Quédate con nosotros, Señor

Emaus 02 02

Aparición a los discípulos de Emaús

¡Oh Jesús, dulce peregrino! No me dejes, tengo necesidad de ti. 
Dios nos ha hecho para sí y no podemos vivir sin Él; tenemos necesidad, tenemos hambre y sed de Él; Dios es el único que puede llenar nuestro corazón. La liturgia de estos días traspira continuamente esta ansia hacia Dios, hacia lo alto; ansia que en la mente de la Iglesia es como contraseña de nuestra participación en el misterio pascual: «Si fuisteis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo resucitado a la diestra de Dios, pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3, 1-2). Cuanto más profunda es la renovación del alma en Cristo resucitado, más necesidad siente de Dios y de las cosas celestiales y más se desprende de las cosas de la tierra para volverse a las del cielo.

Como el hambre física es señal de un organismo sano y lleno de vida, así el hambre espiritual es indicio de una vida espiritual eficiente y en continuo desarrollo. Del alma que no siente la necesidad de Dios, la necesidad de buscarle y hallarle, del alma que no vibra y sufre ante esta búsqueda ansiosa de Dios, no puede decirse que sea un alma verdaderamente resucitada con Cristo, más bien es un alma muerta e insensible, que languidece en la tibieza. El aleluyapascual es un grito de triunfo por la resurrección de Cristo, pero es también una llamada urgente a nuestra propia resurrección. Es como una diana guerrera que nos llama a los combates del espíritu y nos invita a despertarnos y renovarnos, a participar cada vez más profundamente en la resurrección de Cristo. Por muy aventajado que se crea en los caminos del espíritu, ¿quién podrá gloriarse de haber actuado completamente su resurrección espiritual?

“¡Oh esperanza mía y Padre mío, y mi Creador y mi verdadero Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que son vuestros deleites con los hijos de los hombres, mucho se alegra mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra! ¡Y qué palabras éstas para no desconfiar ningún pecador! ¿Os falta, Señor, por ventura, con quién os deleitéis, que buscáis un gusanillo de mal olor como yo?... ¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor tan sin poderlo nosotros merecer! 
Alégrate, ánima mía… y pues Su Majestad se deleita contigo, suplícale que todas las cosas de la tierra no sean bastantes para apartarte de deleitar tú y alegrarte en la grandeza de tu Dios.” (Santa Teresa de Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina