Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

Santo Tomas 01  01

Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Lecciones de la resurrección del Señor

 

Resurreccion 07  16

Santo Tomás nos señala cuatro lecciones que debemos tomar de la resurrección del Señor:

«En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".

En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom 6, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (11-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".

En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.»

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Comentario al Credo

Vivid la vida del cielo

 

Tesoro en el campo 01  01

Tesoro en el campo

Puesto que hemos resucitado con Cristo, debemos buscar y saborear las cosas que son del cielo. Éramos hijos de los hombres y somos ahora hijos de Dios; no seamos, pues, insensatos amando la vanidad y buscando la mentira, porque muchos buscamos la mentira, ¿sabéis cómo? Buscando la felicidad donde no se puede encontrar. No hay quien no quiera ser feliz. Si alguien te viese cavar buscando el oro en un sitio donde no pudiera encontrarse, lo lógico es que te dijera: Cava en otra parte, que es donde está. Eso es lo que yo te digo: Buscas la felicidad, pues mira a Cristo, que ha venido a nuestra miseria, a tener hambre y sed y padecer mil tormentos; pero mírale y observa cómo al tercer día ha resucitado, porque terminó su trabajo y murió la muerte.

Eso es lo que debes buscar si quieres ser feliz, porque en esta vida no podrás serlo nunca del todo, pero en aquella región te espera lo que buscas. Por tanto, mientras languidecemos en esta carne corruptible, muramos con Cristo cambiando nuestras costumbres, y vivamos con Cristo en el amor de la justicia, esperando recibir la gloria de aquel que ha muerto por nosotros.

Fuente: San Agustín. Extraído de La Palabra de Cristo, colección Verbum Vitae, B.A.C.

Madrugar para encontrarlo (II)

 

Resurreccion 06  15

Considera cómo Dios tarda poco en premiar el fervor de un alma que no busca sino a su Majestad, y que sólo está animada de su espíritu. Ninguna cosa mueve más al Señor a hacer milagros que un amor generoso y una fe viva. Las santas Mujeres del evangelio no se detuvieron, ni por el temor de que los soldados podrían impedirles el acercarse al sepulcro, ni por la imposibilidad de quitar ellas solas una piedra que muchos hombres juntos no habían podido mover; y así, apenas se determinaron a pasar adelante, cuando los soldados echaron a correr, y el sepulcro se abrió milagrosamente: de donde se ve que en el servicio de Dios se allanan los más grandes obstáculos y desaparecen las más terribles dificultades desde el momento que nos resolvemos a vencerlas, y desde el punto que Dios ve que lo buscamos con rectitud, con ardor, con aliento y buena fe. 
Deja Dios algún tiempo a sus más fieles siervos en algunas pruebas, tinieblas, sequedades, obstáculos y tentaciones: todo pone a prueba nuestra virtud. Dichoso el que persevera en amar a Dios y en buscar a Dios. Dichoso el que lleno de confianza no desmaya. El Señor no tardó en premiar a estas generosas almas. Tienen el consuelo de saber las primeras que su buen Maestro ha resucitado, y son escogidas para ser las primeras predicadoras de su gloriosa y triunfante resurrección. 
Ningún soldado aparece, ningún obstáculo se presenta, ni ninguna dificultad: está quitada y echada a un lado la piedra tan pesada que cerraba la entrada del sepulcro; en lugar de un cuerpo de guardia amenazador hallan unos ángeles que les dan mil seguridades, que las consuelan, que les dicen que Jesucristo ha resucitado y las convidan a venir a asegurarse por sí mismas entrando en el sepulcro. ¡Oh, y qué generosa y prontamente es recompensada la perseverancia en el servicio de Dios! Las ansias, el celo, el fervor y las lágrimas de estas fieles siervas de Dios obligan al Señor a hacer numerosos prodigios en su favor. No experimentamos nosotros otro tanto porque somos flojos en el servicio de Dios, porque le amamos poco, y porque no nos atreveríamos ni aun a asegurar que le amamos.

Se querría ser todo de Dios, es decir, no se quiere, si no que se querría, si Dios quisiera contentarse con un corazón partido, si Dios quisiera ser servido a nuestro gusto, y no según él lo pide: se querría llegar a la perfección, pero por el camino que nos place y nos acomoda. Se quiere que la prudencia humana sirva en todo de guía; y como si no tuviéramos que contar sino con nuestras propias fuerzas, desmayamos a la menor dificultad. Se desconfía, por decirlo así, de la bondad de Dios y de sus promesas: se quisiera que Dios comenzase allanándolo todo antes de ponernos en camino: se quisiera que se quitasen los obstáculos, y que la piedra estuviera echada a un lado antes de emprender el viaje. 
Fiémonos de la palabra del Señor. Podía su Majestad aplacar la tempestad, y calmar las olas antes que san Pedro se pusiese sobre las aguas para ir a él: quiso, no obstante, excitar su fe y su confianza. 
Dadme, Señor, estas dos virtudes. Cien veces he querido ponerme en camino para buscarte, y cien veces me he vuelto atrás, aterrado de unas dificultades, la mayor parte imaginarias. Mi flojedad y mi poca fe han aumentado mi flaqueza: un poco más de confianza en vuestra bondad me hubiera inspirado más fortaleza y más ánimo: dadme esta fe y esta confianza, y espero experimentar bien pronto los efectos de tu socorro.

Jaculatorias para entre el día 
- Me levantaré y recorreré la ciudad: buscaré por las calles y las plazas al que ama mi alma. (Cant. 3) 
- Aunque acampe contra mí un ejército no perderé la confianza. (Salmo 26)

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano

Madrugar para encontrarlo (I)

 

Resurreccion 05  14

Considera en qué profunda tristeza, y en qué aflicción estaban todos los discípulos del Salvador desde el día de su muerte. Su fe sepultada, por decirlo así, con él, apenas sostenía a su esperanza: es verdad que su amor a este divino Maestro no estaba apagado; pero no podía dar otra cosa que lágrimas. Toda la fe estaba como reconcentrada en la santísima Virgen: los demás todos dudaban de su resurrección. 
Magdalena y las otras piadosas mujeres se daban prisa por ir a hacerle las últimas exequias; pero se advierte que sólo van al sepulcro las que le habían seguido hasta el Calvario, cuya fidelidad había estado a la prueba de las ignominias de la cruz. ¡Qué aliento no inspira el amor de Dios cuando es sincero y ardiente! ¡Oh, y cuánto importa ser fieles en las adversidades! ¡Qué generoso sois, Dios mío, y qué pronto estáis a recompensar a los que os aman con ternura!

Mira en la Magdalena y en las otras mujeres la verdadera imagen de un alma verdaderamente convertida, de un alma generosa y llena de fervor, y de un corazón abrasado de amor de Dios. ¡Qué santa impaciencia no les inspira el deseo de volver a ver a Jesucristo, y de hacerle todavía los últimos obsequios! ¿Por ventura deliberan largo tiempo si se pondrán o no en el camino para buscarlo? ¿Creen, con la mayor parte de las almas laxas, que lo hallarán siempre demasiado presto? Fue menester toda la autoridad de la ley para templar su ardor. El respeto que tuvieron al día del sábado suspendió sus impaciencias y su celo; pero no fue sino para hacer crecer sus santos deseos. ¡Qué poco se teme, Dios mío, qué poco se delibera cuando se ama mucho! 
Apenas expiraba el sábado cuando van a hacer provisión de ungüentos y de bálsamos. No aguardan al día para ponerse en camino: salen antes que el sol nazca: su amor les sirve de guía por entre las tinieblas. ¿Consultan acaso su delicadeza? ¿Escuchan la timidez natural a su sexo, y cien falsas razones que se presentan a su espíritu para disuadirlas de sus intentos? Una devoción menos sólida y un amor de Dios menos puro hubiera sido menos generoso, y se hubiera dejado persuadir; pero se difiere poco a los sentimientos humanos cuando se siguen los atractivos de la gracia. Dios no quiere esos espíritus vacilantes é irresolutos que balancean siempre sobre su conversión. Dios desecha esas almas tibias y esos corazones tímidos que parece no cuentan sino sobre sus propias fuerzas: esas medias voluntades que no sirven sino para atolondrarnos y entretenernos.

¿Diremos que estas generosas siervas de Dios quizá no preveían las dificultades, y que ignoraban los obstáculos? De ningún modo. Apenas se ponen en camino cuando les ocurre la dificultad que les ha de costar el mover y quitar la piedra que cerraba la entrada del sepulcro: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? Este solo obstáculo parece debía hacerlas retroceder. Un cuerpo de guardia, una piedra de un peso enorme y el sello del magistrado, ¿no eran unos poderosos motivos para no pasar adelante? Sin duda, para quien no tiene sino un amor de Dios débil y enfermo; pero al que ama a Dios sin reserva, y al que no busca sino a Dios, la confianza le inspira un prodigioso aliento y le hace afrontarlo todo.

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano

Ha resucitado el Salvador triunfante y glorioso

 

Resurreccion 04  13

Escritos de San José Gabriel del Rosario Brochero. 
“Mis amados: en toda la semana anterior hemos ido en espíritu a todos los lugares santos, y hemos visto los sufrimientos de nuestro Redentor, desde el huerto hasta el Sepulcro. 
Hoy se acabaron las penas, se acabaron los afanes, porque ha resucitado el Salvador triunfante y glorioso. 
Trasladémonos al sepulcro, y veremos que la corona de espinas se ha convertido en diadema de gloria, que las manchas de sangre se han convertido en rubíes de luz, que las llagas se han convertido en galas de victoria, las burlas de los judíos en aplauso de los ángeles. En suma, el cuerpo de Cristo que estuvo en toda su Pasión tan injuriado y afeado hoy está tan hermoso y lleno de gloria, que si en el Cielo no hubiese otro objeto sensible que ver, bastaría para hacer un paraíso, y toda esta gloria la alcanzó con su Pasión, aunque breve.

Se dice que partió luego a consolar a su Madre y a los demás que, fieles y amantes, estuvieron al pie de la Cruz, porque es una ley de la Divina Providencia que sea partícipe de sus glorias el que haya participado en sus penas, y como María lo había acompañado desde el pesebre hasta la cruz, por eso consoló primero a su Santísima Madre. 
Ahora, ¿qué lengua podrá explicar el gozo de Ella, al ver delante a su querido Hijo, hermoso y resplandeciente, con un rostro que despedía gracia y alegría? Cuando vio la llagas que fueron causa de dolor convertidas hoy en fuente de Amor. Cuando vio a su Hijo -no penando entre dos ladrones- sino gozando entre los ángeles. Cuando lo vio -no muerto entre sus brazos, lleno de llagas y de heridas- sino glorioso, que extendía sus brazos para darle estrechísimos abrazos. ¿Cuánto sería el júbilo de la Virgen al ver resucitado glorioso a su Hijo que había visto morir en la cruz? ¿Cuánta sería la alegría con que besaba aquellas sagradas llagas? ¿Cuántos serían los consuelos que sacaba? Fue tal el gozo que habría muerto a no ser un milagro especial de Dios.

Quiso también consolar con su presencia -antes que a los Apóstoles- a la Magdalena, que había sido fiel amante al pie de la Cruz, y la misma que después lloraba junto al sepulcro, para manifestar que las culpas pasadas no embarazan los favores y gracias Divinas, cuando con verdadera contrición se borran, y con nuevos obsequios de ardiente caridad se recompensan. 
Igual consuelo da el Señor a las almas penitentes cuando han participado algo de sus penas. El orden de la divina Providencia es tal, que remunera con dulces consolaciones de espíritu a cualquiera que bebe una gota de su amarga hiel, a quien acepta una pequeña espina de su corona, a quien participe un ligero golpe de sus azotes o una pequeña parte de su cruz. 
Luego, si el Señor participa de sus gozos al que participa de sus penas, dichosos sois vosotros, ¡oh piadoso auditorio!, que en toda la semana anterior habéis participado de sus penas o de su pasión, porque habéis acompañado en espíritu al Señor en todos los pasos de su pasión. 
Decía el padre Baltazar Álvarez, de la compañía de Jesús, que no debíamos dejar caer una sola hoja del árbol de la Cruz.”

Fuente: cf.: Conferencia Episcopal Argentina, El Cura Brochero, cartas y sermones. Cap. I - Pláticas y discursos.

En la resurrección nos veremos

 

Sargento Cisneros 01  01

Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

Cristo resucitado, modelo de santidad

En el día de su resurrección, Jesús ha dejado en el sepulcro los lienzos, símbolo de nuestras enfermedades, de nuestras flaquezas, de nuestras imperfecciones. Sale victorioso del sepulcro; es perfecta su libertad y se ve animado de una vida intensa, perfecta, que hace vibrar todas las fibras de su ser. En Él todo lo mortal se halla como absorbido por la Vida.

Este es el primer elemento de la santidad representado en Cristo resucitado: alejamiento de cuanto está muerto, de cuanto es terreno, de cuanto es criatura, exención de toda flaqueza, de toda enfermedad, de toda pasibilidad.

 

Pero  junto a éste existe otro elemento de la santidad: la adhesión, la pertenencia, la consagración a Dios. Sólo en el cielo nos será dado el saber con qué plenitud vivía para su Padre Jesús en estos días benditos: no hay duda de que lo fue con una perfección que cautivaba a los ángeles; ahora que se ve su santísima humanidad libre de toda necesidad, exenta de todas las enfermedades propias de nuestra condición terrena, se entrega, como jamás pudo antes hacerlo, a la gloria del Padre.

 

La vida de Cristo resucitado se convierte de esta manera en una fuente infinita de gloria para su Padre; no se da ya en Él flaqueza alguna; todo en Él es luz, fuerza, belleza, vida; todo en Él es un cántico ininterrumpido de alabanza.

La obra de la redención ha quedado cumplida; todas las deudas han quedado saldadas, todo ha quedado expiado. Pero la religión de Jesús para con su Padre, prosigue más viva, más entera que nunca. Nada nos dice el Evangelio de estos homenajes de adoración, de amor y de acción de gracias que rendía entonces Cristo a su Padre, pero San Pablo resume toda esta vida cuando nos dice: Vivit Deo, «vive para Dios».

Fuente: Dom. Columba Marmion, Palabras de Vida, Desclée de Brouwer, 1956