El mal está en no ver o en ver mal (II)

Valor de los libros sentimentalistas. - Ahora me doy cuenta del escaso valor de esos libros de piedad que tanto abundan por todas partes y cuya ciencia consiste toda en conmover la sensibilidad. ¡Curar el alma con emociones cuando el gran mal está en la inteligencia!... ¡Verdaderamente, es pretender curar una enfermedad del pecho poniendo ungüento en el pie! Este es todo el valor de esos libros. ¿Quién nos volverá a enseñar la piedad teológica de los grandes siglos de la fe?

 

Es cosa de preguntarse si esta exuberancia, por desgracia demasiado fecunda, de literatura sentimentalista en la piedad, no es una plaga tan desastrosa como la literatura inmunda que nos salpica con sus nauseabundas producciones. Porque al fin el libro inmundo sólo se dirige a las almas que bullen en un ambiente grosero, pero los libros de piedad se dirigen a esas almas superiores a las cuales Dios ha confiado la misión de atraer y levantar a las masas a regiones altas y puras. Al rebajar y marchitar estas almas, ¿esos libros no causan, de rechazo, un daño mayor y más grave a la sociedad a la que esas almas, mal dirigidas, no podrán ayudar a levantarse, puesto que ellas mismas no se elevan ya?

Advirtiendo que las almas superiores son relativamente escasas en número, y el mal que se les hace perjudica a todas aquellas a quienes hubieran debido atraer. El sentimentalismo en la piedad explica el materialismo en la sociedad. Y hay una enseñanza profunda en la marcha paralela de estas dos literaturas.

 

"Los dogmas forman a los pueblos", ha dicho de Bonald; ésta es una de las frases más profundas de ese tan profundo pensador. Si forman los pueblos también forman los individuos. "No me cansaré de repetirlo", dice de Maístre, otro gran pensador, "el hombre vale según lo que cree". El hombre, en efecto, vale por sus ideas y es lo que son sus ideas. La decadencia de la verdad es lo que determina en el mundo la desaparición de la santidad: ya no queda santo alguno, porque las verdades han sido desvalorizadas por los hijos de los hombres (Salmo 11, 2).

 

Por eso la más urgente y fundamental necesidad para mí es rectificar mis ideas sobre mí mismo, sobre las criaturas y sobre el uso que de ellas debo hacer. Mientras no rectifique esto nada se restablecerá en mí; mientras mis esfuerzos no tiendan directamente a eso, serán estériles. La fe es la que purifica el corazón: fide purificans corda eorum (Hech. XV, 9). La fe es el conocimiento de la verdad, la verdad es la gloria de Dios vista en todo, y la verdad es el elemento primero y director de la piedad. Cuando yo haya logrado este conocimiento de la verdad, claro, habitual y dominante, mi corazón quedará purificado y mi vida será piadosa.

Fuente: José Tissot, La vida interior