La fe de los Reyes Magos y nuestra fe en la Eucaristía

 

Adoracion de los Magos 05 08

Adoración de los Reyes Magos

Los magos, al encuentro de Cristo, caminan siguiendo la estrella que anuncia que ha nacido el rey. Siguen la estrella, se detiene y ¿qué encuentran? ¿qué ven? ¿a un rey? ¿una fiesta? ¿un hombre poderoso? ¡No! Ven un niño pobre, acostado en un pesebre. Podrían haberse enojado y sin embargo Dios ilumina su alma con la luz de la fe y los reyes caen de rodillas, adoran al niño del pesebre y le entregan oro, incienso, mirra (como a Rey, Dios y Hombre). Esa es la fe que ilumina lo que los ojos no pueden ver.

Cristo en la Cruz ¿parece Dios? ¡Ni siquiera parece hombre! En la cruz, con el cuerpo destrozado, golpes, escupida, entre dos ladrones como delincuente, cartel de burla: eso veían los hombres que se apartaban. Dios ilumina el alma de un centurión: “verdaderamente este hombre es el hijo de Dios”. ¿Qué habrán pensado los demás? ¡Está loco! ¿Eso va a ser Dios? Ojos del cuerpo ciegos para las cosas de Dios, ojos del alma iluminados por la fe. ¡Sí! Es el Hijo de Dios.

En el pesebre y en la Cruz, Dios estaba escondido; los ojos humanos veían al niño o al hombre, pero Dios con la luz de la fe ilumina el alma y entonces reconocen que Dios se esconde allí, que Dios se ha hecho hombre. 
En la Eucaristía, el misterio es más tremendo: Dios y el hombre están escondidos, no vemos a ninguno de los dos. Cuando en la consagración se dicen las palabras sobre el pan y el vino no hay más pan ni vino, sino sus apariencias y está la presencia real con su cuerpo, alma y divinidad. Recibimos al mismo Cristo, es un misterio. Parece una locura y lo es. Amor infinito de un Dios infinito que nos ama. Como los magos caen de rodillas delante del niño, como el centurión ante el Señor crucificado, nosotros ante la Hostia: Señor mío y Dios mío, adoramos a Dios escondido.

Locura que se nos presente como alimento en la hostia blanca. Locura de amor de un Dios que se hizo hombre. Quiso morir por nosotros en la cruz para lavarnos de los pecados con su sangre. No le bastó ese extremo de amor sino que por nosotros quiso esconderse bajo las apariencias del pan y del vino para alimentar nuestra alma y con ese alimento tengamos fuerza para recorrer el camino, como peregrinos de la tierra, para el encuentro con Dios. Amor que se hace presencia entre nosotros, silenciosa y escondida del Señor en el silencio del sagrario, en las iglesias tantas veces olvidado, desconocido, abandonado… Y sin embargo esta allí en un acto de amor infinito, de amor como alimento para el alma. 
Si no comemos el cuerpo se debilita y muere, lo mismo con la vida del alma, se debilita y muere con el pecado mortal. La Eucaristía es un alimento que nos transforma, nos transformamos en Él, no como el pan que comemos y asimilamos a nuestro cuerpo; este alimento no se transforma en nosotros sino que nos va trasformando en Cristo, imitando, creciendo, semejantes a Él, nos hace más hijos de Dios, crecer en la vida de gracia.

Fuente: Cfr. Sermones del P. Ezcurra.