Jesús, nuestra víctima pascual (II)

Vision de Juan 01 01

Visión de San Juan Evangelista

2. 
Mors et vita duello conflixere mirando, 
Dux vitae mortuus regnat vivus. 
La muerte y la vida se trabaron en imponente duelo, y el Príncipe de la vida que estaba muerto reina vivo.

Es el combate en que se dirimía el destino de la historia y de la humanidad. El averno y el cielo disputándose el reinado de las almas. Uno para nuestro bien, otro para nuestro mal. 
Cristo se ha encarnado para este combate final. La primera batalla la libró Miguel y los ángeles fieles, y tuvo por campo las celestes alturas. La santidad de los patriarcas y las oraciones y persecuciones de los justos del Antiguo Testamento fueron las sucesivas escaramuzas de Dios contra Satán. Pero el duelo final, lo reservaba para un solo hombre. Un hombre más que hombre; el Hijo del hombre; el Hombre-Dios.

La primera parte de la lucha pareció ganarla el diablo: Esta es vuestra hora y del poder de las tinieblas, dijo el mismo Señor. Cristo es sometido a la libre injuria de los demonios; a la tortura y la blasfemia; a la cruz y la traición; a la burla y al escarnio; y finalmente, a la agonía y a la muerte. Cristo muerto y sepultado, parecía la victoria de Satán. Pero el Señor sufrió la muerte para bajar al Reino de los muertos, para asestar allí el último golpe al Emperador del doloroso reino, como lo llamó Dante. 
Y aquél que Satanás vio desnudo y escupido, aquél sobre el que cantó victoria cuando lo contempló ultrajado y destrozado; aquél sobre el que gozó viéndolo presa de la muerte, a Ése, pocas horas más tarde, lo vio como lo vería San Juan en Patmos: Y vi en medio de los siete candelabros de oro, uno como hijo de hombre, vestido de túnica, ceñido a los pechos con cinto de oro; la cabeza y los cabellos blancos, como lana blanca igual que la nieve; y los ojos de Él como llama de fuego; los pies eran semejantes a azófar fundido en el crisol, y una voz como ruido de riada. Y lleva en la diestra mano siete estrellas, y de su boca irrumpía una espada bifilada, y el rostro como el sol en su cenit. Y en cuanto lo hube visto caí a sus pies como muerto (Ap 1, 9 ss).

También el demonio cae hoy muerto a los pies del esplendor de Cristo. Muerto de terror y espanto. San Jerónimo escribía hace ya muchos siglos, desde su gruta de Belén: “Cristo marchando contra los crueles ministros del castigo, castiga con fuerza divina sus escuadrones implacables. Rugen los verdugos sin entrañas, rechinando rabiosos sus dientes, y, al entrar el Fortísimo en los fuertes calabozos, son cerrados con cadenas férreas por el que es más fuerte que todos ellos”.

Dux vitae mortuus regnat vivus. El caudillo de la vida, que había muerto, reina vivo. No temas-dice Cristo a Juan en el Apocalipsis- Yo soy el primero y el último, y muerto fui, y heme aquí viviente por los siglos de los siglos (Ap 1, 18). Alfa y Omega, Principio y Fin. 
Había muerto, pero reina vivo. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? La muerte ha sido sumida en la victoria (1 Cor 15, 55).

Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., I.N.R.I.

Jesús, nuestra víctima pascual (I)

Cordero 01 03

Desde muy antiguo, la Iglesia canta una bellísima secuencia durante toda la octava de Pascua. Toma su nombre de las palabras con que comienza, Victimae paschali; la compuso un capellán de la corte alemana, antes del 1050 y relata dramáticamente el misterio de la resurrección de Cristo.

1. 
Victimae paschali laudes immolent christiani. 
Agnus redemit oves, Christus innocens 
Patri reconciliavit peccatores. 
A la Víctima Pascual inmolen alabanzas los cristianos. El cordero redimió a las ovejas, Cristo inocente reconcilió a los pecadores con el Padre.

Cristo es la verdadera Víctima Pascual. Pascha nostrum immolatus est Christus, Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, dice san Pablo (1 Cor 5,7). El cordero que los judíos inmolaron en la primera pascua en Egipto, sólo era un símbolo de aquél que debía ser nuestro Cordero Degollado. Una figura de Aquél que debía morir por nuestros pecados. A Él nuestras alabanzas y nuestros gritos de júbilo. 
¿Por qué? Agnus redemit oves. El Cordero redimió a las ovejas, Cristo inocente ha reconciliado a los pecadores con su Padre. 
Éramos hijos de ira, nos dirá san Pablo en la carta a los Efesios (2,3). El pecado sólo atraía las miradas airadas de Dios sobre nosotros, y el ángel con la espada de fuego que puso en la entrada del Paraíso, nos recuerda constantemente el abismo de odio que ha abierto el pecado entre Dios y el hombre. Pero el Corderito inocente que ayer veíamos mudo ante sus verdugos nos ha reconciliado, nos ha redimido. Nos ha vuelto a unir con nuestro Padre, nos ha vuelto a comprar para Él. Su sangre ha formado un río que podemos atravesar montados en la barca de su cruz.

Melitón, obispo en el siglo II de la Iglesia de Sardes, escribía: “Sufrió por nosotros, que estábamos sujetos al dolor, fue atado por nosotros, que estábamos cautivos, fue condenado por nosotros, que éramos culpables, fue sepultado por nosotros que estábamos bajo el poder del sepulcro, resucitó de entre los muertos y clamó con voz potente: '¿Quién me condenará? Que se me acerque. Yo he librado a los que estaban condenados, he dado la vida a los que estaban muertos, he resucitado a los que estaban en el sepulcro. ¿Quién pleiteará contra mí? Yo soy Cristo -dice-, el que he destruido la muerte, el que he triunfado del enemigo, el que he pisoteado el infierno, el que he atado al fuerte y he arrebatado al hombre hasta lo más alto de los cielos: yo, que soy el mismo Cristo. Venid, pues, los hombres de todas las naciones, que os habéis hecho iguales en el pecado, y recibid el perdón de los pecados. Yo soy vuestro perdón, yo la Pascua de salvación, yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestra purificación, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Yo soy quien os hago subir hasta lo alto de los cielos, yo soy quien os resucitaré y os mostraré el Padre que está en los cielos, yo soy quien os resucitaré con el poder de mi diestra” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua)

Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., I.N.R.I.

Quédate con nosotros, Señor

Emaus 02 02

Aparición a los discípulos de Emaús

¡Oh Jesús, dulce peregrino! No me dejes, tengo necesidad de ti. 
Dios nos ha hecho para sí y no podemos vivir sin Él; tenemos necesidad, tenemos hambre y sed de Él; Dios es el único que puede llenar nuestro corazón. La liturgia de estos días traspira continuamente esta ansia hacia Dios, hacia lo alto; ansia que en la mente de la Iglesia es como contraseña de nuestra participación en el misterio pascual: «Si fuisteis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo resucitado a la diestra de Dios, pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3, 1-2). Cuanto más profunda es la renovación del alma en Cristo resucitado, más necesidad siente de Dios y de las cosas celestiales y más se desprende de las cosas de la tierra para volverse a las del cielo.

Como el hambre física es señal de un organismo sano y lleno de vida, así el hambre espiritual es indicio de una vida espiritual eficiente y en continuo desarrollo. Del alma que no siente la necesidad de Dios, la necesidad de buscarle y hallarle, del alma que no vibra y sufre ante esta búsqueda ansiosa de Dios, no puede decirse que sea un alma verdaderamente resucitada con Cristo, más bien es un alma muerta e insensible, que languidece en la tibieza. El aleluyapascual es un grito de triunfo por la resurrección de Cristo, pero es también una llamada urgente a nuestra propia resurrección. Es como una diana guerrera que nos llama a los combates del espíritu y nos invita a despertarnos y renovarnos, a participar cada vez más profundamente en la resurrección de Cristo. Por muy aventajado que se crea en los caminos del espíritu, ¿quién podrá gloriarse de haber actuado completamente su resurrección espiritual?

“¡Oh esperanza mía y Padre mío, y mi Creador y mi verdadero Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que son vuestros deleites con los hijos de los hombres, mucho se alegra mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra! ¡Y qué palabras éstas para no desconfiar ningún pecador! ¿Os falta, Señor, por ventura, con quién os deleitéis, que buscáis un gusanillo de mal olor como yo?... ¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor tan sin poderlo nosotros merecer! 
Alégrate, ánima mía… y pues Su Majestad se deleita contigo, suplícale que todas las cosas de la tierra no sean bastantes para apartarte de deleitar tú y alegrarte en la grandeza de tu Dios.” (Santa Teresa de Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Jesús se aparece a nosotros, a la Iglesia

Aparicion a los Apostoles 01

Aparición a los Apóstoles

Nosotros somos hoy los discípulos del Evangelio a quienes el Resucitado ha llamado al monte, es decir, al altar, al Sagrario. Hemos escuchado su vos y la hemos obedecido. Esta obediencia será ampliamente recompensada. En la santa Consagración se nos aparecerá el Señor sobre la santa montaña del altar. Caigamos entonces de rodillas y adorémosle.

Sí; no lo dudemos: es Él. El mismo a quien, todavía ayer, contemplábamos hecho varón de dolores, desamparado, sumido en agonías de muerte, colgado de una cruz, encerrado en un sepulcro. Ha resucitado. Aquí, en el altar, nos dice: “Se me ha dado toda potestad sobre los cielos y la tierra.” ¡Toda potestad! La potestad sobre los elementos, sobre las enfermedades, sobre los corazones, sobre los espíritus. Se aparece sobre el altar para dominar también sobre nosotros y para hacernos experimentar su poder. Nosotros sometámonos a Él alegremente.

Él tiene poder sobre los enemigos de nuestra salvación, sobre nuestras pasiones, sobre nuestros malos hábitos, sobre nuestra sensualidad, sobre nuestro amor propio. “Se me ha dado toda potestad.” Desde la santa montaña del altar nos promete: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días.” Está con nosotros con su amor, que nos anima y acompaña en todo momento. Está con nosotros con su fuerza, para vencer el mal, para alcanzar las virtudes y la santidad. Está con nosotros con sus excitaciones, con sus ilustraciones y mociones. ¿Qué podemos temer? Refugiémonos siempre más y más, todo cuanto podamos, en la santa montaña, es decir, en el altar, en el Sagrario. Creamos en la palabra del Señor, en su poder sin límites, en su amor, en su constancia en ayudarnos, en protegernos, en santificarnos, y pongámonos incondicionalmente bajo su mano.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 289s

Los signos de la verdadera resurrección espiritual

Resurreccion 09 19

Considera que los efectos de la resurrección espiritual son las señales ciertas y seguras de que la resurrección es verdadera. La Resurrección de Jesucristo a una vida gloriosa es el modelo de nuestra resurrección a una nueva vida. La Resurrección de Jesucristo encierra dos cosas: el cambio de estado, y la permanencia en este estado. De este modo nuestra resurrección a una vida nueva debe encerrar particularmente una mudanza de estado; esto quiso significar San Pablo cuando nos dio que, para tener parte en la Resurrección de Jesucristo, es menester tener como él una nueva vida, y vestirnos del hombre nuevo. ¿De qué sirve llorar, gemir, acusarse de los pecados, humillarse por la penitencia, si no se muda de vida? Lloros estériles, gemidos vanos, confesión infructuosa, sacrílega, si no se sale del estado del pecado.

Pero no es todavía bastante el mudar de estado; la resurrección a una vida nueva debe encerrar la constancia en este estado y la perseverancia. Jesucristo resucitado ya no muere. Del mismo modo, si nosotros hemos resucitado verdaderamente a la gracia, no debemos morir ya por el pecado, sino que a ejemplo de la Resurrección del Salvador debe la nuestra estar acompañada de la vida de la gracia. Si habéis resucitado verdaderamente a una vida nueva, no debéis ya vivir sino para Dios.

De tres tipos de resurrecciones hace mención la Escritura. La primera es la de Samuel, que por un encanto pareció dejarse ver resucitado a Saúl. Era fácil que se engañara el Rey, y así se engañó; de modo que lo que veía y creía ser Samuel, se halló poco después no ser en la realidad sino un fantasma. Tal es la pretendida resurrección de un gran número de pecadores, que en estas fiestas parece han resucitado, porque les parece haber detestado sus pecados; pero esta aparente resurrección desaparece con las ceremonias de la fiesta. 
La segunda resurrección fue la de Lázaro. Aunque era verdadera, era imperfecta; pues Lázaro no había resucitado sino para morir, y tal es la resurrección de una infinidad de personas, que habiendo resucitado verdaderamente a la gracia en estas fiestas de Pascua por medio de una sincera penitencia, no perseveran, sino que recaen en el pecado al que habían renunciado. 
Finalmente, la tercera suerte de Resurrección es la de Jesucristo, la única verdadera y perfecta, y la que debe ser el modelo de la nuestra, si queremos resucitar para no morir jamás; pues Jesucristo es el único que resucitó verdaderamente para nunca más morir.

¡Qué lástima hacer muchos gastos, y no sacar de ellos utilidad alguna! Consideremos a cuál de estas tres resurrecciones se parece la nuestra. Muchas confesiones por Pascua, ¿pero son muchas las conversiones? ¡Buen Dios, qué de resurrecciones aparentes, qué de resurrecciones imperfectas, y qué pocas resurrecciones verdaderas y perfectas! Hagamos juicio de ellas por los efectos, que son la mejor y aun la única prueba de si son o no verdaderas.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Vencedor del demonio y de la muerte

Resurreccion 08 17

Buscáis al Nazareno Crucificado, ¡Resucitó! (Mt. 28,5-6) 
Las palabras crucificado y resucitó nos dicen las glorias de este día, porque “cayendo Cristo se levantó y muriendo dio vida. Este es el triunfo de nuestro capitán, nunca vencido; éste fue su trofeo, ésta su mayor gloria”. Cayó en el Calvario, pero se levantó a los tres días, dejando muertos a sus enemigos. El luchador no tiene por afrenta caer de momento si queda vencido su contrario. 
De un solo traspié derribó Satanás al hombre en el paraíso, hasta que vino el fuerte a luchar con el más fuerte, porque fuerte era el demonio y fuerte Cristo, aunque este no se aprovechó en la lucha de las fuerzas de su Divinidad, no fuese que el demonio no fuera a acometerle, sino que luchó mostrando la flaqueza de nuestra humanidad y con ella misma quedó vencedor.

Cuentan las fabulas que Hércules no podía vencer a Anteón, hijo de la tierra, porque en cuanto caía cobraba nuevo vigor al contacto con su madre, hasta que, levantándole en el aire, lo ahogó. La muerte era hija de la tierra corruptible, y hasta que Cristo no la levantó, injertándola en su persona divina, no pudo acabar con ella. Pero, allí, en el Calvario, hubo aquel maravilloso duelo. 
En una misma persona estaban muerte y vida, porque murió como hombre y vivió como Dios. ¿Pudo haber lucha más trabada? A pesar de aquella victoria, nosotros seguimos muriendo, porque Cristo nos ha devuelto la vida del alma, y en cuanto a la temporal, no ha querido librarnos de una muerte a la que se sujetó Él mismo. Pero llegará el día en que nuestro cuerpo mortal se revista de inmortalidad y podamos gritar “¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?Ya la muerte del justo no es muerte, sino paso a la vida eterna; no es fin, sino principio.”

Fuente: Fray Alonso de Cabrera, El gozo de la Resurrección. Colección Verbum Vitae, tomo IV. Editorial B.A.C.

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

Santo Tomas 01  01

Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Lecciones de la resurrección del Señor

 

Resurreccion 07  16

Santo Tomás nos señala cuatro lecciones que debemos tomar de la resurrección del Señor:

«En primer lugar, que hemos de aplicarnos a resucitar espiritualmente de la muerte del alma, en la que incurrimos por el pecado, a la vida de justicia, que se adquiere por la penitencia. Dice el Apóstol en Ef 5, 14: "Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará". Y esta es la primera resurrección. Apoc 20, 6: "Bienaventurado el que tiene parte en la primera resurrección".

En segundo lugar, que no hemos de diferir para la hora de la muerte el resucitar (del pecado), sino rápidamente, porque Cristo resucitó al tercer día. Eccli 5, 8: "No te tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de un día para otro", porque agobiado por la debilidad no podrás pensar en las cosas que pertenecen a la salvación, y también porque pierdes parte de todos los bienes que se hacen en la Iglesia, e incurres en muchos males por la perseverancia en el pecado. Además, el diablo, dice San Beda, cuanto por más tiempo posee, tanto más difícilmente deja.

En tercer lugar, que hemos de resucitar a una vida incorruptible, de tal suerte que no volvamos a morir, o sea, con tal propósito, que no pequemos más. Rom 6, 9: "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte no tiene ya señorío sobre él". Y más abajo (11-13): "Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias. Ni ofrezcáis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado, sino más bien ofreceos a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida".

En cuarto lugar, que hemos de resucitar a una vida nueva y gloriosa, de tal suerte que desde luego evitemos todo aquello que antes haya sido ocasión y causa de muerte y de pecado. Rom 6, 4: "Así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva". Y esta vida nueva es la vida de justicia, que renueva el alma y la conduce a la vida de la gloria. Así sea.»

Fuente: Santo Tomás de Aquino, Comentario al Credo

Vivid la vida del cielo

 

Tesoro en el campo 01  01

Tesoro en el campo

Puesto que hemos resucitado con Cristo, debemos buscar y saborear las cosas que son del cielo. Éramos hijos de los hombres y somos ahora hijos de Dios; no seamos, pues, insensatos amando la vanidad y buscando la mentira, porque muchos buscamos la mentira, ¿sabéis cómo? Buscando la felicidad donde no se puede encontrar. No hay quien no quiera ser feliz. Si alguien te viese cavar buscando el oro en un sitio donde no pudiera encontrarse, lo lógico es que te dijera: Cava en otra parte, que es donde está. Eso es lo que yo te digo: Buscas la felicidad, pues mira a Cristo, que ha venido a nuestra miseria, a tener hambre y sed y padecer mil tormentos; pero mírale y observa cómo al tercer día ha resucitado, porque terminó su trabajo y murió la muerte.

Eso es lo que debes buscar si quieres ser feliz, porque en esta vida no podrás serlo nunca del todo, pero en aquella región te espera lo que buscas. Por tanto, mientras languidecemos en esta carne corruptible, muramos con Cristo cambiando nuestras costumbres, y vivamos con Cristo en el amor de la justicia, esperando recibir la gloria de aquel que ha muerto por nosotros.

Fuente: San Agustín. Extraído de La Palabra de Cristo, colección Verbum Vitae, B.A.C.

Madrugar para encontrarlo (II)

 

Resurreccion 06  15

Considera cómo Dios tarda poco en premiar el fervor de un alma que no busca sino a su Majestad, y que sólo está animada de su espíritu. Ninguna cosa mueve más al Señor a hacer milagros que un amor generoso y una fe viva. Las santas Mujeres del evangelio no se detuvieron, ni por el temor de que los soldados podrían impedirles el acercarse al sepulcro, ni por la imposibilidad de quitar ellas solas una piedra que muchos hombres juntos no habían podido mover; y así, apenas se determinaron a pasar adelante, cuando los soldados echaron a correr, y el sepulcro se abrió milagrosamente: de donde se ve que en el servicio de Dios se allanan los más grandes obstáculos y desaparecen las más terribles dificultades desde el momento que nos resolvemos a vencerlas, y desde el punto que Dios ve que lo buscamos con rectitud, con ardor, con aliento y buena fe. 
Deja Dios algún tiempo a sus más fieles siervos en algunas pruebas, tinieblas, sequedades, obstáculos y tentaciones: todo pone a prueba nuestra virtud. Dichoso el que persevera en amar a Dios y en buscar a Dios. Dichoso el que lleno de confianza no desmaya. El Señor no tardó en premiar a estas generosas almas. Tienen el consuelo de saber las primeras que su buen Maestro ha resucitado, y son escogidas para ser las primeras predicadoras de su gloriosa y triunfante resurrección. 
Ningún soldado aparece, ningún obstáculo se presenta, ni ninguna dificultad: está quitada y echada a un lado la piedra tan pesada que cerraba la entrada del sepulcro; en lugar de un cuerpo de guardia amenazador hallan unos ángeles que les dan mil seguridades, que las consuelan, que les dicen que Jesucristo ha resucitado y las convidan a venir a asegurarse por sí mismas entrando en el sepulcro. ¡Oh, y qué generosa y prontamente es recompensada la perseverancia en el servicio de Dios! Las ansias, el celo, el fervor y las lágrimas de estas fieles siervas de Dios obligan al Señor a hacer numerosos prodigios en su favor. No experimentamos nosotros otro tanto porque somos flojos en el servicio de Dios, porque le amamos poco, y porque no nos atreveríamos ni aun a asegurar que le amamos.

Se querría ser todo de Dios, es decir, no se quiere, si no que se querría, si Dios quisiera contentarse con un corazón partido, si Dios quisiera ser servido a nuestro gusto, y no según él lo pide: se querría llegar a la perfección, pero por el camino que nos place y nos acomoda. Se quiere que la prudencia humana sirva en todo de guía; y como si no tuviéramos que contar sino con nuestras propias fuerzas, desmayamos a la menor dificultad. Se desconfía, por decirlo así, de la bondad de Dios y de sus promesas: se quisiera que Dios comenzase allanándolo todo antes de ponernos en camino: se quisiera que se quitasen los obstáculos, y que la piedra estuviera echada a un lado antes de emprender el viaje. 
Fiémonos de la palabra del Señor. Podía su Majestad aplacar la tempestad, y calmar las olas antes que san Pedro se pusiese sobre las aguas para ir a él: quiso, no obstante, excitar su fe y su confianza. 
Dadme, Señor, estas dos virtudes. Cien veces he querido ponerme en camino para buscarte, y cien veces me he vuelto atrás, aterrado de unas dificultades, la mayor parte imaginarias. Mi flojedad y mi poca fe han aumentado mi flaqueza: un poco más de confianza en vuestra bondad me hubiera inspirado más fortaleza y más ánimo: dadme esta fe y esta confianza, y espero experimentar bien pronto los efectos de tu socorro.

Jaculatorias para entre el día 
- Me levantaré y recorreré la ciudad: buscaré por las calles y las plazas al que ama mi alma. (Cant. 3) 
- Aunque acampe contra mí un ejército no perderé la confianza. (Salmo 26)

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano