María, Madre de la Iglesia

 

Madre de la Iglesia 02  02

María, Madre de la Iglesia

En verdad la realidad de la Iglesia no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenanzas jurídicas. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, ha de buscarse en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla, que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a sí para nuestra salvación. Así ha de encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdadera católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia. (...) 
A este fin hemos creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente entrañable para Nos. (…) 
Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado. 
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél, que desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores; es decir, de la Iglesia.

Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a Ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación. 
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico “Bienaventurada porque has creído”.En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en Ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo. 
Por lo tanto, auguramos que con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el pueblo cristiano se dirigirá con mayor confianza y ardor a la Virgen Santísima y le tributará el culto y honor que a Ella le compete.

Fuente: S.S. Pablo VI, alocución del día 21 de noviembre de 1964

El Magnificat de María Santísima

 

Visitacion de la Virgen 03  03

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.

Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna. 
Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno. 
Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. No se atribuye nada a sus méritos, sino que toda su grandeza la refiere a la libre donación de aquel que es por esencia poderoso y grande, y que tiene por norma levantar a sus fieles de su pequeñez y debilidad para hacerlos grandes y fuertes. 
Muy acertadamente añade: Su nombre es santo, para que los que entonces la oían y todos aquellos a los que habían de llegar sus palabras comprendieran que la fe y el recurso a este nombre había de procurarles, también a ellos, una participación en la santidad eterna y en la verdadera salvación, conforme al oráculo profético que afirma: Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará, ya que este nombre se identifica con aquel del que antes ha dicho: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. 
Por esto se introdujo en la Iglesia la hermosa y saludable costumbre de cantar diariamente este cántico de María en la salmodia de la alabanza vespertina, ya que así el recuerdo frecuente de la encarnación del Señor enardece la devoción de los fieles y la meditación repetida de los ejemplos de la Madre de Dios los corrobora en la solidez de la virtud. Y ello precisamente en la hora de Vísperas, para que nuestra mente, fatigada y tensa por el trabajo y las múltiples preocupaciones del día, al llegar el tiempo del reposo, vuelva a encontrar el recogimiento y la paz del espíritu.

Fuente: cf. Homilía de San Beda el Venerable, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

María, auxilio de los cristianos (IV)

 

San Juan Bosco 06  39

“En esta próxima fiesta de María Auxiliadora, si viniesen a veros y, si no vienen, escribiéndoles una carta, o dándoles recado en familia, decidles de mi parte: -Don Bosco os asegura que si queréis obtener alguna gracia espiritual, recéis a la Virgen con esta jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y seréis escuchados. 
Se entiende que se rece con las condiciones que ha de tener toda oración. 
Si no sois escuchados, haréis un favor a Don Bosco escribiéndole. 
Si yo llego a saber que uno de vosotros ha rezado bien, pero en vano, escribiré inmediatamente una carta a San Bernardo diciéndole que se equivocó cuando dijo: “Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir que alguno te haya invocado sin tu auxilio recibir”... 
Pero, podéis estar seguros de que no ocurrirá que tenga que escribir una carta a san Bernardo. 
Y, si tal me ocurriese, entonces el santo Doctor sabrá encontrar en seguida algún defecto en la oración del suplicante…

Haced, pues, la prueba que os he dicho y si no sois escuchados no encontraremos dificultad en enviar una carta a san Bernardo. 
Bromas aparte, os repetiré que al fin de esta novena que todavía está en curso, grabéis en vuestro corazón estas palabras: María, Auxilium Christianorum, ora pro me, y las recéis en todo peligro, en toda tentación, en toda necesidad y siempre; y que pidáis también a María Auxiliadora la gracia de poder invocarla. 
Y yo os prometo que el demonio fracasará. 
¿Sabéis qué quiere decir que el demonio fracasará? Quiere decir que no tendrá ningún poder sobre vosotros, no logrará nunca haceros cometer un pecado, y tendrá que batirse en retirada. Mientras tanto, en el santo sacrificio y en los otros ejercicios piadosos, yo os recomendaré a todos al Señor para que os ayude, os bendiga, os proteja y os conceda sus gracias por medio de María Santísima.”

Fuente: Palabras dadas por Don Bosco a sus alumnos el 20 de mayo de 1877.

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (XV)

 

Virgen de Fatima 14  51

Estimado amigo lector, buen día; ¡FELIZ DÍA DE LA VIRGEN!

En un día como hoy, hace 100 años atrás, la Santísima Virgen ha descendido del Cielo a un humilde pueblito de Portugal; llamado Aljustrel, dependiente de Fátima, apareciéndose a tres pequeños pastorcitos. Dos de estos tres pequeños niños, Jacinta y Francisco son en este día solemnemente canonizados por el Santo Padre Francisco en el mismo lugar de las apariciones, Fátima. Con esta ceremonia, estos dos pastorcitos son propuestos como modelo de vida cristiana a toda la Iglesia universal. 
Y junto con la alegría por estos dos acontecimientos: el centenario de las apariciones y la canonización de los pastorcitos, tú y yo nos podemos preguntar cómo podemos nosotros imitar a tan singulares niños, o cómo puede ser que adultos como nosotros, que vivimos en medio de un mundo tan agitado y convulsionado, podamos imitar algo de esos dos niños pequeños, pastores de ovejas, que vivieron toda su corta vida en un pueblito perdido entre las sierras de Portugal. Yo te respondo a ti, y también me respondo a mí mismo, que tenemos mucho que imitar de estos niños.

Vamos a resaltar solo algunos aspectos: lo primero que podemos imitar es, de ambos santitos, sus intensas vidas de oración, llevadas a cabo en medio de las tareas cotidianas; elevando continuamente la mente a Dios, y también buscando sitio en nuestro día para entrar en comunión con Quien nos ama inmensamente y a Quien todo le debemos. 
Ahora bien, de Francisco en particular, hacer de nuestras vidas un acto de ofrenda en reparación de las ofensas con que Dios es ultrajado continuamente por los pecados de la humanidad. Este pequeño pasaba largos ratos en sus momentos libres pensando en Dios, meditando cómo es continuamente ofendido, y no dejaba pasar ocasión para hacer actos de reparación y consolar a Nuestro Señor por los pecados de los ingratos pecadores.

De Jacinta podemos imitar su continua oración por las almas de los pobres pecadores, especialmente para librarlos en el momento de la muerte de caer en el infierno. A esta pequeña niña le causó tal impresión el ver el infierno, con las almas que continuamente caen en él, que hizo de toda su corta e inocente vida, una ofrenda para librar a los pecadores de la condenación eterna. Podemos citar un pequeño ejemplo: en una tarde de verano, de intenso calor, los pequeños estaban agotados por el calor y resuelven ir a pedir agua a una vecina del lugar donde se encontraban pastando el rebaño. Ésta les da con gusto el agua pero, al ofrecérsela a Jacinta, ella la rechaza diciendo que ofrece la sed por la conversión de los pecadores. Más tarde, debilitada la pequeña por el calor, siente un fuerte y continuo dolor de cabeza, que igualmente soporta y ofrece por la conversión de los pobres pecadores. ¡Y esto lo vivió una pequeña de tan solo 7 años!

Y nosotros, al considerar estos pequeños ejemplos de los pastorcitos, a esa tierna edad; ¿qué excusa pondremos para no hacer de nuestras vidas una ofrenda perfecta de amor y reparación de las ofensas contra el Amor Divino? Ánimo pues, amigo mío; vivamos nuestra vida cristiana de manera heroica, realizando lo poco o mucho, lo grande o pequeño e insignificante que debamos hacer, con todo amor y con toda la mayor perfección posible; sabiendo que son muchos los pecados con que a diario y a cada instante se ofenden al Amor Divino, especialmente manifestado en la Eucaristía; y también son muchísimas las almas que a diario caen en el infierno por no haber quien rece y se sacrifique por ellas. 
Me despido hasta la próxima entrega, en donde comenzaremos a desarrollar con más detenimiento las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima, ya en el marco de los 100 años de sus manifestaciones. 
Adiós… y feliz día de la Virgen.

Nuestra Señora de Luján y el P. Salvaire (III)

 

Basilica de Lujan 02  03

Detalle del Retablo de la Basílica de Luján

Continuación: 
En otro lugar de la misma obra agrega el P. Salvaire: “No sin temor y recelo a mis cortos alcances, pero sí con fe y amor, como persona que cumple con toda conciencia un voto hecho en un supremo conflicto a su Ser superior de quien ha recibido evidente protección y amparo, me determiné a poner manos a la obra y escribir la presente historia de Nuestra Señora de Luján” 
Finalmente en la carta al Superior General de la Congregación de la Misión detalla: “En la expedición al seno de las tribus indómitas de la Pampa, me vi condenado a muerte y puedo decir milagrosamente salvado; circunstancias a la cual debo yo haber escrito la Historia de Nuestra Señora de Luján”

La Virgen María siempre está dispuesta a hacer uno y mil milagros, siempre que sea para bien de sus hijos. Es la omnipotencia suplicante, como lo mostró en Caná de Galilea. Debemos aprender a amarla cada día más, y para ello nada mejor que el rezo del Santo Rosario. 
Con el rezo del Santo Rosario, preferentemente diario, meditamos la obra de la Redención consumada por Jesucristo, a la que asoció a su Madre. “El Santo Rosario es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo” (S. Luis M. Grignion de Montfort). “Se ha visto, por experiencia, que aquellos y aquellas que… tienen grandes señales de predestinación, aman, gustan y recitan con placer el Ave María, y que, cuanto más son de Dios, más aman esta oración… No sé cómo sucede esto, ni por qué; pero, sin embargo, es verdadero; y no poseo secreto mejor para conocer si una persona es de Dios, que examinar si ama rezar el Ave María y el Rosario” (Id.). El Rosario es un “compendio del Evangelio” (S.S Pío XII), “oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora”, y en él “la repetición letánica del 'Dios te salve, María…' se convierte también en alabanza a Cristo” (S.S. Pablo VI).

Hoy celebramos el día de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra querida Patria. Ella que en 1.630 quiso quedarse milagrosamente a orillas del río Luján, para dispensar desde allí especial protección al pueblo argentino. Recordemos este gesto maternal de nuestra Santísima Madre y todas las gracias que nos ha concedido desde allí y renovemos nuestro propósito de ser fieles hijos de tan buena Madre. 
“Que María Santísima, según continuamente rezáis, proteja vuestro pueblo argentino; mantenga a todos en la fe católica, a pesar de las maquinaciones de los incrédulos; os dé sacerdotes celosos de vuestra salvación, autoridades honradas y cristianas e inspire a todos fe, abnegación y caridad; que la que habéis invocado cantando '¡Oh Santa María, oh nuncio de paz, de Dios eres Madre, al mundo salvad!', obtenga finalmente para el mundo una paz próxima, estable y justa.” (S.S. Pío XII)

Fuente: Cfr. R. P. Carlos Buela VE, María de Luján. El misterio de la mujer que espera.

Nuestra Señora de Luján y el P. Salvaire (II)

 

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El Voto del Padre Salvaire en las Salinas Grandes

“¿Por qué la rabia de los indios se había desencadenado contra este misionero de paz? Una espantosa plaga, la viruela, azotaba la tribu y esa gente acusaba al sacerdote de haber traído el mal. Era menester matarlo y arrojar sus cenizas al viento a fin de conjurar el maleficio. El sol se había levantado sin resplandor…, la misma naturaleza parecía tomar parte en el espectáculo que se preparaba. Los gritos, la carrera loca de los jinetes había cesado. Sacaron la suerte y los cuatro guerreros designados para horadar a la víctima con sus lanzas subieron pronto a caballo. Los pusieron luego en movimiento en un círculo que debía ir poco a poco estrechándose, hasta que pudiesen golpear al condenado. En aquel momento, un joven indio llegaba al campamento. Se acercó al sacerdote, lo miró con un movimiento rápido, arrojándole su poncho sobre la cabeza le gritó: Cúbrete, cristiano, y no vayas a morir de miedo. El sacerdote repetía casi maquinalmente su voto: 
¡Salvadme, Santa Madre! Si por vuestra gracia todopoderosa escapo de la muerte, mi vida será consagrada a levantar vuestro Santuario y propagar el culto de vuestro bendito Nombre.

El poncho había caído sobre él y su pesado tejido grueso le pareció una coraza que venía a protegerlo. La hendidura del pocho se hallaba precisamente sobre su cara, la entreabrió a fin de respirar y apercibió a los guerreros terriblemente excitados continuando su carrera furibundos. Pero más allá frente al Cacique, estaba un joven de grande estatura que le hablaba. Sus ademanes elocuentes como los de todos los guerreros pampeanos indicaban que él abogaba calurosamente. El Cacique dio una señal. El galope cesó. El joven se acercó al misionero y quitándole el poncho le dijo: Levántate, hermano, estás salvado. El P. Salvaire, a quien desde entonces llamaron familiarmente 'el padre Salvado', reconoció al indio que había intercedido por él y que era el hijo del Cacique. Ese joven, tiempo antes había sido preso por las tropas nacionales y debía ser fusilado cuando el P. Salvaire obtuvo su perdón. El joven acababa de pagar su deuda de agradecimiento”

En 1885, al publicar Salvaire su obra de Nuestra Señora de Luján, escribía de ella: “Dulce madre mía, yo mismo experimenté de un modo indecible las maravillosas influencias de vuestra tierna protección, de vuestro poder y bondad sin límites. Quédese yerta y sin movimiento esta mano derecha, trábese mi lengua, si jamás en mi vida llegara mi corazón a olvidarse de vuestra portentosa mediación en mi favor y de la promesa que en lance tan apremiante os hice, de consagrar todas mis facultades a haceros conocer, como merecéis, de no perdonar medios para alabaros y encomiar vuestro poder y maternal ternura, y de esparcir, en cuanto me fuere posible, hasta los confines de esta República, vuestra hermosa y simpática leyenda. Este libro, amable protectora, es el cumplimiento de mi inolvidable promesa.”

Fuente: Cfr. R. P. Carlos Buela VE, María de Luján. El misterio de la mujer que espera.

Nuestra Señora de Luján y el P. Salvaire (I)

 

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Padre Salvaire

La Virgen de Luján estuvo desde un comienzo muy propicia a escuchar los ruegos de sus devotos… Dice el historiador Antonio Oliver (aproximadamente entre 1760-1770) luego del primer milagro de la carreta “empezaron los fieles a venerar a la Virgen Santísima, en aquella, su santa imagen, y ella correspondió manifestándose con milagros”. 
Son muchísimos los milagros que han quedado registrados desde ese día, pero queremos recordar ahora este: 
Un relato histórico del literato Pastor S. Obligado publicado en la revista La Perla del Plata, el 5 de marzo de 1899, al mes del fallecimiento del Padre, nos informará del motivo que movió al dicho P. Salvaire a trabajar con tanto denuedo y perseverancia para dar a conocer por todos los pueblos la historia y culto de Nuestra Virgen de Luján. Sucedió a fines de 1875, cuando Salvaire tenía 28 años:

“Era en el sur de la provincia de Buenos Aires. Los indios recorrían todavía como dueños la Pampa estéril. El alba deslizándose a través de los vapores de la mañana alumbraba tristemente una toldería escondida en el fondo de una de las ondulaciones de la inmensa llanura. En el campamento, la noche había sido una larga orgía, preludio de la ejecución de un prisionero. La víctima, que era un modesto sacerdote francés, había pasado la noche en oración. Cuando el día amaneció, la chusma, aquella hez de las tolderías, vino a insultar los últimos momentos del condenado. En primera línea una banda de viejas arpías, haraposas, desmelenadas, ebrias, se distinguían por su violencia, la crudeza de sus injurias, y en medio de sus imprecaciones excitaban a los guerreros a horadar con sus lanzas aquel perro cristiano. 
El joven sacerdote, de rodillas, oraba. No desesperaba. En los momentos que todo parece perdido, el hombre encuentra siempre en un rincón del corazón un rayo de esperanza. Muy débil era este rayo en el prisionero; pero la fe lo animaba. Las vociferaciones de la chusma aumentaban a cada momento. La hora suprema había llegado. Él lo comprendió. Echó una mirada hacia el pasado que se le apareció en cuadros llenos de amargura a causa de su mismo encanto. Volvió a ver a Francia, a su aldea, a su viejo padre enorgullecido por su elevación al sacerdocio y llorando por su partida. Recorrió durante algunos momentos sus últimas etapas a través del nuevo país que él había venido a evangelizar. 
Su espíritu se detuvo admirado al pensar en la última plegaria que había dirigido al pie de los altares en una modesta Capilla dedicada a la Madre de Dios. Era apenas la víspera. Rezaba allí con fervor por el buen éxito de su viaje. Vuelve a hallar este fervor en el medio del peligro y dirigiéndose a la Consoladora de los afligidos hizo el voto, si Ella alejara de él el martirio inútil que le amenazaba, de propagar su culto y de consagrar su vida a transformar en un templo digno de Ella el modesto oratorio en donde se había arrodillado”.

Fuente: Cfr. R. P. Carlos Buela VE, María de Luján. El misterio de la mujer que espera.

Beato Pier Giorgio Frassati

 

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Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Jesús muere en la cruz

 

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La hora del Señor había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás y veía morir a su Hijo. 
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte que penetró en el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra. 
¿Quién podría expresar el dolor de la madre de Jesús, de la reina de los mártires?...

Fuente: Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección de Jesús.

Tras los pasos del Señor

 

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San Josemaría Escrivá de Balaguer

El cristiano ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo la obligación de mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva. 
Padre, me preguntaréis, y ¿cómo lograré esa sinceridad de vida? Jesucristo ha entregado a su Iglesia todos los medios necesarios: nos ha enseñado a rezar, a tratar con su Padre Celestial; nos ha enviado su Espíritu, que actúa en nuestra alma; y nos ha dejado esos signos visibles de la gracia que son los Sacramentos. Úsalos. Intensifica tu vida de piedad. Haz oración todos los días. Y no apartes nunca tus hombros de la carga gustosa de la Cruz del Señor.

Ha sido Jesús quien te ha invitado a seguirle como buen discípulo, con el fin de que realices tu travesía por la tierra sembrando la paz y el gozo que el mundo no puede dar. Para eso, insisto, hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria. 
Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo, aunque en ningún momento te falte la Cruz. Pero esa Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo.

Fuente: S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios