Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (III) - Beata María del Divino Corazón

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Beata María del Divino Corazón

María Droste zu Vischering, más conocida como la Beata María del Divino Corazón, recibió el sobrenombre de “Emisaria de Cristo Rey”, al ser instrumento del Corazón de Jesús para la Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, realizada por el Papa León XIII, el 11 de junio de 1899. 
Nacida en Munster (Alemania) en el seno de una familia noble, de gran tradición católica y devota del Sagrado Corazón. Ya desde pequeña tiene deseos de consagrarse enteramente al Señor. Su débil estado de salud hace retrasar su deseo de entrar como religiosa hasta 1888, año en el que ingresa en la Congregación de Ntra. Sra. de la Caridad del Buen Pastor, fundada por san Juan Eudes. Destinada a Portugal, acaba sus años postrada en cama y consagrada enteramente al Corazón de Jesús, de quien se convierte en mensajera, y a quien entrega su alma el 8 de junio de 1899. 
Extractamos a continuación algunos párrafos de la carta enviada al Papa León XIII para que se consagrara el mundo al Corazón de Jesús.

“La víspera de la Inmaculada Concepción me hizo Nuestro Señor entender que por el incremento que ha de tomar el culto a su Divino Corazón haría él brillar una luz nueva sobre todo el mundo, y traspasaron mi corazón aquellas palabras de la tercera misa de Navidad:“porque hoy desciende una gran luz sobre la tierra”. Parecíame ver interiormente esta luz, el Sagrado Corazón de Jesús, sol divino que hacía descender sus rayos sobre la tierra, primero tenuemente, después con mayor intensidad y por último a modo de torrentes que inundaban luz a todo el mundo. Y dijo: “El brillo de esta luz iluminará todos los pueblos y naciones y su ardor los calentará”. 
Reconocí su deseo abrasado de ver su Corazón adorable más y más glorificado, y conocido, y de derramar sus dones y bendiciones sobre todo el mundo… su deseo de reinar y ser amado, y glorificado, y abrasar con su amor todos los corazones. Y como su misericordia es tan ardiente, quiere que Vuestra Santidad le ofrezca los corazones de todos aquellos que por el santo bautismo le pertenecen para facilitarles la vuelta a la verdadera Iglesia, y los corazones de aquellos que no han recibido aún por el bautismo la vida espiritual, mas por los cuales dio Él su vida y su Sangre, y que están llamados igualmente a ser un día hijos de la Iglesia para apresurar de ese modo su nacimiento espiritual”.

María del Divino Corazón, fue beatificada solemnemente el 1 de noviembre de 1975 por el Papa Pablo VI quien dijo estas palabras sobre ella: “… la Iglesia honra a la hermana María del Divino Corazón. Es una gloria para Alemania, donde nació en Münster (1863), así como para Portugal, donde vivió más adelante como Madre Superiora del convento de las Hermanas del Buen Pastor en Porto, en circunstancias muy difíciles, y donde fue tan bendecida y murió a la edad de 36 años en 1899
Nacida en una prestigiosa familia aristocrática, recibió del Señor gracias extraordinarias, que Dios nos ha hecho partícipes. Se caracterizó por la ferviente devoción al Sagrado Corazón de Jesús y el amor que derrochó al cuidar de jóvenes vulnerables y de los pobres, así como por su incansable celo apostólico por el bien de los sacerdotes. Debido a que ella veía en ellos la pesada y feliz cruz de compartir los sufrimientos por la salvación de las almas, les veía como la verdadera imagen del Buen Pastor eterno. La hermana María del Divino Corazón se convirtió en el humilde instrumento de la misión que el Señor encomendara a nuestro predecesor, León XIII, para confirmar la consagración de la raza humana al Sagrado Corazón de Jesús. Esto fue anunciado unos días antes de la muerte de nuestra Beata, en la Encíclica «Annum sacrum» (del 25 de mayo de 1899). Su fecha litúrgica quedó establecida para el 8 de junio.

Fuente: santuariosagradoscorazones.wordpress.com

Víctima reparadora por el pecado del aborto

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Ana María Zeliková

La Sierva de Dios Ana María Zeliková nació en Napajedla (Moravia), República Checa, el 19 de julio de 1924. A los 9 años recibe la primera Comunión y con ella el inicio de una intensa vida espiritual que se ve fortalecida con la Historia de un Alma de Santa Teresita del Niño Jesús, naciendo en su interior el deseo de ser un día Carmelita Descalza. 
En la Semana Santa de 1938 escucha por casualidad que una pariente ha abortado voluntariamente. Esto la hace reflexionar y desea vivamente darse a sí misma totalmente, ser apóstol a través del sufrimiento y se ofrece a Jesús en reparación por el pecado del aborto. 
Los tres últimos años de vida, atacada de una tuberculosis que la va consumiendo, Ana renueva su ofrenda al Señor y va asemejándose día a día a Jesús, al que ama con todo su corazón. 
Al no poder ser ya monja Carmelita Descalza, se incorpora a la Tercera Orden Carmelita de la Antigua Observancia en enero de 1941. El brillo de sus ojos y su sonrisa se apagan al amanecer del 11 de septiembre de 1941. Una verdadera apóstol para nuestros días.

Fuente: cf. cuando-los-santos-son-amigos.blogspot.com.ar

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (IV)

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El negrito Manuel, vestido de un costal a raíz de las carnes y con barba larga a manera de ermitaño, continuó al servicio de la gran Señora hasta la ancianidad decrépita. Hallándose en la última enfermedad dijo un día a los presentes: 
“Mi Ama, la Santísima Virgen, me ha revelado que he de morir un viernes y que al sábado siguiente me llevará a la Gloria”. 
En efecto, así sucedió. Su muerte sucedió en el día que había dicho, y se puede creer que se verificó por entero su vaticinio, siendo llevada su alma bendita al cielo para poder gozar allí de la Virgen María, cuya venerable imagen tanto había amado y cuidado en la tierra. Murió en olor de santidad, por cuyo motivo es tradición que su cuerpo fue sepultado detrás del altar Mayor del Santuario del Capellán Montalbo, descansando a los pies de su Ama.

Después de su muerte la fama de santidad y de gran siervo de Dios que el negro Manuel dejó al morir no menguó con el tiempo. En efecto, Don Juan de Lezica y Torrezuri se había encargado de la construcción del nuevo templo de Luján y, aproximadamente en el año 1757, tuvo problemas por la falta de arena gruesa de tal modo que la obra se veía retrasada. En este conflicto un negro, que sin duda fue Manuel, le aseguró que a pocos pasos de allí había arena gruesa en una vizcachera, o algo parecido. No se engañó, y la halló Juan de Lezica en el lugar señalado, que jamás nadie había sabido que hubiese tal lugar. El hallazgo se tuvo por milagroso. Todos sabían que el negro Manuel no podía estar ajeno a la obra del nuevo Templo.

La figura apacible de este negrito interesa mucho. Esto vuelve a demostrar que Dios no se contenta con mirar la corteza, lo superficial, sino que su mirada penetrante escudriña lo más íntimo del corazón, y cuando el corazón que Él investiga es puro, todo su ser resplandece a sus ojos; y sólo aquel que fuere puro y blanco de alma, será entre sus manos, digno y eficaz instrumento de obras grandes, útiles y duraderas. Donde está la humildad y la rectitud de intención, allí también está la sabiduría, la santidad. Testigo de esta verdad es el negrito Manuel, cuya obra de predilección subsiste siempre atractiva y joven en la historia de Luján. 
Pidamos siempre por su pronta beatificación. 
Aprendamos del negro Manuel la materna esclavitud de amor por la que se hace ofrenda de toda nuestra persona y de todos nuestros bienes a María, y por Ella a Jesucristo, aprendiendo a marianizar toda nuestra vida haciendo todo por María, con María, en María y para María, para ser y hacer todo por Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús.

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (III)

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Uno de los más famosos milagros obrados por la Virgen a través del negro Manuel y seguramente el más celebrado fue la curación del P. Pedro Montalbo. Sucedió que en el año 1684 el padre licenciado don Pedro Montalbo enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron a tísico confirmado. 
Y viéndose así, afligido se fue en un carretón a hacer una novena a la Virgen de Luján en los días de su fiesta patronal, y cuando estaba como a una legua de la capilla, tuvo un accidente que lo dejó medio muerto, y así llegó a las puertas de la capilla. 
Desuncidos los bueyes salió el negro Manuel y ungiéndole el pecho con el aceite de la lámpara de la Virgen el P. Montalbo volvió en sí. Empezando a consolarlo, tiernamente le decía el negrito Manuel: “La Virgen Santísima le quiere para su Capellán”. 
El P. Montalbo prometió que si le daba la Virgen la salud, iba a serlo toda su vida. Fue el primer Capellán de María de Luján.

Con el proyecto de levantar un templo capaz y más digno de la veneración que merecía la Virgen, el negro Manuel, al paso que acumulaba las ofrendas que traían los devotos peregrinos, andaba por las estancias y aun por los pagos distantes, pidiendo limosnas para la fábrica del Santuario. En su muerte se le hallaron en depósito $14.000 de las limosnas, que los devotos le habrían ofrecido. 
La virtud había transformado totalmente al negro Manuel. Su devoción era comunicativa y su piedad sumamente edificante. 
Caminaba constantemente en la presencia de Dios, y no se pasaba hora en el día que no trajera, seguramente una o varias veces, a su memoria el recuerdo de la Virgen.

Cuando llegaba la hora de entregarse al reposo, el negro Manuel, respetado de todos como un patriarca, reunía en la ermita a todos los peregrinos y rezaba junto con ellos el rosario. Luego en un lenguaje todo perfumado de unción y campestre simplicidad daba a entender a los peregrinos que venían atraídos de los favores que obraba la Virgen, a que pusiesen toda su confianza en la Virgen, porque teniéndola por intercesora con su Divino Hijo, seguros alcanzarían los beneficios que necesitaran. Y cuando todos se retiraban de la ermita, el negro Manuel prolongaba hasta altas horas de la noche sus oraciones. 
El tiempo que le sobraba lo empleaba en trabajar para mantenerse, según era costumbre en gentes de su condición, haciendo riendas, botas, cinchas, caronas, rebenques y lazos. Era el amigo y consejero de esa dilatada comarca. Y los enfermos se encomendaban a sus oraciones.

Fuente: Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (II)

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Dios dispuso entonces consagrar al negro Manuel al culto de la milagrosa imagen dejándolo en casa de Rosendo Oramas, ya que en él se manifestaban señales evidentes de su filial amor, respeto y veneración. Quedó allí para servirla con prolijidad y esmero. 
Todo su cuidado era en el aseo y decencia de su altarcito. Se aplicaba con tanta solicitud que nunca tenía a su Imagen sin luz ardiente. 
La sirvió en ese lugar hasta 1671, o sea, estuvo 40 años sirviendo con suma paz y alegría a su única Patrona. A Ella había sido donado como esclavo, y él entendía perfectamente lo que importaba una tal donación, y se reconocía por el verdadero y exclusivo esclavo de la Virgen.

A fines de 1671, el negro Manuel pasa de la Capilla de la estancia de Rosendo a la casa de Doña Ana de Matos, para seguir cuidando dicha imagen. La Virgen no se quería ir de su antigua Capilla de Rosendo sin su esclavo, ya que volvió dos veces sola, por la noche, de la casa de Ana de Matos. Doña Ana de Matos, cuando llevó la Santa Imagen a su casa, no compró ni trató de la venta del esclavo, porque el esclavo ya estaba dado en dote a una nieta de Filiano. Como el negro nunca tuvo escritura legal, y su entrega a la Virgen fue una prestación amistosa, muy bien a su debido tiempo se creyó oportuno darlo en dote de casamiento a esta nieta de Filiano. El negro Manuel, por su propia cuenta, siguió a la Santa Imagen, considerándose esclavo propio de la Virgen, y no de los herederos de Rosendo.

Las palabras de Maqueda dan a entender que el negro pensó esta resolución, y que no fue precipitada, y que siguió a la Santa Imagen, convencido de cumplir una misión que en lejano día se le encargara. Es probable que las traslocaciones de la Imagen lo confirmaran más en su propósito. 
El maestro Oramas y los de su familia alegaban que el negro esclavo era de ellos como herederos que eran del entonces difunto Bernabé Filiano. El negro se defendía diciendo: “Yo soy de la Virgen no más; el conductor de las Santas imágenes, Andrea Juan, me dijo varias veces antes de morir, en la casa de Rosendo en Buenos Aires, que yo era de la Virgen, y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima”.

Su inocente simplicidad era tal que algunas veces trataba a la Virgen con mucha familiaridad. Fue el caso que, habiéndose hecho ya el pequeño oratorio contiguo a la casa de Ana de Matos, y estando ya colocada en su nicho la Imagen, reparó el negro Manuel que algunas noches faltaba del nicho, y por la mañana la encontraba ya en él, pero llena de rocío muchas veces y otras con el manto llenos de abrojos y cadillos, y por las fimbrias polvo y algo de barro, y en estas ocasiones le decía: “Señora mía, ¿qué necesidad tenéis Vos de salir de casa para remediar cualesquiera necesidad siendo tan poderosa? ¿Y, cómo Vos sois tan amiga de los pecadores, que salís en busca de ellos, cuando véis que os tratan mal?”

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (I)

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La Sabiduría Divina se valió de la sencillez de un pobre indio llamado Diego, para promover los cultos que se dan a su Santísima Madre en Guadalupe; así también quiso valerse de este esclavo humilde llamado Manuel, para propagar las maravillas de nuestra Madre de Luján. 
El negro Manuel nació en 1604, en Cabo Verde, África. En ese tiempo era colonia portuguesa. A los 25 años fue apresado y conducido a las galeras para ser vendido como esclavo en el Brasil. Un capitán llamado Andrea Juan lo compró para su servicio. Eran los últimos meses del año 1629. 
Dotado de una clara inteligencia y de un corazón humilde aprendió muy pronto las verdades de la Fe y fue bautizado, quizás en los días de Navidad y Año Nuevo, y a los pocos días recibió la Comunión. Y como era de corazón ingenuo y de alma pura e inocente todas las cosas de religión le daban una gran impresión (acatando las leyes de las Indias, se daba a los esclavos la más esmerada instrucción religiosa). El negro Manuel deja Brasil en enero 1630 rumbo al Puerto de Santa María de los Buenos Aires, junto con el capitán Andrea Juan, quien llevaba dos imágenes de la Virgen María a su amigo Antonio Farías de Sáa, a fin de darle culto en la Capilla que estaba construyendo en su estancia de Sumampa -en ese tiempo se llamaba toda la región Córdoba del Tucumán-.

Llegados a Buenos Aires, Andrea Juan tuvo algunos inconvenientes por ser contrabandista, como era común en esa época. Entonces su amigo Bernabé González Filiano sale ante las autoridades por fiador suyo, solventando la deuda. El marino portugués en agradecimiento le entrega su esclavo, el negro Manuel, y Filiano manda enseguida a Manuel a su estancia de Luján, para mayor seguridad y para evitarse complicaciones. 
Muy poco es lo que conocemos de Manuel, sin embargo los historiadores nos traen las pocas palabras que pronunciara en los momentos más importantes de la historia de Luján.

Cuando las carretas no quisieron avanzar. Los bueyes por más que tiraban no podían moverla un paso. Admirados de la novedad preguntaron los pobladores al conductor qué cargaba, a lo que respondió que era la misma carga de los días precedentes y pasando a individualizarlas añadió: “Vienen aquí también dos cajones con dos bultos de la Virgen, que traigo recomendados para la Capilla nueva de Sumampa”. 
Discurriendo en tan extraña novedad, se supone que el negro Manuel, movido por la gracia de Dios dijo: “Señor, saque del carretón uno de los cajones, y observemos si camina”. 
Así se hizo, pero en vano. 
“Cambien los cajones, veamos si hay en esto algún misterio”, replicó Manuel. 
Aquí fue cuando llegó la admiración ya que los bueyes movieron sin dificultad el carretón. Insinuó el negro Manuel: “Esto indica que la imagen de la Virgen encerrada en este cajón debe quedarse aquí”. 
Abrieron el cajón y encontraron una bella imagen de la Virgen en su advocación de la Purísima Concepción. Desde entonces, en lo más íntimo del alma del negrito Manuel, se formó una unión firme e indeleble entre su corazón y la Virgen.

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Siervo de Dios Luis Gastón de Sonis

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Luis Gastón de Sonis, nació el 25 agosto de 1825 en la Isla de Guadalupe, donde su padre era oficial del ejército francés. De niño fue enviado a Francia para estudiar y seguir la carrera de las armas igual que su padre. A los 23 años, después de haber perdido a su madre y a su padre, experimenta una fuerte conversión. Luego de un discernimiento vocacional se siente llamado a servir al Señor viviendo en el mundo, y contrae matrimonio con Anais Roger en 1849, con la que tuvo doce hijos, caracterizándose por ser un amante esposo y padre.

Como General era firme en el deber y la disciplina, y al mismo tiempo lleno de gracia, de espíritu y de vivacidad, lo que lo hacía ser estimado por sus soldados y por sus jefes. Ferviente cristiano y Carmelita Seglar, se distinguió por su caridad con los pobres, la asistencia diaria a la Misa, la Comunión frecuente, la devoción al Sagrado Corazón. Nombrado General del cuerpo de ejército a la edad de 45 años, lideró la batalla heroica de Loigny el 2 de diciembre de 1870, bajo la protección de la bandera del Sagrado Corazón, bordada por monjas de la Visitación de Paray le Monial. Fue seriamente herido y estuvo toda la noche en el helado campo de batalla, por lo que su pierna izquierda tuvo que ser amputada. El General fue nombrado Caballero Cristiano por el Papa León XIII.

Murió el 15 de agosto 1887 en París, ofreciendo a Dios todo su sufrimiento. Fue enterrado en Loigny, en la cripta de la Iglesia, cerca de los zuavos pontificios y los soldados caídos en la batalla de 1870. En su tumba leemos el siguiente epitafio: “Miles Christi”, Soldado de Cristo.

Fuente: carmeloteresiano.com

Santidad Argentina (XXXV)

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Cecilia Perrín

EL DOLOR… CAMINO HACIA DIOS (II)

Estimado lector, hoy comenzaremos a recorrer, el camino de santidad de Cecilia Perrín, joven argentina que se encuentra en proceso de beatificación. Es un “luminoso” camino, que aunque está signado por el dolor y la muerte, se podría decir que es un camino de “Vida”, puesto que, abrazando el dolor de la manera que ella lo hizo, se llega a la verdadera Vida, a la Patria; abrazando fuerte la Cruz, que es un regalo de Dios, se llega a la resurrección.

Cecilia nació el 22 de febrero de 1957, en Punta Alta, Provincia de Buenos aires; en el seno de una familia profundamente cristiana formada por Angelita y Manolo Perrín (hoy Manolo se encuentra también en proceso de beatificación). 
Desde pequeña, se fue formando en un ambiente de amor y fuerte unidad familiar en donde se vivían, como lo más natural, las virtudes cristianas, manifestadas luego en actos concretos de amor al prójimo. Cecilia desde muy pequeña ya realizaba estos actos de amor en la medida de sus posibilidades, como por ejemplo el caso de un ancianito ciego que ella saludaba muy cortésmente al salir de la escuela, y cuentan los hijos de este señor que él pedía que lo saquen a la vereda a la hora que Cecilia pasaba. También cuentan sus hermanos que ella estaba siempre dispuesta a ayudarlos, aunque a veces esas ayudas le costaran algún sacrificio.

Podemos resumir que desde muy niña, ya iba comprendiendo lo que es el verdadero amor a Dios que se manifiesta en el amor concreto hacia los que nos rodean. 
Este amor hacia el otro, hacia el prójimo, se manifestó de manera más radical cuando contaba alrededor de 17 años. En ese tiempo la mamá contrajo una enfermedad que la obligaba a guardar cama con frecuencia; fue entonces que ella pasó a ocupar el puesto de “ama de casa” y ayudar a su papá en la difícil tarea de llevar adelante el hogar y de cuidar de la mamá enferma y de sus hermanos.

De este período nos cuentan algunos de sus amigos: 
Rubén: “Fue en esta etapa, en la cual Cecilia se convirtió en la mano derecha del padre, cuando me parece que comenzó a fraguarse de un modo distinto. Yo la veía ahí, ayudando a Manolo, amando a cada uno, en el momento de más dolor… entonces me hacía recuperar la convicción (que a veces se pierde) de que lo único importante es amar a Jesús en el prójimo, en cada momento.” 
Y Carlos nos dice: “El dolor de la enfermedad de la mamá generaba un sufrimiento general en la familia, que Cecilia trataba de atemperar: ayudando, tomando decisiones respecto de los hermanos… muchas veces hablábamos de todo esto, tratando de buscar la forma de seguir adelante, porque en muchas ocasiones ella sentía que la situación la sobrepasaba. Recién terminaba el secundario, le habían quedado algunas materias y no lograba estudiar… Tenía muchos razonamientos con los cuales me fue dejando en el alma huellas imborrables… Por ejemplo, algo que muchas veces me decía y que siempre recuerdo, es que si ella tenía algo en claro era la convicción de que no había que apoyarse en las personas, porque éstas pueden, por su condición, engañarte, desalentarte, dejarte solo. Me decía: no te apoyes ni siquiera en mí, porque yo también te puedo defraudar; el único infalible es Jesús, porque es Aquél que va a estar siempre con vos. Y agregaba: esto tenelo muy en cuenta, para cualquier relación; proyéctela siempre más allá de la persona en sí, porque de lo contrario, si el otro te falla, te caes; y esto no es lo que Dios quiere.”

Y hasta aquí llegamos por hoy, y dejamos a esta joven Cecilia que ya a sus 17 años va comprendiendo que todo lo de aquí abajo, incluso las personas más queridas, todo, todo es transitorio y todo pasa, menos el Amor de Dios que siempre permanece. 
Nos despedimos citando una frase de las cartas que 11 años después escribiría durante su enfermedad: “La prueba es fuerte, pero vemos en todo la mano de Jesús, y es Él quién nos da la fuerza y nos lleva adelante para descubrir tantas cosas. Muchas veces escuché decir que el dolor, transformado en amor, se convierte en camino hacia Dios; pero nunca imaginé que yo lo viviría. Y es cierto: es el dolor el que me ha permitido descubrir muchas cosas.” 
Hasta la próxima entrega.

Conocer a Jesús por su Corazón

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Cuadro que mandó pintar el presidente de Ecuador Gabriel García Moreno en 1873

Ése, ése es el camino por donde estas páginas quieren llevar a los que las lean: conocer a Jesús conociendo su Corazón. 
Si de todo hombre puede afirmarse que es bueno o malo, grande o ruin, según sea su corazón, del Hombre-Dios puede asegurarse con más razón y estricta verdad. 
A todo hombre puede conocerse, conociendo cómo y a quién ama. A Jesús incomparablemente mejor. 
¿Por qué? Porque en la función propia del corazón, que es el amar, está todo el secreto de su venida a la tierra en carne humana, mortal primero y eucarística después. De su vida entre los hombres. De su padecer y morir. Y de su perpetuarse por ellos en la Hostia de su perenne Sacrificio. 
"Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos..." (Jn 15, 13). ¡Nadie ha amado, ni ama, ni amará más que Él!

¡Conocer al Corazón de Jesús! ¡Cuántas buenas almas me han pedido un libro que trate de esto solo: qué es el Corazón de Jesús! 
Escribiendo estoy esas palabras y la pluma me tiembla entre los dedos. ¿Atrevimiento insensato? ¿Osadía sacrílega? ¿Profanación del misterio de los misterios de Jesús? ¡Entrar en su Corazón, es decir, introducirse en ese divino Laboratorio en que se han forjado la Eucaristía y la Iglesia! Sumergirse en el Manantial del que brotan las lágrimas resucitadoras que abren losas de sepulcros y ablandan corazones de piedra y los raudales de sangre que lavan pecados, redimen los mundos y divinizan a los hombres. Asomarse al Horno, y más, al Volcán de donde ha salido y sale el fuego de amor que ha impedido e impedirá que el mundo se muera de frío y de egoísmo. Y que ha conseguido y seguirá consiguiendo que los hombres amen a su Dios como a su Padre y se amen unos a otros como hermanos, y hasta den la vida por su Padre Dios y por sus hermanos los hombres; que los enemigos se perdonen y se abracen y que los huérfanos tengan padres y valedores... 
Entrar en su Corazón, esto es, aproximarse al místico Incensario del que se levantan blancas e inmensas espirales de alabanzas y desagravios, que satisfacen a Dios; aromas de piedad, humildad, pureza y paciencia que hacen santos a los hombres y desinfectan esta charca inmensa de la tierra pecadora. 
¡Todo eso e infinitamente más que eso, es el Corazón de Jesús!

¿Quién puede llegar o enseñar a acercarnos? ¿Los santos? ¿Los libros de los sabios?... Muchas y muy lindas cosas del Corazón de Jesús sabemos por esos elementos. Es cierto. Pero también lo es que ni unos ni otros lo han dicho todo, ni se han hecho entender de todos. 
Unos porque cuentan cosas muy subidas a fuerza de místicas. Y otros, por fríos sistematizadores o vulgares rutinarios, impiden o dificultan el conocimiento íntimo, interno, que decía san Ignacio, personal, irresistiblemente atrayente del Corazón de Jesús como órgano de su Humanidad y como símbolo de su amor, por parte del pueblo cristiano y, me atrevería a decir, de hartos letrados y allegados. 
¡Si nos diéramos bien cuenta de lo que es el Corazón de Jesús y de lo que en Él tenemos! 
¿Cómo? ¿En dónde encontrar ese guía?... ¡En el Evangelio!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

La devoción del Beato Carlos de Austria al Sagrado Corazón

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El Beato Carlos de Austria de rodillas en la Iglesia del Sagrado Corazón en el Tirol, en 1916

El Beato Carlos fue un rey apostólico, un emperador particularmente devoto del Sagrado Corazón de Jesús a lo largo de su vida, y fielmente observó la práctica del Primer viernes en honor del Sagrado Corazón. El 2 de octubre de 1918, consagró a su familia y todo su imperio al Sagrado Corazón, renovando este acto cada primer viernes. Fue igualmente devoto de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, tanto que un obispo de la época lo llamó "el emperador Eucarístico".

Al ser mal juzgado, calumniado, perseguido, arriesgando su vida por su gente, el exilio y su dolorosa enfermedad final, el Emperador Carlos permitió que su corazón se conformara al Sagrado Corazón de Jesús. 
Incluso en el exilio y la enfermedad, el Emperador tomó muy en serio sus deberes como monarca y padre de su pueblo. Debido a su enfermedad, la emperatriz Zita le leía periódicos, pero sentía que los artículos le daban problemas y le preocupaban demasiado. Ella lo instó a que no le pidiera que le leyera porque no era bueno para su salud, pero el emperador respondió: "Es mi deber estar informado, no es un placer. ¡Por favor lee!"

Su devoción al Sagrado Corazón de Jesús fortaleció al emperador durante su dolorosa y última enfermedad. En su lecho de muerte le dijo a la condesa Mensdorff: "Es tan bueno tener fe en el Sagrado Corazón de Jesús. Sin él, las dificultades serían imposibles de soportar”. 
El Beato Carlos mantuvo una imagen del Sagrado Corazón bajo su almohada a lo largo de su vida y durante su enfermedad. Una vez, cuando la emperatriz Zita quería que él consiguiera un descanso muy necesario, sacó la imagen de debajo de la almohada y la sostuvo ante los ojos del emperador. Ella dijo que era absolutamente necesario para él dormir, y que debería pedirle al Señor por ello. Contempló la imagen y con urgencia, pero devotamente, dijo: "Querido Salvador, por favor, concédeme dormir". Luego pudo dormirse y descansó durante tres horas, que tanto necesitaba. 
El Santísimo Nombre de Jesús fueron sus últimas palabras en este mundo: “Hágase tu voluntad... Sí... Sí... como lo harás... ¡Jesús!”

Fuente: cf.emperorcharles.org