El sacerdocio (IV)

San Juan Bosco 04  22b

San Juan Bosco confesando

Poder de perdonar los pecados 
Pero, entre todos estos poderes que tiene el sacerdote sobre el Cuerpo místico de Cristo para provecho de los fieles, hay uno acerca del cual no podemos contentarnos con la mera indicación que acabamos de hacer: aquel poder que no concedió Dios ni a los ángeles ni a los arcángeles, como dice San Juan Crisóstomo (De sacerdotio III, 5), a saber: el poder de perdonar los pecados: A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis les quedan retenidos (Jn 20, 23). Poder asombroso, tan propio de Dios, que la misma soberbia humana no podía comprender que fuese posible comunicarse al hombre: ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? (Mc 2, 7).

Transmitido por Cristo 
Tanto que, el vérselo ejercitar a un simple mortal es cosa verdaderamente para preguntarse, no por escándalo farisaico, sino por reverente estupor ante tan grande dignidad: ¿Quién es éste que hasta los pecados perdona? (Lc 7, 49). Pero precisamente el Hombre-Dios, que tenía y tiene potestad sobre la tierra para perdonar los pecados (Lc 5, 24), ha querido transmitirla a sus sacerdotes para remediar con liberalidad y misericordia divina la necesidad de purificación moral, inherente a la conciencia humana.

Fuente: S.S. Pío XI, Enc. «Ad catholici Sacerdotii»

Reflexión para la Solemnidad de Corpus Christi

Por primera vez entra la palabra transubstanciación en un documento solemne de la Iglesia en el Concilio Ecuménico de Letrán IV del año 1215. Y allí se afirma que es el mismo Cristo resucitado, el mismo Cristo histórico, su ser real, a quien, en la Eucaristía, vemos bajo la apariencia de pan y de vino. Eso -diría Tertuliano- no depende de mi fe, ni de mi convencimiento, ni de mi opinión subjetiva, sino que es la realidad misma que veo delante de mí y puedo recibir en la comunión. El pan es de verdad la carne de Cristo. "Esto es mi cuerpo" decimos en la Misa los sacerdotes con toda la fuerza de la palabra 'es'. Cuerpo de Cristo que, por supuesto, podemos recibir con dignidad y fruto si lo hacemos sabiendo de su presencia real bajo apariencia de pan. Pero que, también objetivamente, podemos profanar e insultar si lo recibimos o tratamos con indignidad, con falta de decoro, con carencia de esa solemnidad piadosa y no estirada de la cual habla el Papa Benedicto, rodeando su soberana presencia de serenidad, de belleza, de señales de respetuosa alegría, de acción de gracias, de formas nobles. Sin juicios excesivamente temerarios podemos medir la fe del cristiano en la presencia real del Señor en la Eucaristía por la forma que tiene de actuar frente a ella o con ella.

 

Fue en medio del desarrollo de la doctrina de la transubstanciación que el papa Urbano IV instituyó, en 1264, la fiesta de Corpus Christi. Encargó a Santo Tomás de Aquino la redacción de su oficio. Y este gran teólogo compuso para la fiesta las hermosas poesías de la secuencia Lauda Sion y los himnos Pange lingua, con su Tantum ergo, Sacris solemniis y Verbum supernum, todas vertidas bellamente al castellano por nuestro Francisco Luis Bernárdez.

Fiesta por excelencia de la verdad católica: acción de gracias por la creación de nuestra vida humana corporal, de nuestro mundo, del mundo futuro. Acción de gracias por el acercarse a nosotros de Dios en Jesucristo, en su plena humanidad, en su simplicidad de hombre, en su carne.

 

En la subversión de los valores y la verdad de los últimos tiempos no ha dejado de hacerse presente otra vez la negación de esta augusta Presencia. Lo denunciaron en su momento Pablo VI en su Mysterium Fidei de 1965, donde frenaba el intento de algunos teólogos de cambiar la palabra transubstanciación por transignificación, y Juan Pablo II en su última encíclica Ecclesia de Eucharistia. También el papa Benedicto en sus obras de teología anteriores al pontificado.

 

Es necesario volver no solo a reactualizar, en nuestra convicción, la doctrina, sino manifestar su verdad cada vez con mayor valentía, con esa única vergüenza que puede tener la verdad que es 'la de ocultarse' -como decía Tertuliano-, y reflejarla en nuestras actitudes, en nuestras visitas al Santísimo, en nuestras comuniones y acciones de gracias, en nuestro modo de asistir a Misa, en nuestra forma de recibir el sagrado don de la presencia de Dios, de la carne que se hace pan -como acaba de decir Benedicto [año 2005] en su homilía de Corpus Christi-. Frase, la última, ante la cual Tertuliano se hubiera regocijado, él que defendía que la carne era el eje de la salvación y se horrorizaba de que las manos que habían fabricado ídolos o jugado con ellos se atrevieran a recibir el cuerpo del Señor. "¡Oh escándalo! -escribía- los judíos pusieron sus manos en Cristo una sola vez, pero éstos desgarran su cuerpo todos los días. ¡Oh manos dignas de ser cortadas!"

Pero también escribía Tertuliano, para los que recibían a Jesús dignamente: "Nuestra carne, ¡dichosa carne!, es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo, y nuestro corazón se llena de gozo y de Dios."

 

¡Sea por siempre bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar!

Fuente: Pbro. Mons. Gustavo E. Podestá, Sermones de Corpus Christi. www.catecismo.com.ar

El sacerdocio (III)

Poder sobre el Cuerpo místico. Administración de sacramentos

Además de este poder que ejerce sobre el cuerpo real de Cristo, el sacerdote ha recibido otros poderes sublimes y excelsos sobre su Cuerpo místico. No tenemos necesidad, venerables hermanos, de extendernos en la exposición de esta hermosa doctrina del Cuerpo místico de Jesucristo, tan del gusto de San Pablo; esta hermosa doctrina, que nos presenta la persona del Verbo hecho carne juntamente con todos sus hermanos, a los cuales llega el influjo sobrenatural derivado de Él, formando un solo cuerpo cuya cabeza es Él y ellos los miembros.

 

Ahora bien, el sacerdote está constituido dispensador de los misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, siendo como es ministro ordinario de casi todos los sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la gracia del Redentor. El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al sacerdote en actitud de comunicarle o de acrecentarle, con la potestad recibida de Dios, esta gracia que es la vida sobrenatural del alma.

 

Apenas nace a la vida temporal, el sacerdote lo regenera con el bautismo, infundiéndole una vida más noble y preciosa, la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia de Jesucristo; para darle fuerzas con que pelear valerosamente en las luchas espirituales, un sacerdote revestido de especial dignidad lo hace soldado de Cristo en la confirmación; apenas es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles, el sacerdote se lo da, como alimento vivo y vivificante bajo el cielo; caído, el sacerdote lo levanta en nombre de Dios y lo reconcilia por medio de la penitencia; si Dios lo llama a formar una familia y a colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo, para aumentar primero el número de fieles sobre la tierra y después el de los elegidos en el cielo, allí está el sacerdote para bendecir sus bodas y su casto amor; y cuando el cristiano, llegado a los umbrales de la eternidad, necesita fuerza y ánimo antes de presentarse en el tribunal del divino Juez, el sacerdote se inclina sobre los miembros del doliente, y de nuevo le consagra y le fortalece con la extremaunción; por fin, después de haber acompañado así al cristiano durante su peregrinación por la tierra hasta las puertas del cielo, el sacerdote acompaña su cuerpo a la sepultura con los ritos y oraciones de la esperanza inmortal, y al alma hasta más allá de las puertas de la eternidad para ayudarla con cristianos sufragios, por si necesitara aún de purificación y refrigerio. Así, desde la cuna hasta el sepulcro, más aún, hasta el cielo, el sacerdote está al lado de los fieles como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones.

Fuente: S.S. Pío XI, Enc. «Ad catholici Sacerdotii»

El sacerdocio (II)

C) El sacerdocio en el Nuevo Testamento

El Apóstol de las gentes compendia en frase lapidaria cuanto se puede decir de la grandeza, dignidad y oficios del sacerdocio cristiano con estas palabras: Así nos considere el hombre cual ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1Cor 4,1).

 

«Alter Christus»

El sacerdote es  ministro de Jesucristo; por tanto, instrumento en las manos del redentor divino para continuar su obra redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina; para continuar aquella obra admirable que transformó el mundo; más aún, el sacerdote, como se suele decir con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: Así como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros (Jn 20, 21), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14).

 

Institución

En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la última cena instituyó el sacrificio y el sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el ara de la cruz para obrar en ella la eterna redención, pero como no se había de acabar su sacerdocio con la muerte (Hb 7, 24), a fin de dejar a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la cruz, perpetuase su memoria hasta el fin de los siglos (1Cor 11, 23) y nos aplicase sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la última cena, aquella noche en que iba a ser entregado (1Cor 11, 24ss), declarando estar constituido sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Sal 109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los apóstoles, a quienes entonces ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento, para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24).

 

Poder que da sobre el cuerpo real de cristo

Y desde entonces, los apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio comenzaron a elevar al cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (Cf. Mal 1, 11), por la cual el nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

 

Poder sacrificial

Verdadera acción sacrificial, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores con la majestad divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este sacrificio, concede su gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes. La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: Porque es una sola e idéntica la víctima y quien la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el mismo que a sí propio se ofreció entonces en la cruz, variando sólo el modo de ofrecerse.

 

Dignidad de este poder

Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del hombre sacerdote, que tiene potestad sobre el cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como víctima infinitamente agradable a la divina majestad. Admirables cosas son éstas ­-exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.

Fuente: S.S. Pío XI, Enc. «Ad catholici Sacerdotii»

El sacerdocio (I)

A) El sacerdocio a la luz de la razón

El género humano ha experimentado siempre la necesidad de tener sacerdotes, es decir, hombres que, por la misión oficial que se les daba, fuesen los medianeros entre Dios y los hombres; y, consagrados de lleno a esta mediación, hiciesen de ella la ocupación de toda su vida, como diputados para ofrecer a Dios oraciones y sacrificios públicos en nombre de la sociedad; que también, y en cuanto tal, está obligada a dar a Dios culto público y social, a reconocerle como su Señor supremo y primer principio, a dirigirse hacia Él como a fin último, a darle gracias, a hacérsele propicio. De hecho, en los pueblos cuyos usos y costumbres nos son conocidos, como no se hayan visto obligados por la violencia a oponerse a las más sagradas leyes de la naturaleza humana, hallamos al sacerdote, aunque muchas veces al servicio de falsas divinidades; dondequiera que se profesa una religión, dondequiera que se levantan altares, allí hay también un sacerdote, rodeado de especiales muestras de honor y de veneración.

 

B) El sacerdocio a la luz de la revelación

Pero, a la espléndida luz de la revelación divina, el sacerdocio aparece revestido de una dignidad sin comparación mayor, de la cual es lejano presagio la misteriosa y venerada figura de Melquisedec, sacerdote y rey, que San Pablo evoca refiriéndola a la persona y al sacerdocio del mismo Jesucristo.

El sacerdote, según la magnífica definición que de él da el mismo Apóstol, es, sí, un hombre tomado de entre los hombres, pero constituido en bien de los hombres para las cosas tocantes a Dios (Hb 5, 1); su misión no tiene por objeto las cosas humanas y transitorias, por altas e importantes que parezcan, sino las cosas divinas y eternas; cosas que por ignorancia podrán aun ser combatidas con malicia y furor diabólico, como una triste experiencia lo ha demostrado muchas veces y lo sigue demostrando, pero que ocupan siempre el mismo lugar  en las aspiraciones individuales y sociales de la humanidad, la cual irresistiblemente siente en sí que ha sido creada para Dios y que no puede descansar sino en Él.

 

En la ley mosaica, al sacerdocio instituido por disposición divino-positiva, promulgada por Moisés bajo la inspiración de Dios, le fueron detalladamente señalados los deberes, las ocupaciones, los ritos particulares. Parece como que Dios en su solicitud quería imprimir en la mente primitiva del pueblo hebreo una grande idea central que en la historia del pueblo escogido irradiase su luz sobre todos los acontecimientos, leyes, dignidades, oficios: la del sacrificio y el sacerdocio; para que, por la fe en el Mesías venidero, fueran fuente de esperanza, de gloria, de fuerza, de liberación espiritual. El templo de Salomón, admirable por su riqueza y esplendor, y todavía más admirable en sus ordenanzas y en sus ritos, levantado al único Dios verdadero como tabernáculo de la majestad divina en la tierra, era a la vez un poema sublime, cantado en honor de aquel sacrificio y de aquel sacerdocio que, aun no siendo sino sombra y símbolo, encerraban tan gran misterio, que obligó al vencedor Alejandro Magno a inclinarse reverente ante la hierática figura del Sumo Sacerdote; y Dios mismo hizo sentir su ira al impío rey Baltasar por haber profanado en sus banquetes los vasos sagrados del templo.

 

Y, sin embargo, la majestad y gloria de aquel sacerdocio antiguo no procedía sino de ser una prefiguración del sacerdocio cristiano, del sacerdocio del testamento nuevo y eterno, confirmado con la sangre del Redentor del mundo, de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Fuente: S.S. Pío XI, Enc. «Ad catholici Sacerdotii»

Cuando se piensa...

Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que ni los ángeles ni los arcángeles, ni Miguel ni Gabriel ni Rafael, ni príncipe alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote.

Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo en la última Cena realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores y fue el convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote.

Cuando se piensa en el otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados, y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario Dios, obligado por su propia palabra, lo ata en el cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios.

Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede realizar.

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese poquito de vino.

Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes gritarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos.

Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él.

Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios.

 

Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales.

Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal.

Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se refleja en las leyes.

Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación.

Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo.

Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable.

Uno comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado.

Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor.

Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo. (Hugo Wast)

 

Hoy es la jornada mundial de oración por las vocaciones. Recemos por el aumento y la santificación de las vocaciones sacerdotales y religiosas.