Consejos de un santo Matrimonio

Beato Emperador Carlos y Emperatriz Zita 01 01b

El Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita de Borbón Parma

Hay una razón por la que la Iglesia eligió la fecha de su boda para ser el día de la fiesta del Beato Carlos. En vez de su fallecimiento, la Iglesia escogió una fecha de su vida que tenía gran significado y preparó el camino hacia su santidad: su aniversario de boda. 
El Beato Carlos, además de ser el último emperador de Austria (y gobernante del Imperio Austrohúngaro) y un líder que trabajó incansablemente por la paz durante la Primera Guerra Mundial, fue también un padre de familia y un leal marido para su esposa Zita. Estuvieron casados 11 años antes de la muerte prematura de Carlos en 1922 y juntos criaron a 8 hijos.

Ser el líder de un imperio en tiempos de guerra sin duda entraña muchas dificultades, pero en medio de la tormenta Carlos nunca olvidó la importancia de su matrimonio. De hecho, su matrimonio con Zita proporcionó a sus hijos y súbditos un modelo digno de admiración e imitación. Aquí reunimos cinco consejos matrimoniales basados en la vida del Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, para que inspiren y ayuden a las parejas casadas a vivir conforme a sus votos “hasta que la muerte nos separe”.

1) Recuerda que el objetivo principal del matrimonio es llevar a tu cónyuge al paraíso. 
El día antes de su boda real, Carlos dijo a Zita: “Ahora, ayudémonos mutuamente a llegar al paraíso”. Es fácil olvidar que el matrimonio, por encima de todo, es un sacramento. Esto significa que Dios otorga a las parejas casadas gracias especiales por cumplir con su estado en la vida, con el objetivo en el destino último, el cielo. Dios desea nuestra felicidad y podemos alcanzarla reconociendo la función que tenemos en ayudar a nuestro cónyuge a llevar una vida santa. Sin duda, no es algo sencillo, pero con Dios todo es posible.

2) Confía tu matrimonio a Dios y a la Santísima Madre. 
Carlos y Zita sabían que si querían “ayudarse mutuamente a llegar al paraíso”, necesitarían de toda la ayuda que pudieran recibir. Además de casarse por una ceremonia católica, la pareja tenía un grabado especial en el interior de sus anillos de boda. La inscripción, en latín, leía: “Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix” (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios”). Se trata de una antigua oración que expresaba su deseo de depositar su matrimonio bajo el atento cuidado de la Santísima Virgen María. 
Además, antes de irse de luna de miel, la pareja real hizo una peregrinación al santuario mariano de Mariazell, dedicado a Nuestra Señora Magna Mater Austriae (Gran Madre de Austria). El matrimonio puede ser muy difícil a veces, así que las parejas no deberían temer pedir ayuda a Dios y Su Madre.

3) Después de la boda, ya no existe el 'yo', sino el 'nosotros'. 
A menudo en los matrimonios surge la tentación de vivir vidas separadas, donde tanto la mujer como el marido tienen “sus trabajos” particulares, se toman las decisiones de forma separada y los cónyuges no se “inmiscuyen” en los asuntos del otro. Carlos y Zita, por el contrario, se consideraban más como un equipo. Zita estaba muy interesada en la ocupación de su marido y no temía expresar sus ideas. Acompañaba con frecuencia a Carlos en sus viajes políticos, además de desempeñar un papel activo en las preocupaciones sociales del imperio. 
Además de trabajar juntos como una pareja real, Carlos y Zita educaban activamente a sus hijos en las verdades de la fe. No era simplemente una “tarea de Zita” el enseñar a los hijos a rezar, sino que Carlos también imbuía en sus hijos el amor a Dios y les enseñaba personalmente sus oraciones. Se tomaban en serio la idea bíblica de “ser una misma carne”en todos los ámbitos.

4) Aviva continuamente la llama del amor. 
Ser un emperador durante la Primera Guerra Mundial suponía que Carlos tenía que viajar y tomar decisiones militares de vital importancia. Era algo doloroso para Carlos, ya que le obligaba a mantenerse alejado de su esposa y su familia. Carlos decidió instalar una línea telefónica desde sus cuarteles militares hasta el palacio imperial con el propósito de poder llamar a Zita varias veces al día. Llamaba al palacio simplemente para charlar con Zita y para ver qué tal les iba a los niños. Carlos entendía que incluso con sus muchas responsabilidades, su matrimonio y su familia merecían la más alta de las prioridades. Sabía que un matrimonio fracasaría si no se le nutría con oportunidades para mantener viva la llama del amor.

5) Ama al otro con un amor eterno que supere cualquier prueba. 
Las parejas recién casadas a menudo se sorprenden por lo rápido que se gasta el entusiasmo inicial del amor y se encuentran que no “sienten” el mismo amor hacia su pareja. Esta carencia de un “sentimiento” puede desalentar a la pareja, en especial en mitad de un mal trago. Carlos y Zita, sin embargo, no dejaron de amarse incluso cuando surgían dificultades. Después de afrontar la humillación de ser exiliado de su propio país, Carlos y Zita se mantuvieron más unidos que nunca. Poco después tuvieron que encarar una prueba mucho más grande para su amor, cuando Carlos contrajo una neumonía que lo llevó rápidamente a su lecho de muerte. 
Las últimas palabras de Carlos a su esposa fueron: “Mi amor hacia ti es interminable”. Zita, durante los siguientes 67 años, vistió de negro en señal de duelo. Nunca dejó de amarle hasta su propia muerte, cuando se reunió con él en el paraíso. Su amor era más que un “sentimiento”, era una elección activa de amarse mutuamente “hasta que la muerte nos separe” y más allá.

Fuente: es. aleteia.org

La anunciación del Señor

Anunciacion 08 12

La solemnidad de la anunciación del Señor se celebra el 25 de marzo. Por haber caído este año el Domingo de Ramos ese día, se traslada al día de hoy. 
A tu lado, ¡oh María! quiero aprender a decir en todo momento tu Ecce ancilla Domini: he aquí la esclava del Señor. 
A través de la sugestiva narración de San Lucas (1, 26-38), procuremos intuir las disposiciones espirituales de María en el momento de la Anunciación. 
El ángel, enviado por Dios, encuentra a la Virgen retirada en soledad y, entrando a Ella, le dice: «Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre las mujeres». Al oír tales palabras, María -dice el sagrado texto- «se turbó»; no hay que interpretar esta expresión en el sentido de esa turbación propia y verdadera, por causa de la cual se llega a perder la serenidad de la mente, sino en el significado de una profunda admiración por el inesperado saludo, una admiración tan grande que se traduce en una cierta especie de temor. Esa fue la primera reacción de María ante el mensaje del ángel, reacción provocada por su humildad profundísima, para la cual aquella alabanza extraordinaria tenía mucho de extraño.

Mientras tanto el ángel le comunica el gran mensaje: Dios quiere que Ella sea Madre del Redentor. María, movida en todo por la acción continua del Espíritu Santo, por inspiración precisamente del mismo Espíritu, había hecho voto de virginidad, y por eso estaba convencida de que la voluntad de Dios era que permaneciese siempre virgen. Ahora es Dios quien le comunica que es la elegida para ser Madre de su Hijo, y Ella, humilde esclava, está dispuesta a aceptar los designios de Dios; sin embargo, no comprende cómo podrá ser al mismo tiempo madre y virgen; por eso pregunta al ángel: «¿Cómo podrá ser esto?» El ángel le contestó y dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». Su maternidad será obra directa del Espíritu Santo y se respetará su virginidad.

La voluntad de Dios se le ha manifestado claramente, y María, que en todo momento de su vida ha sido siempre y solamente movida por la voluntad divina, la abraza inmediatamente con la más sincera decisión y el más intenso y puro amor: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra». La aceptación completa está acompañada de una entrega absoluta: María acepta ofreciéndose y se ofrece entregándose. Se ofrece como sierva; más, como esclava, si traducimos la palabra en toda la fuerza del texto griego; se da abandonándose, como cautiva, a la voluntad divina, aceptando desde ahora todo lo que quiere de Ella. Aceptación pasiva y activa al mismo tiempo, por la que María quiere todo lo que quiere Dios, queriendo todo lo que Él hace y haciendo todo lo que Él quiere, María se presenta así a nuestros ojos como modelo del alma totalmente unida, plenamente entregada a la voluntad de Dios.

"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. No solamente está contigo el Dios Hijo, a quien das tu sangre, sino también el Dios Espíritu Santo, en cuya virtud Tú concibes, y Dios Padre, que desde la eternidad engendró a quien Tú concibes. Está contigo el Padre, que hace tuyo a su Hijo; está contigo el Hijo, que queriendo realizar un prodigioso misterio, se esconde en tu seno materno, sin violar tu integridad virginal; está contigo el Espíritu Santo, que juntamente con el Padre y con el Hijo te santifica. Dios está verdaderamente contigo" (San Bernardo). 
"¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, vaso de humildad! Tú agradaste tanto al Padre Eterno, que Él te arrebató y te atrajo hacia sí amándote con un amor singular. Con la luz y el fuego de tu caridad y con el aceite de tu humildad hiciste que la Divinidad viniese a ti" (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Reina de los Mártires

Virgen de los Dolores 12 30

Considera lo que la santísima Virgen padeció, particularmente durante la pasión y en la muerte del Salvador. 
Se ha mirado siempre como un exceso de inhumanidad y como el más cruel de todos los suplicios obligar a los hijos a ser testigos de los tormentos que se han hecho sufrir a sus padres, y estar presentes a su muerte. 
Comprendamos, pues, qué exceso de dolor, y que aflicción tan mortal sería para la santísima Virgen el saber la indignidad, los ultrajes y la crueldad con que el Salvador fue llevado por la ciudad de Jerusalén, el sacrílego desprecio con que fue tratado en casa de los pontífices, en la de Pilatos, en la de Herodes, y en todos aquellos impíos tribunales. No la consideres simplemente padeciendo como la más tierna de todas las madres, mírala como a una tierna madre que sabe que ese hijo tan amable, a quien tratan con la mayor infamia, es el único y verdadero Dios.

Cuando lo vio azotar, ¿qué golpe de azote caería sobre el hijo, que no descargase sobre el corazón y el alma de la madre? No teniendo ya figura de hombre lo ponen a la vista de aquel pueblo para ver si un espectáculo tan lastimoso lo movía a compasión; y aquel pueblo, el horror y la execración del género humano, como si fuera una bestia feroz, se muestra más sediento de su sangre, y clama que se le crucifique. ¡Qué impresión haría en el corazón de esta madre desconsolada este triste objeto! ¡Qué puñaladas no serían para su corazón aquellos bárbaros gritos!

Sin embargo, no basta en los designios del Padre eterno el que la Virgen consienta al sangriento sacrificio de su querido hijo; es menester que esté presente en él, que lo vea con sus propios ojos sin fuerzas y sin sangre caer bajo el peso de su cruz; es menester que oiga todos los golpes del martillo que se dan sobre los clavos que taladran sus pies y sus manos; es menester, en fin, que lo vea levantado sobre esta cruz, ultrajado sobre esta cruz, y expirar finalmente sobre esta cruz entre los más crueles y más agudos dolores. 
¿Qué herida, qué tormento y qué dolor hubo en Jesucristo que María no lo padeciese en su alma? Sin uno de los más grandes milagros ¿no debía la madre expirar antes que el hijo? ¿Podía, a lo menos, sobrevivirle? ¿Se vio jamás martirio más cruel que el que padeció por nuestro amor la santísima Virgen? ¿Qué título más justo, y mejor adquirido, que el de Reina de los mártires con que la saluda la Iglesia?

Pero acordémonos que padeció por nuestro amor y por el deseo de nuestra salvación con tanta resignación, en silencio y sin quejarse. ¡Qué sentimientos de amor, de ternura, de veneración y de reconocimiento no debemos tener para con esta madre de Dios, que se precia también, digámoslo así, de ser nuestra madre! 
Señor, por la intercesión de la santísima Virgen os pido me deis estos piadosos y religiosos sentimientos; dignaos recibir y confirmar para siempre el sacrificio que hago de mí mismo a vuestra santísima madre.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

Santa María, de pie junto a la Cruz

Virgen de los Dolores 11 22

Acógeme, ¡Oh María!, junto a la Cruz, para vivir en unión contigo la Pasión de tu Hijo. 
La liturgia pone en los labios de la Virgen dolorosa estas conmovedoras palabras: «¡Oh, vosotros, los que pasáis por el camino, deteneos y mirad si hay un dolor semejante al mío!»(Misal Romano). Sí, su dolor es inmenso, pero aún es mayor su amor, tan grande que puede contener aquel mar de dolor. De ninguna criatura como de María se puede decir que el amor fue más fuerte que la muerte; sólo el amor la hizo capaz de soportar la dolorosísima muerte de Jesús. 
«¿Quién no ha de sentirse dolorido al contemplar a la Madre de Cristo sufriendo con el Hijo?», canta el Stabat Mater, y prosigue: «Madre, haz que yo sienta la vehemencia de tu dolor para llorar contigo... Haz que yo lleve en mi corazón las llagas de Cristo, hazme partícipe de su Pasión, haz que sea embriagado con la Cruz y Sangre de tu Hijo».Respondiendo a la invitación de la Iglesia, contemplemos y compadezcamos los dolores de María, pidámosle la grande gracia de tomar parte con Ella en la Pasión de su Hijo. Pero que esta participación no se quede en la superficie del sentimiento, aunque se trate de sentimientos buenos y santos, sino que se convierta en un verdadero compadecer, padecer con Jesús y María. Los sufrimientos con que tropezamos en nuestro camino han sido dispuestos precisamente para esto.

La visión de la Virgen al pie de la Cruz nos hace menos dura y amarga la lección de la Cruz; su ejemplo maternal no da valor para abrazarnos al dolor, nos hace más suave el camino del Calvario. Vayamos con María a encontrarnos con Jesús sobre el Calvario, salgamos con ella al encuentro de la cruz, y sostenidos con su gracia materna, abracemos voluntariamente la cruz para ofrecerla al Padre junto con la Cruz de su Hijo.

“¡Oh Reina de las vírgenes! Tú eres también Reina de los mártires. La lanza abrió una herida en tu Corazón, porque en ti todo es íntimo, todo se realiza en tu interior. 
¡Oh, qué hermosa eres cuando, en medio de tu doloroso martirio, te contemplo tan serena, envuelta en una majestad que es al mismo tiempo fortaleza y dulzura! Habías aprendido del mismo Verbo cómo tienen que sufrir aquéllos a quienes el Padre ha escogido como víctimas, a quienes ha querido asociar a la gran obra de la redención, aquéllos a quienes "conoció y predestinó a ser semejantes a su Cristo", crucificado por nuestro amor. 
Tú estás allí, ¡oh María!, al pie de la cruz, erguida, fuerte y animosa; y el Maestro me dice: “He aquí a tu Madre”. ¡Me da a ti por madre! Cuando Él ha vuelto al Padre y yo estoy en su lugar sobre la cruz, para que supla en mí “lo que falta a su Pasión para bien de su cuerpo que es la Iglesia”, Tú, ¡oh María!, estás aún allí, para enseñarme a sufrir como Él, para repetirme, para enseñarme el último canto de su alma, aquel canto que sólo Tú, la Madre, has podido entender” (S. Isabel de la Trinidad).

¡Oh Madre dulcísima! Para que mi deseo de imitar a tu Hijo no sea vano, ayúdame a ver en todos los sufrimientos cotidianos la cruz de tu Jesús y dame fuerza para abrazarla amorosamente.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Mensajes de la Santísima Virgen en San Nicolás (V)

Virgen de la Paloma 01 01

12-12-84: "Hija mía, veo a la juventud como va a la deriva, el demonio la va apartando, llevándola al pecado. 
Mis hijos están siendo acosados por el mal, y sus espíritus están en completo desorden. A todos digo esto, dad gracias al Señor que es paciente, pedid al Señor para que de Él podáis recibir su amparo. Alabado sea el Señor. Leed Eclesiástico 17, 25-26"

24-10-85: Dice Gladys: en la tarde pido por un enfermo, veo a la Santísima Virgen y me dice: "No aparto mis ojos de mis queridos hijos. Benditos los que confían en la Madre de Jesús, porque su confianza verán recompensada. Amén, amén."

26-10-86: "Hija: con mi Corazón protejo a mis queridos hijos. 
Ellos son semejantes a palomas, que buscan resguardarse de un peligro, y se refugian en Mí; semejantes a palomas son mis hijos, mansos y confiados, aguardando en la desesperanza de un dolor, de un fracaso, abandonándose en Mí, como yo lo pido. 
Esta Madre, serena y piadosa bendecirá esa confianza, ese amor que sienten en Ella y por Ella."

26-8-87: Dice Gladys: le pido por mis hermanos de todo el mundo, especialmente por los de mi país. La veo y me dice: "¡Hija, los hijos de este querido país! Yo les daré fortaleza ante las dificultades y los alumbraré con la permanente Luz que brinda Cristo. 
Que nadie desmaye y que la fe eche rices en los corazones. Bendito sea el Altísimo. 
Puedes darlo a conocer."

El martirio de María (II)

Virgen de los Dolores 10 21

Debemos sufrir con paciencia, uniéndonos a los dolores de la Virgen. 
Admiremos profundamente la constancia sin igual de María Santísima, que, al pie de la cruz, estaba abismada en un mar de tribulaciones como roca en mitad del océano. Al contemplarla tan valiente y resignada, ¿quién no se sentiría capaz de soportar con paciencia las pruebas de la vida? Pero si esta divina Madre pudo soportar tantas amarguras fue por alcanzar los más nobles fines, dignos únicamente de su gran corazón. Y no era la necesidad quien la forzaba a tanto dolor, sino el inmenso deseo de honrar a su Creador. Quería con sus sufrimientos reconocer el soberano dominio del Dios tres veces Santo sobre todas las criaturas, dándole por ello gloria. Dichosa de poder cumplir de este modo la voluntad divina e imitar a Jesús por el dolor, fue su objeto principal testimoniar al Señor constante amor y generosa abnegación.

¡Ah!, si en las pruebas de esta vida participásemos de los sentimientos de la Virgen Santísima, si supiéramos respetar los derechos de Dios sobre nosotros, entendiésemos que dependemos de Él en absoluto y confesáramos las innumerables deudas contraídas con la divina justicia, ¿estaríamos tan poco resignados en las penas y en la adversidad? 
Desde que la cruz del Redentor fue enarbolada sobre el Calvario, fuimos redimidos gracias a los tormentos del Hombre-Dios, la Ley del sufrimiento, escrita con sangre en el cuerpo del Señor, deberá también escribirse en nuestros corazones, como antes lo fue en el corazón purísimo de María. Esta Virgen fiel, a pesar de su inocencia, no se extrañó de sufrir a la par de su Hijo inocente. ¿Cómo, entonces, nosotros, tan culpables, nos atrevemos a decir que nuestras pruebas son crueles y que no comprendemos el porqué de nuestras penas?

Dios mío, tú dijiste: "Castigo a aquel que amo, y a cualquiera que reciba por hijo mío lo azoto y le pruebo con adversidades" (Hb 12, 6). Pues si a mí me perdonases, no sería yo, al decir del Apóstol, tu hijo legítimo, sobre todo después de haber sido engendrado a la vida de la gracia y a la divina filiación a costa de los sufrimientos del Redentor y de su Santísima Madre. Dame fuerzas para abrazarme sin queja a las penas y dificultades de la vida. Infunde en mí la voluntad que he menester para vencerme, sobre todo cuando por una humillación, contrariedad, mal humor, la pena se adueñe de mí. No permitas que tenga la pretensión de ser compadecido por los demás cuando me encuentre abatido; haz que, por el contrario, sepa compadecerme de los sufrimientos ajenos, sobre todo los del Salvador y de su dulcísima Madre, Madre mía también. Estoy firmemente resuelto a ponerme junto a María en todas las adversidades: en pie por el valor, al lado de la cruz por la paciencia, y junto a Jesús por la oración, la confianza y el amor.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 227s.

El martirio de María (I)

Crucifixion 08 21

Motivos que tenemos para compadecernos de los dolores de la Virgen. 
"Un hombre y una mujer, Adán y Eva -Dice San Bernardo-, fueron causa de nuestra perdición; por eso convenía que un segundo Adán y una segunda Eva, Jesús y María, trabajasen juntos para salvarnos." Y, efectivamente, juntos lograron para nosotros la vida de la gracia, que es vida infinitamente más preciosa que la vida corporal. De esto se desprende que, si no podemos menos de sentir los sufrimientos de nuestros progenitores, con doble motivo deberíamos de dolernos de las angustias que el Señor y su dulcísima Madre padecieron por nosotros.

Según Santo Tomás de Aquino, "Jesús padeció en su alma más que cuanto pudieron jamás padecer todos los penitentes". Fue, pues, necesario que María sufriera también. Así como Eva se colocó al pie del árbol de la ciencia del bien y del mal, María también se encontraba al pie del árbol de la cruz. Y del mismo modo que Eva vio la caída de Adán, tomando parte en ella, María contempló el suplicio del Salvador y tomó parte activa en la obra de nuestra redención. Esta participación sólo podríamos entenderla si pudiésemos medir el insondable abismo de las angustias y dolores del Hombre-Dios, cosa absolutamente imposible para inteligencia creada. San Anselmo asegura que las penas interiores de María estuvieron en proporción con su ternura incomprensible hacia Jesús, su Hijo y su Dios: cuanto más le amaba, más sufría por sus tormentos, oprobios y muerte.

Quedamos por debajo de la verdad, dice San Ildefonso, al comparar los sufrimientos de María a los de todos los mártires reunidos. Y este mismo santo añade que, lo mismo que el amor de la Virgen hacia Jesús sobrepasó al amor de todos los hombres, también su dolor sobrepasó a todos los dolores padecidos por el género humano. Si consideramos cuánto las generaciones humanas han sufrido durante el curso de más de seis mil años, tendremos una idea de los sufrimientos de María, mediadora de nuestra salvación, y un poderosísimo argumento para compadecernos de sus dolores.

¡Oh ternísima Madre! ¿Cómo podría yo en adelante pensar en lo que Jesús padeció, hacer el Via Crucis, mirar el crucifijo, meditar la Pasión sin recordar al mismo tiempo tus inefables angustias, que tanto contribuyeron a preservarme del infierno y a abrirme las puertas del Cielo? Olvidar semejantes sufrimientos y beneficios denotaría en mí la más negra ingratitud.Triunfa, pues, oh María, de la dureza de mi corazón, inmerecida por tan amantísima Madre. Lléname de agradecimiento hacia Jesús y hacia ti; haz que sepa invocarte con confianza, que asista a Misa con devoción, que me prepare cuidadosamente a recibir el sacramento de la penitencia, y que de modo particular os tenga presentes en mi mente cuando la adversidad,la tentación, el tedio, la tristeza y el cansancio se apoderen de mi alma. Recitaré todos los días, por lo menos, siete Avemarías en honor de tus dolores de Madre. Tantos favores les debo, siendo el más especial la vida de la gracia, con la esperanza de la eterna bienaventuranza.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1724ss.

Mensajes de la Santísima Virgen en San Nicolás (VI)

Nino por nacer 02 02

7-3-87 - Dice Gladys: rezo por todos los seres del mundo. En el cuarto misterio del Santo Rosario la veo, está sola. El último gloria lo reza conmigo. Está muy triste, tiene las manos juntas y cuando reza el gloria inclina como siempre su cabeza. 
Después que termino de rezar me habla. Me dice: "Gladys, ora también por las criaturas que no nacen, que no alcanzan a ver la luz del día. ¡Son tantos los abortos, son tantos los atentados contra la vida que sólo a Dios pertenecen! Dios tiene la vida y Dios llama a la vida, sólo Dios. Bendito sea el Señor."

18-4-87 - (Sábado santo). "Hablo al mundo. Hijos míos, os pregunto: ¿no murió Cristo en la Cruz por amor a la humanidad? ¿No murió por la redención de los pecados? ¿No murió para que vuestra conversión sea completa y realizada con verdadero amor? 
Pensadlo, Dios no se cansa de daros su misericordia, más no sea que en vuestra apatía os aproveche la gehena. Lejos de vosotros quiere vuestra Madre que esté Satanás. Alabado sea Jesucristo. Leed San Mateo 3, 10-12."

13-9-88 - "Gladys, ora por todos aquellos que, teniendo espíritu de soberbia, no ven que solamente con humildad podrán dejar de ser rebeldes a Dios. 
Ora por los que aún no han comenzado a caminar hacia Cristo. 
Hay actualmente graves ofensas a Dios; los asesinatos, los abortos y toda clase de violencia, son forma de acometer contra Dios. 
Repudio la injusticia, la inmoralidad, la violencia, la falta de paz. 
Soy MADRE y pido a mis hijos: arrepentimiento, caridad, confianza. 
Bendito sea el Señor. Predica a todos tus hermanos."

22-9-89: - Dice Gladys: Tengo una visión. Veo gente, violencia, sobre todo en gente joven, y miseria, mucha miseria; todo pasa muy rápido frente a mis ojos. Enseguida veo a la Santísima Virgen, me dice: "Los pueblos están sufriendo los más graves estragos producidos por los mismos hombres. 
Hija, quiero reparación por todo lo que es ofendido el Señor; en estos tiempos muchas son las ofensas que diariamente recibe. 
Clame el alma a Dios, y tendrá Dios misericordia del alma. 
Gloria a Dios todopoderoso".

María, Madre de Dios

 

Sagrada Familia 10 21b

Descanso durante la Huída a Egipto

La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: María, Madre de Dios.

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener. 
Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: La Madre de Dios es también madre mía.Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: He ahí a tu madre, ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima? 
Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon: La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

El título Madre de Dios es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene. 
Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de María, Madre de Dios.

Fuente: ewtn.com

María, Madre de la Iglesia

 

Madre de la Iglesia 02  02

María, Madre de la Iglesia

En verdad la realidad de la Iglesia no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenanzas jurídicas. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, ha de buscarse en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla, que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a sí para nuestra salvación. Así ha de encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdadera católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia. (...) 
A este fin hemos creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente entrañable para Nos. (…) 
Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado. 
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél, que desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores; es decir, de la Iglesia.

Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a Ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación. 
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico “Bienaventurada porque has creído”.En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en Ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo. 
Por lo tanto, auguramos que con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el pueblo cristiano se dirigirá con mayor confianza y ardor a la Virgen Santísima y le tributará el culto y honor que a Ella le compete.

Fuente: S.S. Pablo VI, alocución del día 21 de noviembre de 1964