Nuestra vocación patriótica

 

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No hemos nacido aquí por casualidad. Si Dios quiso, para Dios es su Plan infinito; todo es Providencia y todo está previsto, si Dios quiso que yo naciera en este lugar del mundo, en este rincón del mundo, en este rincón del hemisferio sur; si Dios quiso que yo naciera en este tiempo y no en otro tiempo, o en este siglo y no en otro siglo, o en esta parte del siglo y no en la otra, todo ello no es casualidad. Dios, que se preocupa hasta de los mínimos detalles de mi existencia, no me arrojó al mundo como quien tira por casualidad una pelota para ver adónde va a caer, sino que en la Providencia de Dios estuvo el que yo naciera y que yo me hiciera presente en el mundo en medio de estas determinadas coordenadas espacio-temporales que me ubican en este siglo, que me ubican en este lugar del mundo que se llama República Argentina.

Eso también está dentro del Plan de Dios y al estar dentro del Plan de Dios, eso también marca mi vocación, esto también marca mi misión, eso también marca aquello que la Providencia de Dios tiene pensado sobre mí, no es indiferente el que Dios me haya puesto en un lugar o en otro, porque eso de alguna manera me condiciona, de alguna manera me forma. Los que hablan de universalismo, dice por ahí el Padre Castellani, dicen: «Mi Patria es el mundo», pero si uno los trasladara a la China o al Congo, que también son parte del mundo, al poco tiempo llorarían de emoción si sienten hablar a alguien castellano o cuando sienten que alguien toca, qué sé yo, un tango, una zamba, o pongámosle, una chamarrita. Mi Patria es el mundo, pero en la otra punta del mundo extrañarían ciertamente este pedazo, este terruño, aquello donde han nacido. 
Porque uno, aun cuando racionalmente quisiera renegar de su Patria, no puede renegar de su herencia, no puede renegar de su sangre, de su lengua, de la tierra en que ha nacido, no puede renegar de sus padres, no puede renegar de aquello que lo constituye física y espiritualmente y que le penetra hasta por el aire que respira. Es amarla entonces, sí, con un amor cristiano, que no supone exclusiones, que no supone un amor cerrado, que no niega sino que al contrario, es mediador, único mediador terreno para ese amor universal.

Y ese amor, como alguna vez lo hemos señalado, tiene también dos aspectos: por una parte, ese amor es amor de complacencia; y el amor de complacencia es el amor más sensible de la Patria y el que mira sobre todo a su pasado. La emoción que uno puede sentir en el folklore, en la historia, en las tradiciones de la Patria, en aquello que es típico o propio de nuestro terruño o de nuestro pueblo; la emoción que uno puede sentir cuando contempla un paisaje, sobre todo cuando contempla un paisaje que le es querido por muchos motivos. Y todo aquello que hace para nosotros el contorno físico o el contorno humano sensible de nuestra Patria. Todo esto es el amor sensible. 
Pero luego hay otro amor, y es ese amor que mira hacia el futuro. Existe ese amor que mira a la Patria no solamente como la tierra sino como la comunidad de hombres que viven en esta tierra y que teniendo una herencia común en el pasado, en la historia, en la religión, en la cultura, en la raza, tiene un destino común de Patria.

Y este amor, que mira a la Patria en su presente o en su futuro, no es tanto un amor sensible como aquél que se complace en el folklore o en el terruño, sino que es un amor crítico. Es un amor a veces dolorido. Lo expresa este dolor el Padre Castellani cuando dice: «De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas, cada minuto me cae un ladrillo al corazón. Y ¡ay de mí! Dios me ha hecho el órgano sensible de todas las vergüenzas de mi Patria y en particular de cada alma que se desmorona». Esto nos muestra hasta qué punto ese amor, sin dejar de ser sensible, puede ser un amor crítico. 
O sea, amar la Patria no es solamente complacerse sino condolerse en esta realidad de la Patria, donde hay tanta miseria, donde hay tanta corrupción, tanta cobardía, donde hay tanta estupidez, tanta traición, tanta injusticia. 
Es un amor crítico. Es como el amor del que ama al enfermo para llevarlo a curar, o el amor del que ama al pecador para enderezarlo en el camino.

Fuente: P. Alberto Ezcurra. Sermón pronunciado en el Seminario de Paraná, Entre Ríos, el 25 de mayo de 1981. Cf. Ezcurra Alberto, Sermones Patrióticos, Cruz y Fierro Editores.

Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

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"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Santa Gianna Beretta Molla

 

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Santa Gianna Beretta Molla

Hoy celebramos la memoria de S. Gianna Beretta Molla, cirujana y pediatra que entregó libremente su vida por salvar a su hija, al optar por no someterse a un tratamiento de cáncer que hubiera matado a la criatura. 
Nació en Magenta (provincia de Milán) el 4 de octubre de 1922, en una familia católica, con 13 hermanos. Durante los años de Liceo y de Universidad, en los que se dedica con diligencia a los estudios, realiza un generoso apostolado en la Acción católica y en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Habiendo recibido el título en Medicina y Cirugía en 1949, abre en 1950 un ambulatorio de consulta. En 1952 se especializa en Pediatría. 
En la práctica de la medicina, presta una atención particular a las madres, a los niños, a los ancianos y a los pobres. Su trabajo profesional, que considera como una misión (decía: “Como el sacerdote toca a Jesús, así nosotros los médicos tocamos a Jesús en los cuerpos de nuestros pacientes”), no le impide dedicarse más y más a la Acción católica, intensificando su apostolado entre las jovencitas. Se dedica también a sus deportes favoritos, el esquí y el alpinismo, encontrando en ellos una ocasión para recrearse ante el encanto de la creación. También le gusta tocar el piano y escuchar conciertos.

Se interroga sobre su porvenir, reza y pide oraciones para conocer la voluntad de Dios. Ve que Dios la llama al matrimonio y, llena de entusiasmo, se entrega a esta vocación, con voluntad firme y decidida de formar una familia verdaderamente cristiana. Conoce al ingeniero Pietro Molla, y el 24 de septiembre de 1955 contraen matrimonio. 
En noviembre de 1956, Gianna da a luz a su primer hijo, Pierluigi. En 1957 a Mariolina, y en 1959 a Laura. Gianna armoniza con simplicidad y equilibrio sus deberes de madre, de esposa y de médico. 
En septiembre de 1961, al cumplirse el segundo mes de embarazo de su cuarto hijo, tiene grandes dolores. Le diagnostican un cáncer en el útero. Es necesario operarla. Antes de ser intervenida, suplica al cirujano que salve, a toda costa, la vida que lleva en su seno, y se confía a la oración y a la Providencia. Se salva la vida de la criatura. Ella da gracias a Dios y pasa los siete meses antes del parto con incomparable fuerza de ánimo, y con plena dedicación a sus deberes de madre y médico; orando y aceptando lo que el Señor quisiera de ella. Se estremece al pensar que la criatura pueda nacer enferma, y pide al Señor que no suceda tal cosa.

Antes del parto, confiando siempre en la Providencia, está dispuesta a dar su vida para salvar a la criatura: “Si hay que decidir entre mi vida y la del niño, no dudéis; elegid la suya. Salvadlo. Lo exijo.” La mañana del 21 de abril de 1962 da a luz a Gianna Emanuela. Decía: “¡Si supieras qué diferente se juzgan las cosas a la hora de la muerte!... Qué vanas parecen ciertas cosas a las que dábamos tanta importancia en el mundo”. 
Pasó una semana de indecibles dolores y murió santamente el 28 de ese mes de abril, repitiendo la jaculatoria “Jesús, te amo; Jesús, te amo”. Tenía 39 años. 
Se le había recomendado el aborto. Al negarse, murió al desarrollarse una peritonitis séptica muy dolorosa. Como médico, sabía muy bien la realidad, pero prefirió morir por salvar a su hija. 
S. Juan Pablo II la beatificó el 24 de abril de 1994, dentro del año internacional de la familia. El milagro que dio paso a su canonización fue el concedido a Elisabete Arcolino Comparini. Con tres meses de embarazo, perdió todo el líquido amniótico. Ella y su esposo le pidieron a la B. Gianna y la niña nació bien en mayo de 2000; la llamaron Gianna María. El nacimiento es científicamente inexplicable. La canonizó S. Juan Pablo II el 16 de mayo de 2004. Es patrona de las mujeres embarazadas y de los movimientos pro-vida.

Fuente: Cfr. “Los días con Dios”, revista del Centro de difusión de la Buena prensa.

Imitar la vida de Cristo (VII)

 

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Santo Tomás Moro con su hija

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, déjame hacer contigo lo que quiero. Yo sé lo que te conviene. Tú piensas como hombre y sientes como te enseña el afecto humano.

-Señor, verdad es lo que dices, mayor es el cuidado que Tú tienes sobre mí, que todo el cuidado que yo puedo poner en mirar por mí. Muy a peligro de caer está el que no pone todo su cuidado en Ti, y haz de mí lo que quisieres, que no puede ser sino bueno todo lo que Tú hicieres de mí. 
Si quieres que esté en tinieblas, bendito seas; y si quieres que esté en luz, también seas bendito. Si te dignas consolarme, bendito seas; y si me quieres atribular, también seas bendito para siempre.

-Hijo, así debes hacer si quieres andar conmigo; tan pronto debes estar para padecer como para gozar. Tan de grado debes ser mendigo y pobre, como abundante y rico.

-Señor, de muy buena gana padeceré por Ti todo lo que quisieres que venga sobre mí. Sin diferencia quiero recibir de tu mano lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo, lo alegre y lo triste, y te daré gracias por todo lo que me sucediere. Guárdame de todo pecado, y no temeré la muerte ni el infierno. Con que no me apartes de Ti para siempre, ni me borres del Libro de la Vida, no me dañará cualquier tribulación que viniere sobre mí.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. XVII, ed. Lumen.

Bondad extraordinaria de San Marcos

 

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San Marcos, Evangelista

Cuando San Marcos trabajaba en Roma y en Aquilea, se pudo apreciar en él el gran afán que tenía de ayudar a los fieles, enseñándoles los rudimentos de la fe y darse en todo y a todos para llevar al prójimo hacia Dios y salvar las almas. San Pablo, que le conocía, hace ver en una de sus Epístolas cuánto le estimaba, y no duda en llamarle junto a sí para aprovecharse de sus buenos servicios (IITim 4, 11). Porque la abnegación y la bondad del corazón son las mejores recomendaciones para ejercer el apostolado y practicar la verdadera caridad cristiana.

Enviado por orden de San Pablo a Egipto para que evangelizase este pueblo y las provincias limítrofes, convirtió a muchísimos idólatras, ganados a Cristo por su dulzura extraordinaria y grandes milagros. Y los que antes fueron idólatras fanáticos, destruyeron templos e ídolos y se convirtieron en fervorosos cristianos. Sabemos que la Iglesia de Alejandría, fundada por San Marcos, brilló por su santidad, pues en ella floreció tanto la piedad, que, según Eusebio, parecía como si todos los fieles fuesen religiosos. Estos felices resultados se debieron al celo y a la caridad de San Marcos, quien por estas dos virtudes recibió en premio la corona del martirio.

San Marcos recibió esta hermosa recompensa después de haber pasado la vida derramando beneficios, a imitación de su divino Maestro; ¿qué premio pudo ambicionar mejor que la palma del martirio? Porque en esta tierra no existe galardón que pueda pagar el bien que hace un corazón bondadoso. Ya que aquí todas las coronas se marchitan, él recibió en la gloria una corona inmortal.

Después de haber considerado todo esto, examinémonos y veamos: 1º, si somos demasiado sensibles y nos dolemos cuando no saben apreciar nuestros trabajos, fatigas, abnegación, o cuando no se agradecen los favores que prestamos; 2º, si hacemos a veces el bien llevados por otro fin que no sea Dios, ni su gracia, ni su honor, ni su divino beneplácito. Reputemos como indigno todo salario que no sea la recompensa eterna.

¡Oh preciosas llamas de amor, en que ardieron siempre las vidas de Jesús y de María!, consumid en mí los afectos terrenales, para que mis pensamientos, palabras, deseos y acciones sólo busquen la gloria de Dios y la salvación del prójimo; así seguiré yo el ejemplo de los apóstoles y de sus verdaderos discípulos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1639s

Bienaventurados los que no vieron y creyeron

 

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Duda del Apóstol Santo Tomás

¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Evangelio de la Misa de hoy (Jn. 20, 19-31), tiene una importancia excepcional para confirmarnos y robustecernos en nuestra fe. 
Tomás dudó de Jesús, y esta duda del apóstol nos confirma en nuestra fe, porque, como dice San Gregorio, «más nos ha ayudado la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles»; si él no hubiera dudado, ningún hombre habría metido el dedo en el lugar de los clavos y la mano en el costado del Señor. Jesús se compadeció de la poca fe del apóstol, y al mismo tiempo de la nuestra, y le permitió no sólo que lo viera, como ya lo habían visto los demás discípulos, sino que lo tocara, concediendo así a Tomás el incrédulo lo que no había concedido a María Magdalena la fidelísima. 
Este hecho evangélico nos delinea la conducta de Dios con las almas: mientras no niega consuelos espirituales y señales más o menos palpables de su presencia a los que todavía se encuentran titubeantes en la fe, lleva frecuentemente por caminos del todo oscuros a los que se han dado a Él de manera irrevocable y de cuya fidelidad está seguro. Dios es Padre, y como tal, no niega nunca a quien le busca con corazón sincero los auxilios necesarios para sostener su fe, pero con frecuencia niega a los más fuertes lo que concede a los más flacos.

Esto es lo que Jesús nos enseña cuando dice: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». Bienaventurados aquellos que para creer en Dios no tienen necesidad de ver o de tocar, ni exigen señales sensibles, sino que pueden afirmar sin reservas: Scio cui credidi (II Tim. 1, 12), sé en quién he puesto mi confianza y me siento absolutamente seguro. Una fe así vivida es más meritoria para nosotros, porque fundándose únicamente en la palabra divina, es del todo sobrenatural; y, al mismo tiempo, es más digna de Dios, porque sin exigirle prueba alguna cree absolutamente en sus palabras, y persevera, inmutable y fiel, aun en medio de las tinieblas más densas y de las circunstancias más desconcertantes, cuando el cielo aparece a sus ojos cubiertos y cerrado y parece que el Señor no quiere oír sus gemidos. 
Una fe tan robusta es sin duda fruto de la gracia divina, pero nuestro deber es prepararnos a ella, pidiéndola en la oración y ejercitándonos progresivamente en ella.

¡Oh Jesús! Limpia mi corazón y mis labios con el fuego de tu caridad, para que te ame y te busque con el candor y la sencillez de un niño. Pero dame también la fe sencilla de los niños, fe sin sombras, sin titubeos, sin razonamientos inútiles; fe limpia y pura que se contenta con el testimonio de tu palabra, y en ella descansa sin querer ni buscar otra cosa. 
«¿Qué me importa si siento o no siento, si es de día o de noche, si gozo o no gozo, pudiendo cobijarme bajo la luz creada por la fe dentro de mí? Vergüenza me debe dar en cierto modo establecer diferencia entre estas cosas, y despreciándome profundamente por la pequeñez de mi amor, lo que debo hacer es dirigir inmediatamente mi mirada a ti, Maestro divino, para ser libertada por ti. Tú me enseñas que debo elevarme por encima de los deleites y consuelos que de ti proceden y estar resuelta a pasar por todo para unirme contigo» (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La realidad de los santos

 

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Todos los Santos

El santo sufre las mismas tentaciones que los demás hombres, y a veces mayores, porque se le prueba como en el crisol, porque debe hacerse rico en méritos, porque le espera una brillante corona en el cielo. En cualquier caso, tiene tentaciones, y difiere de los otros no en verse eximido de ellas, sino en estar preparado contra ellas. 
La gracia supera la naturaleza. La supera desde luego en todos los que se salvan, pues nadie contemplará después el rostro de Dios si ahora no renuncia al pecado. Pero los santos vencen con una determinación, un vigor y una prontitud particulares. Leéis así en sus vidas narraciones admirables de conflictos y victorias sobre el enemigo. Son como héroes de romance, llenos de nobleza, gracia y buen estilo. Sus acciones, hermosas como la ficción, son sin embargo tan reales como cualquier otro hecho real. Son actos que ensanchan la mente de todo ser humano con ideas que antes no apreciaba y que manifiestan al mundo entero lo que Dios puede hacer y lo que puede llegar a ser el hombre.

Los santos son muy diversos, y esta diversidad es una señal de la riqueza de Dios. Pero a pesar de sus diferencias y de la línea específica de su actividad, se han conducido siempre con heroísmo. Han logrado tal autodominio, han crucificado la carne y renunciado al mundo de tal modo, han sido tan humildes, compasivos, alegres, devotos, laboriosos y perdonadores de injurias, han soportado tantos dolores y perseverado en trabajos tan grandes, que nos ofrecen un paradigma incuestionable de magnanimidad, verdad y amor.

Fuente: John H. Newman, Discursos sobre la fe.

Jesús muere en la cruz

 

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La hora del Señor había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás y veía morir a su Hijo. 
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte que penetró en el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra. 
¿Quién podría expresar el dolor de la madre de Jesús, de la reina de los mártires?...

Fuente: Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección de Jesús.

La Pasión, punto culminante de la vida de Jesús

 

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La Pasión señala el punto culminante de la obra que vino a realizar Cristo en este mundo. Para Él es la hora en la que consuma su sacrificio, aquel sacrificio que había de dar una gloria infinita a su Padre, que había de rescatar a la humanidad, y abrir de nuevo a los hombres las fuentes de la vida eterna.

Por eso Nuestro Señor, que desde el primer momento de su Encarnación se ha entregado por completo al beneplácito de su Padre, desea ardientemente que llegue lo que llama Él «su» hora, la hora por excelencia. Baptismo habeo baptizari, quomodo coarctor usque dum perficiatur!: «Es preciso que sea bautizado en un bautismo -en el de su sangre- y ¡qué ansia siente mi corazón porque se realice!» Se le hace larga a Jesús la hora en la que podrá sumergirse en el sufrimiento y arrostrar la muerte para darnos la vida.

Verdad es que no le es dado adelantar esa hora; Jesús está plenamente sometido a la voluntad del Padre. 
Pero cuando suene, se entregará con el mayor ardor, aun cuando conoce perfectamente todos los sufrimientos a que se ha de ver sometido lo mismo su cuerpo que su alma. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum: «Con vivo deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de que se consume mi Pasión».

Este misterio de la Pasión es inefable; todo es en él grande, hasta los menores detalles, lo mismo por otra parte que todas las cosas de la vida del Hombre-Dios. Aquí, principalmente, nos hallamos en las puertas de un santuario en el que no nos es dado entrar más que con una fe viva y una reverencia profunda. 
Christus pro nobis passus est. Venite adoremus. «Cristo ha padecido por nosotros; venid, adorémosle.»

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Prueba de amor (II)

 

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Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina