El pecado de los amigos

Nuestro amable Redentor quiso probar todas las amarguras que este mundo puede ofrecer, beber el cáliz de la Pasión hasta las heces. No sólo fue herido en su cuerpo; sufrió más todavía en su alma. «Si fueran los enemigos los que Me maldicen, todavía lo sobrellevaría; pero tú... mi amigo..., que has partido mi pan, que te has sentado a mi mesa...» Así se quejó ya, por boca del salmista, de las llagas abiertas en su espíritu por los pecados de los amigos. Sí, Jesús quiso probar también ese amargo sorbo, y con ello mereció el perdón para tanto pecado de ingratitud que los que nos llamamos sus amigos habíamos de cometer en el transcurso de los siglos.

El Evangelio de hoy nos muestra al Redentor en uno de esos momentos de amargura. Cuando la Galilea entera se rendía a la fama de los portentos de Cristo, su pequeña patria, Nazaret, la ciudad que le vio crecer y donde vivían todavía sus parientes, le desprecia como hijo de un humilde carpintero; y en su secreta y ciega envidia, llegan los nazaretanos hasta pretender despeñarle desde la cima de un monte. Antes que los judíos de Jerusalén, fueron sus propios paisanos quienes levantaron el patíbulo al Mesías esperado. ¡Qué espina tan punzante para el corazón de Cristo!

Sentado en la Sinagoga, hallaría Jesús, entre los que se le mofaban, rostros de conocidos y parientes; y cuando se le conducía al despeñadero pasaría por entre amigos de la infancia, deudos y personas que le deberían sin duda mil favores. Sus burlas, sus sentimientos de animadversión le dolerían más que las heridas que en sus sacratísimas carnes abrieron un día los verdugos en el palacio de Poncio Pilato, ya que se clavarían en lo más hondo de su corazón como puñales de hielo. Era el pecado de los amigos. ¡Qué amargo sorbo dieron a Jesús sus propios paisanos! ¡Cómo le dolería en su corazón tan delicado! Bien pudo quejarse diciendo que «ningún profeta es acepto en su patria».

Fuente: Joaquín Sanchis Alventosa, o.f.m., Misal meditado, Editorial Litúrgica Española

El que no está conmigo, está contra Mí

Para que la victoria de Cristo sobre el mal se cumpla en nosotros, es necesaria evidentemente nuestra colaboración. El mismo Jesús nos expone diversos aspectos de ella en el Evangelio.

“Todo reino dividido contra sí mismo será devastado”; el Señor nos dice aquí que la unión es el secreto de la victoria. En primer lugar, unión con Él, que sin Él no podemos hacer nada; después, unión con el prójimo. Si queremos sinceramente el triunfo del bien, tenemos que colaborar con nuestros superiores y con nuestros hermanos, formando un corazón solo y una sola alma. Muchas veces en la lucha por el bien nuestra acción sería mucho más eficaz si, renunciando a nuestros puntos personales, supiéramos trabajar en perfecto acuerdo. Quizás alguna vez tengamos que abandonar nuestras ideas, planes y medios, que en sí eran mejores; pero no nos engañemos fácilmente: la unión será siempre lo mejor. La división jamás será coronada con la victoria.

“El que no está conmigo, está contra Mí”, añade Jesús. El cristianismo no quiere tipos indiferentes: quien no se alista decididamente con Cristo, quien no trabaja con Él para que su reino se difunda, éste se opone a Él, se opone al bien; es enemigo de Cristo y fautor del mal. Omitir el bien que se debía y se podía hacer es ya hacer el mal, es consentir en la invasión del mal. La primera condición de la victoria sobre el mal es la activa colaboración en la obra de Cristo, en unión con los hermanos.

La segunda es la vigilancia, Jesús nos advierte que el enemigo del bien está en acecho, y aun después de haber abandonado un alma está siempre preparado para volver con más fuerza que antes, “con otros siete espíritus peores que él”, apenas la vea vacía y abierta a sus acechanzas. El medio más eficaz para impedir que el mal se acerque a nosotros es vigilar en oración, llenar el corazón de Dios, para que el enemigo no encuentre lugar en él. Y no hay más lugar cuando el alma está totalmente unida a Dios mediante la aceptación y cumplimiento de su palabra, de su voluntad. Por eso Jesús respondió a la mujer que envidiaba la dicha de su Madre: “Más bien, dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Sí, la Virgen Santísima es bienaventurada por haber dado la vida al Redentor, pero lo es mucho más por haber vivido siempre en perfecta unión con su Hijo, a través del cumplimiento de su palabra. Esta dicha no es algo que Dios reservó a María; está al alcance de toda alma de buena voluntad, y es la mayor garantía del triunfo sobre el mal, porque quien está unido a Dios es fuerte con la fortaleza de Dios. El alma que se habitúa a vivir bajo la mirada de Dios, se halla revestida de su misma fortaleza. (B. Isabel de la Trinidad)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Sobre la limosna (III)

Sobre la limosna (III)

Leemos en la Sagrada Escritura que Tobías, santo varón que había sido desterrado de su tierra por causa de la cautividad de Siria, ponía el colmo de su gozo en practicar la caridad para con los desgraciados. Por la mañana y por la noche, distribuía entre sus hermanos pobres todo cuanto tenía, sin reservarse nada para sí. Unas veces se lo veía junto a los enfermos exhortándolos a padecer y a conformarse con la voluntad de Dios, y mostrándoles cuán grande iba a ser su recompensa en el cielo; otras veces veíasele desprenderse de sus propios vestidos para darlos a los pobres sus hermanos. Cierto día se le dijo que había fallecido un pobre, sin que nadie se prestase a darle sepultura. Estaba comiendo y se levantó al momento, se lo cargó sobre sus hombros y lo llevó al lugar donde tenía que ser sepultado.

Cuando creyó llegado el fin de su vida, llamó a su hijo junto al lecho de muerte: "Hijo mío, le dijo, creo que dentro de poco el Señor va a llevarme de este mundo. Antes de morir tengo que recomendarte una cosa de gran importancia. Prométeme, hijo mío, que la observarás. Da limosna todos los días de tu vida; no desvíes jamás tu vista de los pobres. Haz limosna según la medida de tus posibilidades. Si tienes mucho, da mucho, si tienes poco, da poco, pero pon siempre el corazón en tus dádivas y da además con alegría. Con ello acumularás grandes tesoros para el día del Señor. No olvides jamás que la limosna borra nuestros pecados y preserva de caer en otros muchos. El Señor ha prometido que un alma caritativa no caerá en las tinieblas del infierno, donde no hay ya lugar a la misericordia. No, hijo mío, no desprecies jamás a los pobres, ni tengas tratos con los que los menosprecian, pues el Señor te perderá. La casa, le dijo, del que da limosna, pone sus cimientos sobre la dura piedra que no se derrumbará nunca, mientras que la del que se resiste a dar limosna será una casa que caerá por la debilidad de sus cimientos"; con lo cual nos quiere manifestar, hermanos míos, que una casa caritativa jamás será pobre, y, por el contrario, que aquellos que son duros para con los indigentes perecerán junto con sus bienes.

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano

Sobre la limosna (II)

Sobre la limosna (II)

Oh hermosa virtud de la caridad, ¿eres hasta poderosa para doblegar la justicia de Dios? Mas ¡ay! ¡cuán desconocida eres de la mayor parte de los cristianos de nuestros días! Y ¿a qué es ello debido, hermanos míos? Proviene de que estamos demasiado aferrados a la tierra, solamente pensamos en la tierra, como si sólo viviésemos para este mundo y hubiésemos perdido de vista, y no los apreciásemos en lo que valen, los bienes del cielo.

Vemos también que los santos estimaron hasta tal punto la caridad para con los demás, que tuvieron por imposible salvarse sin ella.

En primer término os diré que Jesucristo, que en todo quiso servirnos de modelo, la practicó hasta lo sumo. Si abandonó la diestra de su Padre para bajar a la tierra, si nació en la más humilde pobreza, si vivió en medio del sufrimiento y murió en el colmo del dolor, fue porque a ello le llevó la caridad para con nosotros. Viéndonos totalmente perdidos, su caridad le condujo a realizar todo cuanto realizó, a fin de salvarnos del abismo de males eternos en que nos precipitara el pecado. Durante el tiempo que moró en la tierra, vemos su corazón tan abrazado de caridad, que, al hallarse en presencia de enfermos, muertos, débiles o necesitados, no podía pasar sin aliviarlos o socorrerlos. Y aún iba más lejos: movido por su inclinación hacia los desgraciados, llegaba hasta el punto de realizar en su provecho grandes milagros. Un día, al ver que los que le seguían para oír sus predicaciones estaban sin alimentos, con cinco panes y algunos peces alimentó, hasta saciarlos, a cuatro mil hombres sin contar a los niños y a las mujeres; otro día alimentó cinco mil. [...] Quedó tan contento con poderlos aliviar, que llegó a olvidarse de sí mismo. ¡Oh virtud de la caridad, cuán bella eres, cuán abundantes y preciosas son las gracias que traes aparejadas! Hasta vemos cómo los santos del Antiguo Testamento parecían prever ya cuán apreciada sería del Hijo de Dios esta virtud, y así podemos observar cómo muchos de ellos ponen su dicha y emplean todo el tiempo de su vida en ejercitar tan hermosa y amable virtud.

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano

Sobre la limosna (I)

Sobre la limosna (I)

Haced limosnas, y os serán borrados vuestros pecados. (Lc 11, 41).

¿Qué cosa podremos imaginarnos más consoladora para un cristiano que tuvo la desgracia de pecar, hermanos míos, que el hallar un medio tan fácil de satisfacer a la justicia de Dios por sus pecados? Jesucristo, nuestro divino Salvador, sólo piensa en nuestra felicidad, y no ha despreciado medio para proporcionárnosla. Sí, hermanos míos, por la limosna podemos fácilmente rescatarnos de la esclavitud de los pecados y atraer sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas las más abundantes bendiciones del cielo; mejor dicho, por la limosna podemos librarnos de caer en las penas eternas. ¡Oh, hermanos míos! ¡cuán bueno es un Dios que con tan poca cosa se contenta!

De haberlo querido Dios, todos seríamos iguales. Mas no fue así, pues previó que, por nuestra soberbia, no habríamos resistido a someternos unos a otros. Por esto puso en el mundo ricos y pobres, para que unos a otros nos ayudáramos a salvar nuestras almas. Los pobres se salvarán sufriendo con paciencia su pobreza y pidiendo con resignación el auxilio de los ricos. Los ricos, por su parte, hallarán modo de satisfacer por sus pecados, teniendo compasión de los pobres y aliviándolos en lo posible. Ya veis pues, hermanos míos, cómo de esta manera todos nos podemos salvar. Si es un deber de los pobres sufrir pacientemente la indigencia e implorar con humildad el socorro de los ricos, es también un deber indispensable de los ricos dar limosna a los pobres, sus hermanos, en la medida de sus posibilidades, ya que de tal cumplimiento depende su salvación. Pero será muy aborrecible a los ojos de Dios aquel que ve sufrir a su hermano, y, pudiendo aliviarle, no lo hace. Para animaros a dar limosna, siempre que vuestras posibilidades lo permitan, y a darla con pura intención, solamente por Dios, voy ahora a mostraros: 1º. cuán poderosa sea la limosna ante Dios para alcanzar lo que deseamos; 2º. cómo la limosna libra, a los que la hacen, del temor del juicio final; 3º. cuán ingratos seamos al mostrarnos ásperos para con los pobres, ya que, al despreciarlos, es al mismo Jesucristo a quien menospreciamos.

Nota: Los puntos de estos sermones que no se completen este año se publicarán, Dios mediante, en las siguientes cuaresmas.

Fuente: San Juan Bta. Mª. Vianney (Cura de Ars), Sermones escogidos, Tomo I, Ed. Apostolado Mariano

La Cuaresma, un tiempo para acercarnos más al Señor

La Cuaresma, un tiempo para acercarnos más al Señor

No podemos dejar pasar este día sin fomentar en nuestra alma un deseo profundo y eficaz de volver una vez más, como el hijo pródigo, para estar más cerca del Señor. San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa, nos dice que este es un tiempo excelente que debemos aprovechar para una conversión: Os exhortamos, dice, a no echar en saco roto la gracia de Dios (...). Mirad: ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación (2 Cor 5, 20-6, 2). Y el Señor nos repite a cada uno, en la intimidad del corazón: Convertíos. Volved a Mí de todo corazón.

Ahora se nos presenta un tiempo en el cual este recomenzar de nuevo en Cristo va a estar sostenido por una particular gracia de Dios, propia del tiempo litúrgico que hemos comenzado. Por eso, el mensaje de la Cuaresma está lleno de alegría y de esperanza, aunque sea un mensaje de penitencia y de mortificación.

«Cuando uno de nosotros reconoce que está triste, debe pensar: es que no estoy suficientemente cerca de Cristo. Cuando uno de nosotros reconoce en su vida, por ejemplo, la inclinación al mal humor, al mal genio, tiene que pensar eso; no echar la culpa a las cosas de alrededor, que es una manera de equivocarnos, es una manera de desorientar la búsqueda» (Ángel Mª García Dorronsoro). A veces, cierta apatía o tristeza espiritual puede estar motivada por el cansancio, por la enfermedad..., pero más frecuentemente se fragua por la falta de generosidad en lo que el Señor nos pide, en la poca lucha por mortificar los sentidos, en no preocuparse por los demás. En definitiva, por un estado de tibieza.

Junto a Cristo encontramos siempre el remedio a una posible tibieza y las fuerzas para vencer en aquellos defectos que de otra manera nos resultarían insuperables. «Cuando alguien diga: “Yo tengo una pereza irremediable, yo no soy tenaz, yo no puedo terminar las cosas que emprendo”, debería pensar (hoy): “Yo no estoy lo suficientemente cerca de Cristo”.

Por eso, aquello que cada uno de nosotros reconozca en su vida como defecto, como dolencia, debería ser inmediatamente referido a este examen íntimo y directo: “No tengo yo perseverancia, no estoy cerca de Cristo; no tengo alegría, no estoy cerca de Cristo”. Voy a dejar ya de pensar que la culpa es del trabajo, que la culpa es de la familia, de los padres o de los hijos... No. La culpa íntima es de que yo no estoy cerca de Cristo. Y Cristo me está diciendo: ¡Vuélvete! “Volveos a Mí de todo corazón!”.

(...) Tiempo para que cada uno se sienta urgido por Jesucristo. Para que los que alguna vez nos sentimos inclinados a aplazar esta decisión sepamos que ha llegado el momento. Para que los que tengan pesimismo, pensando que sus defectos no tienen remedio, sepan que ha llegado el momento. Comienza la Cuaresma; mirémosla como un tiempo de cambio y de esperanza.

Fuente: Francisco Fernández-Carvajal, Hablar con Dios, T. II

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (II)

Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará (II)

LOS PASTORCITOS, LOS PREDILECTOS DE MARÍA SANTÍSIMA (primera parte)

Estimado amigo que lees estas publicaciones: hoy vamos a adentrarnos un poco en la vida de los pequeños niños que fueron favorecidos con la visión de la Virgen en Fátima.

Cuando se quiere profundizar en  una aparición o manifestación sobrenatural, es necesario considerar todo el contexto en donde se realiza, los lugares donde ocurren los hechos, las circunstancias históricas, los videntes, etc. Para esto nos vamos a guiar con ese librito maravilloso, y tan lleno de candor, inocencia, y belleza, titulado Memorias de la Hermana Lucía, elemental e insustituible para estudiar sobre las apariciones en Fátima.

LA PEQUEÑA LUCÍA: nos ubicamos en Aljustrel, pequeño pueblecito perteneciente a la parroquia de Fátima, de blancas casitas, gente sencilla, trabajadora y cristiana; pueblito rodeado de valles y montes tapizados de olivas, robles, pinos, encinas, etc.

 Adentrándonos en el poblado podemos encontrar la casita de la familia de Lucía Dos Santos, casita blanca como las demás, con gran patio rodeado de almendros, olivos y castaños. Lucía es la menor de seis hermanos; nació el 22 de marzo de 1907, sus padres son Antonio Dos Santos Y María Rosa Marto.

En sus memorias, nuestra protagonista recuerda que la primera cosa que aprendió fue recitar el Ave María, puesto que la mamá se encargaba personalmente de la formación cristiana de sus hijos. Creció rodeada del cariño y “mimos” de toda la familia, puesto que al ser la menor, era la depositaria de la ternura de todos.

Nos ha dejado en sus escritos un hermoso relato que nos ejemplifica la vida familiar; es tan bello que lo transcribiremos textualmente: “Después de la cena y del rezo que le seguía, dirigido por mi padre, se comenzaba a trabajar. Todos tenían qué hacer: mi hermana María iba al telar; mi padre llenaba las canillas; Teresa y Gloria  iban a la costura; mi madre hilaba; Carolina y yo, después de arreglar la cocina, estábamos empleadas en quitar los hilvanes, coser botones, etc.; mi hermano, para despabilarnos del sueño, tocaba el acordeón, al son del cual cantábamos varias cosas. Los vecinos venían, no pocas veces, a hacernos compañía. A varias mujeres oí decir algunas veces a mi madre: ¡Qué feliz eres tú! ¡Qué encantos de hijos que Nuestro Señor te dio!”.

En este clima de fe, alegría y unión familiar, van pasando los años. Llega el tan ansiado día de la primera comunión de Lucía. La madre y las hermanas se encargaron de todos los detalles. Antes de partir para la Iglesia Doña María Rosa da las últimas recomendaciones a hija, entre las que se destaca la siguiente: “sobre todo, pide a nuestro Señor que te haga una santa”, estas palabras se grabaron tan profundamente en el corazón de la pequeña que fue lo primero que dijo apenas recibió la Eucaristía: “Señor hazme una santa, guarda mi corazón siempre puro, para Ti solo”, y cuenta Lucía que en el fondo del corazón sintió estas palabras: “La gracia que hoy te ha sido concedida, permanecerá viva en tu alma, produciendo frutos de vida eterna”. Sobre este hecho agrega: “Desde entonces, perdí el gusto y atractivo que empezaba a sentir por las cosas del mundo; y solamente me sentía bien en algún lugar solitario, donde pudiese, a solas, recordar las delicias de mi primera comunión”.

Hermoso testimonio que podemos imitar, recordar el día de nuestra primera comunión, el día que por misericordia del Buen Dios comenzamos a alimentarnos con su Sagrado Cuerpo. ¿Cuánto tiempo pasó?, ¿diez, veinte, cuarenta, cincuenta años?, ¿conservamos la pureza e inocencia de ese día?; ¿cumplimos los propósitos de ese día?; actualmente ¿recibo la Eucaristía con el mismo fervor y devoción?

Hasta la próxima entrega.