Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (III) - Beata María del Divino Corazón

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Beata María del Divino Corazón

María Droste zu Vischering, más conocida como la Beata María del Divino Corazón, recibió el sobrenombre de “Emisaria de Cristo Rey”, al ser instrumento del Corazón de Jesús para la Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, realizada por el Papa León XIII, el 11 de junio de 1899. 
Nacida en Munster (Alemania) en el seno de una familia noble, de gran tradición católica y devota del Sagrado Corazón. Ya desde pequeña tiene deseos de consagrarse enteramente al Señor. Su débil estado de salud hace retrasar su deseo de entrar como religiosa hasta 1888, año en el que ingresa en la Congregación de Ntra. Sra. de la Caridad del Buen Pastor, fundada por san Juan Eudes. Destinada a Portugal, acaba sus años postrada en cama y consagrada enteramente al Corazón de Jesús, de quien se convierte en mensajera, y a quien entrega su alma el 8 de junio de 1899. 
Extractamos a continuación algunos párrafos de la carta enviada al Papa León XIII para que se consagrara el mundo al Corazón de Jesús.

“La víspera de la Inmaculada Concepción me hizo Nuestro Señor entender que por el incremento que ha de tomar el culto a su Divino Corazón haría él brillar una luz nueva sobre todo el mundo, y traspasaron mi corazón aquellas palabras de la tercera misa de Navidad:“porque hoy desciende una gran luz sobre la tierra”. Parecíame ver interiormente esta luz, el Sagrado Corazón de Jesús, sol divino que hacía descender sus rayos sobre la tierra, primero tenuemente, después con mayor intensidad y por último a modo de torrentes que inundaban luz a todo el mundo. Y dijo: “El brillo de esta luz iluminará todos los pueblos y naciones y su ardor los calentará”. 
Reconocí su deseo abrasado de ver su Corazón adorable más y más glorificado, y conocido, y de derramar sus dones y bendiciones sobre todo el mundo… su deseo de reinar y ser amado, y glorificado, y abrasar con su amor todos los corazones. Y como su misericordia es tan ardiente, quiere que Vuestra Santidad le ofrezca los corazones de todos aquellos que por el santo bautismo le pertenecen para facilitarles la vuelta a la verdadera Iglesia, y los corazones de aquellos que no han recibido aún por el bautismo la vida espiritual, mas por los cuales dio Él su vida y su Sangre, y que están llamados igualmente a ser un día hijos de la Iglesia para apresurar de ese modo su nacimiento espiritual”.

María del Divino Corazón, fue beatificada solemnemente el 1 de noviembre de 1975 por el Papa Pablo VI quien dijo estas palabras sobre ella: “… la Iglesia honra a la hermana María del Divino Corazón. Es una gloria para Alemania, donde nació en Münster (1863), así como para Portugal, donde vivió más adelante como Madre Superiora del convento de las Hermanas del Buen Pastor en Porto, en circunstancias muy difíciles, y donde fue tan bendecida y murió a la edad de 36 años en 1899
Nacida en una prestigiosa familia aristocrática, recibió del Señor gracias extraordinarias, que Dios nos ha hecho partícipes. Se caracterizó por la ferviente devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el amor que derrochó al cuidar de jóvenes vulnerables y de los pobres, así como por su incansable celo apostólico por el bien de los sacerdotes. Debido a que ella veía en ellos la pesada y feliz cruz de compartir los sufrimientos por la salvación de las almas, les veía como la verdadera imagen del Buen Pastor eterno. La hermana María del Divino Corazón se convirtió en el humilde instrumento de la misión que el Señor encomendara a nuestro predecesor, León XIII, para confirmar la consagración de la raza humana al Sagrado Corazón de Jesús. Esto fue anunciado unos días antes de la muerte de nuestra Beata, en la Encíclica «Annum sacrum» (del 25 de mayo de 1899). Su fecha litúrgica quedó establecida para el 8 de junio.

Fuente: santuariosagradoscorazones.wordpress.com

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (IIb) - San Juan Eudes II

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Después de mucho orar, reflexionar y consultar, San Juan Eudes abandonó la Congregación del Oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y que la Congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios. El P. Condren, que había sido nombrado superior general, estaba de acuerdo con el santo; pero su sucesor, el P. Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caén. 
Entonces el P. Eudes decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso. La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caén, con el nombre de “Congregación de Jesús y María”. Sus miembros, como los del Oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto. 
San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a “la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio”. El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María; como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres.

Hombre de realizaciones, fundó la Orden de Nuestra Señora de la Caridad para acoger y ayudar a las mujeres y a las jóvenes maltratadas por la vida. 
Sigue una amplia trayectoria de misiones, funda varias comunidades, deja un legado de libros de oración y cartas de gran valor para la comunidad. 
Hizo amar a Cristo y a la Virgen María, hablando sin cesar de su Corazón, signo del amor que Dios nos da y de la comunión a la que estamos llamados. Para tributarles un culto litúrgico, compuso misas y oficios e hizo celebrar la primera fiesta del Corazón de María el 8 de febrero de 1648 en Autun y la del Corazón de Jesús el 20 de octubre de 1672. 
Además, con numerosos escritos contribuyó a propagar la espiritualidad de sus maestros del Oratorio, al mismo tiempo que por su carisma propio le imprimía un carácter personal, hasta el punto de que se le considera a él también un maestro de espiritualidad. 
Murió el 19 de agosto de 1680. El Papa Pío XI lo canonizó el 31 de mayo de 1925 y su fiesta se celebra el 19 de agosto.

Fuente: padreseudistas.com

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (IIa) - San Juan Eudes I

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En la segunda mitad del siglo XVI vivía en Ri, Normandía (Francia), un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron otros cinco. 
El mayor recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación al amor de Dios. A los catorce años, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero Juan, que había hecho voto de castidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. Sin embargo, poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior general en 1623.

Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar: su conducta en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P. Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, “estaba hecho para educar ángeles”. 
El fin de la congregación del oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la gracia de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle. 
Fue ordenado presbítero el 20 de diciembre de 1625. 
Durante estos años se impregnó del pensamiento espiritual de Bérulle, centrado totalmente en Cristo, y compartió su deseo de “restaurar en su esplendor el orden sacerdotal”. Penetrado de este espíritu, evangelizó como misionero apostólico muchos pueblos y ciudades de Normandía, He de France, Borgoña y Bretaña.

En ese año, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: “La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida”. 
El P. Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del convento. 
Pasó los diez años siguientes en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado.

En aquella época empezaron a organizarse las misiones populares en su forma actual. San Juan Eudes se distinguió entre todos los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que, según él, “el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros”. Mons. Le Camus, amigo de San Francisco de Sales, dijo refiriéndose al P. Eudes: “Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen padre”. San Juan Eudes predicó en su vida unas ciento diez misiones.

(Continuará)

Fuente: padreseudistas.com

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (I) - Santa Gertrudis

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Santa Gertrudis ha pasado a la historia de la espiritualidad como la santa de la Humanidad de Cristo, ya que su experiencia mística y su doctrina se centran en el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: en el Verbo Encarnado por nuestra salvación se manifiesta el gran misterio del amor de Dios para con el Hombre, su condescendencia divina, su misericordia. De este núcleo parten todas las actitudes doctrinales, espirituales y místicas de santa Gertrudis. 
El fin principal de sus escritos es revelar este infinito misterio de amor: el Misterium Pietatis.Su libro, titulado Legatus Divinae Pietatis (El Heraldo de la Misericordia Divina), es un mensajero, un juglar, un trovador, encargado de pregonar a lo largo del mundo y de los tiempos, el misterio de amor por el cual Dios llama al ser humano a la unión consigo en Jesucristo. 
El Corazón de Cristo es, para santa Gertrudis, una de las expresiones más elocuentes y ardientes del Misterium pietatis. Las revelaciones del Corazón de Jesús ocupan un lugar central en su obra y concentran muchos aspectos de su doctrina y espiritualidad. Gertrudis encuentra la fuente de esta devoción en el relato de la transfixión de Jesús en su Pasión. De ahí que, si bien ella no tuvo la misión que compete a santa Margarita María de Alacoque de establecer el culto litúrgico al Sagrado Corazón, se la considera precursora de esta devoción.

La contribución fundamental de santa Gertrudis al desarrollo de la devoción al Sagrado Corazón es su misma experiencia mística descripta en sus escritos; ella aporta una imaginería específica y un conjunto de símbolos a través de los cuáles se traduce su relación con el Corazón de Cristo, los cuáles -aún sin llegar a constituir una tipología sistemática-, serán reeditados por las místicas posteriores a lo largo de la historia de esta devoción, cada una de las cuáles las encarnará según su tiempo y su cultura propia. 
Por medio de las gracias místicas otorgadas a santa Gertrudis la devoción al Sagrado Corazón de Jesús queda establecida en su fundamento escriturístico. En primer lugar, encuentra su fuente, como dijimos, en el relato de la transfixión de Jesús (Jn 19, 31-37): Gertrudis recibe en su interior los estigmas de la Pasión, y su corazón es traspasado por un rayo salido de su Corazón divino. 
En otra visión Gertrudis ve al discípulo amado que, recostado sobre el pecho del Señor en la última cena, había bebido con abundancia de la dulzura del Corazón Divino, y que pocas horas después vio ese mismo corazón traspasado con la lanza. San Juan hace recostar a Gertrudis consigo, sobre el pecho de Jesús, y ella percibe algo de la dulzura divina de los latidos del Corazón divino.

Además, Gertrudis relee los textos del Antiguo Testamento a partir del Misterio de Cristo, según la exégesis espiritual que se practicaba en la Edad Media; y, en consecuencia, aplica al Corazón de Jesús diversas imágenes: el Corazón divino es el Arca de la Alianza, la tierra prometida, el Santo de los Santos, el agujero en la roca y la cavidad en el muro donde anida la paloma (cf. Ct 2, 14). 
Por otra parte, con santa Gertrudis, la devoción al Sagrado Corazón se nos muestra como originalmente derivada de la Liturgia de la Iglesia y en dependencia con ella: en el fondo, Gertrudis tiene siempre ante los ojos la escena de Cristo, ahora glorioso, entronizado con nuestra Humanidad en la Santísima Trinidad, a la diestra del Padre, e intercediendo por nosotros; esta realidad, como se sabe, es el fundamento de toda la Liturgia. Gertrudis focaliza su atención y su afecto en el Amor divino del Redentor, único Mediador por quien tenemos acceso al Padre, y por cuyo medio nos vienen todas las gracias; y encuentra en el Sagrado Corazón, la imagen y el símbolo de ese Amor. Lo que hacemos aquí abajo, no tiene valor ante Dios, sino en Cristo, por El y en El; es decir, en unión de intención con los méritos y las oraciones de Cristo, unión que para Gertrudis, se realiza de corazón a Corazón. Así, la devoción al Sagrado Corazón nace como un desarrollo o prolongación del aspecto cristológico de la Liturgia y queda vivificada por el espíritu de la Liturgia.

Finalmente, sus visiones ilustran el contenido teológico de esta devoción: las relaciones del divino Corazón en el seno de la Santísima Trinidad, su la acción en la economía de la gracia, en la Iglesia triunfante, militante y purgante, así como la relación recíproca que entabla con cada fiel. 
Gertrudis no innova en este campo, sino que desarrolla algunos aspectos de una tradición de la que se considera heredera. En efecto, los Padres de la Iglesia siempre habían visto en el relato de la transfixión de Jesús, la fuente salvífica, el nacimiento de la Iglesia en el don del bautismo y de la eucaristía, y la comunicación del Espíritu. Pero mientras san Juan Crisóstomo o san Agustín contemplan sobre todo a la Iglesia y a los sacramentos que brotan del costado traspasado, Gertrudis, en su interiorización contemplativa, se detiene más en la realidad misma del Corazón herido, fuente del amor donado, que se hace sacramento para permanecer con nosotros. Podemos decir que la larga meditación de los Padres sobre el Costado traspasado encuentra su cumplimento y su renovación en la espiritualidad del Corazón de Jesús que queda firmemente inaugurada a partir de los escritos de santa Gertrudis de Helfta, cuya memoria litúrgica se celebra el 16 de noviembre.

Fuente: surco.org

La predilecta del Corazón Sacratísimo de Jesús

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El Corazón de Jesús es el Corazón mismo de Dios; es el centro y el punto de partida de esos actos maravillosos que nosotros denominamos “teándricos” o divinos y humanos, que constituyen la vida misma de Jesús; y, puesto que el corazón del hombre representa el hombre todo entero, es legítimo decir que el Corazón de Jesucristo es la expresión compendiada y viviente de su divina persona. Nada extraña, pues, que un piadoso escritor exclame: “¡Dios mío, vuestro corazón sois Vos y Vos no sois otra cosa que vuestro Corazón!”. Y, cuando adoramos a ese Divino Corazón, es Jesús mismo Quien recibe nuestras adoraciones. 
Nuestro Señor también aplica a su Corazón todo lo que conviene a toda su persona. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo un día a Santa Margarita María; y, hablando luego, no de su Divino Corazón, sino de su Adorable Persona, añade: “De la mayor parte de los hombres solamente recibo ingratitudes” (Vida de Santa Margarita María de Alacoque). 
Así, pues, Él y su Corazón son UN TODO, una misma cosa. Concluyamos: El Corazón de Jesús es la expresión sintetizada, la suma excelsa de su Adorable Persona, como la devoción a ese Corazón Sagrado es el compendio, la suma substancial de toda la Religión (Cardenal Pie), como Cristo es la expresión viviente y la suma de todas las criaturas que Él recapitula, dice San Pablo (Ef 1, 10).

Cuando Dios contempla a Cristo, ve en Él al mundo entero. Profundas palabras que semejarían completar estas otras: Cuando el alma mira a Cristo, Le ve todo entero en su Sagrado Corazón. Y siente, por otra parte, que Le encuentra allí, que Él está allí con todos sus tesoros cuando le dirige esta plegaria que la Iglesia pone en sus labios: ¡Sagrado Corazón de Jesús, tened piedad de nosotros! ¡Cor Jesu Sacratissimum, miserere nobis! 
María tiene sobre su Hijo la misma autoridad que el resto de las madres sobre sus hijos. Esto en el orden natural. Su intercesión es todo-poderosa ante Él. Su plegaria es como una especie de mandato. “Oratio Deiparae habet rationem imperii” (San Antonino). 
Ella tiene derecho a su amor, a su condescendencia. 
Ahora bien, esas prerrogativas que su Maternidad le otorga sobre la Persona de Jesús se extienden también a su Corazón adorable, puesto que, en Jesús, lo mismo que en todo hombre, el Corazón compendia a la Persona toda entera, como lo hemos venido viendo. 
Es, por lo tanto, legítimo el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón al ser expresión del poder de súplica de María sobre el Corazón de su Divino Hijo.

Fuente: Siervo de Dios Julio Chevalier, Nuestra Señora del Sagrado Corazón mejor conocida

Conocer al Corazón de Jesús por el Evangelio

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Jesús y el leproso

No conozco guía más seguro ni más enterado, ni más a nuestro alcance. En cada página, ¿qué digo?, en cada hecho, en cada sentencia, en cada partícula y hasta en cada signo del Evangelio, palpita el Corazón de Jesús. En él no hay letra ni signo que no suene, huela, sepa, a amor. Suprimid el sentido de esa palabra en el Evangelio y lo trocaréis de libro de la Vida, de la Luz y de la Paz, en fábula de absurdos y quimeras. 
El Evangelio es la conjugación de los grandes verbos del corazón: amar y entregarse. 
San Pablo, que ha expresado en esas dos palabras toda la obra redentora de Jesús: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20), ha definido, del modo que puede ser definido con palabras de la tierra, ese Arca de los tesoros de Dios, al Corazón de Jesús: “El que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. ¡Así! ¡Sin adverbios que limiten, condicionen o califiquen la acción inmensa de esos dos verbos!

“¿Quién -dice el venerable maestro Fray Luis de Granada- te trajo, Señor, del cielo a la tierra, sino el amor? 
¿Quién te bajó del seno del Padre al de la Madre, y te vistió de nuestro barro, y te hizo participante de nuestras miserias, sino el amor? 
¿Quién te puso en el establo y te reclinó en el pesebre, y te echó por tierras extrañas, sino el amor? 
¿Quién te hizo traer a cuestas el yugo de nuestra mortalidad por espacio de tantos años, sino el amor? 
¿Quién te hizo sudar y caminar, velar y trasnochar buscando las ánimas, sino el amor? 
¿Quién ató a Sansón de pies y manos, y lo trasquiló y despojó de toda su fortaleza, y lo hizo escarnio de sus enemigos, sino el amor de Dalila su esposa? 
Y ¿quién a Ti, nuestro verdadero Sansón, ató y trasquiló, y despojó de su virtud y fortaleza, y entregó en manos de tus enemigos, para que te escarneciesen y escupiesen y burlasen, sino el amor de tu esposa la Iglesia y de cada una de nuestras ánimas? 
¿Quién, finalmente, te trajo hasta poner en un palo, y estar allí todo de pies a cabeza tan maltratado: las manos enclavadas, el costado partido, los miembros descoyuntados, el cuerpo sangriento, las venas agotadas, los labios secos, la lengua amargada, y todo, finalmente, despedazado? 
¿Quién pudo hacer tal estrago como éste, sino el amor? ¡Oh, amor grande! ¡Oh, amor gracioso! ¡Oh, amor tal cual convenía a las entrañas y a la inmensidad de Aquel, que es infinitamente bueno y amoroso y todo amor!”.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

Historia del Detente o Escudo del Sagrado Corazón de Jesús

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Santa Margarita María de Alacoque -como atestigua su carta, escrita el día 2 de Marzo de 1686, dirigida a su Superiora, la Madre Saumaise- trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”. 
Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos. Esta santa devota del Detente lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón.

La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat (1696-1730). A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, fallecida en olor de santidad, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países.

En 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo muchísimo más terrible que cualquier epidemia: la calamitosa Revolución Francesa. En ese período los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudo protector fue llevado por muchos sacerdotes, nobles y plebeyos que resistieron a la sanguinaria revolución anticatólica. Incluso damas de la corte, como la Princesa de Lamballe, portaban esos Escudos preciosamente bordados sobre tejidos. Y el simple hecho de llevarlo consigo se transformó en señal distintiva de aquellos que eran contrarios a la Revolución Francesa.

A comienzos del siglo XX, el Detente fue usado en México por los Cristeros, que se levantaron en armas contra gobiernos anticristianos opresores de la Iglesia, y en España por los famosos tercios carlistas -los llamados requetés- célebres por su piedad como por su arrojo en el campo de batalla, cuya contribución fue decisiva para el triunfo de la insurgencia anticomunista de 1936-39. 
En 1870, una dama romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: “Doy mi bendición a este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo este Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”. 
Después de ello, el Santo Padre compuso esta bella oración:

“¡Abridme vuestro Sagrado Corazón oh Jesús! ...mostradme sus encantos, unidme a Él para siempre. Que todos los movimientos y latidos de mi corazón, incluso durante el sueño, os sean un testimonio de mi amor y os digan sin cesar: Sí, Señor Jesús, yo Os adoro... aceptad el poco bien que practico... hacedme la merced de reparar el mal cometido... para que os alabe en el tiempo y os bendiga durante toda la eternidad. Amén”.

Portar este Escudo nos ayuda a recordar continuamente las promesas del Sagrado Corazón de Jesús; es símbolo de nuestra total confianza en la protección divina; es una señal de nuestra permanente súplica y fidelidad a Jesucristo y un pedido para que Él haga nuestros corazones semejantes al suyo.

La devoción al Detente: 
- Es santa, como es santo el culto y el amor a Jesucristo. 
- Es fructuosa, por las virtudes que ejercita de fe, oración y esperanza en el mismo Jesús, y las grandes gracias y favores que se han obtenido y se pueden confiadamente esperar del culto y uso del DETENTE.

El Detente que llevamos: 
- Es una señal de fidelidad al Corazón de Jesucristo. 
- Es un blasón que nos ennoblece. 
- Es un muro que nos defiende. 
- Es un imán que atrae sobre nosotros las miradas y gracias de Jesús. 
- Es un pararrayos que aparta de nosotros los castigos de Dios. 
- Es una oración perenne por nosotros de Jesús, suplicante al Padre. 
- Es un corazón que late junto al nuestro.

Fuente: cf. monasteriodelavisitacion-peru.blogspot.com.ar

Conocer a Jesús por su Corazón

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Cuadro que mandó pintar el presidente de Ecuador Gabriel García Moreno en 1873

Ése, ése es el camino por donde estas páginas quieren llevar a los que las lean: conocer a Jesús conociendo su Corazón. 
Si de todo hombre puede afirmarse que es bueno o malo, grande o ruin, según sea su corazón, del Hombre-Dios puede asegurarse con más razón y estricta verdad. 
A todo hombre puede conocerse, conociendo cómo y a quién ama. A Jesús incomparablemente mejor. 
¿Por qué? Porque en la función propia del corazón, que es el amar, está todo el secreto de su venida a la tierra en carne humana, mortal primero y eucarística después. De su vida entre los hombres. De su padecer y morir. Y de su perpetuarse por ellos en la Hostia de su perenne Sacrificio. 
"Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos..." (Jn 15, 13). ¡Nadie ha amado, ni ama, ni amará más que Él!

¡Conocer al Corazón de Jesús! ¡Cuántas buenas almas me han pedido un libro que trate de esto solo: qué es el Corazón de Jesús! 
Escribiendo estoy esas palabras y la pluma me tiembla entre los dedos. ¿Atrevimiento insensato? ¿Osadía sacrílega? ¿Profanación del misterio de los misterios de Jesús? ¡Entrar en su Corazón, es decir, introducirse en ese divino Laboratorio en que se han forjado la Eucaristía y la Iglesia! Sumergirse en el Manantial del que brotan las lágrimas resucitadoras que abren losas de sepulcros y ablandan corazones de piedra y los raudales de sangre que lavan pecados, redimen los mundos y divinizan a los hombres. Asomarse al Horno, y más, al Volcán de donde ha salido y sale el fuego de amor que ha impedido e impedirá que el mundo se muera de frío y de egoísmo. Y que ha conseguido y seguirá consiguiendo que los hombres amen a su Dios como a su Padre y se amen unos a otros como hermanos, y hasta den la vida por su Padre Dios y por sus hermanos los hombres; que los enemigos se perdonen y se abracen y que los huérfanos tengan padres y valedores... 
Entrar en su Corazón, esto es, aproximarse al místico Incensario del que se levantan blancas e inmensas espirales de alabanzas y desagravios, que satisfacen a Dios; aromas de piedad, humildad, pureza y paciencia que hacen santos a los hombres y desinfectan esta charca inmensa de la tierra pecadora. 
¡Todo eso e infinitamente más que eso, es el Corazón de Jesús!

¿Quién puede llegar o enseñar a acercarnos? ¿Los santos? ¿Los libros de los sabios?... Muchas y muy lindas cosas del Corazón de Jesús sabemos por esos elementos. Es cierto. Pero también lo es que ni unos ni otros lo han dicho todo, ni se han hecho entender de todos. 
Unos porque cuentan cosas muy subidas a fuerza de místicas. Y otros, por fríos sistematizadores o vulgares rutinarios, impiden o dificultan el conocimiento íntimo, interno, que decía san Ignacio, personal, irresistiblemente atrayente del Corazón de Jesús como órgano de su Humanidad y como símbolo de su amor, por parte del pueblo cristiano y, me atrevería a decir, de hartos letrados y allegados. 
¡Si nos diéramos bien cuenta de lo que es el Corazón de Jesús y de lo que en Él tenemos! 
¿Cómo? ¿En dónde encontrar ese guía?... ¡En el Evangelio!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

La devoción del Beato Carlos de Austria al Sagrado Corazón

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El Beato Carlos de Austria de rodillas en la Iglesia del Sagrado Corazón en el Tirol, en 1916

El Beato Carlos fue un rey apostólico, un emperador particularmente devoto del Sagrado Corazón de Jesús a lo largo de su vida, y fielmente observó la práctica del Primer viernes en honor del Sagrado Corazón. El 2 de octubre de 1918, consagró a su familia y todo su imperio al Sagrado Corazón, renovando este acto cada primer viernes. Fue igualmente devoto de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, tanto que un obispo de la época lo llamó "el emperador Eucarístico".

Al ser mal juzgado, calumniado, perseguido, arriesgando su vida por su gente, el exilio y su dolorosa enfermedad final, el Emperador Carlos permitió que su corazón se conformara al Sagrado Corazón de Jesús. 
Incluso en el exilio y la enfermedad, el Emperador tomó muy en serio sus deberes como monarca y padre de su pueblo. Debido a su enfermedad, la emperatriz Zita le leía periódicos, pero sentía que los artículos le daban problemas y le preocupaban demasiado. Ella lo instó a que no le pidiera que le leyera porque no era bueno para su salud, pero el emperador respondió: "Es mi deber estar informado, no es un placer. ¡Por favor lee!"

Su devoción al Sagrado Corazón de Jesús fortaleció al emperador durante su dolorosa y última enfermedad. En su lecho de muerte le dijo a la condesa Mensdorff: "Es tan bueno tener fe en el Sagrado Corazón de Jesús. Sin él, las dificultades serían imposibles de soportar”. 
El Beato Carlos mantuvo una imagen del Sagrado Corazón bajo su almohada a lo largo de su vida y durante su enfermedad. Una vez, cuando la emperatriz Zita quería que él consiguiera un descanso muy necesario, sacó la imagen de debajo de la almohada y la sostuvo ante los ojos del emperador. Ella dijo que era absolutamente necesario para él dormir, y que debería pedirle al Señor por ello. Contempló la imagen y con urgencia, pero devotamente, dijo: "Querido Salvador, por favor, concédeme dormir". Luego pudo dormirse y descansó durante tres horas, que tanto necesitaba. 
El Santísimo Nombre de Jesús fueron sus últimas palabras en este mundo: “Hágase tu voluntad... Sí... Sí... como lo harás... ¡Jesús!”

Fuente: cf.emperorcharles.org

El Buen Pastor y los pastores

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Muchas veces Jesucristo usa en sus frases la expresión “Yo soy”; la mayoría de ellas son recordadas por Juan Evangelista y tienen por predicado los distintos aspectos del insondable misterio de Cristo: Yo soy el pan de vida (Jn 6,51), la luz del mundo (Jn 8,12), la resurrección y la vida (Jn 11,25), el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6), la vid verdadera (Jn 15,1). Otras veces no tienen predicado alguno y la consecuencia es que las expresiones se tornan más densas y solemnes porque nos llevan a la cima del Sinaí para recordarnos el nombre que el mismo Dios se da a sí mismo, a pedido de Moisés: Si no creéis que Yo soy (Jn 8, 24), Sabréis que Yo soy (Jn 8, 28), Antes que Abraham fuese, Yo soy (Jn 8, 58), Para que creáis que Yo soy (Jn 13, 19). Es decir: Yahvéh. 
Dos expresiones pertenecientes al primer grupo aparecen en el capítulo diez de San Juan: Yo soy el Buen Pastor (Jn 10, 11) y Yo soy la Puerta de las ovejas (Jn 10, 7).

Jesús describe a su pueblo como un rebaño de ovejas sin pastor. Es verdad que tenían a sus sacerdotes, levitas, doctores de la ley y escribas... pero andaban errantes. Todos estos habían sido elegidos para reconocerlo a Él como Supremo Pastor; mas cuando vino Él lo rechazaron. Por eso eran pastores falsos, porque desconocieron al Pastor. 
Algunos siglos más tarde, el gran obispo San Agustín comentaba las diatribas de Cristo contra los malos pastores diciendo que el Evangelio nos enseña a distinguir tres tipos de pastores:el bueno, el malo y el mercenario. Hay que distinguirlos para no errar, y porque con cada uno de ellos hemos de tener diferentes actitudes: debemos reconocer al buen pastor para amarlo, dice San Agustín, al mercenario para tolerarlo, y al ladrón para evitarlo.

Al buen pastor el Señor lo describe diciendo: el buen pastor es el que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). A este hay que distinguirlo y reconocerlo para amarlo. El Buen Pastor es Cristo: Nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de la ovejas (Hb 13, 20); Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas (1 Pe 2, 25); Cuando aparezca el Pastor Soberano, recibiréis la corona inmarcesible (1 Pe 5, 4). Consecuentemente, es buen pastor todo aquél que se configura con el único Pastor. 
San Agustín le pregunta a Nuestro Señor: ¿por qué dices tú, Señor, “yo soy el buen pastor”? ¿Acaso no fue buen pastor Pedro, que dio la vida por las ovejas? ¿Acaso no fue también buen pastor Pablo, que entregó su vida por las ovejas? ¿Cómo dices tú “yo soy el buen pastor” como si fueras el único? Y él mismo se contesta: por supuesto que ellos fueron buenos pastores, pero lo fueron porque fueron destellos del buen pastor y se configuraron al buen pastor que fue Jesucristo, quien dio la vida por las ovejas, y no sólo esto sino que cumplió con el oficio de pastor. ¿Cuál es este oficio? Cuidar el rebaño, y morir por él si es necesario. Y para cuidarlo, alimentarlo. Él lo alimentó con la palabra de verdad, que por eso es Pastor y pasto y se entregó para ser comido. Les enseñó la verdad, los santificó y con su cayado les mostró el camino de la vida eterna, que era Él mismo. Por eso la Escritura nos enseña a decir: El Señor es mi Pastor, ¿qué me puede faltar? Me hace recostar en verdes praderas, me cuida en los cañadones oscuros y tenebrosos (Sal 23,1-4).

Pastor, que con tus silbos amorosos 
me despertaste del profundo sueño; 
tú, que hiciste cayado de ese leño 
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos, 
pues te confieso por mi amor y dueño, 
y la palabra de seguir te empeño 
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, pues por amores mueres, 
no te espante el rigor de mis pecados, 
pues tan amigo de rendidos eres;

espera, pues, y escucha mis cuidados; 
pero ¿cómo te digo que me esperes, 
si estás, para esperar, los pies clavados? 
(Lope de Vega)

Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., I.N.R.I.