San José, el hombre santo

 

San Jose 23  61

Después de la Virgen María, nadie ha habido ni habrá más santo que José. Su cercanía a María y a Jesús le hizo alcanzar el más alto grado de santidad. Él fue testigo excepcional de la Encarnación. Vio a Cristo recién nacido y lo tomó en sus brazos y lo abrazó con los más puros afectos. Y él mismo le puso el nombre, como jefe de familia. Algunos, por eso, lo llaman a José la sombra del Padre, porque el Padre celestial lo delegó para hacer sus veces en la tierra; como su representante, para cuidar a su Hijo y ayudarlo en todo como buen padre. San Agustín llamaba a san José padre de Cristo y san Bernardo padre de Dios. Los evangelios lo nombran varias veces como padre de Jesús. ¿Puede decirse algo más grande de algún santo que ser padre de Jesús y, a la vez, ser esposo de María, la persona humana más santa que ha existido, existe y existirá?

Decía san Juan Damasceno: José es esposo de María, nada mayor puede decirse. San José es el camino más corto, más rápido y más seguro para llegar a María, mediadora de todas las gracias. La Virgen María a nadie amó más en la tierra, después de Jesús, que a José; lo amó con un amor total y esponsal. ¿Quién puede calcular el poder de intercesión de José ante su esposa María y ante su hijo Jesús? Su patrocinio y su poder de intercesión es superior al de todos los demás santos y ángeles, sin duda alguna.

Ubertino de Casale, un italiano gran devoto de san José de fines del siglo XIII, en su obra Arbor vitae crucifixae, dice: En todo matrimonio, la unión de corazones se realiza hasta el punto que el esposo y la esposa se consideran como una sola persona o, como dice la Biblia, como una sola carne, como una sola realidad en dos personas. Así José se asemejó a su esposa. ¿Cómo podía el Espíritu Santo unir tan estrechamente el alma de María Virgen a otra alma, si ésta no hubiera sido semejante a ella en la práctica de la virtud? Yo estoy convencido de que san José fue el hombre más puro en virginidad, más profundo en humildad y más elevado en contemplación. 
San Gregorio Nacianceno (330-390) escribió: El Señor ha reunido en José como en el sol, toda la luz y el esplendor que los demás santos tienen juntos
El padre José María Vilaseca (1831-1910), fundador de los Institutos de Misioneros josefinos, dice: El poder de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de Dios y en el corazón de María.

El Papa León XIII en la encíclica Quamquam pluries dice: No hay duda que san José se acercó más que cualquier otra persona a la supereminente dignidad por la que la Madre de Dios es ensalzada por encima de todas las criaturas creadas. Y el Papa Pío XI dijo: Entre Dios y José no distinguimos ni podemos distinguir otro mayor que María Santísima por su divina maternidad.

Fuente: P. Ángel Peña OAR, San José, el más santo de los santos.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (III)

 

San Jose 22  60b

Cristianos, ¿no sabéis que Jesucristo está aún oculto? Sufre que se blasfeme diariamente su nombre y que se burlen de su Evangelio, porque no ha llegado la hora de su gran gloria. Está oculto con su Padre, y nosotros estamos escondidos con Él en Dios, como dice el divino Apóstol. Puesto que estamos escondidos con Él, no debemos buscar la gloria en este lugar de destierro, sino cuando Jesús se mostrará en su majestad, ése será entonces el tiempo de aparecer: “Cuando se manifieste nuestra vida, que es Cristo, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Col. 3,4).

Oh, Dios, ¡qué hermoso será aparecer en ese día, cuando Jesús nos alabará delante de sus santos ángeles, ante todo el universo y ante su Padre celestial! ¿Qué noche, qué oscuridad bastante larga podrá merecernos esta gloria? Que los hombres se callen de nosotros eternamente, con tal de que Jesucristo hable de nosotros en ese día. 
Sin embargo, cristianos, tenemos esa terrible palabra que pronuncia en su Evangelio: “Habéis recibido vuestra recompensa” (Mt. 6, 2). Queríais la gloria de los hombres: la habéis tenido; estáis pagados; no hay más nada que esperar. ¡Oh, envidia ingeniosa de nuestro enemigo, que nos da los ojos de los hombres para quitarnos los de Dios; que con una justicia maliciosa se ofrece a recompensar nuestras virtudes, de miedo que las recompense Dios!

Desgraciado, yo no quiero tu gloria, ni tu brillo, ni tu vana pompa: no pueden pagar mis trabajos. Espero mi corona de una mano más querida y mi recompensa de un brazo más potente. Cuando Jesús aparecerá en su majestad, entonces, es entonces que quiero aparecer. 
Allí, fieles, veréis lo que yo no os puedo decir hoy: descubriréis las maravillas de la vida oculta de José; sabréis lo que hizo durante tantos años y qué glorioso es ocultarse con Jesucristo. ¡Ah! sin duda no es de aquéllos que han recibido su recompensa en este mundo: es por eso, que él aparecerá entonces, porque no ha aparecido; se manifestará, porque no se ha manifestado. Dios reparará la oscuridad de su vida; y su gloria será tanto más grande, cuanto que está reservada para la vida futura.

Amemos pues esta vida oculta en la cual Jesús se envolvió con José. ¿Qué importa que los hombres nos vean? Es locamente ambicioso aquél a quien no le bastan los ojos de Dios y es injuriarlo demasiado el no contentarse con tenerlo por espectador. Si es que tenéis grandes cargos y empleos importantes, si es necesario que vuestra vida sea toda pública, meditad al menos seriamente que al final haréis una muerte privada, puesto que todos esos honores no os seguirán. Que el ruido que los hombres hacen a vuestro alrededor no os impida escuchar las palabras del Hijo de Dios. Él no dice: Felices aquéllos a los que se elogia, sino dice en su Evangelio: “Felices aquéllos a los que se maldice por mi amor” (Mt. 5, 11).

Temblad, pues, en esta gloria que os rodea, porque no sois juzgados dignos de los oprobios del Evangelio. Pero si el mundo nos los niega, cristianos, hagámonoslos a nosotros mismos; reprochémonos ante Dios nuestra ingratitud y nuestras ridículas vanidades; pongámonos ante nosotros mismos, ante nuestra faz, toda la vergüenza de nuestra vida; seamos al menos oscuros ante nuestros ojos por una humilde confesión de nuestros crímenes; y participemos como podemos en el retiro de Jesús, para participar en su gloria. Amén.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (II)

 

San Jose 21  59

San José carpintero

Pero, cristianos, ¿podremos explicar bien, por qué es necesario que Jesús se oculte, por qué este eterno esplendor de la faz del Padre celestial se cubre con una oscuridad voluntaria durante el espacio de treinta años? Ah, soberbio, ¿lo ignoras? Hombre mundano, ¿no lo sabes? Tu orgullo es su causa, es tu vanidoso deseo de aparecer, es tu infinita ambición y esta complacencia criminal que te hace desviar vergonzosamente hacia una perniciosa diligencia por agradar a los hombres cuando debe emplearse para agradar a tu Dios. 
Es por eso que Jesús se esconde, Él ve el desorden que produce este vicio; Él ve el daño, que esta pasión hace en las almas, las raíces que echa ahí y cuánto corrompe toda nuestra vida desde la infancia hasta la muerte: Él ve las virtudes ahogadas por este cobarde y vergonzoso temor por parecer prudente y devoto: Él ve los crímenes cometidos, o para acomodarse a la sociedad por una condenable complacencia, o para satisfacer la ambición, a la cual se sacrifica todo en el mundo.

Pero, fieles, eso no es todo: Él ve que este deseo de parecer destruye las virtudes más eminentes, haciéndolas equivocar, substituyendo la gloria del mundo en lugar de la del cielo, haciéndonos hacer por el amor de los hombres lo que se debe hacer por el amor de Dios. Jesucristo ve todos estos males causados por el deseo de aparentar y se esconde para enseñarnos a despreciar el ruido y el brillo del mundo. Él no cree que su cruz baste para domar esta furiosa pasión; Él elige, si es posible, una condición más baja y donde, de alguna manera, está más anonadado. 
Él no rehúsa esta ignominia; quiere sí que esta injuria sea agregada a todas las otras que ha sufrido, con tal de que ocultándose con José y con la bienaventurada María nos enseñe por este gran ejemplo, que si un día se exhibe al mundo, será por el deseo de sernos útil y por obedecer a su Padre; que, en efecto, toda la grandeza consiste en conformarse a las órdenes de Dios, de cualquier manera que le plazca disponer de nosotros: y, finalmente, que esa oscuridad a la cual tanto tememos, es tan ilustre y tan gloriosa, que puede ser elegida incluso por un Dios.

He aquí lo que nos enseña Jesucristo oculto con toda su humilde familia, con María y José, a quienes asocia a la oscuridad de su vida, porque le son muy queridos. Participemos pues con ellos, y ocultémonos con Jesucristo.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

San Jose 20  57

¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Encomendarnos a San José

 

San Jose 19  55

“En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos, y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí. 
Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical la compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.

Un día su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta, se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar?” se pregunta, el corazón preso ya de injusta sospecha. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos, y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía -dice- roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho también, seguramente. Encomendémoslo a San José, su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuerte sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “¡Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!” 
El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija, y Dios le da, a cambio de esta plegaria, el amor de la familia, así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.” (“Id a José”, Abadía San José de Clairval).

Encomendemos a San José nuestra familia y todas aquellas que más necesiten de nuestras oraciones. No dudemos de acudir a este glorioso santo, por más difícil que sea la situación que Dios permite que pasemos. Recordemos lo que decía Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra…, así en el cielo hace cuanto le pide”. “Hace algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío”.

Patrocinio de San José

San José puede protegernos. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos y aleluyas; ésta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

 

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió... Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

 

¿Es concebible que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

 

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María se acerca al trono de su divino Hijo más como quien manda que como quien ruega, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Siena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos les ha dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigirnos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndoles: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al rey.

Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz

La Misión de San José

San José: protector al que hemos de invocar.

La Misión que él ejerció en el Evangelio, a favor de María y de Jesús, dentro del cuadro histórico de la Encarnación -misión de protección, de defensa, de custodia, de sustento-, debemos esperar e implorar que el humilde y gran santo quiera continuarla en beneficio de la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo; Cristo que vive en la humanidad y continúa en la historia la obra de la redención. Como el Señor, según nos narra el Evangelio de la infancia, la Iglesia tiene también necesidad de defensa y de conservarse en la escuela de Nazaret, pobre, trabajadora, pero al mismo tiempo vigorosa, siempre consciente y apta para su vocación mesiánica. Tiene necesidad de protección para mantenerse incólume y para actuar en el mundo; hoy bien se ve lo grande que es esta necesidad, por ello invocaremos el patrocinio de San José a favor de la Iglesia atribulada, amenazada, de la que se recela y a la que se rechaza.

Pero no nos contentemos con invocarle: debemos imitar.

El hecho de que Cristo haya querido ser protegido por un simple artesano, en el humilde hogar de la vida de familia, nos enseña que a todos y a cada uno puede Cristo proteger así en el ámbito doméstico y en el mundo del trabajo; y nos persuade de que debemos todos, por el hecho de que todos podemos profesarlo, defender y afirmar el nombre cristiano en nuestra casa y en el ejercicio de nuestro trabajo. La misión de San José se hace nuestra: guardar y hacer crecer a Cristo en nosotros y en torno a nosotros.

Fuente: S. S. Pablo VI, Ángelus del 19 de Marzo de 1970, fiesta de San José

Devoción a San José (II)

Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío.

Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas... Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino.”

“Sean devotas de San José, que puede mucho.”

“Aunque tenga muchos santos por abogados, séalo particular de San José, que alcanza mucho de Dios

“Una vez estando en una necesidad que no sabía qué me hacer ni con qué pagar unos oficiales, me apareció San José, mi verdadero padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los concertase. Y así lo hice sin ninguna blanca [sin un céntimo], y el Señor, por maneras que se espantaban [se asombraban mucho] los que lo oían, me proveyó.”

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, Cuentas de conciencia y Avisos.

Devoción a San José (I)

Hoy comienza la novena al glorioso patriarca San José, a quien Dios quiso confiar la porción más preciosa de su grey: María Santísima y Jesús.

Santa Teresa fue muy devota de este gran santo y nos pide encarecidamente que lo seamos nosotros, que le pidamos en nuestras necesidades materiales y espirituales y veremos por experiencia las gracias que nos alcanza de Dios.

Esta santa sufrió muchísimo a causa de una enfermedad que la tenía casi paralizada, y que los médicos no lograban curar, y dice: “Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cómo me habían dejado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen… Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. Vi claro que así en esta necesidad como en otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía el nombre de padre, siendo ayo(1), le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide.

Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad…

Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía…

(1) Ayo: persona encargada de la crianza o educación de un niño.

Fuente: Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida.