Beato Iván Merz

 

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Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

El Buen Pastor (II)

 

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«Conozco mis ovejas.» No tenemos un Dios a lo pagano que se desentienda de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un corazón como el que se dignó tomar de las purísimas entrañas de María. Tenemos un Jesús, cuyos ojos están puestos en cada uno de nosotros con un cariño indecible, todo comprensión con nuestras flaquezas, condescendiente con nuestras miserias, y compasivo en extremo cuando la desgracia se ceba en nosotros. Esto y mucho más es Jesús. ¡Que dicha la nuestra!

«Y las mías Me conocen.» Conoce a Cristo quien comprende su espíritu, y lo capta, y lo hace propio, dándose a Él y sintiéndose uno con Él. ¿Eres tú de esas ovejas auténticas? ¿Te mueves en torno de este Pastor divino? ¿Prefieres sus gustos e intereses a los tuyos?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

San José, el hombre santo

 

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Después de la Virgen María, nadie ha habido ni habrá más santo que José. Su cercanía a María y a Jesús le hizo alcanzar el más alto grado de santidad. Él fue testigo excepcional de la Encarnación. Vio a Cristo recién nacido y lo tomó en sus brazos y lo abrazó con los más puros afectos. Y él mismo le puso el nombre, como jefe de familia. Algunos, por eso, lo llaman a José la sombra del Padre, porque el Padre celestial lo delegó para hacer sus veces en la tierra; como su representante, para cuidar a su Hijo y ayudarlo en todo como buen padre. San Agustín llamaba a san José padre de Cristo y san Bernardo padre de Dios. Los evangelios lo nombran varias veces como padre de Jesús. ¿Puede decirse algo más grande de algún santo que ser padre de Jesús y, a la vez, ser esposo de María, la persona humana más santa que ha existido, existe y existirá?

Decía san Juan Damasceno: José es esposo de María, nada mayor puede decirse. San José es el camino más corto, más rápido y más seguro para llegar a María, mediadora de todas las gracias. La Virgen María a nadie amó más en la tierra, después de Jesús, que a José; lo amó con un amor total y esponsal. ¿Quién puede calcular el poder de intercesión de José ante su esposa María y ante su hijo Jesús? Su patrocinio y su poder de intercesión es superior al de todos los demás santos y ángeles, sin duda alguna.

Ubertino de Casale, un italiano gran devoto de san José de fines del siglo XIII, en su obra Arbor vitae crucifixae, dice: En todo matrimonio, la unión de corazones se realiza hasta el punto que el esposo y la esposa se consideran como una sola persona o, como dice la Biblia, como una sola carne, como una sola realidad en dos personas. Así José se asemejó a su esposa. ¿Cómo podía el Espíritu Santo unir tan estrechamente el alma de María Virgen a otra alma, si ésta no hubiera sido semejante a ella en la práctica de la virtud? Yo estoy convencido de que san José fue el hombre más puro en virginidad, más profundo en humildad y más elevado en contemplación. 
San Gregorio Nacianceno (330-390) escribió: El Señor ha reunido en José como en el sol, toda la luz y el esplendor que los demás santos tienen juntos
El padre José María Vilaseca (1831-1910), fundador de los Institutos de Misioneros josefinos, dice: El poder de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de Dios y en el corazón de María.

El Papa León XIII en la encíclica Quamquam pluries dice: No hay duda que san José se acercó más que cualquier otra persona a la supereminente dignidad por la que la Madre de Dios es ensalzada por encima de todas las criaturas creadas. Y el Papa Pío XI dijo: Entre Dios y José no distinguimos ni podemos distinguir otro mayor que María Santísima por su divina maternidad.

Fuente: P. Ángel Peña OAR, San José, el más santo de los santos.

Beato Pier Giorgio Frassati

 

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Beato Pier Giorgio Frassati

Pier Giorgio Frassati, nació en Turín el 6 de abril de 1901. Era enemigo de la mentira, leal a la palabra dada y compasivo. Pero en la bondad de ese temperamento también aparecen defectos, que con la educación recibida en el hogar logra corregirlos. Consigue desarrollar su inteligencia, hasta llegar a ser poco a poco tan ágil y tan diligente que supera con éxito todas las dificultades de sus estudios en el instituto, y más tarde en la Escuela Superior de Ingeniería. 
Estudiar se convierte para él en la primera de las obligaciones, ante la cual todas las demás actividades quedan en segundo plano. Pero, a causa de ese ardiente temperamento, la batalla es dura. ¡Qué suplicio estar horas y horas delante de austeros manuales, cuando su pasión por la montaña le habría empujado a realizar alguna pintoresca excursión! Pero para él las dificultades son una ocasión de progreso moral. Ante una contrariedad, en lugar de bajar los brazos, repone sus energías y vuelve al trabajo con coraje. Saca fuerzas de la oración. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel a las oraciones de la mañana y de la tarde, que realiza de rodillas. Enseguida sigue con el Rosario y, más tarde, será visto por todas partes desgranando las decenas, en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. Porque a él le gusta conversar de esa forma tan afectuosa con la Madre del cielo.

Esa relación directa que establece con Dios le confiere una madurez excepcional. Por eso impresiona a las almas con esa manera tan suya, sencilla y resuelta, de vivir su catolicismo: sin ninguna ostentación, con una tranquila seguridad. En una carta a un amigo íntimo, escribe lo siguiente: «¡Desdichado el que no tiene fe! Pues vivir sin la fe, sin ese patrimonio que hay que defender, sin esa verdad que sostener con la lucha de todos los días, eso no es vivir, sino malgastar la vida. A nosotros no se nos permite simplemente subsistir, sino que nuestro deber es vivir. Así pues, ¡basta de melancolías! ¡Arriba los corazones y adelante siempre por el triunfo de Jesucristo en el mundo!».

A los estudiantes católicos, acomplejados porque se consideran seres disminuidos y condenados a vivir al margen de la vida moderna, les enseña, más con su vida que con argumentos, que eso no tiene importancia. En un mundo egoísta y avinagrado, él rebosa de alegría y de generosidad. Efectivamente, la verdadera felicidad de la vida terrenal consiste en buscar la santidad a la que todos somos llamados. Esa es la respuesta correcta a la incesante invitación del mundo: «¡Aprovechaos de la vida mientras seáis jóvenes!». 
Para guardar su pureza, debe superar horas de lucha implacable y penosa, ignoradas por todos, salvo por algunos íntimos. En medio de una situación social y política muy tensa, Pier Giorgio participa en las actividades de varias asociaciones públicas, donde no tiene reparos en presentarse como católico convencido.

Si se dispone a salir a la montaña, se prepara por lo que pueda pasar: «Antes de partir hay que tener siempre la conciencia tranquila, dice a menudo, pues nunca se sabe...». 
El martes 30 de junio de 1925 se va con unos amigos a dar un paseo en barca por el río Po. La excursión es deliciosa pero, al cabo de cierto tiempo, Pier Giorgio se queja de un tremendo dolor en los músculos de la espalda. Una vez en casa, experimenta un fuerte dolor de cabeza. Llamados por la familia, tres médicos acuden a la cabecera del enfermo y confirman el fatal diagnóstico: poliomielitis aguda de naturaleza infecciosa. El 4 de julio, hacia las tres de la madrugada, un sacerdote acude a administrarle los últimos sacramentos. La parálisis alcanza poco a poco las vías respiratorias. La señora Frassati sostiene a su hijo en brazos, ayudándole a morir en el nombre de Jesús, José y María.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.

Importancia del fin de la vida humana

 

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San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

Buscar a Dios en la actividad (II)

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Marta y María

«Es preciso andar con aviso de no descuidarse en las obras, aunque sean de obediencia y caridad, de manera que no acudan muchas veces a lo interior, a su Dios» (Santa Teresa). Esta es la segunda condición para que la actividad externa no turbe el recogimiento interno.

«No haré nada con prisa o turbación», era el constante propósito de Santa Teresa Margarita, que en medio de una sorprendente actividad, mantenía “un continente siempre pacífico y tranquilo, que daba la impresión de que en todos sus actos era dueña de sí misma”. Esto significa tener siempre pleno dominio de sí y de la propia actividad y, por lo tanto, aleja todo peligro de dejarse dominar y arrastrar por la acción. Quien se lanza de bruces a la acción sin ninguna cautela, verá bien pronto que el alma se le va de entre las manos: perderá la calma, se agitará, se hará incapaz de recogerse en su interior, y esto tanto más cuanto la acción se vaya haciendo más exigente y agobiadora.

Jesús no reprendió a Marta porque se daba a la actividad externa, sino porque lo hacía con demasiado afán: «Marta, Marta, tú te afanas y te turbas por muchas cosas» (Lc. 10, 41) El Señor quiere la actividad, pero no la inquietud afanosa, porque, aun sumergida en sus ocupaciones, el alma ha de atender «a la única cosa necesaria», esto es, a la unión con Él. Por eso, apenas se dé cuenta de que la paz interior comienza a desvanecerse, debe interrumpir, si le es posible, a lo menos por un instante, su actividad externa, y retirarse al interior de su espíritu con Dios. Estos breves momentos de pausa repetidos con frecuencia, la acostumbrarán poco a poco a mantenerse tranquila y recogida en Dios aun en medio de la actividad.

Dadme fuerzas, Señor, para que no me arrastre y domine la actividad, externa. Que sepa yo mantenerme siempre sereno y recogido aun en medio de la actividad más intensa, siempre en paz delante de ti, el Pacífico. 
Sólo en esta calma y paz interior conservaré unidas en un solo haz las potencias de mi alma para tenerlas fijas en ti, a pesar de las múltiples exigencias de la actividad exterior. ¡Oh, Jesús mío! ¿No es esto por ventura lo que querías decir cuando hablabas a María Magdalena del unum necessarium -lo único necesario-? “¡Y qué bien lo había comprendido la Santa! Los ojos de su alma, iluminados por la fe, te habían reconocido bajo el velo de la humanidad, y en el silencio y en la unidad de sus potencias escuchaba las palabras que le decías. Podía cantar de veras: 'llevo siempre mi alma en mis manos', y añadir la breve palabra nescivi, 'no sé nada más'. ¡Sí, ya no sabía otra cosa que a ti, Dios mío! Ya podían hacer ruido y agitarse alrededor de ella: nescivi! Podían acusarla: nescivi! (B. Isabel de la Trinidad). Y aun cuando por necesidad tenía que retirarse de tus pies, y ocuparse en las cosas de la tierra, su corazón permanecía fijo en ti. Y el día de tu Resurrección, cuando por orden tuya tuvo que abandonarte para ir a anunciar a los Apóstoles tu triunfo, su alma quedó inmóvil... en una actitud de profunda calma, recogida y concentrada siempre en ti. ¡Ojalá pueda yo con tu gracia vivir también así, oh Señor! 
Pidámoselo hoy especialmente por intercesión de Santa Marta, en el día de su fiesta.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Evangelización: comenzar por uno mismo

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Si queremos que [la doctrina social de la Iglesia] aparezca con todo su atractivo, debemos mostrar qué realizaciones concretas permite. 
Para ello, debemos conocer la doctrina y ser competentes en nuestra, vida profesional. 
Además, hay que aplicar la doctrina. Juan XXIII lo pidió en la Mater et Magistra: 
"En el ejercicio de una función tan noble (la de «nuestros hijos del laicado que en virtud de su estado de vida se hallan habitualmente ocupados en el desenvolvimiento de actividades y en la creación de instituciones de contenido y finalidad temporales») no sólo sean profesionalmente competentes y ejerzan sus actividades temporales según las leyes naturales que conducen con eficacia al fin, sino que también es indispensable que, en el ejercicio de dichas actividades, se muevan en el ámbito de los principios y directrices de la doctrina social cristiana...". 
Dicho de otro modo, debemos ser capaces de traducir la doctrina a términos concretos, de saber colocar la doctrina sobre el raíl.

Cultivemos nuestras facultades superiores con la ascesis, la oración, los ejercicios espirituales. Pidamos a Dios los siete dones del Espíritu Santo y supliquémosle que se digne hacer crecer en nosotros la fe, la esperanza y la caridad. 
Hoy no tendríamos excusa de no sentir esa necesidad, incluso en el plano temporal. 
Cultivemos, también en nosotros, las virtudes de la fortaleza, la templanza, la justicia y la prudencia. Un buen catecismo nos mostrará lo que estas virtudes implican. Algunos descubrirán, quizás, que la prudencia, por ejemplo, es la virtud por la cual buscamos los medios convenientes para que la acción resulte bien hecha de todas las maneras.

Para ejercitar estas virtudes en todos los planos de nuestra vida profesional, familiar, social, cívica, las reforzaremos en nosotros mismos. Así nos ayudarán a merecer la confianza de aquellos a quienes hablemos, de aquellos en quienes queremos influir.

Fuente: André Frament, Actuar en la esperanza

El deber cristiano de amar la Patria

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Rezar por la Patria es un deber nuestro, como argentinos y también como católicos. Y es necesario señalarlo, porque a veces en algunos ambientes católicos encontramos quien piensa que el patriotismo, el amor a la Patria ferviente, el amor por las cosas de la Patria, el luchar por la Patria, el jugarse por la Patria, es algo... bueno... como una idea fija de algunos, es el entusiasmo de algunos, es como si fuera la opción por un equipo de fútbol, o por un partido político, o todas esas cosas combinadas. No. Para nosotros como cristianos, como católicos, el amor a la Patria es un deber; es parte del mandamiento del Señor que nos manda amar a nuestros prójimos.

Y entre el prójimo tenemos que amar con mayor predilección a aquellos que están unidos a nosotros por lazos de sangre, de lengua, de religión, de cultura, de tradición, de historia. Y es un deber también como hijos: el mismo cuarto Mandamiento que nos manda amar a nuestros padres, nos manda también amar a nuestra Patria porque de los padres y de la Patria nosotros recibimos la vida. Y como estamos obligados a amar a nuestros padres, tenemos que amar también a nuestra Patria.

Se podría decir que un buen católico, que uno que cumpliera con todos los deberes de piedad pero que no amara a su familia, que no cumpliera sus obligaciones para con su familia, ciertamente que no sería un buen católico. Exactamente lo mismo podríamos decir de aquél que se llama católico y que a lo mejor se vuelca en manifestaciones exteriores de su Fe, pero no es capaz de amar a esta tierra en la cual Dios lo hizo nacer. A este rincón del mundo que se llama la República Argentina. Porque no nacimos aquí por casualidad, sino que fue la Providencia de Dios que quiso que viniéramos al mundo en este rincón del mundo y en este tiempo de la historia.

El Papa León XIII, el gran Papa de la Rerum Novarum, el que manifestó su preocupación por los trabajadores, amaba también a la Patria y nos enseña a amarla. Y dice la Encíclica que «el amor sobrenatural de la Iglesia y el amor natural a la Patria, son dos amores que proceden de un mismo principio eterno, porque la Causa y el Autor de la Iglesia y de la Patria es el mismo Dios. De lo cual se sigue que no puede darse contradicción entre estas dos obligaciones». 
Y el Papa San Pío X decía a un grupo de peregrinos en Roma: «Sí, es digna no sólo de amor sino de predilección la Patria, cuyo nombre sagrado despierta en nuestro espíritu los más queridos recuerdos y hace estremecerse todas las fibras de vuestra alma. Esta tierra común que habéis tenido por cuna, a la que os vinculan los lazos de la sangre, y esa otra comunidad aún más noble de los afectos y las tradiciones. Si el catolicismo fuera enemigo de la Patria, no sería una religión divina». Palabras del Papa San Pío X.

El gran Pontífice Pio XII escribía: «Existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y se debe ayudar preferentemente a aquellos que están unidos a nosotros por especiales vínculos. El Divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial amor a su tierra y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la ciudad santa».

Y el Papa Juan Pablo II, que nos visitara hace cinco años, en los momentos difíciles de la Patria, dice en una alocución a los Obispos argentinos: «La universalidad, dimensión esencial en el pueblo de Dios, no se opone al patriotismo ni entra en conflicto con él. Al contrario, lo integra, reforzando en el mismo los valores que tiene, sobre todo el amor a la propia Patria, llevado si es necesario hasta el sacrificio».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón pronunciado en San Rafael, Mza., el 2 de Abril de 1987. Cf. Ezcurra Alberto, Sermones Patrióticos, Cruz y Fierro Editores.

Nuestro negocio espiritual - Parte 1ª (I)

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Santo Domingo Savio

PRIMERA PARTE: Fin del Cristiano. 
Mucho aprovecha el forjarse ideas exactas sobre el fin común a todos los cristianos: la posesión de Dios en la tierra por medio de la gracia o vida divina, y de la gloria en el cielo. Tal es el pensamiento que breve y sucintamente deseamos desenvolver en esta primera parte.

Capítulo I: Necesidad de recordar el fin 
Lo que es el plomo o el nivel en manos del artífice, eso debe ser una idea del fin de su creación para el empresario espiritual. 
Sigamos pues el consejo del antiguo filósofo: tengamos siempre puestos los ojos en el fin: respice finem, y a imitación del Salmista pidamos a Dios de continuo nos dé a conocer nuestro fin (Sal 38, 5). 
Cuanto más atenta y frecuentemente consideremos nuestro fin, tanto más aprovecharemos en nuestro negocio espiritual. 
Por no usar esta regla con la debida frecuencia, hacemos tantas obras torcidas.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, otórganos, mediante la intercesión del Inmaculado Corazón de María, la gracia eficaz de servirnos siempre del pensamiento de nuestro último fin para regularizar todas nuestras obras espirituales.

Fuente: Eutimio Tamalet, ss. cl., Principios de sólida piedad

Pureza angelical de San Luis Gonzaga

Sólo con nombrar a San Luis Gonzaga evocamos su angélica pureza y nos sentimos inclinados a amar esta preciosa virtud. Apenas comenzó Luis a hablar, le enseñaron a invocar a Jesús y a María, y era tan piadoso, que cuando oraba más bien parecía ángel que criatura humana. No contaba más de siete años cuando tomó la resolución de renunciar al mundo y escoger a María Santísima por abogada y protectora. A los ocho años, cosa admirable e inaudita en un niño, hizo voto de virginidad, atrayéndole esta promesa gracias tan maravillosas, que jamás tuvo pensamiento contrario a la pureza. A pesar de esto, huía cuidadosamente de todos los peligros, y era tan modesto, que no quería apenas levantar los ojos del suelo. ¡Qué lección para las almas presuntuosas que pretenden permanecer puras y conceden amplia libertad a los sentidos!

 

Las austeridades de San Luis a los doce y trece años eran tan rigurosas, que asustaban. Convencido de que la castidad ha de ser como un lirio rodeado de espinas, ayunaba tres días por semana y comía siempre tan poco, que parecía sostenerse de manera milagrosa. Después de haber ingresado en la Compañía de Jesús, si no le daban permiso para practicar alguna penitencia, él procuraba suplirla mortificándose con posturas incómodas; ¡tan grande era el afán que tenía de sujetar su carne al espíritu!

 

¿Trabajamos de esta manera para conservar la pureza del alma y del cuerpo? ¿No nos asusta demasiado la fatiga que mortifica los sentidos y amortigua el fuego de las pasiones?

Pensamos quizá encontrar la paz huyendo de la pena, pero esta paz, fundada en una vida cómoda y sensual, encenderá en nosotros la guerra. ¿No es acaso mejor padecer seguros las leves picaduras de la mortificación que sentir el cruel aguijón de la concupiscencia, expuestos a perecer?

 

¡Oh Dios mío! Por intercesión de San Luis Gonzaga, dame valor para mortificar mis miradas, paladar y todos los sentidos, y vigilarme interiormente sin tregua para apartar de mí toda imagen, todo recuerdo peligroso, sobre todo cualquier otro amor que no se refiera a ti. «Vigilad y orad para no caer en la tentación».

Fuente: L. B., c. ss. r., Meditaciones