Beata Chiara Badano

 

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Beata Chiara Badano

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este llamamiento que lanzó el Papa Juan Pablo II en agosto de 1989, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y María Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, María Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

Chiara es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». 
Participa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. A los doce años, escribe a la fundadora de los focolares: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios…”. Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. 
La joven posee una hermosa voz, ama la música, la danza y el deporte. No le gusta hablar de ella. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad.

Hacia finales del verano de 1988, Chiara está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos, pero siempre conserva su maravillosa sonrisa y su atención por los demás. Repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!»... A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera… no hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús». 
Se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!».

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Imitar la vida de Cristo (VII)

 

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Santo Tomás Moro con su hija

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, déjame hacer contigo lo que quiero. Yo sé lo que te conviene. Tú piensas como hombre y sientes como te enseña el afecto humano.

-Señor, verdad es lo que dices, mayor es el cuidado que Tú tienes sobre mí, que todo el cuidado que yo puedo poner en mirar por mí. Muy a peligro de caer está el que no pone todo su cuidado en Ti, y haz de mí lo que quisieres, que no puede ser sino bueno todo lo que Tú hicieres de mí. 
Si quieres que esté en tinieblas, bendito seas; y si quieres que esté en luz, también seas bendito. Si te dignas consolarme, bendito seas; y si me quieres atribular, también seas bendito para siempre.

-Hijo, así debes hacer si quieres andar conmigo; tan pronto debes estar para padecer como para gozar. Tan de grado debes ser mendigo y pobre, como abundante y rico.

-Señor, de muy buena gana padeceré por Ti todo lo que quisieres que venga sobre mí. Sin diferencia quiero recibir de tu mano lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo, lo alegre y lo triste, y te daré gracias por todo lo que me sucediere. Guárdame de todo pecado, y no temeré la muerte ni el infierno. Con que no me apartes de Ti para siempre, ni me borres del Libro de la Vida, no me dañará cualquier tribulación que viniere sobre mí.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. XVII, ed. Lumen.

Prueba de amor (II)

 

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Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Prueba de amor (I)

 

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Santa María Magdalena de Pazzis

¡Oh Jesús Crucificado! Hazme comprender cómo la cruz es la más sublime prueba de amor.

Después de la Encarnación, la Cruz es la prueba más grandiosa de amor que Jesús ha dado a los hombres; del mismo modo, por parte nuestra, la mortificación y el sufrimiento abrazados voluntariamente por Él son la prueba más clara de amor que le podemos dar. Se trata, en efecto, de renunciar libremente a nuestras satisfacciones y gustos personales para imponernos, por amor de Dios, algunas cosas que nos desagradan y contrarían; lo cual demuestra claramente que preferimos agradar a Dios, antes que a nosotros mismos. 
En cada acto de mortificación voluntaria, tanto física como moral, decimos a Dios, no con las palabras, sino con los hechos: ¡Señor, te amo más que a mí mismo! Y como el alma enamorada desea ardientemente probar su amor, vigila constantemente para no dejar escapar ocasión alguna de mortificarse.

Por eso Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús se había propuesto ¡no perder nunca ocasión alguna que se le presentase de padecer todo lo que pudiera, siempre en silencio entre Dios y ella misma!. De este modo su amor a Dios hallaba como una especie de desahogo en esta práctica continua y generosa de mortificación. 
Con hermosa expresión Santa Teresa del Niño Jesús llamaba a este ejercicio de mortificación arrojar flores, es decir, servirse de las más mínimas ocasiones de sufrimiento para dar a Dios una prueba de amor. Y, sabiendo que el valor de la mortificación depende de las buenas y generosas disposiciones con que se realiza, decía la Santa: «Cantaré aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas» (Historia de un alma, 11,18).

¡Oh mi Bien amado! ¿Cómo te demostraré mi amor, si el amor se prueba con obras? “No tengo otro medio de probaros mi amor que el de echar flores: es decir, 
no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor. 
Quiero sufrir por amor, y gozar por amor. Así echaré flores delante del trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para ti. Además, al echar mis flores cantaré... Cantaré, aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas” (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma 11, 18).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Tras los pasos del Señor

 

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San Josemaría Escrivá de Balaguer

El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. 
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.

Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar. Para eso, insisto, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria. 
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo.

Fuente: S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios

La práctica del renunciamiento cristiano

 

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San Nicolás de Tolentino

Pensemos, durante el día, en nuestra Misa. Nos hemos unido a la inmolación de Jesús; nos hemos colocado sobre el altar con la víctima divina; aceptamos entonces generosamente los sufrimientos, las contrariedades, el peso del día y del calor, las dificultades. Así es cómo prácticamente viviremos nuestra Misa. Porque, ¿no es acaso nuestro corazón un altar del que debe subir sin cesar hacia Dios el incienso de nuestro sacrificio, de nuestra sumisión a sus adorables designios? ¿qué altar podría ser más agradable a Dios que un corazón lleno de amor que se ofrece continuamente a El? Porque siempre podemos hacer sacrificios sobre este altar, y ofrecernos con el Hijo de sus complacencias, para su gloria y para el bien de las almas.

Esta doctrina es la que Nuestro Señor enseñó a Santa Matilde. “Un día en que ella pensaba que su enfermedad la hacía inútil y que sus sufrimientos no daban fruto, el Señor le dijo: Deposita todas las penas en mi Corazón, y yo les daré la más absoluta perfección que puede poseer un sufrimiento. Como mi Divinidad atrajo hacia sí los sufrimientos de mi Humanidad y los hizo suyos, así yo trasladaré tus penas a mi Divinidad, las uniré a mi Pasión y te haré participar en la gloria que Dios Padre confirió a mi santa Humanidad por todos sus padecimientos... Mi Pasión, añadió Jesucristo, ha producido infinitos frutos para el cielo y para la tierra; así también, tus penas, tus tribulaciones confiadas a Mí mismo y unidas a mi Pasión, serán en tal manera fructuosa, que procurarán a los elegidos más gloria, a los justos un nuevo mérito, a los pecadores el perdón y a las almas del purgatorio el alivio de sus penas”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Las mortificaciones impuestas por la Iglesia

 

Ayuno 03  03b

Todo el valor de nuestros padecimientos y actos de abnegación depende de la unión que ellos tienen, por medio de la fe y del amor, con los sufrimientos y los méritos de Jesús, sin el cual nada podemos hacer. Y, ¿quién está más unido a Cristo que la Iglesia, su Esposa? Suyas son las mortificaciones que ella nos impone; las adopta y las ofrece oficialmente a Dios, en su calidad de Esposa de Cristo; tales mortificaciones son como la prolongación natural de las expiaciones de Cristo; presentadas por la Iglesia misma, son muy agradables a Dios, que ve en ellas la participación más íntima y la más profunda que puedan tener con los sufrimientos de su Hijo muy amado las almas. Todo lo que viene de la Iglesia, Esposa de Cristo, no puede dejar de agradar al Padre Eterno. 
Por lo demás, tales mortificaciones son para nosotros muy saludables. La misma Iglesia nos dice, al comienzo de la cuaresma, que ella las ha "establecido no sólo para bien del alma, sino también del cuerpo" (Oración del sábado después de Ceniza).

No olvidéis que en el curso de la santa cuaresma la Iglesia ruega diariamente por las almas que se sujetan a estas expiaciones; sin cesar pide a Dios que le sean agradables estas obras, que las acepte y que las haga beneficiosas para nosotros; "que nos dé fuerza para cumplirlas con la devoción que condice con un discípulo de Jesucristo y con una piedad que en nada nos pueda turbar" (Oración del miércoles de Ceniza). Esta incesante plegaria de la Iglesia por nosotros tiene mucho poder sobre el corazón de Dios, y se convierte en una fuente de bendiciones celestiales que hacen fecundas nuestras mortificaciones.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

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Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Imitar a Cristo Víctima

Cristo Crucificado 01  03b

Es muy cierto que Jesucristo es sacerdote, pero no para sí mismo, sino para nosotros, porque presenta al Padre eterno las plegarias y los anhelos religiosos de todo el género humano; Jesucristo es también víctima, pero en favor nuestro, ya que sustituye al hombre pecador.

Por esto, aquellas palabras del Apóstol: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» exigen de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía nuestro Redentor cuando se ofrecía en sacrificio: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias a Dios.

Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

Fuente: Pío XII, Encíclica «Mediator Dei»

Víctima reparadora

 

Cristo Coronado de espinas 01  02

El concepto de reparación evoca el de «víctima reparadora», concepto bien conocido de los devotos del Sagrado Corazón y reconocido oficialmente por la Iglesia mediante la Encíclica de Pío XI acerca de la reparación. El venerando documento explica lo que debe hacer el alma que intenta ofrecerse como víctima: «Deberá sin duda, no sólo aborrecer todo pecado como mal supremo y huir de él, sino ofrecerse toda entera a la voluntad de Dios y aplicarse a compensar el honor violado de la Majestad divina con la asidua oración, con la práctica de penitencias y con la paciente tolerancia de las pruebas que se ofrecen; en fin, con la vida entera vivida según este espíritu de reparación» (Enc. Miserent. Red.).

Estamos muy lejos de aquel concepto fantástico de víctima, por el que, bajo pretexto de deberse ofrecer a inmolaciones extraordinarias, ciertas almas se evaden a la realidad de la vida cotidiana y se imaginan capaces de tales y cuales sufrimientos, mientras, de hecho, procuran esquivar los sacrificios de cada día. El concepto de víctima reparadora propuesto por la Iglesia es, por el contrario, algo muy serio, concreto y realista. El alma víctima debe reparar el pecado, y lo reparará haciendo lo contrario de lo que el pecado es. El pecado es un acto de rebeldía contra Dios y su voluntad manifestada en la ley y en las disposiciones de la divina Providencia. Por eso lo contrario del pecado será adherirse totalmente a la voluntad divina, abrazándola con todo el corazón y en todas sus manifestaciones, a despecho de las repugnancias que se puedan sentir.

Este es, pues, el programa del alma víctima: no sólo evitar el pecado, aun en sus formas más leves, sino salir de tal modo al encuentro de la voluntad de Dios, que pueda Él realmente hacer de ella todo lo que quiera. Añadirá luego oraciones y penitencias voluntarias, pero éstas tendrán valor sólo en la medida que broten de un corazón totalmente rendido a la divina voluntad. Y observemos que la primera penitencia –señalada también por la Encíclica– será siempre «la paciente tolerancia» de las pruebas de la vida.

"Si, Dios mío... Tú sabes que no ansío otra cosa fuera de ser una víctima de tu Sagrado Corazón, consumida toda en holocausto con el fuego de tu santo amor, y por eso tu Corazón será el altar donde se debe cumplir esta mi consumación en ti, querido Esposo mío; Tú debes ser el Sacerdote que ha de consumir esta víctima con ardores de tu santo Corazón. Pero, Dios mío, ¡cómo me confundo al ver cuán culpable es esta víctima e indigna de que Tú aceptes su sacrificio! Mas confío que todo él será reducido a pavesas en aquel divino fuego. 
"Por el ofrecimiento completo que de mí misma te he hecho, he querido cederte mi libre albedrío, porque sólo Tú, de aquí en adelante, has de ser el Señor de mi corazón. Y por eso únicamente tu voluntad ha de ser la regla de mis acciones. Y así, dispón siempre de mí como más te agrade, que de todo estaré contenta…, porque deseo amarte con amor sufrido, con amor muerto, es decir, enteramente abandonado en ti, y con amor operativo; en suma, con amor entero y sin división y, lo que importa más, con amor perseverante" (Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina