La Ascensión del Señor - Solemnidad

Jesus - Ascension 02 07

Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. 
Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete. 
Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer.

¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él, por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.
Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. 
Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: «Así es Cristo», sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. 
Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (I) - Santa Gertrudis

Santa Gertrudis 01 03

Santa Gertrudis ha pasado a la historia de la espiritualidad como la santa de la Humanidad de Cristo, ya que su experiencia mística y su doctrina se centran en el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: en el Verbo Encarnado por nuestra salvación se manifiesta el gran misterio del amor de Dios para con el Hombre, su condescendencia divina, su misericordia. De este núcleo parten todas las actitudes doctrinales, espirituales y místicas de santa Gertrudis. 
El fin principal de sus escritos es revelar este infinito misterio de amor: el Misterium Pietatis.Su libro, titulado Legatus Divinae Pietatis (El Heraldo de la Misericordia Divina), es un mensajero, un juglar, un trovador, encargado de pregonar a lo largo del mundo y de los tiempos, el misterio de amor por el cual Dios llama al ser humano a la unión consigo en Jesucristo. 
El Corazón de Cristo es, para santa Gertrudis, una de las expresiones más elocuentes y ardientes del Misterium pietatis. Las revelaciones del Corazón de Jesús ocupan un lugar central en su obra y concentran muchos aspectos de su doctrina y espiritualidad. Gertrudis encuentra la fuente de esta devoción en el relato de la transfixión de Jesús en su Pasión. De ahí que, si bien ella no tuvo la misión que compete a santa Margarita María de Alacoque de establecer el culto litúrgico al Sagrado Corazón, se la considera precursora de esta devoción.

La contribución fundamental de santa Gertrudis al desarrollo de la devoción al Sagrado Corazón es su misma experiencia mística descripta en sus escritos; ella aporta una imaginería específica y un conjunto de símbolos a través de los cuáles se traduce su relación con el Corazón de Cristo, los cuáles -aún sin llegar a constituir una tipología sistemática-, serán reeditados por las místicas posteriores a lo largo de la historia de esta devoción, cada una de las cuáles las encarnará según su tiempo y su cultura propia. 
Por medio de las gracias místicas otorgadas a santa Gertrudis la devoción al Sagrado Corazón de Jesús queda establecida en su fundamento escriturístico. En primer lugar, encuentra su fuente, como dijimos, en el relato de la transfixión de Jesús (Jn 19, 31-37): Gertrudis recibe en su interior los estigmas de la Pasión, y su corazón es traspasado por un rayo salido de su Corazón divino. 
En otra visión Gertrudis ve al discípulo amado que, recostado sobre el pecho del Señor en la última cena, había bebido con abundancia de la dulzura del Corazón Divino, y que pocas horas después vio ese mismo corazón traspasado con la lanza. San Juan hace recostar a Gertrudis consigo, sobre el pecho de Jesús, y ella percibe algo de la dulzura divina de los latidos del Corazón divino.

Además, Gertrudis relee los textos del Antiguo Testamento a partir del Misterio de Cristo, según la exégesis espiritual que se practicaba en la Edad Media; y, en consecuencia, aplica al Corazón de Jesús diversas imágenes: el Corazón divino es el Arca de la Alianza, la tierra prometida, el Santo de los Santos, el agujero en la roca y la cavidad en el muro donde anida la paloma (cf. Ct 2, 14). 
Por otra parte, con santa Gertrudis, la devoción al Sagrado Corazón se nos muestra como originalmente derivada de la Liturgia de la Iglesia y en dependencia con ella: en el fondo, Gertrudis tiene siempre ante los ojos la escena de Cristo, ahora glorioso, entronizado con nuestra Humanidad en la Santísima Trinidad, a la diestra del Padre, e intercediendo por nosotros; esta realidad, como se sabe, es el fundamento de toda la Liturgia. Gertrudis focaliza su atención y su afecto en el Amor divino del Redentor, único Mediador por quien tenemos acceso al Padre, y por cuyo medio nos vienen todas las gracias; y encuentra en el Sagrado Corazón, la imagen y el símbolo de ese Amor. Lo que hacemos aquí abajo, no tiene valor ante Dios, sino en Cristo, por El y en El; es decir, en unión de intención con los méritos y las oraciones de Cristo, unión que para Gertrudis, se realiza de corazón a Corazón. Así, la devoción al Sagrado Corazón nace como un desarrollo o prolongación del aspecto cristológico de la Liturgia y queda vivificada por el espíritu de la Liturgia.

Finalmente, sus visiones ilustran el contenido teológico de esta devoción: las relaciones del divino Corazón en el seno de la Santísima Trinidad, su la acción en la economía de la gracia, en la Iglesia triunfante, militante y purgante, así como la relación recíproca que entabla con cada fiel. 
Gertrudis no innova en este campo, sino que desarrolla algunos aspectos de una tradición de la que se considera heredera. En efecto, los Padres de la Iglesia siempre habían visto en el relato de la transfixión de Jesús, la fuente salvífica, el nacimiento de la Iglesia en el don del bautismo y de la eucaristía, y la comunicación del Espíritu. Pero mientras san Juan Crisóstomo o san Agustín contemplan sobre todo a la Iglesia y a los sacramentos que brotan del costado traspasado, Gertrudis, en su interiorización contemplativa, se detiene más en la realidad misma del Corazón herido, fuente del amor donado, que se hace sacramento para permanecer con nosotros. Podemos decir que la larga meditación de los Padres sobre el Costado traspasado encuentra su cumplimento y su renovación en la espiritualidad del Corazón de Jesús que queda firmemente inaugurada a partir de los escritos de santa Gertrudis de Helfta, cuya memoria litúrgica se celebra el 16 de noviembre.

Fuente: surco.org

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (IV)

Lujan 04 07

El negrito Manuel, vestido de un costal a raíz de las carnes y con barba larga a manera de ermitaño, continuó al servicio de la gran Señora hasta la ancianidad decrépita. Hallándose en la última enfermedad dijo un día a los presentes: 
“Mi Ama, la Santísima Virgen, me ha revelado que he de morir un viernes y que al sábado siguiente me llevará a la Gloria”. 
En efecto, así sucedió. Su muerte sucedió en el día que había dicho, y se puede creer que se verificó por entero su vaticinio, siendo llevada su alma bendita al cielo para poder gozar allí de la Virgen María, cuya venerable imagen tanto había amado y cuidado en la tierra. Murió en olor de santidad, por cuyo motivo es tradición que su cuerpo fue sepultado detrás del altar Mayor del Santuario del Capellán Montalbo, descansando a los pies de su Ama.

Después de su muerte la fama de santidad y de gran siervo de Dios que el negro Manuel dejó al morir no menguó con el tiempo. En efecto, Don Juan de Lezica y Torrezuri se había encargado de la construcción del nuevo templo de Luján y, aproximadamente en el año 1757, tuvo problemas por la falta de arena gruesa de tal modo que la obra se veía retrasada. En este conflicto un negro, que sin duda fue Manuel, le aseguró que a pocos pasos de allí había arena gruesa en una vizcachera, o algo parecido. No se engañó, y la halló Juan de Lezica en el lugar señalado, que jamás nadie había sabido que hubiese tal lugar. El hallazgo se tuvo por milagroso. Todos sabían que el negro Manuel no podía estar ajeno a la obra del nuevo Templo.

La figura apacible de este negrito interesa mucho. Esto vuelve a demostrar que Dios no se contenta con mirar la corteza, lo superficial, sino que su mirada penetrante escudriña lo más íntimo del corazón, y cuando el corazón que Él investiga es puro, todo su ser resplandece a sus ojos; y sólo aquel que fuere puro y blanco de alma, será entre sus manos, digno y eficaz instrumento de obras grandes, útiles y duraderas. Donde está la humildad y la rectitud de intención, allí también está la sabiduría, la santidad. Testigo de esta verdad es el negrito Manuel, cuya obra de predilección subsiste siempre atractiva y joven en la historia de Luján. 
Pidamos siempre por su pronta beatificación. 
Aprendamos del negro Manuel la materna esclavitud de amor por la que se hace ofrenda de toda nuestra persona y de todos nuestros bienes a María, y por Ella a Jesucristo, aprendiendo a marianizar toda nuestra vida haciendo todo por María, con María, en María y para María, para ser y hacer todo por Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús.

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (III)

Lujan 03 05b

Uno de los más famosos milagros obrados por la Virgen a través del negro Manuel y seguramente el más celebrado fue la curación del P. Pedro Montalbo. Sucedió que en el año 1684 el padre licenciado don Pedro Montalbo enfermó gravemente de unos ahogos asmáticos que en poco tiempo lo redujeron a tísico confirmado. 
Y viéndose así, afligido se fue en un carretón a hacer una novena a la Virgen de Luján en los días de su fiesta patronal, y cuando estaba como a una legua de la capilla, tuvo un accidente que lo dejó medio muerto, y así llegó a las puertas de la capilla. 
Desuncidos los bueyes salió el negro Manuel y ungiéndole el pecho con el aceite de la lámpara de la Virgen el P. Montalbo volvió en sí. Empezando a consolarlo, tiernamente le decía el negrito Manuel: “La Virgen Santísima le quiere para su Capellán”. 
El P. Montalbo prometió que si le daba la Virgen la salud, iba a serlo toda su vida. Fue el primer Capellán de María de Luján.

Con el proyecto de levantar un templo capaz y más digno de la veneración que merecía la Virgen, el negro Manuel, al paso que acumulaba las ofrendas que traían los devotos peregrinos, andaba por las estancias y aun por los pagos distantes, pidiendo limosnas para la fábrica del Santuario. En su muerte se le hallaron en depósito $14.000 de las limosnas, que los devotos le habrían ofrecido. 
La virtud había transformado totalmente al negro Manuel. Su devoción era comunicativa y su piedad sumamente edificante. 
Caminaba constantemente en la presencia de Dios, y no se pasaba hora en el día que no trajera, seguramente una o varias veces, a su memoria el recuerdo de la Virgen.

Cuando llegaba la hora de entregarse al reposo, el negro Manuel, respetado de todos como un patriarca, reunía en la ermita a todos los peregrinos y rezaba junto con ellos el rosario. Luego en un lenguaje todo perfumado de unción y campestre simplicidad daba a entender a los peregrinos que venían atraídos de los favores que obraba la Virgen, a que pusiesen toda su confianza en la Virgen, porque teniéndola por intercesora con su Divino Hijo, seguros alcanzarían los beneficios que necesitaran. Y cuando todos se retiraban de la ermita, el negro Manuel prolongaba hasta altas horas de la noche sus oraciones. 
El tiempo que le sobraba lo empleaba en trabajar para mantenerse, según era costumbre en gentes de su condición, haciendo riendas, botas, cinchas, caronas, rebenques y lazos. Era el amigo y consejero de esa dilatada comarca. Y los enfermos se encomendaban a sus oraciones.

Fuente: Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

La predilecta del Corazón Sacratísimo de Jesús

Sagrados Corazones 01 01

El Corazón de Jesús es el Corazón mismo de Dios; es el centro y el punto de partida de esos actos maravillosos que nosotros denominamos “teándricos” o divinos y humanos, que constituyen la vida misma de Jesús; y, puesto que el corazón del hombre representa el hombre todo entero, es legítimo decir que el Corazón de Jesucristo es la expresión compendiada y viviente de su divina persona. Nada extraña, pues, que un piadoso escritor exclame: “¡Dios mío, vuestro corazón sois Vos y Vos no sois otra cosa que vuestro Corazón!”. Y, cuando adoramos a ese Divino Corazón, es Jesús mismo Quien recibe nuestras adoraciones. 
Nuestro Señor también aplica a su Corazón todo lo que conviene a toda su persona. “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo un día a Santa Margarita María; y, hablando luego, no de su Divino Corazón, sino de su Adorable Persona, añade: “De la mayor parte de los hombres solamente recibo ingratitudes” (Vida de Santa Margarita María de Alacoque). 
Así, pues, Él y su Corazón son UN TODO, una misma cosa. Concluyamos: El Corazón de Jesús es la expresión sintetizada, la suma excelsa de su Adorable Persona, como la devoción a ese Corazón Sagrado es el compendio, la suma substancial de toda la Religión (Cardenal Pie), como Cristo es la expresión viviente y la suma de todas las criaturas que Él recapitula, dice San Pablo (Ef 1, 10).

Cuando Dios contempla a Cristo, ve en Él al mundo entero. Profundas palabras que semejarían completar estas otras: Cuando el alma mira a Cristo, Le ve todo entero en su Sagrado Corazón. Y siente, por otra parte, que Le encuentra allí, que Él está allí con todos sus tesoros cuando le dirige esta plegaria que la Iglesia pone en sus labios: ¡Sagrado Corazón de Jesús, tened piedad de nosotros! ¡Cor Jesu Sacratissimum, miserere nobis! 
María tiene sobre su Hijo la misma autoridad que el resto de las madres sobre sus hijos. Esto en el orden natural. Su intercesión es todo-poderosa ante Él. Su plegaria es como una especie de mandato. “Oratio Deiparae habet rationem imperii” (San Antonino). 
Ella tiene derecho a su amor, a su condescendencia. 
Ahora bien, esas prerrogativas que su Maternidad le otorga sobre la Persona de Jesús se extienden también a su Corazón adorable, puesto que, en Jesús, lo mismo que en todo hombre, el Corazón compendia a la Persona toda entera, como lo hemos venido viendo. 
Es, por lo tanto, legítimo el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón al ser expresión del poder de súplica de María sobre el Corazón de su Divino Hijo.

Fuente: Siervo de Dios Julio Chevalier, Nuestra Señora del Sagrado Corazón mejor conocida

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (II)

Lujan 02 03

Dios dispuso entonces consagrar al negro Manuel al culto de la milagrosa imagen dejándolo en casa de Rosendo Oramas, ya que en él se manifestaban señales evidentes de su filial amor, respeto y veneración. Quedó allí para servirla con prolijidad y esmero. 
Todo su cuidado era en el aseo y decencia de su altarcito. Se aplicaba con tanta solicitud que nunca tenía a su Imagen sin luz ardiente. 
La sirvió en ese lugar hasta 1671, o sea, estuvo 40 años sirviendo con suma paz y alegría a su única Patrona. A Ella había sido donado como esclavo, y él entendía perfectamente lo que importaba una tal donación, y se reconocía por el verdadero y exclusivo esclavo de la Virgen.

A fines de 1671, el negro Manuel pasa de la Capilla de la estancia de Rosendo a la casa de Doña Ana de Matos, para seguir cuidando dicha imagen. La Virgen no se quería ir de su antigua Capilla de Rosendo sin su esclavo, ya que volvió dos veces sola, por la noche, de la casa de Ana de Matos. Doña Ana de Matos, cuando llevó la Santa Imagen a su casa, no compró ni trató de la venta del esclavo, porque el esclavo ya estaba dado en dote a una nieta de Filiano. Como el negro nunca tuvo escritura legal, y su entrega a la Virgen fue una prestación amistosa, muy bien a su debido tiempo se creyó oportuno darlo en dote de casamiento a esta nieta de Filiano. El negro Manuel, por su propia cuenta, siguió a la Santa Imagen, considerándose esclavo propio de la Virgen, y no de los herederos de Rosendo.

Las palabras de Maqueda dan a entender que el negro pensó esta resolución, y que no fue precipitada, y que siguió a la Santa Imagen, convencido de cumplir una misión que en lejano día se le encargara. Es probable que las traslocaciones de la Imagen lo confirmaran más en su propósito. 
El maestro Oramas y los de su familia alegaban que el negro esclavo era de ellos como herederos que eran del entonces difunto Bernabé Filiano. El negro se defendía diciendo: “Yo soy de la Virgen no más; el conductor de las Santas imágenes, Andrea Juan, me dijo varias veces antes de morir, en la casa de Rosendo en Buenos Aires, que yo era de la Virgen, y que no tenía otro amo a quien servir más que a la Virgen Santísima”.

Su inocente simplicidad era tal que algunas veces trataba a la Virgen con mucha familiaridad. Fue el caso que, habiéndose hecho ya el pequeño oratorio contiguo a la casa de Ana de Matos, y estando ya colocada en su nicho la Imagen, reparó el negro Manuel que algunas noches faltaba del nicho, y por la mañana la encontraba ya en él, pero llena de rocío muchas veces y otras con el manto llenos de abrojos y cadillos, y por las fimbrias polvo y algo de barro, y en estas ocasiones le decía: “Señora mía, ¿qué necesidad tenéis Vos de salir de casa para remediar cualesquiera necesidad siendo tan poderosa? ¿Y, cómo Vos sois tan amiga de los pecadores, que salís en busca de ellos, cuando véis que os tratan mal?”

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Manuel, fiel esclavo de la Virgen de Luján (I)

Lujan 01 01

La Sabiduría Divina se valió de la sencillez de un pobre indio llamado Diego, para promover los cultos que se dan a su Santísima Madre en Guadalupe; así también quiso valerse de este esclavo humilde llamado Manuel, para propagar las maravillas de nuestra Madre de Luján. 
El negro Manuel nació en 1604, en Cabo Verde, África. En ese tiempo era colonia portuguesa. A los 25 años fue apresado y conducido a las galeras para ser vendido como esclavo en el Brasil. Un capitán llamado Andrea Juan lo compró para su servicio. Eran los últimos meses del año 1629. 
Dotado de una clara inteligencia y de un corazón humilde aprendió muy pronto las verdades de la Fe y fue bautizado, quizás en los días de Navidad y Año Nuevo, y a los pocos días recibió la Comunión. Y como era de corazón ingenuo y de alma pura e inocente todas las cosas de religión le daban una gran impresión (acatando las leyes de las Indias, se daba a los esclavos la más esmerada instrucción religiosa). El negro Manuel deja Brasil en enero 1630 rumbo al Puerto de Santa María de los Buenos Aires, junto con el capitán Andrea Juan, quien llevaba dos imágenes de la Virgen María a su amigo Antonio Farías de Sáa, a fin de darle culto en la Capilla que estaba construyendo en su estancia de Sumampa -en ese tiempo se llamaba toda la región Córdoba del Tucumán-.

Llegados a Buenos Aires, Andrea Juan tuvo algunos inconvenientes por ser contrabandista, como era común en esa época. Entonces su amigo Bernabé González Filiano sale ante las autoridades por fiador suyo, solventando la deuda. El marino portugués en agradecimiento le entrega su esclavo, el negro Manuel, y Filiano manda enseguida a Manuel a su estancia de Luján, para mayor seguridad y para evitarse complicaciones. 
Muy poco es lo que conocemos de Manuel, sin embargo los historiadores nos traen las pocas palabras que pronunciara en los momentos más importantes de la historia de Luján.

Cuando las carretas no quisieron avanzar. Los bueyes por más que tiraban no podían moverla un paso. Admirados de la novedad preguntaron los pobladores al conductor qué cargaba, a lo que respondió que era la misma carga de los días precedentes y pasando a individualizarlas añadió: “Vienen aquí también dos cajones con dos bultos de la Virgen, que traigo recomendados para la Capilla nueva de Sumampa”. 
Discurriendo en tan extraña novedad, se supone que el negro Manuel, movido por la gracia de Dios dijo: “Señor, saque del carretón uno de los cajones, y observemos si camina”. 
Así se hizo, pero en vano. 
“Cambien los cajones, veamos si hay en esto algún misterio”, replicó Manuel. 
Aquí fue cuando llegó la admiración ya que los bueyes movieron sin dificultad el carretón. Insinuó el negro Manuel: “Esto indica que la imagen de la Virgen encerrada en este cajón debe quedarse aquí”. 
Abrieron el cajón y encontraron una bella imagen de la Virgen en su advocación de la Purísima Concepción. Desde entonces, en lo más íntimo del alma del negrito Manuel, se formó una unión firme e indeleble entre su corazón y la Virgen.

Fuente: P. Carlos M. Buela, María de Luján.

Siervo de Dios Luis Gastón de Sonis

Luis Gaston de Sonis 01 01

Luis Gastón de Sonis, nació el 25 agosto de 1825 en la Isla de Guadalupe, donde su padre era oficial del ejército francés. De niño fue enviado a Francia para estudiar y seguir la carrera de las armas igual que su padre. A los 23 años, después de haber perdido a su madre y a su padre, experimenta una fuerte conversión. Luego de un discernimiento vocacional se siente llamado a servir al Señor viviendo en el mundo, y contrae matrimonio con Anais Roger en 1849, con la que tuvo doce hijos, caracterizándose por ser un amante esposo y padre.

Como General era firme en el deber y la disciplina, y al mismo tiempo lleno de gracia, de espíritu y de vivacidad, lo que lo hacía ser estimado por sus soldados y por sus jefes. Ferviente cristiano y Carmelita Seglar, se distinguió por su caridad con los pobres, la asistencia diaria a la Misa, la Comunión frecuente, la devoción al Sagrado Corazón. Nombrado General del cuerpo de ejército a la edad de 45 años, lideró la batalla heroica de Loigny el 2 de diciembre de 1870, bajo la protección de la bandera del Sagrado Corazón, bordada por monjas de la Visitación de Paray le Monial. Fue seriamente herido y estuvo toda la noche en el helado campo de batalla, por lo que su pierna izquierda tuvo que ser amputada. El General fue nombrado Caballero Cristiano por el Papa León XIII.

Murió el 15 de agosto 1887 en París, ofreciendo a Dios todo su sufrimiento. Fue enterrado en Loigny, en la cripta de la Iglesia, cerca de los zuavos pontificios y los soldados caídos en la batalla de 1870. En su tumba leemos el siguiente epitafio: “Miles Christi”, Soldado de Cristo.

Fuente: carmeloteresiano.com

Mensajes de la Santísima Virgen en San Nicolás (VIII)

Meditar 04 04

27-5-84: “Hijos míos: sed piadosos, eso quiere el Señor. Compadeceos por la desgracia de vuestro hermano. Apenaos por la pena que lo aqueja. Consoladlo por el dolor que lo atormenta, extended vuestra mano en su ayuda y hacedle comprender que vuestro Padre del Cielo fortalecerá su espíritu con su maravilloso Amor. 
No temáis porque no hay nada irreparable para Nuestro Señor. Amén, amén. 
Leed: I Juan 4, 16-21”

3-4-85: “Digo a mis hijos: aquél que maldice, que odia, sólo está envenenando su corazón. 
Que nadie maldiga, que nadie odie, que no haya en vuestros pensamientos, pensamientos malos. Perdonad como el Señor perdona, amad como el Señor os ama, buscad la perfección en Él. Alabado sea el Señor.”

12-7-89: “Hija mía, muchos hijos niegan abiertamente a Dios, y se internan así en el odio, en el más absoluto ateísmo. 
Es doloroso ver tantas almas que no quieren recibir este rayo de amor: la presencia de la Madre. 
Digo a tus hermanos: no llenéis vuestro corazón de orgullo, sino de humildad y de amor a la Madre y por Ella a Cristo. Gloria al Señor. Sea esto conocido.”

Conocer al Corazón de Jesús por el Evangelio

Jesus y el leproso 01 01

Jesús y el leproso

No conozco guía más seguro ni más enterado, ni más a nuestro alcance. En cada página, ¿qué digo?, en cada hecho, en cada sentencia, en cada partícula y hasta en cada signo del Evangelio, palpita el Corazón de Jesús. En él no hay letra ni signo que no suene, huela, sepa, a amor. Suprimid el sentido de esa palabra en el Evangelio y lo trocaréis de libro de la Vida, de la Luz y de la Paz, en fábula de absurdos y quimeras. 
El Evangelio es la conjugación de los grandes verbos del corazón: amar y entregarse. 
San Pablo, que ha expresado en esas dos palabras toda la obra redentora de Jesús: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20), ha definido, del modo que puede ser definido con palabras de la tierra, ese Arca de los tesoros de Dios, al Corazón de Jesús: “El que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. ¡Así! ¡Sin adverbios que limiten, condicionen o califiquen la acción inmensa de esos dos verbos!

“¿Quién -dice el venerable maestro Fray Luis de Granada- te trajo, Señor, del cielo a la tierra, sino el amor? 
¿Quién te bajó del seno del Padre al de la Madre, y te vistió de nuestro barro, y te hizo participante de nuestras miserias, sino el amor? 
¿Quién te puso en el establo y te reclinó en el pesebre, y te echó por tierras extrañas, sino el amor? 
¿Quién te hizo traer a cuestas el yugo de nuestra mortalidad por espacio de tantos años, sino el amor? 
¿Quién te hizo sudar y caminar, velar y trasnochar buscando las ánimas, sino el amor? 
¿Quién ató a Sansón de pies y manos, y lo trasquiló y despojó de toda su fortaleza, y lo hizo escarnio de sus enemigos, sino el amor de Dalila su esposa? 
Y ¿quién a Ti, nuestro verdadero Sansón, ató y trasquiló, y despojó de su virtud y fortaleza, y entregó en manos de tus enemigos, para que te escarneciesen y escupiesen y burlasen, sino el amor de tu esposa la Iglesia y de cada una de nuestras ánimas? 
¿Quién, finalmente, te trajo hasta poner en un palo, y estar allí todo de pies a cabeza tan maltratado: las manos enclavadas, el costado partido, los miembros descoyuntados, el cuerpo sangriento, las venas agotadas, los labios secos, la lengua amargada, y todo, finalmente, despedazado? 
¿Quién pudo hacer tal estrago como éste, sino el amor? ¡Oh, amor grande! ¡Oh, amor gracioso! ¡Oh, amor tal cual convenía a las entrañas y a la inmensidad de Aquel, que es infinitamente bueno y amoroso y todo amor!”.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org