¡Gracias! (II)

 

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Hermana Cecilia

3. El dolor extinguido. - Otro resultado de este “gracias” es hacer al alma como invulnerable al dolor aceptado de esta manera. El cuerpo seguirá sufriendo si el dolor es corporal, pero el alma no sufre; al contrario, goza: el agua que la inunda ha expulsado todo dolor. El alma ha recobrado como si dijéramos una parte del don primitivo de la impasibilidad; y si el dolor era puramente interior, por ejemplo, una afrenta, una calumnia, una humillación, etc., el sentimiento del sufrimiento queda como suprimido: si queda alguna amargura, esta amargura es agradable porque ella es la que procura el gozo. 
Este “gracias” es como el leño que Dios mostró a Moisés, que, arrojado en las aguas amargas, las trocó en dulces (Ex. 15, 25). Ved cómo se ha convertido en paz mi amarguísima aflicción (Is. 38, 17); toda amargura me es dulzura desde el instante que me abre la fuente sellada cuyas aguas hacen germinar en mí como un paraíso de delicias. Así se realiza no sé qué maravillosa mezcla de amargura y de dulzura, de gozo y de sufrimiento, donde la amargura engendra la dulzura y la dulzura se conserva en la amargura. Este gozo es el único verdadero, porque todo gozo que no nace y se conserva en la amargura se corrompe, y se corrompe pronto. Pero éste es fuerte y vivificante y lleva la vida hasta la médula de mis huesos: jamás se corrompe; jamás corrompe; es la fuerza y la vida de mi alma. De tal modo mi dolor es mi alegría, y así la aceptación agradecida del sufrimiento llega a ser el verdadero medio de no sufrir. Gozar del sufrimiento es el gran secreto de los santos, es la fuente sellada en el jardín cerrado.

4. Maravillosa fuerza para el progreso espiritual. - Nada es acaso tan poderoso como este “gracias” para el progreso espiritual de mi alma; nada lleva la vida con tanta abundancia e impetuosidad hasta las últimas profundidades; y es porque nada abre tan completamente el camino a Dios. Esta sola práctica bastaría para santificar mi alma en escaso tiempo; ella sería en mí la garantía de todas las virtudes y la condición de su progreso. ¡Oh, si yo me penetrase bien de esto!... ¡si yo quisiera!... 
¡Pero el demonio es tan hábil para excitar y sublevar mi sensibilidad!... ¡Sabe exagerar tan bien las exigencias de la naturaleza!... De esta manera llega a secar de un solo golpe la fuente de mis gozos más puros y más profundos, de mis progresos más rápidos y de mis méritos más preciosos. ¡Cruel bandido!, bajo pretexto de evitarme las molestias del viaje, me despoja, me golpea cruelmente y me deja medio muerto en el camino. Esto es todo lo que voy ganando con querer huir del sufrimiento. ¡Oh, cuántos tesoros se encierran en esa expresión, gracias!

Fuente: José Tissot, La vida interior

Beato Iván Merz

 

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Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

Venerable Silvio Dissegna

 

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Venerable Silvio Dissegna

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera Comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos; quería ser maestro. 
Vivió una infancia normal durante los primeros diez años de su vida, antes de que presentara dolores en las piernas, síntoma de un cáncer en los huesos. Tiene que recibir quimioterapia. Con apenas once años de edad, el pequeño se aferró al Santo Rosario y no dejaba de portarlo día y noche. "Tengo muchas cosas que decir a Jesús y la Virgen María", afirmaba, y ofrecía sus padecimientos por la conversión de los pecadores y el éxito del apostolado de sacerdotes y misioneros.

En medio de su tratamiento se esforzaba por vivir decididamente su testimonio cristiano, como lo hizo durante su estancia en un hospital en París, donde se propuso rezar para reparar por cada una de las malas palabras que decía uno de los pacientes en el lugar. Preocupado por este pecado le confió a su padre: "Papá, no voy a ser capaz de reparar aquí en París con el mismo número de Avemarías todas las maldiciones que este hombre dice contra el Señor y la Señora: Tendré que decir más cuando vuelva a Italia". 
La conversión de los demás fue su mayor preocupación, superando la de sus propias y notables dolencias. Ofrece sus dolores por el Papa, la Iglesia y los sacerdotes. 
Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la Comunión para amarlo más y unirse más a Él, y porque decía que los dolores que sufría sólo podría soportarlos con Jesús.

Por su ya evidente testimonio de santidad, un allegado quiso grabar un mensaje suyo que pudiera ser reproducido en la radio para beneficio espiritual de las personas, pero el niño se opuso. "Yo no tengo nada que decir, por favor", respondió. "Y además la emisión del mensaje sirve sólo a Italia, pero si digo un Ave María en mi habitación se utiliza en todo el mundo". 
Esta inusual claridad de pensamiento se mostró en conmovedoras expresiones en las que se evidencia la forma como vivió su padecimiento con un sentido sobrenatural. "Mamá, estoy en el camino al calvario", afirmó al acercarse la etapa terminal de su enfermedad, "pero después de eso, aún queda la Crucifixión. Mamá, prepárate". 
En el ápice de su sufrimiento, cuando el cáncer, que había roto su pierna izquierda, le causó heridas en todo el cuerpo y perdió el sentido de la vista y parte del oído, aún persistía sin quejarse, manteniendo una única exigencia: "Quiero recibir la Sagrada Comunión todos los días. Necesito a Jesús todos los días, lo que presenta una gran cantidad de fuerza para mí y para ti, mamá y papá".

El Venerable Silvio murió el 24 de septiembre de 1979, tras haber recibido por tercera vez la Unción de los Enfermos, de forma apacible al caer la noche. Decenas de sacerdotes y numerosos fieles acudieron a su funeral, dando testimonio de una ya fuerte fama de santidad. La ejemplar entrega del niño en medio de su dura enfermedad y su extraordinaria devoción, particularmente expresada en el rezo del Santo Rosario, son el principal sustento de su fama de santidad. Fue declarado Venerable en noviembre de 2014.

Recomendamos ver esta amena biografía de Silvio, con numerosas fotos suyas: https://sway.com/F9Zzx3DQ0eTeFmCI

Fuente: cf. gaudiumpress.org

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

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Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

Santa Gianna Beretta Molla

 

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Santa Gianna Beretta Molla

Hoy celebramos la memoria de S. Gianna Beretta Molla, cirujana y pediatra que entregó libremente su vida por salvar a su hija, al optar por no someterse a un tratamiento de cáncer que hubiera matado a la criatura. 
Nació en Magenta (provincia de Milán) el 4 de octubre de 1922, en una familia católica, con 13 hermanos. Durante los años de Liceo y de Universidad, en los que se dedica con diligencia a los estudios, realiza un generoso apostolado en la Acción católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Habiendo recibido el título en Medicina y Cirugía en 1949, abre en 1950 un ambulatorio de consulta. En 1952 se especializa en Pediatría. 
En la práctica de la medicina, presta una atención particular a las madres, a los niños, a los ancianos y a los pobres. Su trabajo profesional, que considera como una misión (decía: “Como el sacerdote toca a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en los cuerpos de nuestros pacientes”), no le impide dedicarse más y más a la Acción católica, intensificando su apostolado entre las jovencitas. Se dedica también a sus deportes favoritos, el esquí y el alpinismo, encontrando en ellos una ocasión para recrearse ante el encanto de la creación. También le gusta tocar el piano y escuchar conciertos.

Se interroga sobre su porvenir, reza y pide oraciones para conocer la voluntad de Dios. Ve que Dios la llama al matrimonio y, llena de entusiasmo, se entrega a esta vocación, con voluntad firme y decidida de formar una familia verdaderamente cristiana. Conoce al ingeniero Pietro Molla, y el 24 de septiembre de 1955 contraen matrimonio. 
En noviembre de 1956, Gianna da a luz a su primer hijo, Pierluigi. En 1957 a Mariolina, y en 1959 a Laura. Gianna armoniza con simplicidad y equilibrio sus deberes de madre, de esposa y de médico. 
En septiembre de 1961, al cumplirse el segundo mes de embarazo de su cuarto hijo, tiene grandes dolores. Le diagnostican un cáncer en el útero. Es necesario operarla. Antes de ser intervenida, suplica al cirujano que salve, a toda costa, la vida que lleva en su seno, y se confía a la oración y a la Providencia. Se salva la vida de la criatura. Ella da gracias a Dios y pasa los siete meses antes del parto con incomparable fuerza de ánimo, y con plena dedicación a sus deberes de madre y médico; orando y aceptando lo que el Señor quisiera de ella. Se estremece al pensar que la criatura pueda nacer enferma, y pide al Señor que no suceda tal cosa.

Antes del parto, confiando siempre en la Providencia, está dispuesta a dar su vida para salvar a la criatura: “Si hay que decidir entre mi vida y la del niño, no dudéis; elegid la suya. Salvadlo. Lo exijo.” La mañana del 21 de abril de 1962 da a luz a Gianna Emanuela. Decía: “¡Si supieras qué diferente se juzgan las cosas a la hora de la muerte!... Qué vanas parecen ciertas cosas a las que dábamos tanta importancia en el mundo”. 
Pasó una semana de indecibles dolores y murió santamente el 28 de ese mes de abril, repitiendo la jaculatoria “Jesús, te amo; Jesús, te amo”. Tenía 39 años. 
Se le había recomendado el aborto. Al negarse, murió al desarrollarse una peritonitis séptica muy dolorosa. Como médico, sabía muy bien la realidad, pero prefirió morir por salvar a su hija. 
S. Juan Pablo II la beatificó el 24 de abril de 1994, dentro del año internacional de la familia. El milagro que dio paso a su canonización fue el concedido a Elisabete Arcolino Comparini. Con tres meses de embarazo, perdió todo el líquido amniótico. Ella y su esposo le pidieron a la B. Gianna y la niña nació bien en mayo de 2000; la llamaron Gianna María. El nacimiento es científicamente inexplicable. La canonizó S. Juan Pablo II el 16 de mayo de 2004. Es patrona de las mujeres embarazadas y de los movimientos pro-vida.

Fuente: Cfr. “Los días con Dios”, revista del Centro de difusión de la Buena prensa.

Jesús muere en la cruz

 

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La hora del Señor había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás y veía morir a su Hijo. 
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte que penetró en el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra. 
¿Quién podría expresar el dolor de la madre de Jesús, de la reina de los mártires?...

Fuente: Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección de Jesús.

La agonía de Cristo

 

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Agonía en el Huerto

Todos los padres de la Iglesia y todos los doctores convienen en que los tormentos que el Salvador se dignó padecer por nuestro amor son incomprensibles al espíritu humano y que su pasión es un misterio de humillaciones y de dolores a que no alcanza ninguna inteligencia creada. Sería necesario comprender lo que es este Hijo de Dios, igual en todo a su Padre, y hecho semejante a nosotros por su encarnación, para formar una justa idea de lo que este Dios hombre padeció por redimir a los hombres.

Considera lo que pasó en el primer teatro de la pasión del Salvador [su agonía en el huerto]. Aquel Señor que jamás sintió en su alma otras pasiones que las que él mismo excitaba, quiso entonces entregarse por nuestro amor a las más crueles y más violentas, empezando su pasión por los dolores interiores y por el suplicio del corazón. 
Una tropa de objetos, todos los más tristes y los más terribles, se presentan a su imaginación, y le hacen sentir con anticipación toda su pasión. 
Se representa de la manera más viva la ignominia con que va a ser arrastrado por las calles de Jerusalén como un facineroso, cubierto de salivas, rasgadas sus espaldas con los azotes, y coronado de espinas como un engañador; y por último clavado en una cruz como el oprobio del género humano, y la execración de su pueblo. ¡Qué impresión no haría sobre el espíritu, y el corazón de un hombre Dios una imagen tan espantosa! ¿Y qué impresión hace sobre el mío? ¡Qué tristeza y qué dolor, cuando se representa la negra traición de uno de sus discípulos, la horrible ingratitud de un pueblo colmado de tantos beneficios, y el cobarde abandono de sus apóstoles! Sería menester poder comprender la bondad, la ternura y la sensibilidad del mejor corazón que hubo jamás, para concebir lo que padecería Jesucristo con la representación viva y sensible de este exceso de ingratitud.

En efecto, el exceso de sus penas interiores lo oprime tanto, que no pudiendo disimularlo, lo manifiesta a sus apóstoles: Yo padezco, les dice, estoy triste, y mi tristeza es tan extraordinaria y tan sensible, que es capaz de darme muerte. Los apóstoles lo ven, y en lugar de consolarlo, se duermen. ¡O dulce Jesús mío! ¡Y cómo esta indiferencia es para vos un cruel tormento, y una cruel reprensión para mí! Vuelve el Salvador al lugar de su oración, y aumentando su fervor, aumenta sus penas: nada se le escapa a su espíritu, ni a su corazón: junta en su imaginación todos los tormentos y todas las circunstancias de su pasión: penetra todo su rigor, siente, experimenta toda su amargura, y se apodera de él un pavor tan grande que lo lleva hasta la agonía. ¡O dulce Jesús mío, cuánto os cuesta el amarme con tanto exceso! ¿Y cuándo os amaré yo con menos indiferencia? Pero lo que exaspera su dolor, es el ver, con un conocimiento anticipado, el extraño abuso que harán tantos pecadores de las gracias que va a merecerles con su sangre. Mis pecados, mi insensibilidad y mi ingratitud, son una parte del motivo de su dolor: lo es asimismo la traición de Judas, y lo es el endurecimiento de su propio pueblo.

¡Ah, dulce Jesús mío! ¿Qué trastorno es éste? ¡Vos oprimido de tristeza á vista de lo que habéis de padecer por mis pecados; y yo que he pecado, quiero pasar mis días en la alegría! ¡Vos arrastrado con infamia sin decir palabra; y yo prorrumpo en quejas, y experimento vivos sentimientos de venganza desde el momento que me imagino que no se me hará tanto como deseo!

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano, meditación correspondiente al Martes Santo.

La Pasión, punto culminante de la vida de Jesús

 

Pasion de Jesucristo 08  14

La Pasión señala el punto culminante de la obra que vino a realizar Cristo en este mundo. Para Él es la hora en la que consuma su sacrificio, aquel sacrificio que había de dar una gloria infinita a su Padre, que había de rescatar a la humanidad, y abrir de nuevo a los hombres las fuentes de la vida eterna.

Por eso Nuestro Señor, que desde el primer momento de su Encarnación se ha entregado por completo al beneplácito de su Padre, desea ardientemente que llegue lo que llama Él «su» hora, la hora por excelencia. Baptismo habeo baptizari, quomodo coarctor usque dum perficiatur!: «Es preciso que sea bautizado en un bautismo -en el de su sangre- y ¡qué ansia siente mi corazón porque se realice!» Se le hace larga a Jesús la hora en la que podrá sumergirse en el sufrimiento y arrostrar la muerte para darnos la vida.

Verdad es que no le es dado adelantar esa hora; Jesús está plenamente sometido a la voluntad del Padre. 
Pero cuando suene, se entregará con el mayor ardor, aun cuando conoce perfectamente todos los sufrimientos a que se ha de ver sometido lo mismo su cuerpo que su alma. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum: «Con vivo deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de que se consume mi Pasión».

Este misterio de la Pasión es inefable; todo es en él grande, hasta los menores detalles, lo mismo por otra parte que todas las cosas de la vida del Hombre-Dios. Aquí, principalmente, nos hallamos en las puertas de un santuario en el que no nos es dado entrar más que con una fe viva y una reverencia profunda. 
Christus pro nobis passus est. Venite adoremus. «Cristo ha padecido por nosotros; venid, adorémosle.»

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Prueba de amor (II)

 

Santa Teresita 16  21b

Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Prueba de amor (I)

 

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Santa María Magdalena de Pazzis

¡Oh Jesús Crucificado! Hazme comprender cómo la cruz es la más sublime prueba de amor.

Después de la Encarnación, la Cruz es la prueba más grandiosa de amor que Jesús ha dado a los hombres; del mismo modo, por parte nuestra, la mortificación y el sufrimiento abrazados voluntariamente por Él son la prueba más clara de amor que le podemos dar. Se trata, en efecto, de renunciar libremente a nuestras satisfacciones y gustos personales para imponernos, por amor de Dios, algunas cosas que nos desagradan y contrarían; lo cual demuestra claramente que preferimos agradar a Dios, antes que a nosotros mismos. 
En cada acto de mortificación voluntaria, tanto física como moral, decimos a Dios, no con las palabras, sino con los hechos: ¡Señor, te amo más que a mí mismo! Y como el alma enamorada desea ardientemente probar su amor, vigila constantemente para no dejar escapar ocasión alguna de mortificarse.

Por eso Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús se había propuesto ¡no perder nunca ocasión alguna que se le presentase de padecer todo lo que pudiera, siempre en silencio entre Dios y ella misma!. De este modo su amor a Dios hallaba como una especie de desahogo en esta práctica continua y generosa de mortificación. 
Con hermosa expresión Santa Teresa del Niño Jesús llamaba a este ejercicio de mortificación arrojar flores, es decir, servirse de las más mínimas ocasiones de sufrimiento para dar a Dios una prueba de amor. Y, sabiendo que el valor de la mortificación depende de las buenas y generosas disposiciones con que se realiza, decía la Santa: «Cantaré aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas» (Historia de un alma, 11,18).

¡Oh mi Bien amado! ¿Cómo te demostraré mi amor, si el amor se prueba con obras? “No tengo otro medio de probaros mi amor que el de echar flores: es decir, 
no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor. 
Quiero sufrir por amor, y gozar por amor. Así echaré flores delante del trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para ti. Además, al echar mis flores cantaré... Cantaré, aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas” (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma 11, 18).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina