Espíritu de fe (II)

Santa Misa 04 05

Santa Misa

“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” El espíritu de fe, la vida de fe, la costumbre de contemplar todo lo que nos ocurre a la luz de Dios, de la Providencia, de la permisión, de la ordenación y conducta, eternamente sabia y amorosa, de Dios. La fe da luz, fuerza, profundidad, anchura y plena quietud. ¡Bienaventurados los que creen!

Nosotros hemos resucitado con Cristo, nos hemos convertido en hombres nuevos, llenos de fuego y de espiritualidad. Cada día, en la santa Misa y en la sagrada Comunión, profundizamos todavía más esta nueva vida que se nos dio en Pascua, es decir, en nuestro santo Bautismo. En la práctica de la oración interior, de las santas lecturas y de los ejercicios espirituales poseemos otros tantos medios para alimentar y acrecentar esta vida. ¡Y, no obstante todo esto, continuamos siendo todavía hombres demasiado naturales, dominados por los intereses, las apreciaciones, la mentalidad, las convicciones y la manera de pensar del hombre puramente natural! ¡Qué lejos estamos aun de lo que debiéramos ser!

¿Vacilaremos todavía en poner manos a la obra de vivir, por fin, totalmente de la fe? Vivir así es “conservar en nuestras costumbres y en toda nuestra vida el espíritu de las fiestas de Pascua”.

Oración. 
Te suplicamos, oh Dios omnipotente, nos concedas la gracia de que, habiendo concluido la celebración de las fiestas de Pascua, conservemos siempre su espíritu en nuestras costumbres y en toda nuestra vida. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 320s

La práctica del renunciamiento cristiano

 

San Nicoas de Tolentino 01  01b

San Nicolás de Tolentino

Pensemos, durante el día, en nuestra Misa. Nos hemos unido a la inmolación de Jesús; nos hemos colocado sobre el altar con la víctima divina; aceptamos entonces generosamente los sufrimientos, las contrariedades, el peso del día y del calor, las dificultades. Así es cómo prácticamente viviremos nuestra Misa. Porque, ¿no es acaso nuestro corazón un altar del que debe subir sin cesar hacia Dios el incienso de nuestro sacrificio, de nuestra sumisión a sus adorables designios? ¿qué altar podría ser más agradable a Dios que un corazón lleno de amor que se ofrece continuamente a El? Porque siempre podemos hacer sacrificios sobre este altar, y ofrecernos con el Hijo de sus complacencias, para su gloria y para el bien de las almas.

Esta doctrina es la que Nuestro Señor enseñó a Santa Matilde. “Un día en que ella pensaba que su enfermedad la hacía inútil y que sus sufrimientos no daban fruto, el Señor le dijo: Deposita todas las penas en mi Corazón, y yo les daré la más absoluta perfección que puede poseer un sufrimiento. Como mi Divinidad atrajo hacia sí los sufrimientos de mi Humanidad y los hizo suyos, así yo trasladaré tus penas a mi Divinidad, las uniré a mi Pasión y te haré participar en la gloria que Dios Padre confirió a mi santa Humanidad por todos sus padecimientos... Mi Pasión, añadió Jesucristo, ha producido infinitos frutos para el cielo y para la tierra; así también, tus penas, tus tribulaciones confiadas a Mí mismo y unidas a mi Pasión, serán en tal manera fructuosa, que procurarán a los elegidos más gloria, a los justos un nuevo mérito, a los pecadores el perdón y a las almas del purgatorio el alivio de sus penas”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.