los pobres en vez de comprar golosinas”. 
-“Acepté sin decir palabra, un castigo que no merecía”. 
-“Soporté voluntariamente durante todo el día piedritas en mis zapatos”.

Y nosotros, ¿qué hacemos para honrar a María?

Fuente: Hno. Mutien Marie, fsn, Cómo amar y hacer amar a María, Editorial Stella, Buenos Aires.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

Virgen de Fatima 13  42

Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Imitar a Cristo Víctima

Cristo Crucificado 01  03b

Es muy cierto que Jesucristo es sacerdote, pero no para sí mismo, sino para nosotros, porque presenta al Padre eterno las plegarias y los anhelos religiosos de todo el género humano; Jesucristo es también víctima, pero en favor nuestro, ya que sustituye al hombre pecador.

Por esto, aquellas palabras del Apóstol: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» exigen de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía nuestro Redentor cuando se ofrecía en sacrificio: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias a Dios.

Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

Fuente: Pío XII, Encíclica «Mediator Dei»

Víctima reparadora

 

Cristo Coronado de espinas 01  02

El concepto de reparación evoca el de «víctima reparadora», concepto bien conocido de los devotos del Sagrado Corazón y reconocido oficialmente por la Iglesia mediante la Encíclica de Pío XI acerca de la reparación. El venerando documento explica lo que debe hacer el alma que intenta ofrecerse como víctima: «Deberá sin duda, no sólo aborrecer todo pecado como mal supremo y huir de él, sino ofrecerse toda entera a la voluntad de Dios y aplicarse a compensar el honor violado de la Majestad divina con la asidua oración, con la práctica de penitencias y con la paciente tolerancia de las pruebas que se ofrecen; en fin, con la vida entera vivida según este espíritu de reparación» (Enc. Miserent. Red.).

Estamos muy lejos de aquel concepto fantástico de víctima, por el que, bajo pretexto de deberse ofrecer a inmolaciones extraordinarias, ciertas almas se evaden a la realidad de la vida cotidiana y se imaginan capaces de tales y cuales sufrimientos, mientras, de hecho, procuran esquivar los sacrificios de cada día. El concepto de víctima reparadora propuesto por la Iglesia es, por el contrario, algo muy serio, concreto y realista. El alma víctima debe reparar el pecado, y lo reparará haciendo lo contrario de lo que el pecado es. El pecado es un acto de rebeldía contra Dios y su voluntad manifestada en la ley y en las disposiciones de la divina Providencia. Por eso lo contrario del pecado será adherirse totalmente a la voluntad divina, abrazándola con todo el corazón y en todas sus manifestaciones, a despecho de las repugnancias que se puedan sentir.

Este es, pues, el programa del alma víctima: no sólo evitar el pecado, aun en sus formas más leves, sino salir de tal modo al encuentro de la voluntad de Dios, que pueda Él realmente hacer de ella todo lo que quiera. Añadirá luego oraciones y penitencias voluntarias, pero éstas tendrán valor sólo en la medida que broten de un corazón totalmente rendido a la divina voluntad. Y observemos que la primera penitencia –señalada también por la Encíclica– será siempre «la paciente tolerancia» de las pruebas de la vida.

"Si, Dios mío... Tú sabes que no ansío otra cosa fuera de ser una víctima de tu Sagrado Corazón, consumida toda en holocausto con el fuego de tu santo amor, y por eso tu Corazón será el altar donde se debe cumplir esta mi consumación en ti, querido Esposo mío; Tú debes ser el Sacerdote que ha de consumir esta víctima con ardores de tu santo Corazón. Pero, Dios mío, ¡cómo me confundo al ver cuán culpable es esta víctima e indigna de que Tú aceptes su sacrificio! Mas confío que todo él será reducido a pavesas en aquel divino fuego. 
"Por el ofrecimiento completo que de mí misma te he hecho, he querido cederte mi libre albedrío, porque sólo Tú, de aquí en adelante, has de ser el Señor de mi corazón. Y por eso únicamente tu voluntad ha de ser la regla de mis acciones. Y así, dispón siempre de mí como más te agrade, que de todo estaré contenta…, porque deseo amarte con amor sufrido, con amor muerto, es decir, enteramente abandonado en ti, y con amor operativo; en suma, con amor entero y sin división y, lo que importa más, con amor perseverante" (Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Esperaba que alguien me consolase y no lo hallé...

¡Corazón de Jesús, llagado por nuestro amor! Hazme digno de reparar las heridas que nuestros pecados te han infligido.

 

El himno de primeras Vísperas en la fiesta del Sagrado Corazón dice: «Mirad cómo la insolente y horrible patrulla de nuestras culpas ha herido el Corazón inocente de un Dios»; y con mayor realismo continúa: «La lanzada del soldado fue dirigida por nuestros pecados» (Breviario Romano). Estas expresiones evocan a nuestra mente las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María Alacoque: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; pero a cambio de su amor infinito, en vez de encontrar gratitud, halló olvido, indiferencia, ultrajes, a veces aun de parte de los mismos que deberían tributarle especial amor».

Ante esta queja del Corazón divino, el alma amante no puede permanecer indiferente: quiere expiar, reparar, consolar. Y lo quiere hacer -enseña Pío XI- por un doble motivo: «de justicia y de amor: de justicia, para reparar la ofensa causada a Dios por nuestras culpas…; de amor, para sufrir con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle, en la medida de nuestra poquedad, algún alivio» (Enc. Miserent. Red.).

 

Que debamos reparar nuestros pecados es fácil entenderlo, pero que podamos hacerlo también para consolar al Corazón de Jesús tal vez no es tan claro. «¿Cómo se podrá decir -pregunta Pío XI- que Cristo reina feliz en el cielo, si puede ser consolado por estos actos de reparación? Dadme un alma amante y comprenderá lo que digo», responde el gran Papa. En efecto, el alma que penetra con amor en el misterio de Jesús, comprende bien que, cuando Él en Getsemaní veía todos nuestros pecados, veía también todas las buenas obras que habríamos de hacer para consolarle, y de este modo le consolaron entonces los actos que hoy hacemos con tal fin. Ese pensamiento nos estimula cada vez más a la práctica de obras de reparación, para que Jesús no tenga motivos de dirigimos también a nosotros la compasiva queja: «El dolor me despedaza el Corazón…; esperaba alguien que me consolase y no lo he encontrado» (Misa del S. Corazón).

 

“¡Dios mío! ¿Por qué no podré lavar yo con mis lágrimas y con mi sangre todos aquellos lugares donde ha sido vilipendiado tu Corazón? ¿Por qué no me será permitido reparar tantos sacrilegios y tantas profanaciones? ¿Por qué no me concederás por un solo instante ser dueña del corazón de todos los nombres, para resarcir con el sacrificio que de ellos te haría el olvido e insensatez de todos los que no han querido conocerte o que, aun conociéndote, te han amado tan poco? Pero, Salvador adorado, lo que más me llena de confusión y mayormente me aflige es que yo misma he sido de estos ingratos. Tú, Dios mío, que ves el fondo de mi corazón, mira el dolor que sufro por mis ingratitudes y por verte tratado tan indignamente. Heme, pues, aquí ¡oh Señor!, con el corazón partido de dolor, humillado, abierto, pronto a recibir de tu mano todo lo que te plazca exigirme en reparación de tantos ultrajes” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIII)

Apariciones del ángel (tercera parte)

Buen día estimado lector. Gracias nuevamente por tomarte la molestia de leer estos sencillos artículos sobre las apariciones en Fátima.

Hoy vamos a comenzar a contemplar a los niños en la última aparición del Ángel. Lo haremos en dos veces, pues el contenido del artículo puede ser más extenso de lo que es habitualmente.

En esta oportunidad sorprendemos a los pastorcitos en plena terea de pastoreo, en el maravilloso escenario de los valles y las sierras de Portugal. A quienes hemos estado de paseo por regiones serranas nos puede ayudar, para meditar, el recuerdo de esos maravillosos lugares: la majestuosidad de las altas sierras, su vegetación, la imagen de los animales pastando en las laderas, las aves volando tan alto como pueden, como queriendo desafiar las cumbres, el viento que por momentos se torna aguerrido, y también la buena gente que habita esos lugares, la candidez y sencillez de esas personas que te hacen enamorar de lo más simple de la vida.

 

En medio de esos lugares, en una gruta ubicada en la ladera del monte Cabezo, es en donde se produce la última aparición del Ángel a los pastorcitos. Allí los pequeños recitan la oración que les enseñó el Ángel en la primera aparición. Pero dejemos que Sor Lucía nos cuente lo que sucedió:

“…de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: ¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo, etc. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración, cuando vimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos levantamos para ver lo que pasaba y vimos al Ángel que tenía en la mano izquierda un Cáliz, sobre el cual había suspendida una Hostia, de la que caían unas gotas de Sangre sobre el Cáliz. El Ángel dejó suspendido en el aire el Cáliz, se arrodilló junto a nosotros, y nos hizo repetir tres veces: Santísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, os ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos lo Sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que él mismo es ofendido. Y por los méritos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.”

 

Hasta aquí la primer parte del relato. En la próxima entrega consideraremos la segunda parte de la aparición. Pero hoy podemos concluir meditando sobre la necesidad de reparación pedida por el ángel. Para ello podemos proponernos repetir esta oración frecuentemente, principalmente delante de la Eucaristía, visitando el Sagrario de nuestras parroquias, donde habitualmente esta Nuestro Señor solo; podemos repetirla durante la jornada de trabajo, de estudio, en las fábricas, en los hospitales, allí donde Dios nos puso, en la realidad laboral y familiar de cada uno. Pero sobre todo, debemos ofrecer como reparación y pidiendo la conversión de los pecadores, todas las incomodidades, imprevistos, y dolores de cada día; como así también el peso del trabajo, la incomprensión de los que nos rodean, la enfermedad, la soledad, etc., etc. Todo lo común y cotidiano podemos transformarlo, si queremos, en un acto maravilloso de reparación.

 

Hasta la próxima entrega. Que Dios te bendiga. Y no olvides de rezar diariamente el Santo Rosario y difundirlo entre tus conocidos y vecinos.