Imitar la vida de Cristo (III)

 

Alegoria de la Fortaleza 01  01

Alegoría de la Fortaleza

Cuantas veces desea el hombre desordenadamente alguna cosa, tantas pierde la tranquilidad. El soberbio y el avariento jamás sosiegan; el pobre y humilde de espíritu vive en mucha paz. El hombre que no es perfectamente mortificado en sí mismo, con facilidad es tentado y vencido, aun en cosas pequeñas y viles. El que es flaco de espíritu, y está inclinado a lo carnal y sensible, con dificultad se abstiene totalmente de los deseos terrenos, y cuando lo hace padece muchas veces tristeza, y se enoja presto si alguno lo contradice.

Pero si alcanza lo que desea siente luego pesadumbre, porque le remuerde la conciencia el haber seguido su apetito, el cual nada aprovecha para alcanzar la paz que buscaba. En resistir, pues, a las pasiones, se halla la verdadera paz del corazón, y no en seguirlas. Pues no hay paz en el corazón del hombre que se ocupa en las cosas exteriores, sino en el que es fervoroso y espiritual.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Dificultad de aceptar bien el sufrimiento

 

Virgen de los Dolores 09  16

Si en el gozo abuso con demasiada facilidad, también es de lamentar cómo me desaliento o me irrito en la pena. Basta, con frecuencia, la más pequeña contrariedad para abatirme; una ligera amargura me pone triste y agriado, y si me sobreviene alguna cruz un poco más pesada quedo aplanado: soy como una planta delicada que teme los golpes del viento y de la lluvia, del calor y del frío. El hábito del placer ha creado en mi alma un temperamento blando, incapaz de soportar el menor trabajo, y de esta manera las operaciones purificadoras de Dios, en vez de producir en mí frutos de verdadero progreso, sólo sirven, por culpa mía, para aumentar mi mal.

En otras ocasiones me sublevo, me pongo agrio y me irrito en el dolor. Y si alguna vez lo soporto, es de mala gana y murmurando, y no reflexiono que obrando así rechazo a Dios y su amor. 
¡Terrible costumbre de verlo todo por los sentidos, de apreciarlo todo por la medida de mi satisfacción! ¡Llego hasta a desconocer el amor de Dios!... a despreciarlo y aun a insultarlo, porque la murmuración es un insulto al amor. ¡Cuántos esfuerzos de este amor he hecho estériles hasta ahora!... ¡Cuántas veces he rechazado a Dios en el momento en que su amor venía a mí bajo su ropaje más austero, sí, pero no el menos misericordioso!... ¡Dios mío, si yo os hubiera comprendido!... ¿Os comprenderé mejor en adelante?...

Fuente: José Tissot, La vida interior

Encomendarnos a San José

 

San Jose 19  55

“En una modesta casa de Burdeos, vivía, en el siglo XIX, una mujer joven cuya vida triste y abandonada era lamentada por todos, y con razón. Su marido, arrastrado por las malas compañías, abandonaba el hogar doméstico y no volvía sino para maldecir la miseria y las privaciones que lo esperaban allí. 
Su esposa lloraba y rezaba, pero no murmuraba. Para consolarse tenía una niñita cuya ternura angelical la compensaba del abandono en que la dejaba su marido. De noche, durante las largas veladas que pasaba sola, la pobre madre, antes de poner a la niña en su cuna, le enseñaba sus oraciones. Luego, la dormía repitiéndole los dulces nombres de Jesús, María y José.

Un día su marido, no habiendo encontrado a sus compañeros de diversión, decidió volver a su casa a terminar la velada apenas comenzada. En el momento en que iba a entreabrir la puerta, se detiene: la voz de su mujer lo impresionó: “¿Con quién puede hablar?” se pregunta, el corazón preso ya de injusta sospecha. Empujó la puerta suavemente. ¡Qué espectáculo se ofrece entonces a su vista! La joven mujer está de rodillas, tiene a su hija en sus brazos, y termina con ella la oración de la noche. “Hija mía -dice- roguemos ahora por tu papá al que amo tanto y al que tú amarás mucho también, seguramente. Encomendémoslo a San José, su patrono”. Entonces, la niña aprieta más fuerte sus manitas cruzadas sobre su pecho y vuelve a decir con su madre la oración de cada día: “¡Oh Dios mío! ¡Oh San José! ¡Bendícelo!” 
El marido, enternecido por esta escena, no puede resistir. Viene a arrodillarse cerca de la cuna, reza con su esposa y su querida hija, y Dios le da, a cambio de esta plegaria, el amor de la familia, así como un corazón purificado. Luego, buen cristiano y padre feliz, dijo adiós a las malas compañías y encontró su encanto en el hogar doméstico.” (“Id a José”, Abadía San José de Clairval).

Encomendemos a San José nuestra familia y todas aquellas que más necesiten de nuestras oraciones. No dudemos de acudir a este glorioso santo, por más difícil que sea la situación que Dios permite que pasemos. Recordemos lo que decía Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra…, así en el cielo hace cuanto le pide”. “Hace algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío”.

El retorno a Dios y sus obstáculos

 

San Ramon Nonato 01  01

San Ramón Nonato coronado por Cristo

Entre el pecado y Dios, lo sabéis muy bien, no hay pacto posible; entre Cristo y Belial, padre del pecado no puede haber alianza, enseña San Pablo, (2 Cor., 6, 15). Y por esto, imaginarse que Dios se dejará encontrar por nosotros, que se nos dará sin que abandonemos el pecado, es hacerse una ilusión; y esta ilusión, más frecuente de lo que se piensa, es peligrosa. Debemos desear ardientemente que el Verbo Divino se una a nosotros; pero este deseo debe ser eficaz; debe impulsarnos a destruir todo aquello que se opone en nosotros a esta unión. Hay espíritus que encuentran admirable -y lo es, en efecto - lo que llaman el “lado positivo” de la vida espiritual: el amor, la oración, la contemplación, la unión con Dios; pero olvidan que todo esto no está seguro más que en un alma purificada de todo pecado, de todo hábito vicioso, y que tiende sin cesar, por una vida plena de generosa vigilancia, a debilitar en sí misma las fuentes del pecado y de la imperfección.

La vida de un alma es bien mediocre si aún cuenta con hábitos viciosos no combatidos; el edificio espiritual es bien frágil cuando no se apoya sobre la huida constante del pecado, porque está fundado sobre arena. 
Cuando se ven los ejemplos terribles de los que abandonan el sacerdocio, de esos religiosos que hacen “llorar a los ángeles” (cf. Is., 33, 7) uno se pregunta: “¿Cómo son posibles tales cosas? ¿De dónde provienen estas caídas que alcanzan a los mismos privilegiados del santuario? ¿Tales ruinas sobrevienen de golpe?” No; estas caídas no son repentinas; hay que buscar muy lejos el origen las más de las veces. Los fundamentos de la casa estaban minados de tiempo atrás por el orgullo, el amor propio, la presunción, la falta de temor de Dios, la sensualidad. En un momento dado se levantó el viento de una gran tentación que sacudió el edificio, y el edificio se derrumbó.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

María, auxilio de los cristianos (I)

Compartimos, dividido en varias partes, un bellísimo sermón de Don Bosco en el que expone su predilecta advocación de la Madre de Dios: María, Auxilio de los Cristianos.

 

"Estamos en la fiesta de Pentecostés, en la novena de María Santísima Auxiliadora.

Durante este mes, se obtienen cada día muchas gracias de la Virgen.

Unas veces son personas que vienen aquí a esta nuestra iglesia a pedir favores o a agradecer los recibidos; otras, llegan cartas de lejos con relatos de sucesos admirables, atribuidos a la invocación de nuestra buena Madre, y que expresan la gratitud de los agraciados.

Pero las gracias más grandes son las que no se conocen.

¡Cuántas y cuántas personas hay que, por intercesión de María Santísima, pudieron ordenar los asuntos de su alma!

 

Y, sin ir más lejos, aquí en nuestra casa son innumerables las gracias obtenidas y que se van obteniendo por muchos jóvenes, que invocaron a María con el título de Auxilium Christianorum, y obtuvieron gracias espirituales.

Uno logró perder una mala costumbre, otro adquirió una virtud difícil de practicar…

 

Os recomiendo, pues, por cuanto sé y puedo, que invoquéis todos a María Santísima en esta novena.

Esta Madre piadosa concede fácilmente las gracias que necesitamos, y sobre todo las espirituales. Ella es poderosísima en el Cielo y cualquier gracia que pida a su Divino Hijo, le es concedida al instante.”

Fuente: Palabras dadas por Don Bosco a sus alumnos el 20 de mayo de 1877.

El estado de mi alma (I)

1. ¿En qué estado me encuentro?

2. La utilidad humana.

3. En la vida ordinaria.

4. El interés de Dios y el mío no son incompatibles.

5. En la vida espiritual.

6. ¡Si quisiera sondearme!

 

1. ¿En qué estado me encuentro? - ¿En qué estado se encuentra mi alma en lo relativo a la perfección?... ¡Ay! ¿Acaso no vivo habitualmente en el desorden? ¿No es mi vida un continuo trastorno del orden? Veámoslo. ¿Por qué motivos obro yo comúnmente? ¿No es ante todo y sobre todo por mí mismo? ¿Cuál es la preocupación dominante de mis pensamientos? ¿Cuál es la tendencia preferente de mis afectos? ¿Cuál el móvil preponderante de mis acciones? ¿No soy yo mismo, mi placer, mi conveniencia, mi interés, mi humor, mi capricho, mis gustos? ¿Siempre yo, yo en todas partes?...

Hablo del bien que hago, o que creo hacer, pues no se trata aquí de pecado formal. Sí; en esta parte de mi vida que es, con mucho, la más importante, puesto que ocupa casi todos mis instantes; en esta continua sucesión de acciones buenas o indiferentes de que se compone el curso de mi vida, lo que veo frecuentemente en primer lugar es a mí mismo, lo que amo soy yo mismo, lo que busco es mi contento, mi gusto, mi placer. Me pongo en general antes que Dios, mi placer antes que su gloria... ¡Instinto de la mala naturaleza!... ¡Trastorno!... ¡desorden!...

¡Dios mío!; ¿es posible que mi vida sea un perpetuo desorden? ¡Ay! todo lo que yo califico de mis buenas acciones, mis obras de justificación… todo esto no es más que un sucio y hediondo trapo. Y si el bien que yo creía en mí, y del que tal vez me jactaba con demasiada facilidad, si este bien es vil y mezquino ¿qué objeto de horror debo ser a los ojos de Dios, cuando la infección más asquerosa de numerosos pecados viene sin cesar a aumentar la perversión?... Si mis pretendidas justicias no son más que inmundicias, ¿qué soy yo, Dios mío?...

 

2. La utilidad humana. - Ahora es conveniente examinarme de más cerca. La regla de mi vida debería ser ver, amar y buscar la utilidad divina antes que la utilidad humana, y subordinar la utilidad humana a la utilidad divina. La utilidad divina de las cosas, su eficacia para servir al progreso de la vida divina en el alma, ¿cuándo la he medido?; ¿qué es lo que conozco de ella?; ¿cuál es la criatura en la que yo estoy habituado a ver, amar y buscar principalmente la gloria de Dios?... La regla universal, constante, primera, instintiva de mis juicios, de mis afectos y de mis acciones, es mi interés "humano". Esto lo veo bien, lo veo fácilmente, lo veo por doquier, y como lo veo, lo amo y lo busco y en ello me detengo.

Pero ¡la gloria de Dios!... Acontecimientos, personas, cosas, todo esto lo juzgo bueno o malo según las mayores o menores ventajas humanas que encuentro para mí o para los demás; acontecimientos, personas, cosas, todo esto lo llamo bueno o malo según la mayor o menor satisfacción o utilidad humana que ello me trae a mí o a los demás. La regla general de mis ideas y de mis palabras es la utilidad humana; acontecimientos, personas, cosas amo o detesto, en general, según la mayor o menor satisfacción que en ellos encuentro. La regla ordinaria de mis afectos es la utilidad humana. Lo mismo en cuanto a personas que en acontecimientos y en cosas, busco o evito en todo, por hábito, lo que me agrada o lo que me desagrada, lo que me sirve o lo que me perjudica humanamente, a mí o a los demás: la regla más universal de mis acciones es la utilidad humana.

Fuente: R. P. José Tissot, La vida interior