Necesidad del examen de conciencia

 

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San Bruno rezando

"Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia, pídele cuentas muy exigentes de las decisiones malas que hayas tomado durante el día..., arráncalas, destrózalas, y castígate por ellas" (S. Juan Crisóstomo). La conveniencia de este ejercicio y el provecho que lleva consigo para la virtud cristiana, lo prueban los maestros más autorizados de la vida espiritual con admirables advertencias y consideraciones. Citaremos a este propósito unas instrucciones de San Bernardo: "Como investigador diligente de tu pureza de alma, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete, de ti mismo".

Consecuencias de no hacer examen. 
Sería una vergüenza que en esto se cumplieran las palabras de Jesús: Los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz. Salta a la vista con qué cuidado administran sus negocios, la frecuencia con que revisan sus gastos y sus ingresos, la atención y el rigor con que llevan sus cuentas, cómo les duelen sus pérdidas y el enorme empeño que ponen en recuperarlas. Y nosotros quizá no pensamos más que en buscar honores, aumentar nuestro patrimonio, hacernos un nombre famoso por medio de la ciencia, descuidando con enorme negligencia el negocio más importante y más difícil: el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos en nuestro interior para examinar nuestra alma y, así, se va llenando de hierbajos como la viña del perezoso de la Escritura: He pasado por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto que las espinas las habían invadido y su cerca de piedras estaba destruida.

Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, perjudiciales para la virtud del mismo sacerdote, se multiplican a su alrededor, por lo cual es necesario vivir cada día más vigilantes y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra que quien hace con frecuencia examen de sus pensamientos, de sus palabras y de sus obras, tiene más fortaleza para odiar el mal y huir de él, y también más ardor y celo para el bien. También la experiencia demuestra a cuántos inconvenientes y peligros está expuesto el que se niega a acudir a este tribunal, en el que la justicia se sienta para juzgar y al que la conciencia acude como reo y como acusador. Sería inútil buscar en él esa mesura que tanto necesita el cristiano y que lleva a evitar hasta los más leves pecados, esa firmeza de alma, tan propia de un sacerdote y que le hace sentir horror hasta por la más pequeña ofensa a Dios. Es más, esta dejadez y este abandono llegan a veces hasta el punto de descuidar incluso el Sacramento de la penitencia, el mejor medio que Jesucristo Nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto al alcance de la debilidad humana.

Fuente: S. Pío X, Haerent Animo, Constitución Apostólica del Papa San Pío X sobre la santidad del clero

Beato Iván Merz

 

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Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

Encuentro y unión de mi voluntad con la de Dios

 

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Maravillosa explicación de cómo nuestra acción debe corresponder a la de Dios: 
La acción divina es anterior y superior a la mía, de suerte que la mía tiene su fuente y su medida en la de Dios: mi acción está mantenida, sostenida, dirigida y medida por la de Dios; yo no puedo preceder, ni exceder, ni abandonar el movimiento divino sin volver a caer, totalmente o en parte, en la muerte de una agitación puramente humana y natural. 
Ahora bien; en este proceso de la piedad, mi parte de acción es la piedad activa; la parte de acción de Dios, o más bien, la correspondencia a la acción de Dios, es la piedad pasiva. Se desprende de ahí que la piedad activa tiene su fuente y su medida en la piedad pasiva. No hay, pues, vida ni piedad sin la unión de la piedad activa a la piedad pasiva, y la unión supone que la piedad pasiva anima a la piedad activa como el alma anima al cuerpo.

El encuentro.- He aquí cómo se produce el desarrollo de esta unión: Dios me previene, obra sobre mí por un acto cualquiera de su beneplácito, acto interior o exterior, consolador o crucificante: unas veces es una inspiración, un accidente, un encuentro, en una palabra, uno cualquiera de esos actos providenciales que se ejercen sobre mí continuamente. Esta acción que se hace sobre mí, pero inicialmente sin mí, que me previene y que se me impone en cierta manera, ¿qué obra en mí? Es como una invitación, una excitación, una solicitación; sugiere una idea, un sentimiento o una acción. Y este primer movimiento, ¿qué pide de mí? Que yo lo acepte; es decir, que mi espíritu sea capaz de reconocerlo, que mi corazón quiera acogerlo y que mis sentidos se sometan a recibirlo como operación divina. Este es el deber de la piedad pasiva.

Frente a esta excitación mi libertad puede desempeñarse de dos maneras: puédese cerrar o abrir. Si yo me cierro; si, demasiado sensible a una impresión natural, me impaciento o me desaliento en una prueba; si me entretengo en un consuelo, o si la disipación exterior o la apatía interior me hacen extraño a los toques divinos, no hay correspondencia a la acción de Dios. En este caso permanezco frío, vacío, sin animación espiritual, fácilmente olvidadizo, o desganado, o incapaz de cumplir mi deber; me quedo en la mentira, en la vanidad y en la esclavitud de mi inercia o de mi movimiento puramente humano; mis pensamientos, mis sentimientos y mis acciones no son animados por la influencia divina, a la cual voluntariamente me he cerrado. No hay ni piedad pasiva ni piedad activa; ha faltado la sumisión y por eso ha faltado de igual modo el cumplimiento del deber.

La unión.- Pero si por una franca aceptación me abro a la solicitación divina, entro entonces en comunicación efectiva, con el Autor de la vida. La operación por la cual me ha prevenido va a prolongarse en mí, me acompañará, me sostendrá y me fortificará hasta el cumplimiento del deber para el cual me es proporcionado este auxilio; y así el deber es visto en la luz de Dios, amado en el movimiento de Dios, cumplido en la fuerza de Dios; entonces es cuando el deber tiene una perfección acabada, con tal que yo quiera mantenerme en este estado de correspondencia que permite al movimiento divino continuar su acción y producir su efecto.

Fuente: cf. José Tissot, La vida interior

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

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Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

El Buen Pastor (I)

 

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La Liturgia se complace en presentarnos a la Iglesia como un prado fecundo, donde Jesús, cual Buen Pastor, apacienta a los fieles con un pasto delicioso, la gracia divina, que el alma toma por medio de los Sacramentos. En la Eucaristía, Sacramento pascual, es donde Jesús contribuye particularmente al crecimiento de nuestras almas, dándonos en alimento su Cuerpo y Sangre. ¿Es posible hallar un Pastor más cuidadoso y solícito?

Cual ovejita del rebaño de Cristo te ha correspondido a ti, alma amiga, tal dicha. Te mueves entre cortesanos celestes y te nutres de manjares divinos. No rebajes tu condición, ansiando saborear otros goces. Con el gusto espiritual sucede lo que con el paladar. Si se acostumbra a bocados deliciosos, le dan náuseas los vulgares, y si prueba manjares vulgares, no será capaz de saborear la exquisitez de los finos y delicados. Por eso los santos sienten hastío de las cosas mundanas; y por eso los mundanos no pueden soportar una hora de silencio ante el sagrario; como los israelitas que preferían al rico maná los ajos y cebollas de Egipto.

No quieras pertenecer tú a este último grupo. Y para ello procura que tus lecturas sean de cosas santas, que tus conversaciones no se muevan en un ambiente pagano, que tus diversiones no te aparten del espíritu de Jesús. De esta forma, acostumbrada al manjar delicado de lo espiritual y divino, no habrá peligro de que te atraiga lo bajo y rastrero, degradándote así de tu dignidad excelsa.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Tras los pasos del Señor

 

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San Josemaría Escrivá de Balaguer

El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. 
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.

Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar. Para eso, insisto, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria. 
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo.

Fuente: S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios

Disposiciones para recibir dignamente el Pan Eucarístico

 

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Fue en la soledad, lejos del mundo, sobre una montaña, donde Jesús realizó el milagro de la multiplicación de los panes, símbolo de la sagrada Eucaristía, queriéndonos enseñar que, para que participemos abundantemente de las gracias de la Comunión, debemos vivir, a lo menos de deseo, alejados del mundo, de sus vanidades, de sus placeres y de sus máximas. Los israelitas, para comer el Cordero pascual, figura de la Eucaristía, se mantenían en pie, con un cayado en la mano, como viajeros que se aprestaran a abandonar el país. Nosotros, que somos extranjeros sobre la tierra, debemos vivir en ella completamente desprendidos de lo terreno, no atándonos con lazos de afecto a nada de lo perecedero y creado.

Perfectamente desligados de todo lo caduco, hemos de hallarnos en las mejores disposiciones de recibir con fruto al Creador, Rey inmortal de nuestras almas. Los israelitas en el desierto tenían que recoger el Maná, símbolo de la Eucaristía, antes de la aurora, porque si no, al calor del sol, se deshacía este celestial manjar. También el ardor de las pasiones, si no está combatido por la voluntad ayudada de la gracia, impide que la paz y la tranquilidad necesarias para comulgar devotamente se posesionen de nuestro corazón. 
Jesús, antes de realizar el milagro de la multiplicación de los panes, hizo que se sentasen sobre el césped las personas que le seguían, para que con comodidad pudiesen alimentarse del pan del milagro. Con esto nos dio a entender que quiere que tengamos paz y tranquilidad interior siempre que nos acerquemos a su sagrada mesa, paz y tranquilidad interior que no obtendremos sin abnegación.

Apliquémonos a reprimir nuestras pasioncillas, genio vivo, inquietudes y excesiva actividad. Seamos menos sensibles a las heridas del amor propio. Así nos habituaremos a recibir la sagrada Comunión con los sentimientos requeridos para participar con fruto en el banquete del Príncipe de la Paz. Tal es la preparación remota debida a este divino Sacramento. 
En cuanto a la preparación inmediata, ¡cuántos actos de fervoroso deseo y de inflamado amor no deberemos de hacer! Estos fervientes deseos fueron simbolizados por el hambre grande de aquella multitud, que fue de modo milagroso plenamente saciada por Jesús. «Además -dice San Francisco de Sales-, hay que recibir por amor a aquel que se nos da por amor». Después de haber comido los panes multiplicados por el Salvador, el pueblo se sintió movido de tal modo hacia él, que quiso proclamarle rey de Judea, según se relata en el Evangelio. También nosotros estemos firmemente decididos, antes de tomar parte en el banquete Eucarístico, a proclamar a Jesús por Rey de nuestros corazones y a consagrarle pensamientos, deseos y acciones, colocándonos totalmente bajo su soberano dominio.

¡Oh Jesús, alimento divino! Por los piadosos ruegos de tu santísima Madre, hazme participar del banquete Eucarístico: 1º, llevando el cuerpo adornado de castidad y mortificación; 2º, con el corazón desprendido del mundo y de las pasiones; 3º, con voluntad sumisa y generosa, elevados sentimientos y ardentísimos deseos de pertenecerte sin reserva hasta el último suspiro de mi vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 257s

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

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¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

Necesidad de la mortificación

 

San Francisco de Asis 13  59

San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina