Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (III)

 

Sagrado Corazon 19 32b

“Mas volviendo a lo que desea respecto del Sagrado Corazón, la primera gracia que me parece haber recibido con relación a él, fue un día de San Juan Evangelista. Después de haberme hecho reposar muchas horas en aquel sagrado pecho, recibí de este amable Corazón varias gracias cuyo recuerdo me enajena, y que no creo necesario especificar, si bien conservaré toda mi vida su recuerdo e impresión. 
Después de esto, se me presentó el Corazón Divino como en un trono de llamas, más ardiente que el sol, y transparente como un cristal, con su adorable llaga. Estaba rodeado de una corona de espinas que representaban las punzadas que nuestros pecados le inferían; y una cruz encima significaba que desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, fue implantada en Él la cruz. Desde aquellos primeros momentos se vio lleno de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y desprecio que su Sagrada Humanidad debió sufrir durante todo el curso de su vida y en su Sagrada Pasión.

Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de la perdición, adonde Satanás los precipitaba en tropel, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordias, de gracia, de santificación y de salvación que contiene. A todos aquellos que quisieran tributarle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su poder, los enriquecerá con abundancia y profusión con esos Divinos tesoros del Corazón de Dios, que es la fuente de ellos. 
Pero es preciso honrarle bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que se expusiera y que llevara yo sobre mi corazón, para grabar en él su amor, llenarlo de todos los dones de que él estaba lleno, y destruir todos sus movimientos desarreglados. Y donde quiera que esta imagen fuese expuesta para ser honrada, derramaría sus gracias y bendiciones.

Esta devoción era como un supremo esfuerzo de su amor que quería favorecer a los hombres en estos últimos tiempos con esta redención amorosa, para sacarlos del imperio de Satán que Él pretendía arruinar parar colocarnos bajo la dulce libertad del imperio de Su Amor, el cual quería restablecer en los corazones de todos los que quisieran abrazar esta devoción. 
Luego me dijo este Soberano de mi alma: he ahí los designios para los cuales te he escogido y hecho tantos favores. Yo he tenido cuidado muy particular de ti desde la cuna: no me he hecho tu maestro y tu director más que para disponerte para el cumplimiento de este gran designio, y para confiarte este gran tesoro que te muestro aquí al descubierto. Entonces, prosternándome en tierra, le dije con Santo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Pero no puedo expresar lo que entonces sentía, pues no sabía si estaba en el cielo o en la tierra.

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (II)

 

Santa Margarita Maria de Alacoque 01  03

“…no es posible ser útil a los demás, si primeramente no nos reformamos a nosotros mismos; porque ¡si viera cuán lejos me veo de lo que debe ser una verdadera Hija de Santa María, que ha de poner toda su atención en hacerse verdadera copia de su Esposo Crucificado! Y veo que todo nos puede servir de medio para esto; porque ¿qué nos importa la madera de que está hecha nuestra cruz? Con tal que sea cruz y que nos tenga clavadas el amor de Aquél que ha muerto en ella por nuestro amor, debe bastarnos. La tengo por muy dichosa al ver que sus oficios le proporcionan medios eficaces para esto, pues le obligan a caminar contra sus inclinaciones.

Y en cuanto a entrar en su Sagrado Corazón, ¿a qué temer, si Él la invita a que vaya a tomar allí su reposo? ¿No es Él el trono de la Misericordia donde los más miserables son los mejor recibidos, con tal que el amor los presente abismados en su miseria? Y si somos cobardes, fríos, impuros e imperfectos, ¿no es Él horno encendido donde nos debemos perfeccionar y purificar, como el oro en el crisol, siendo para Él hostia viva, inmolada y sacrificada a sus adorables designios? No tema, pues, abandonarse sin reserva a su amorosa providencia, porque no perecerá el hijo en los brazos de un Padre omnipotente. Paréceme haberle dicho ya, que a mi entender no le agrada tanto ese temor como le agradaría una confianza filial; y puesto que le ama, ¿por qué tanto temor, a menos que sea de no corresponderle con el amor que vuestra caridad desearía, y que consiste, si no me engaño, en ese perfecto abandono y olvido de usted misma? Déjese a sí, y lo encontrará todo. Olvídese de sí, y Él pensará en usted. Abísmese en su nada, y le poseerá.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (I)

 

Sagrado Corazon 18  31b

“¡Si supiera cuán apremiada me siento a amar al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo! Me parece que no se me ha dado la vida más que para esto y, sin embargo, hago todo lo contrario. Él me hace continuos favores, y yo no le pago más que con ingratitudes. Me ha regalado con una visita que me ha sido en extremo favorable por las buenas impresiones que ha dejado en mi corazón.

Me ha confirmado que el placer que encuentra en ser amado, conocido y honrado de las criaturas es tan grande, que, si no me engaño, me ha prometido que todos aquellos que se le dediquen y consagren no perecerán jamás; y que como es el manantial de todas las bendiciones, las derramará en abundancia en todos los lugares en que la imagen de su Divino Corazón esté expuesta y sea honrada; que unirá las familias divididas y protegerá y asistirá a las que tengan alguna necesidad y se dirijan a Él con confianza; que derramará la suave unción de su ardiente caridad sobre todas las comunidades que le honren y se pongan bajo su especial protección; que desviará de ellas todos los golpes de la divina justicia para restituirlas a la gracia, cuando de ella hubieran decaído.

Me ha dado a conocer que su Sagrado Corazón es el Santo de los Santos, el Santo del Amor; que quiere ser conocido ahora, para ser el Medianero entre Dios y los hombres, pues tiene todo poder para ponerlos en paz, apartando los castigos que nuestros pecados han traído sobre nosotros, alcanzándonos misericordia.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XIV)

Virgen de Fatima 13  42

Pozo de la casa de Lucía

Tercera aparición del Ángel (Segunda parte)

Buen día estimado amigo. Hoy vamos a concluir con el relato de la última aparición del Ángel a los pastorcitos.

Hemos dicho que los pequeños vieron al Ángel que se acercaba a ellos portando la Santa Eucaristía y que, postrándose en adoración, les enseñó un acto precioso de reparación, que puedes leer en la anterior entrega de esta serie. 
Luego de eso, nos comenta Sor Lucia que pasó lo siguiente: “Después se levanta, toma en sus manos el Cáliz y la Hostia. Me da la Sagrada Hostia a mí y la Sangre del Cáliz la divide entre Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: -Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios. 
Y postrándose de nuevo en tierra, repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: Santísima Trinidad…etc. Y desapareció. Nosotros permanecimos en la misma actitud, repitiendo siempre las mismas palabras; y cuando nos levantamos, vimos que era de noche y, por tanto, hora de irnos a casa”. 
Hasta aquí el relato de Sor Lucia. En esta oportunidad nos podemos quedar considerando la última frase dicha por el Ángel: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Nuevamente aparece el tema de la reparación, que es una constante en casi todas las apariciones en Fátima; es como si el Cielo mismo nos estuviera repitiendo una y otra vez, para que nuestros endurecidos corazones lo comprendan bien, que es necesaria y urgente una auténtica reparación de las ofensas que a diario y a cada instante se cometen contra el Sacratísimo Corazón de Jesús. Y, una vez más, te propongo que consideremos qué hacer, qué ofrecer como acto de reparación.

Pues, ante todo, inmolar la propia vida, con todo lo que ella trae consigo: dolores, alegrías, enfermedad, salud, prosperidad, pobreza, etc.; como así también las actividades diarias, el trabajo pesado, el compañero o el amigo fastidioso, los imprevistos que tanto molestan y, sobre todo, tratar de cumplir con la mayor perfección el deber de estado de cada uno: el esposo, la esposa, el religioso, el sacerdote; cumplir todo a la perfección por amor, ofreciéndolo como acto de reparación. Luego podemos ofrecer alguna otra pequeña mortificación, por ejemplo en la comida, con la intención de reparar el Amor Divino ofendido.

Ánimo, pues. Transformemos cada acto simple de la vida diaria en una ofrenda perfecta como reparación por nuestros pecados y por la conversión de los pecadores. Y recuerda durante el transcurso del día las palabras del Ángel, que también están dirigidas a ti y a mí: “Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

Víctima reparadora

 

Cristo Coronado de espinas 01  02

El concepto de reparación evoca el de «víctima reparadora», concepto bien conocido de los devotos del Sagrado Corazón y reconocido oficialmente por la Iglesia mediante la Encíclica de Pío XI acerca de la reparación. El venerando documento explica lo que debe hacer el alma que intenta ofrecerse como víctima: «Deberá sin duda, no sólo aborrecer todo pecado como mal supremo y huir de él, sino ofrecerse toda entera a la voluntad de Dios y aplicarse a compensar el honor violado de la Majestad divina con la asidua oración, con la práctica de penitencias y con la paciente tolerancia de las pruebas que se ofrecen; en fin, con la vida entera vivida según este espíritu de reparación» (Enc. Miserent. Red.).

Estamos muy lejos de aquel concepto fantástico de víctima, por el que, bajo pretexto de deberse ofrecer a inmolaciones extraordinarias, ciertas almas se evaden a la realidad de la vida cotidiana y se imaginan capaces de tales y cuales sufrimientos, mientras, de hecho, procuran esquivar los sacrificios de cada día. El concepto de víctima reparadora propuesto por la Iglesia es, por el contrario, algo muy serio, concreto y realista. El alma víctima debe reparar el pecado, y lo reparará haciendo lo contrario de lo que el pecado es. El pecado es un acto de rebeldía contra Dios y su voluntad manifestada en la ley y en las disposiciones de la divina Providencia. Por eso lo contrario del pecado será adherirse totalmente a la voluntad divina, abrazándola con todo el corazón y en todas sus manifestaciones, a despecho de las repugnancias que se puedan sentir.

Este es, pues, el programa del alma víctima: no sólo evitar el pecado, aun en sus formas más leves, sino salir de tal modo al encuentro de la voluntad de Dios, que pueda Él realmente hacer de ella todo lo que quiera. Añadirá luego oraciones y penitencias voluntarias, pero éstas tendrán valor sólo en la medida que broten de un corazón totalmente rendido a la divina voluntad. Y observemos que la primera penitencia –señalada también por la Encíclica– será siempre «la paciente tolerancia» de las pruebas de la vida.

"Si, Dios mío... Tú sabes que no ansío otra cosa fuera de ser una víctima de tu Sagrado Corazón, consumida toda en holocausto con el fuego de tu santo amor, y por eso tu Corazón será el altar donde se debe cumplir esta mi consumación en ti, querido Esposo mío; Tú debes ser el Sacerdote que ha de consumir esta víctima con ardores de tu santo Corazón. Pero, Dios mío, ¡cómo me confundo al ver cuán culpable es esta víctima e indigna de que Tú aceptes su sacrificio! Mas confío que todo él será reducido a pavesas en aquel divino fuego. 
"Por el ofrecimiento completo que de mí misma te he hecho, he querido cederte mi libre albedrío, porque sólo Tú, de aquí en adelante, has de ser el Señor de mi corazón. Y por eso únicamente tu voluntad ha de ser la regla de mis acciones. Y así, dispón siempre de mí como más te agrade, que de todo estaré contenta…, porque deseo amarte con amor sufrido, con amor muerto, es decir, enteramente abandonado en ti, y con amor operativo; en suma, con amor entero y sin división y, lo que importa más, con amor perseverante" (Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (IV)

Jesucristo desea la consagración.

A este doble fundamento de su poder y dominio, benignamente permite que se añada, de parte nuestra, si nos place, la voluntaria consagración. Ahora bien, Jesucristo, Dios al mismo tiempo que Redentor, es rico por la colmada y cumplida posesión de todas las cosas; nosotros, en cambio, tan desprovistos y necesitados, que, por cierto, no hay cosa de nuestra propiedad con que nos sea posible obsequiarle.

 

Sin embargo, dada su bondad y caridad suma, no rehúye en modo alguno que le demos y dediquemos lo que es suyo como si nos perteneciese; y no sólo no lo rehúye, antes insistentemente lo pide: Hijo, dame tu corazón.

 

Podemos, pues, ciertamente acceder a sus deseos con la voluntad y el afecto. Pues, consagrándonos a Él, no sólo reconocemos y aceptamos abierta y gustosamente su imperio, sino que en verdad atestiguamos que si fuese nuestro lo que le regalamos se lo daríamos gustosísimos, y que le pedimos que no lleve a mal recibir de nosotros eso mismo, aunque sea totalmente suyo. Éste es el significado del acto de que tratamos, ésta la idea expresada con Nuestras palabras.

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 7

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (III)

Jesucristo merece la consagración por derecho adquirido.

Cristo impera no sólo por derecho natural, es decir, como Unigénito de Dios, sino también por derecho adquirido. Pues Él nos arrebató del poder de las tinieblas (Col 1, 13), y se entregó a sí mismo como rescate por todos (1Tim 2, 6). Por consiguiente se convirtieron en pueblo conquistado (1Pe 2, 9) no sólo los católicos y cuantos recibieron debidamente el bautismo cristiano, sino también todos y cada uno de los hombres. Y a este propósito dice bien San Agustín: ¿Preguntáis qué compró? Ved qué es lo que entregó y hallaréis qué es lo que compró. La sangre de Cristo es el precio. ¿Qué cosa vale tanto? ¿Qué, sino el mundo entero?, ¿qué, sino todas las naciones? Por todo dio cuanto dio (Tract. 120 in Jo.).

 

Y Santo Tomás, explanando esta materia, enseña la causa razonable por la que aun los infieles están bajo el poder y dominio de Jesucristo. Pues habiendo propuesto que su poder como Juez se extiende a todos los hombres -pues el poder judicial acompaña a la potestad regia- concluye sencillamente: todas las cosas están sujetas a Cristo en cuanto al poder, aunque no le estén todavía sometidas en cuanto al ejercicio de dicho poder (S. Teol. III, q. 59, a. 4). El cual poder e imperio de Cristo se ejerce sobre los hombres por medio de la verdad, de la justicia y principalísimamente por medio de la caridad.

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 5 y 6

Esperaba que alguien me consolase y no lo hallé...

¡Corazón de Jesús, llagado por nuestro amor! Hazme digno de reparar las heridas que nuestros pecados te han infligido.

 

El himno de primeras Vísperas en la fiesta del Sagrado Corazón dice: «Mirad cómo la insolente y horrible patrulla de nuestras culpas ha herido el Corazón inocente de un Dios»; y con mayor realismo continúa: «La lanzada del soldado fue dirigida por nuestros pecados» (Breviario Romano). Estas expresiones evocan a nuestra mente las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María Alacoque: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; pero a cambio de su amor infinito, en vez de encontrar gratitud, halló olvido, indiferencia, ultrajes, a veces aun de parte de los mismos que deberían tributarle especial amor».

Ante esta queja del Corazón divino, el alma amante no puede permanecer indiferente: quiere expiar, reparar, consolar. Y lo quiere hacer -enseña Pío XI- por un doble motivo: «de justicia y de amor: de justicia, para reparar la ofensa causada a Dios por nuestras culpas…; de amor, para sufrir con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle, en la medida de nuestra poquedad, algún alivio» (Enc. Miserent. Red.).

 

Que debamos reparar nuestros pecados es fácil entenderlo, pero que podamos hacerlo también para consolar al Corazón de Jesús tal vez no es tan claro. «¿Cómo se podrá decir -pregunta Pío XI- que Cristo reina feliz en el cielo, si puede ser consolado por estos actos de reparación? Dadme un alma amante y comprenderá lo que digo», responde el gran Papa. En efecto, el alma que penetra con amor en el misterio de Jesús, comprende bien que, cuando Él en Getsemaní veía todos nuestros pecados, veía también todas las buenas obras que habríamos de hacer para consolarle, y de este modo le consolaron entonces los actos que hoy hacemos con tal fin. Ese pensamiento nos estimula cada vez más a la práctica de obras de reparación, para que Jesús no tenga motivos de dirigimos también a nosotros la compasiva queja: «El dolor me despedaza el Corazón…; esperaba alguien que me consolase y no lo he encontrado» (Misa del S. Corazón).

 

“¡Dios mío! ¿Por qué no podré lavar yo con mis lágrimas y con mi sangre todos aquellos lugares donde ha sido vilipendiado tu Corazón? ¿Por qué no me será permitido reparar tantos sacrilegios y tantas profanaciones? ¿Por qué no me concederás por un solo instante ser dueña del corazón de todos los nombres, para resarcir con el sacrificio que de ellos te haría el olvido e insensatez de todos los que no han querido conocerte o que, aun conociéndote, te han amado tan poco? Pero, Salvador adorado, lo que más me llena de confusión y mayormente me aflige es que yo misma he sido de estos ingratos. Tú, Dios mío, que ves el fondo de mi corazón, mira el dolor que sufro por mis ingratitudes y por verte tratado tan indignamente. Heme, pues, aquí ¡oh Señor!, con el corazón partido de dolor, humillado, abierto, pronto a recibir de tu mano todo lo que te plazca exigirme en reparación de tantos ultrajes” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (II)

Es muy de considerar qué es lo que afirmó de su imperio Jesucristo, no precisamente por boca de sus apóstoles o profetas, sino con sus propias palabras.

Pues al Presidente Romano que le preguntaba: ¿Conque tú eres rey?, sin titubeo ninguno respondió: Tú lo dices, Yo soy rey (Jn 18, 37).

Y confirman más abiertamente la grandeza de esta potestad y la ilimitada extensión de este reino las palabras dirigidas a los apóstoles: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18). Si ha sido dado a Cristo todo poder, forzosamente se sigue de ahí la necesidad de que su imperio sea soberano, absoluto, independiente de toda voluntad, tal que no hay cosa igual ni semejante a él; y habiéndose dado dicho poder en el cielo y en la tierra, debe tener a éstos sumisos a sí.

Y en verdad, ese derecho singular y propio suyo lo ejerció, imponiendo a los apóstoles divulgar su doctrina, reunir los hombres en el cuerpo de la única Iglesia por medio del bautismo de salvación, y finalmente imponer leyes que nadie pudiese rehusar sin peligro de su eterna salvación.

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 4

El Culto al Sagrado Corazón de Jesús (I)

Jesucristo merece la consagración del género humano por derecho natural.

Jesucristo es Príncipe y Soberano Señor. Su imperio no se extiende tan sólo sobre los católicos, o sólo sobre los que debidamente purificados por el santo bautismo, pertenecen sin duda en estricto derecho a la Iglesia, aunque el error los descarríe o el cisma los separe de la caridad: sino que abraza también a cuantos no participan de la fe cristiana, de tal suerte que todo el género humano está verdaderísimamente bajo el poder de Jesucristo. Pues el que es Unigénito de Dios Padre y tiene con Él la misma sustancia, el que es el resplandor de su gloria e imagen de su sustancia (Hb 1, 3), necesariamente tiene comunes con Él todas las cosas, y de consiguiente también el supremo dominio de todas ellas.

 

Por lo cual el Hijo de Dios dice de sí mismo en el Profeta: Y Yo he sido entronizado rey en Sión, su santo monte. El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré las naciones en herencia y en posesión hasta los confines de la tierra (Sal 2, 6-8). Con las cuales palabras declara que recibió de Dios el poder ya sobre toda la Iglesia, que se significa por el monte Sión, ya sobre lo restante de la tierra, por donde sus vastos términos se extienden.

Y en qué fundamento se apoye esa soberana potestad, bastamente lo dicen las palabras: Tú eres mi Hijo. Pues por el mero hecho de ser Hijo del rey de todas las cosas, es heredero del poder universal; de lo cual fluyen aquellas otras: Te daré las naciones en herencia. Parecidas a las cuales son las del apóstol San Pablo: Al cual constituyó heredero universal (Hb 1, 2).

Fuente: S.S. León XIII, Enc. «Annum Sacrum», Nº 3