Beato Francisco Castelló

 

Beato Francisco de Paula Castello 01  01b

Beato Francisco de Paula Castelló

Francisco nace en Alicante, el 19 de abril de 1914. Tenía sólo dos meses cuando murió su padre. Su madre, maestra, cristiana ejemplar y excelente educadora, se hizo cargo de la familia. Ella le impartió la enseñanza primaria en los diversos pueblos de su carrera de maestra nacional y murió cuando Francisco, el pequeño de sus tres hijos, había cumplido 15 años. A partir de entonces, una tía, hermana de su padre, hará de madre solícita de Francisco y sus hermanas Teresa y María. 
A los 12 años comenzó el bachillerato como alumno interno en los Maristas. En el Instituto Químico de Sarriá, dirigido por padres Jesuitas, obtuvo su licenciatura en Ciencias Químicas. En 1935 está ya en la ciudad de Lérida, trabajando como ingeniero químico en la fábrica Cros, S.A.

Contribuyó a perfeccionar su formación su asidua asistencia y participación activa en los actos de la Congregación Mariana de Lérida y de Barcelona, y en los de la Federación de Jóvenes Cristianos de España, que acabó siendo su asociación predilecta. También se ocupó del Movimiento Scout. 
En 1936, se comprometió con María Pelegrí Esquerda, Mariona, a quien amó profundamente. En este mismo año ingresó en el ejército de la República como soldado de complemento. Fue un buen soldado y no escondió su condición de cristiano. La guerra civil le sorprendió mientras realizaba el servicio militar. Consciente de la gravedad del momento, no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas antes de morir a sus hermanas, a su director espiritual y a su novia: “No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría extraña, interna, intensa, fuerte, me invade. Quisiera hacerte una carta triste de despedida pero no puedo. Estoy todo envuelto en ideas alegres, como de un presentimiento de la gloria”.

En el momento del Alzamiento, fue arrestado por ser cristiano, pero se le ofreció la libertad si escondía su fe. Pasó en prisión dos veces; siempre estaba alegre, a pesar de los insultos de sus guardianes. En el juicio, como no lo pudieron acusar de nada político, le acusaron de ser católico y le condenaron a muerte. El presidente del tribunal dijo que podía defenderse y él respondió: “No hace falta. ¿Para qué? Si el ser católico es un delito, acepto muy a gusto ser delincuente, ya que la mayor felicidad que puede encontrar una persona en este mundo es morir por Cristo. Y si mil vidas tuviera las daría sin dudar un momento por El...” 
Antes de morir en el cementerio de Lérida dijo: “Os perdono a todos. Hasta la eternidad.” Luego, él y sus compañeros gritaron: “Viva Cristo Rey”. 
Fue fusilado y murió mártir de la fe católica el día 29 de septiembre de 1936, cuando contaba con 22 años.

Fuente: cf. santopedia.com

 

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (I)

 

Sagrado Corazon 18  31b

“¡Si supiera cuán apremiada me siento a amar al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo! Me parece que no se me ha dado la vida más que para esto y, sin embargo, hago todo lo contrario. Él me hace continuos favores, y yo no le pago más que con ingratitudes. Me ha regalado con una visita que me ha sido en extremo favorable por las buenas impresiones que ha dejado en mi corazón.

Me ha confirmado que el placer que encuentra en ser amado, conocido y honrado de las criaturas es tan grande, que, si no me engaño, me ha prometido que todos aquellos que se le dediquen y consagren no perecerán jamás; y que como es el manantial de todas las bendiciones, las derramará en abundancia en todos los lugares en que la imagen de su Divino Corazón esté expuesta y sea honrada; que unirá las familias divididas y protegerá y asistirá a las que tengan alguna necesidad y se dirijan a Él con confianza; que derramará la suave unción de su ardiente caridad sobre todas las comunidades que le honren y se pongan bajo su especial protección; que desviará de ellas todos los golpes de la divina justicia para restituirlas a la gracia, cuando de ella hubieran decaído.

Me ha dado a conocer que su Sagrado Corazón es el Santo de los Santos, el Santo del Amor; que quiere ser conocido ahora, para ser el Medianero entre Dios y los hombres, pues tiene todo poder para ponerlos en paz, apartando los castigos que nuestros pecados han traído sobre nosotros, alcanzándonos misericordia.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

El episodio de Pentecostés (II)

 

Santisima Trinidad 03  24

«Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Nosotros vendremos a él y haremos en él nuestra morada.» Es decir, vendrán a él el Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, con el Amor que une mutuamente al Padre con el Hijo. Dios no está lejos de nosotros, está en nosotros. Este es el gozoso mensaje que nos trae Pentecostés. ¡Dios en nosotros! El que conoce al Padre, posee la clave de todos los enigmas, de todos los torturantes problemas de la vida: el Padre me ama. No sólo por hoy y mañana, sino por toda una eternidad. ¡Dios en nosotros! Estamos llenos de luz y de calor. Dios es luz, es el Sol. ¡Deja que el Sol entre en tu corazón! ¡Déjale que haga en él su morada! ¡Dios en nosotros! Estamos llenos de fuerza y de fuego. De nosotros mismos somos como un terreno seco y sin agua, como un árbol muerto. En Pentecostés bebemos fuego. Un fuego que abrasa todo lo impuro, todo pecado. ¡El fuego del santo celo por Dios y por nuestro Salvador!

Pentecostés es la confirmación, el sello y la consumación del misterio de Pascua. Pascua es Bautismo, Pentecostés es Confirmación. Pascua es nuevo nacimiento, Pentecostés es madurez, completa sazón, pubertad, plenitud de fuerza en el Espíritu Santo. El Bautismo en el Espíritu nos llama al heroísmo cristiano, a la santificación de los pensamientos, de las aspiraciones, de los motivos. Podemos, debemos ser cristianos totales, santos, perfectos.

Oración. 
Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, danos el gustar todo lo recto según el mismo Espíritu, y gozar siempre de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 462

Beato Franz Jägerstätter

 

Beato Franz Jagerstatter 01  01

Beato Franz Jägerstätter

Franz Jägerstätter nació el 20 de mayo de 1907 en la aldea de St. Radegung, Austria, a pocos kilómetros de la frontera con Baviera. Durante su adolescencia y su juventud se distinguió por su alegría y vitalidad. A pesar de las tentaciones propias de su edad, permaneció siempre firmemente arraigado en los principios de la fe. Rezaba todos los días y recibía con frecuencia los sacramentos. En 1931 su padre, propietario de una granja, enfermó gravemente, y Franz se vio obligado a ocuparse de ella para mantener a la familia. En 1936 contrajo matrimonio con Franziska Schwaniger. Tuvieron tres hijas: Rosalía, María y Luisa. Los esposos eran católicos practicantes, profundamente devotos y recibían diariamente la sagrada Comunión.

Llamado a cumplir el servicio militar en 1943, en pleno conflicto mundial, declaró que como cristiano no podía servir a la ideología nazi y combatir una guerra injusta. Su vida y su elección reflejaban su radicalismo evangélico, que no admitía réplicas, sino que provocaba e interpelaba. El padre José Karobath, su párroco, tras una conversación con él pocos días antes de que lo reclutaran, escribió: “Me ha dejado sin palabras, porque tenía las argumentaciones mejores, se imponía siempre citando las Escrituras”. 
En el siervo de Dios se reflejaba su serenidad sufrida y su adhesión al significado pleno del mensaje evangélico: en él la coherencia era una señal distintiva, no por prejuicios ideológicos o por un pacifismo abstracto, sino porque manifestaba con sencillez y firmeza su fidelidad a los valores en los que creía. Ante el terror nazi, ante la oscuridad de las conciencias y el consiguiente olvido de Dios, Franz elevó su voz sin alardes, pero con gran valor, para defender a la Iglesia de la furia anticlerical y para anunciar con su ejemplo el amor al prójimo, hermano en Cristo y no un enemigo contra el cual combatir. 
A este propósito, son clarificadoras las palabras del cardenal Christoph Schönborn, o.p., arzobispo de Viena: “Considerar el martirio como una participación en el combate escatológico contra las fuerzas del poder no era simplemente una fantasía delirante de la Iglesia de los orígenes. Una figura tan límpida como la del mártir Franz Jagerstatter, campesino de Austria, nos permite comprender cuán actual es esta concepción. Su testimonio franco, que lo llevó a rechazar el servicio militar en el ejército del Reich de Hitler, desvela las fuerzas que aquí luchan entre sí”.

Franz fue procesado por insumisión por un tribunal militar reunido en Berlín, que el 6 de julio de 1943 lo condenó a muerte. Permaneció detenido desde marzo hasta mayo de 1943 en la prisión militar de Linz; desde allí fue trasladado a una cárcel en Brandeburgo, en espera de la ejecución de la sentencia. Quienes compartieron con él aquellos meses testimoniaron que soportó las pruebas con infinita paciencia, en particular el profundo dolor de la despedida de su esposa y de sus hijas. A su esposa envió una serie de cartas, en las que destaca continuamente su entrañable e inquebrantable amor a la familia, a la Iglesia y a Dios, así como su petición de perdón por todos los sufrimientos que podía haber ocasionado con su decisión de oponerse a la guerra. 
El 9 de agosto de 1943, poco antes de ser guillotinado, el P. Jochmann le administró los últimos sacramentos. Sus últimas palabras fueron: “Estoy completamente unido en unión interior con el Señor”. Fue beatificado el 26 de octubre de 2007; a la ceremonia asistieron su esposa de 94 años, sus hijas, nietos y bisnietos.

Fuente: vatican.va

A la espera del Espíritu Santo (II)

 

Pentecostes 04  10

Según nuestro concepto humano, una persona es un ser: completo, distinto de los demás seres, subsistente, o sea, que existe en sí mismo, inteligente y, en consecuencia, libre, capaz de querer, y por lo tanto, un ser que ama. Todo esto se cumple en el Espíritu Santo de la manera más perfecta: Él, aspiración del Padre y del Hijo, es una Persona, y una Persona divina; es un ser completo, Dios por entero, y no una parte de Dios; sin dejar de ser perfectamente igual a las otras dos Personas divinas es distinto de ellas; es subsistente en sí mismo, un ser que conoce y que ama. Siendo, pues, una Persona divina, podemos tener con el Espíritu Santo relaciones especiales, lo mismo que con el Padre y con el Hijo, como nos invita a hacerla la Iglesia proponiéndonos tantas invocaciones hermosísimas al Espíritu Santo, sobre todo el himno Veni, creator Spiritus, en que se contienen todos los títulos que tiene el divino Paráclito para ser invocado por nosotros con confianza.

El himno comienza dirigiéndose al Espíritu Santo como «Espíritu creador», recordándonos que Él, juntamente con el Padre y el Hijo es un solo Dios, nuestro Creador; a continuación le invoca como nuestro Santificador, que derrama la gracia en nuestras almas: imple superna gratia, quae tu creasti pectora, llena de la divina gracia los corazones que Tú creaste. Pues, aunque todas las obras externas de Dios -como la creación, la santificación de las almas, etc.- sean comunes a las tres Personas divinas, sin embargo, «por una cierta relación y cuasi afinidad que existe entre las obras externas y el carácter propio de cada Persona, tales obras se atribuyen más a una Persona que a las otras» (Enc. Divinum illud). Por eso al Espíritu Santo, que es la aspiración del amor divino, se le atribuye particularmente la obra de la santificación, que es obra de amor: «El Espíritu Santo -enseña el Papa León XIII- da impulso fuerte y suave y como la última mano al trabajo nobilísimo de nuestra predestinación» (ib.). Y precisamente bajo este aspecto particular de Santificador, nos invita la Iglesia a invocar al Espíritu Santo. 
Altissimi donum Dei, fons vivus; ignis, charitas et spiritalis unctio: don de Dios Altísimo, don concedido a nuestras almas para llevarlas a la santidad; fuente viva de la gracia, fuego, dulzura espiritual. Y continúa la Iglesia llamándolo: septitormis munere, digitus paternae dexterae: dispensador de los siete dones por medio de los cuales Él conducirá a perfección nuestra vida espiritual, dedo de la diestra del Padre, que debe señalarnos el camino de la santidad. ¡Con qué impetuoso fervor, con qué amor y deseo debemos, pues, invocar al Espíritu Santo, Espíritu Santificador!

“¡Oh Espíritu Santo! Tú vienes a nosotros con la amorosa actuación de tu gracia..., y vienes como fuente y te difundes en el alma si el alma se sumerge en ti. Y así como cuando confluyen dos ríos, el menor de ellos pierde su nombre y toma el del mayor, del mismo modo sucede cuando el alma se une a ti, ¡oh divino Espíritu, que vienes al alma para hacerla una cosa contigo! 
¡Oh Espíritu Santo! Tú penetras en el alma como el sol, que, de no encontrar obstáculos e impedimentos, ilumina todas las cosas; como una saeta encendida, que no se detiene por el camino, sino que llega hasta las últimas profundidades que encuentra abiertas, y allí descansa. Así Tú, ¡oh Espíritu Santo!, bajas del cielo con las saetas ardientes de tu divino amor y no te detienes en los corazones soberbios y en las inteligencias altaneras, sino que pones tu morada en las almas humildes y despreciables a sus propios ojos” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Beato Luis Grozde

 

Beato Luis Grozde 01  01b

Beato Luis Grozde

Luis Grozde nació en la localidad eslovena de Gorenje Vodale en 1923. Era hijo de una madre soltera quien, cuando el niño tenía cuatro años de edad, se casó con un hombre, que fue un mal padrastro para el pequeño, por lo que tuvo que dejarlo al cuidado de una tía, trasladándose ella a otra localidad. Gracias a los sacrificios y cuidados de su tía, el pequeño Luis pudo recibir una buena educación en su pueblo natal y más tarde, en Lubiana, donde su propia tía se mudó a fin de seguir atendiéndolo y manteniéndolo con su trabajo. Se convirtió en un excelente estudiante apasionado por la lectura y con dotes para la poesía. 
En 1935 asistió a las celebraciones del Congreso Eucarístico y luego, llevado por unos amigos, ingresó en la Acción Católica. Se estableció un programa de oración, aceptó responsabilidades y utilizó los estudios como instrumento de apostolado. Cada día reza y comulga, participa en retiros y en diversas actividades. Enemigo de la mediocridad, su deseo es radical: ¡santo o nada!

Entre tanto la situación política de Yugoslavia se altera. Tras el conflicto de la Segunda Guerra Mundial viene el surgimiento del comunismo promovido por Tito y la posterior persecución a la fe católica. Los líderes de la Acción Católica y los sacerdotes son asesinados sólo porque se atrevieron a denunciar el peligro del marxismo. Luis es consciente de que es un blanco fácil para la persecución. Confía en el sacrificio de su vida a Cristo: “No quiero ser un hombre mediocre. Una tarea tan bella y sublime como la que propone la Acción Católica, vale la pena que sea vivida a cualquier precio”. 
El 1 de enero de 1943, al regresar de la Misa es detenido y acusado de propaganda contra el comunismo. Le hallaron un librito de la misa en latín, la Imitación de Cristo y un libro de la Virgen de Fátima. A lo largo de la noche fue torturado hasta la muerte. Su fama de su santidad ha crecido desde entonces. 
La causa de su beatificación fue introducida en 1992, y en 2010, S.S. Benedicto XVI procedió a la beatificación.

Fuente: santoral.es

María, Madre de la Iglesia

 

Madre de la Iglesia 02  02

María, Madre de la Iglesia

En verdad la realidad de la Iglesia no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenanzas jurídicas. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, ha de buscarse en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla, que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a sí para nuestra salvación. Así ha de encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdadera católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia. (...) 
A este fin hemos creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente entrañable para Nos. (…) 
Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado. 
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél, que desde el primer instante de la Encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores; es decir, de la Iglesia.

Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a Ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación. 
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico “Bienaventurada porque has creído”.En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en Ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo. 
Por lo tanto, auguramos que con la promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el pueblo cristiano se dirigirá con mayor confianza y ardor a la Virgen Santísima y le tributará el culto y honor que a Ella le compete.

Fuente: S.S. Pablo VI, alocución del día 21 de noviembre de 1964

El episodio de Pentecostés (I)

 

Pentecostes 03  07

En otro tiempo, después del Pentecostés del Sinaí, el Señor estableció su Alianza con Israel y le dio, entre relámpagos y truenos, la Ley de su Alianza, la Ley del rigor, del temor, de la esclavitud. Hoy comienza un nuevo Pentecostés, que llena el corazón de amor, de interioridad, de libertad interior y de santa alegría. El Espíritu Santo desciende envuelto en el fragor de la tempestad. Invade y penetra los corazones de los Apóstoles y Discípulos. Se tornan anchos, libres, desprendidos, sin la debilidad e imperfección de hasta aquí. El Espíritu Santo los modela. Consume el viejo mundo de sus pensamientos, deseos, afectos, sentimientos y motivos y levanta en ellos el reino del espíritu. Les inocula nueva vida. Les da coraje, fortaleza, firmeza de carácter, paciencia inquebrantable y una gran presteza para todo sacrificio, incluso el del martirio, por la causa de Cristo. ¡Una nueva creación!

Nuestro Pentecostés. Para la sagrada liturgia, Pentecostés no es solamente un hecho histórico, pasado. El episodio relatado en la lectura de la Misa continúa siendo una perenne actualidad. También lo vivimos nosotros. También nosotros, en la celebración de la santa Eucaristía, nos encontramos reunidos todos juntos, en comunidad de oración y de sacrificio. El primer Pentecostés va a reproducirse y realizarse en nosotros. Por eso decimos en una oración: «Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado. La faz del mundo quedará renovada. Ven, Espíritu Santo; llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.» Ahora, en el sacrificio de la santa Misa, cuando aparezca entre nosotros, en la santa Consagración, el Señor glorioso, traerá consigo el Espíritu Santo. En la sagrada Comunión se realizará en nosotros de un modo invisible el milagro de Pentecostés. El Espíritu Santo descenderá sobre cada uno de nosotros y nos llenará de su fuego y de su fuerza. No vendrá en forma de lenguas de fuego, sino bajo el velo de una blanca Hostia, que es el mismo cuerpo glorioso del Señor, del portador del Espíritu Santo. En la recepción de la sagrada Comunión se realiza en nosotros el Bautismo del Espíritu. Llenos del Espíritu Santo, confesamos -hechos portadores del Espíritu, testigos de Cristo, Apóstoles- las maravillas del Señor. Por eso la sagrada liturgia acompaña la distribución de la sagrada Comunión con estas palabras: «Estando sentados en casa, se oyó de pronto en el cielo un gran estrépito, como el de una furiosa tempestad, aleluya. Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y publicaban las maravillas de Dios. Aleluya, aleluya.» ¡Pentecostés es una actualidad!

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 461s

Imitar a Cristo, sacerdote y víctima

 

Alfa y Omega 01  02

Es muy cierto que Jesucristo es sacerdote, pero no para sí mismo, sino para nosotros, porque presenta al Padre eterno las plegarias y los anhelos religiosos de todo el género humano; Jesucristo es también víctima, pero en favor nuestro, ya que sustituye al hombre pecador. Por esto, aquellas palabras del Apóstol: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» exigen de todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza humana, el mismo estado de ánimo que tenía nuestro Redentor cuando se ofrecía en sacrificio: la humilde sumisión del espíritu, la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias a Dios. 
Aquellas palabras exigen, además, a los cristianos que reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la expiación de los pecados. Exigen, en una palabra, nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, para que podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

Fuente: SS Pío XII, Encíclica «Mediator Dei»

A la espera del Espíritu Santo (I)

 

Espiritu Santo 03  26

¡Oh Espíritu Santo! Enséñame a conocerte, a amarte y a disponerme para sentir tu influjo. 
El acercarse de la fiesta de Pentecostés nos invita a levantar nuestra mente y nuestro corazón al Espíritu Santo para, con su ayuda, conocerle mejor, amarle más, invocarle con mayor fervor y prepararnos a secundar lo mejor que podamos su acción en nuestras almas. 
El Catecismo nos enseña que en Dios hay tres Personas iguales y distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre, conociéndose a sí mismo, engendra desde toda la eternidad al Verbo,idea perfecta y sustancial en quien el Padre expresa y a quien comunica toda su bondad, amabilidad, naturaleza y ciencias divinas. El Padre y el Verbo, por su bondad y belleza infinitas, se aman desde toda la eternidad, y de este amor que une al uno con el otro procede el Espíritu Santo. Como el Verbo es engendrado por el Padre por vía de conocimiento, así el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor. El Espíritu Santo es, pues, el término y la efusión del amor mutuo del Padre y del Hijo, efusión tan prefecta y substancial que es una Persona, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en la cual el Padre y el Hijo, por la sublime fecundidad de su amor, transfunden su misma naturaleza y esencia sin verse privados de ellas. 
Y precisamente por ser el Espíritu Santo la efusión del amor divino, es llamado «Espíritu», según el sentido latino de la palabra que significa hálito, aspiración, soplo vital. Como en nosotros la respiración es la manifestación de la vida, así en Dios el Espíritu Santo es la expresión y la efusión de la vida y del amor del Padre y del Hijo, pero una efusión substancial, personal, que es Persona.

En este sentido, a la tercera Persona de la Santísima Trinidad se la llama «el Espíritu del Padre y del Hijo» y también «el Espíritu del amor en Dios», es decir, el «soplo» de amor del Padre y del Hijo, el «soplo» del amor divino. En el mismo sentido llaman los Santos Padres al Espíritu Santo «osculum Patris et Filii», el beso del Padre y del Hijo, «beso suavísimo pero secretísimo»,según la delicada expresión de San Bernardo. 
Este es el Espíritu Santo, Espíritu de amor, que nosotros invocamos para que venga a encender la llama de la caridad en nuestros corazones.

“¡Oh unión maravillosa en el cielo, maravillosa en la tierra, maravillosa en aquel secretísimo y perfectísima vínculo de la naturaleza divina, donde el Espíritu santo, que es vínculo y nudo de amor, une las divinas Personas de modo tan inefable! ¡Oh, cuán unida está en perfectísima unidad la Santísima Trinidad! Unidad de esencia, de substancia, de amor. ¡Y cuán dulcísimo lazo eres Tú, oh Espíritu Santo! ¡Oh Espíritu divino!, de ese vínculo con que unes y anudas eternamente al Padre y al Hijo con perfectísima unión, sacas un vínculo y un nudo mediante el cual unes el alma a Dios, a semejanza de aquella unión divina. Y la unes con un dominio absoluto de sus potencias, para que, con la gracia que tan estrechamente unida la tiene a Dios, no quiera ni en cierta manera pueda recordar, ni entender ni amar otra cosa que la divina caridad. ¡Oh, quién pudiera, como los bienaventurados del cielo, no desatarse nunca de tan dichoso y apretado nudo!” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina