El estado de mi alma (I)

1. ¿En qué estado me encuentro?

2. La utilidad humana.

3. En la vida ordinaria.

4. El interés de Dios y el mío no son incompatibles.

5. En la vida espiritual.

6. ¡Si quisiera sondearme!

 

1. ¿En qué estado me encuentro? - ¿En qué estado se encuentra mi alma en lo relativo a la perfección?... ¡Ay! ¿Acaso no vivo habitualmente en el desorden? ¿No es mi vida un continuo trastorno del orden? Veámoslo. ¿Por qué motivos obro yo comúnmente? ¿No es ante todo y sobre todo por mí mismo? ¿Cuál es la preocupación dominante de mis pensamientos? ¿Cuál es la tendencia preferente de mis afectos? ¿Cuál el móvil preponderante de mis acciones? ¿No soy yo mismo, mi placer, mi conveniencia, mi interés, mi humor, mi capricho, mis gustos? ¿Siempre yo, yo en todas partes?...

Hablo del bien que hago, o que creo hacer, pues no se trata aquí de pecado formal. Sí; en esta parte de mi vida que es, con mucho, la más importante, puesto que ocupa casi todos mis instantes; en esta continua sucesión de acciones buenas o indiferentes de que se compone el curso de mi vida, lo que veo frecuentemente en primer lugar es a mí mismo, lo que amo soy yo mismo, lo que busco es mi contento, mi gusto, mi placer. Me pongo en general antes que Dios, mi placer antes que su gloria... ¡Instinto de la mala naturaleza!... ¡Trastorno!... ¡desorden!...

¡Dios mío!; ¿es posible que mi vida sea un perpetuo desorden? ¡Ay! todo lo que yo califico de mis buenas acciones, mis obras de justificación… todo esto no es más que un sucio y hediondo trapo. Y si el bien que yo creía en mí, y del que tal vez me jactaba con demasiada facilidad, si este bien es vil y mezquino ¿qué objeto de horror debo ser a los ojos de Dios, cuando la infección más asquerosa de numerosos pecados viene sin cesar a aumentar la perversión?... Si mis pretendidas justicias no son más que inmundicias, ¿qué soy yo, Dios mío?...

 

2. La utilidad humana. - Ahora es conveniente examinarme de más cerca. La regla de mi vida debería ser ver, amar y buscar la utilidad divina antes que la utilidad humana, y subordinar la utilidad humana a la utilidad divina. La utilidad divina de las cosas, su eficacia para servir al progreso de la vida divina en el alma, ¿cuándo la he medido?; ¿qué es lo que conozco de ella?; ¿cuál es la criatura en la que yo estoy habituado a ver, amar y buscar principalmente la gloria de Dios?... La regla universal, constante, primera, instintiva de mis juicios, de mis afectos y de mis acciones, es mi interés "humano". Esto lo veo bien, lo veo fácilmente, lo veo por doquier, y como lo veo, lo amo y lo busco y en ello me detengo.

Pero ¡la gloria de Dios!... Acontecimientos, personas, cosas, todo esto lo juzgo bueno o malo según las mayores o menores ventajas humanas que encuentro para mí o para los demás; acontecimientos, personas, cosas, todo esto lo llamo bueno o malo según la mayor o menor satisfacción o utilidad humana que ello me trae a mí o a los demás. La regla general de mis ideas y de mis palabras es la utilidad humana; acontecimientos, personas, cosas amo o detesto, en general, según la mayor o menor satisfacción que en ellos encuentro. La regla ordinaria de mis afectos es la utilidad humana. Lo mismo en cuanto a personas que en acontecimientos y en cosas, busco o evito en todo, por hábito, lo que me agrada o lo que me desagrada, lo que me sirve o lo que me perjudica humanamente, a mí o a los demás: la regla más universal de mis acciones es la utilidad humana.

Fuente: R. P. José Tissot, La vida interior

Quédate con nosotros

En la Misa de hoy se lee el bellísimo pasaje evangélico de los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35). De su boca oímos esta súplica apremiante: “Quédate con nosotros, pues el día ya declina”.

 

¡Quédate con nosotros, Señor!, es el grito del alma que, habiendo ya encontrado a su Dios, no quiere separarse más de Él. También nosotros, como los discípulos de Emaús, vamos en busca del Señor; toda nuestra vida es un continuo peregrinar hacia Él; y cuántas veces también nosotros estamos tristes y abatidos porque no lo encontramos, no lo sentimos, y por eso, ignorando sus misteriosos caminos, creemos que nos ha abandonado.

Nosotros esperábamos que sería Él quien rescataría a Israel, pero…”, decían los dos discípulos desilusionados por la muerte de Jesús, sin darse cuenta de que precisamente cuando ellos habían perdido ya casi toda esperanza, Jesús estaba allí junto a ellos, como compañero de viaje. Lo mismo nos sucede a nosotros; aunque oculto en la oscuridad de la fe, Dios se acerca a nuestras almas, se hace compañero de nuestro camino, aún más, vive en nosotros por la gracia. Es verdad que Dios no se muestra aquí abajo con la claridad del “cara a cara” que gozaremos en la eternidad, y que sólo le vemos “por un espejo y oscuramente” (I Cor. 13, 12); sin embargo, Dios sabe darse a conocer. Como un día a los discípulos de Emaús, también a nosotros nos manifiesta su presencia de una manera oscura, pero inconfundible, por medio de ese ardor todo especial que sólo Él sabe despertar en nuestros corazones: “¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras nos hablaba?”

El alma que ha encontrado y experimentado, al menos una vez, esta presencia de Dios, que lo ha sentido, no sólo fuera de sí, sino en su interior, dentro de sí, viviente y operante en su corazón, no puede menos que exclamar y decirle: “¡Quédate conmigo!”.

 

Y, sin embargo, este grito del alma ya ha sido escuchado y es ya una realidad permanente, pues Dios está siempre con el alma que vive en gracia; Dios está siempre con nosotros; nuestro deber es quedarnos con Él y permanecer con Él. Si Dios permite a veces que el alma le reconozca, le sienta, lo hace precisamente para invitarla a vivir en unión íntima con Él. Pidámosle, pues, con fervor: Enséñanos ¡oh Señor!, a permanecer contigo, a vivir contigo.

 

“¡Oh Señor mío! No quiero mundo ni cosa de él, ni me parece me da contento cosa fuera de Vos, y lo demás me parece pesada cruz…

Estoy temiendo y con mucha razón si me dejaras; porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud no estando Vos dándomela siempre y ayudando para que no te deje; y quiera Su Majestad que aun ahora no esté dejada de Vos…

¡No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto! Me parecía, Señor mío, ya imposible dejarte tan del todo a Vos; y como tantas veces te dejé, no puedo dejar de temer, porque, apartándote un poco de mí, daba con todo en el suelo.

Bendito seáis por siempre, que aunque te dejaba yo a Vos, no me dejaste Vos a mí tan del todo, que no me volviese a levantar, dándome Vos siempre la mano.” (Cfr. Santa Teresa de Jesús, Vida 6, 9)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El gran medio de la oración (III)

Es además la oración el arma más necesaria para defendemos de los enemigos de nuestra alma. El que no se vale de ella, dice Santo Tomás, está perdido. El Santo Doctor no duda en afirmar que cayó Adán porque no acudió a Dios en el momento de la tentación. Lo mismo dice San Gelasio, hablando de los ángeles rebeldes: No aprovecharon la gracia de Dios y, porque no oraron, no pudieron conservarse en santidad. San Carlos Borromeo dice en una de sus cartas pastorales que de todos los medios que el Señor nos dio en el Evangelio, el que ocupa el primer lugar es la oración. Y hasta quiso que la oración fuera el sello que distinguiera su Iglesia de las demás sectas, pues dijo de ella que su casa era casa de oración: Mi casa será llamada casa de oración. Con razón, pues, concluye San Carlos en la referida pastoral, que la oración es el principio, progreso y coronamiento de todas las virtudes.

 

Y es esto tan verdadero que en las oscuridades del espíritu, en las miserias y peligros en que tenemos que vivir sólo hallamos un fundamento para nuestra esperanza, y es el levantar nuestros ojos a Dios y alcanzar de su misericordia por la oración nuestra salud eterna. Lo decía el rey Josafat: Puesto que ignoramos lo que debemos hacer, una sola cosa nos resta: volver los ojos a Ti. Así lo practicaba el santo Rey David, pues confesaba que para no ser presa de sus enemigos no tenía otro recurso sino el acudir continuamente al Señor suplicándole que le librara de sus acechanzas: Al señor levanté mis ojos siempre, porque me soltará de los lazos que me tienden. Se pasaba la vida repitiendo así siempre; Mírame, Señor, y ten piedad de mí, que estoy solo y soy pobre. A ti clamé, Señor, sálvame para que guarde tus mandamientos... porque yo nada puedo y fuera de Vos nadie me podrá ayudar.

 

Eso es verdad, porque después del pecado de nuestro primer padre Adán que nos dejó tan débiles y sujetos a tantas enfermedades, ¿habrá uno solo que se atreva a pensar que podemos resistir los ataques de los enemigos de nuestra alma y guardar los divinos mandamientos, si no tuviéramos en nuestra mano la oración, con la cual pedimos al Señor la luz y la fuerza para observarlos?

Blasfemó Lutero, cuando dijo que después del pecado de Adán nos es del todo imposible la observancia de la divina ley. Jansenio se atrevió a sostener también que en el estado actual de nuestra naturaleza ni los justos pueden guardar algunos mandamientos. Si esto sólo hubiera dicho, pudiéramos dar sentido católico a su afirmación, pero justamente le condenó la Iglesia, porque siguió diciendo que ni tenían la gracia divina para hacer posible su observancia.

 

Oigamos a San Agustín: Verdad es que el hombre con sus solas fuerzas y con la gracia ordinaria y común que a todos es concedida no puede observar algunos mandamientos, pero tiene en sus manos la oración y con ella podrá alcanzar esa fuerza superior que necesita para guardarlos. Estas son textuales palabras: Dios cosas imposibles no manda, pero, cuando manda, te exhorta a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda para que lo puedas. Tan célebre es este texto del gran Santo que el Concilio de Trento se lo apropió y lo declaró dogma de fe. Mas, ¿cómo podrá el hombre hacer lo que no puede? Responde al punto el mismo Doctor a continuación de lo que acaba de afirmar: Veamos y comprenderemos que lo que por enfermedad o vicio del alma no puede hacer, podrá hacerlo con la medicina. Con lo cual quiso damos a entender que con la oración hallamos el remedio de nuestra debilidad, ya que cuando rezamos nos da el Señor las fuerzas necesarias para hacer lo que no podemos.

 

Sigue hablando el mismo San Agustín y dice: Sería temeraria insensatez pensar que por una parte nos impuso el Señor la observancia de su divina ley y por otra que fuera esa ley imposible de cumplir. Por eso añade: Cuando el Señor nos hace comprender que no somos capaces de guardar todos sus santos preceptos, nos mueve a hacer las cosas fáciles con la gracia ordinaria que pone siempre a nuestra disposición: para hacer las más difíciles nos ofrece una gracia mayor que podemos alcanzar con la oración. Y si alguno opusiere por qué nos manda el Señor cosas que están por encima de nuestras fuerzas, le responde el mismo Santo: Nos manda algunas cosas que no podemos para que por ahí sepamos qué cosas le tenemos que pedir. Y lo mismo dice en otro lugar con estas palabras: Nadie puede observar la ley sin la gracia de Dios, y por esto cabalmente nos dio la ley, para que le pidiéramos la gracia de guardarla…

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El gran medio de la oración

El gran medio de la oración (II)

(…) Pues si tenemos, por una parte, que nada podemos sin el socorro de Dios y por otra que ese socorro no lo da ordinariamente el Señor sino al que reza ¿quién no ve que de aquí fluye naturalmente la consecuencia de que la oración es absolutamente necesaria para la salvación? Verdad es que las gracias primeras, como la vocación a la fe y la penitencia, las tenemos sin ninguna cooperación nuestra, según San Agustín, el cual afirma claramente que las da el Señor aun a los que no rezan. Pero el mismo doctor sostiene como cierto que las otras gracias, sobre todo el don de la perseverancia, no se conceden sino a los que rezan.

 

De aquí que los teólogos como San Basilio, San Juan Crisóstomo, Clemente Alejandrino y otros muchos, entre los cuales se halla San Agustín, sostienen comúnmente que la oración es necesaria a los adultos y no tan sólo necesaria como necesidad de precepto, como dicen las escuelas, sino como necesidad de medio. Lo cual quiere decir que, según la providencia ordinaria de Dios, ningún cristiano puede salvarse sin encomendarse a Dios pidiéndole las gracias necesarias para su salvación. Y lo mismo sostiene Santo Tomás con estas graves palabras: Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas.

 

He aquí cómo el Angélico Doctor demuestra en pocas palabras la necesidad que tenemos de la oración. Nosotros, dice, para salvarnos tenernos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: El que combate en los juegos públicos no es coronado si no combatiere según las leyes. Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos... Y como esta gracia sólo se da a los que rezan, por tanto sin oración no hay victoria, no hay salvación.

 

Que la oración sea el único medio ordinario para alcanzar los dones divinos lo afirma claramente el mismo Santo Doctor en otro lugar, donde dice que el Señor ha ordenado que las gracias que desde toda la eternidad ha determinado concedernos nos las ha de dar sólo por medio de la oración. Y confirma lo mismo San Gregorio con estas palabras: Rezando alcanzan los hombres las gracias que Dios determinó concederles antes de todos los siglos. Y Santo Tomás sale al paso de una objeción con esta sentencia: No es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino más bien para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar los medios convenientes para nuestra salvación y por este camino reconocerle a Él como autor único de todos nuestros bienes. Digámoslo con las mismas palabras del Santo Doctor: Por medio de la oración acabamos de comprender que tenemos que acudir al socorro divino y confesar paladinamente que Él solo es el dador de todos nuestros bienes.

 

A la manera que quiso el Señor que sembrando trigo tuviéramos pan y plantando vides tuviéramos vino, así quiso también que sólo por medio de la oración tuviéramos las gracias necesarias para la vida eterna. Son sus divinas palabras: Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis.

Confesemos que somos mendigos y que todos los dones de Dios son pura limosna de su misericordia. Así lo confesaba David: Yo mendigo soy y pobrecito. Lo mismo repite San Agustín: Quiere el Señor concedernos sus gracias, pero sólo las da a aquel que se las pide. Y vuelve a insistir el Señor: Pedid y se os dará... Y concluye Santa Teresa: Luego, el que no pide, no recibe...

 

Lo mismo demuestra San Juan Crisóstomo con esta comparación: A la manera que la lluvia es necesaria a las plantas para desarrollarse y no morir, así nos es necesaria la oración para lograr la vida eterna. Y en otro lugar trae otra comparación el mismo Santo: Así como el cuerpo no puede vivir sin alma, de la misma manera el alma sin oración está muerta y corrompida. Dice que está corrompida y que despide hedor de tumba, porque aquel que deja de rezar bien pronto queda corrompido por multitud de pecados. Llámase también a la oración alimento del alma porque si es verdad que sin alimento no puede sostenerse la vida del cuerpo, no lo es menos que sin oración no puede el alma conservar la vida de la gracia. Así escribe San Agustín.

 

Todas estas comparaciones de los santos vienen a demostrar la misma verdad: la necesidad absoluta que tenemos de la oración para alcanzar la salvación eterna.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El gran medio de la oración

Cristo resucitado, modelo de santidad

En el día de su resurrección, Jesús ha dejado en el sepulcro los lienzos, símbolo de nuestras enfermedades, de nuestras flaquezas, de nuestras imperfecciones. Sale victorioso del sepulcro; es perfecta su libertad y se ve animado de una vida intensa, perfecta, que hace vibrar todas las fibras de su ser. En Él todo lo mortal se halla como absorbido por la Vida.

Este es el primer elemento de la santidad representado en Cristo resucitado: alejamiento de cuanto está muerto, de cuanto es terreno, de cuanto es criatura, exención de toda flaqueza, de toda enfermedad, de toda pasibilidad.

 

Pero  junto a éste existe otro elemento de la santidad: la adhesión, la pertenencia, la consagración a Dios. Sólo en el cielo nos será dado el saber con qué plenitud vivía para su Padre Jesús en estos días benditos: no hay duda de que lo fue con una perfección que cautivaba a los ángeles; ahora que se ve su santísima humanidad libre de toda necesidad, exenta de todas las enfermedades propias de nuestra condición terrena, se entrega, como jamás pudo antes hacerlo, a la gloria del Padre.

 

La vida de Cristo resucitado se convierte de esta manera en una fuente infinita de gloria para su Padre; no se da ya en Él flaqueza alguna; todo en Él es luz, fuerza, belleza, vida; todo en Él es un cántico ininterrumpido de alabanza.

La obra de la redención ha quedado cumplida; todas las deudas han quedado saldadas, todo ha quedado expiado. Pero la religión de Jesús para con su Padre, prosigue más viva, más entera que nunca. Nada nos dice el Evangelio de estos homenajes de adoración, de amor y de acción de gracias que rendía entonces Cristo a su Padre, pero San Pablo resume toda esta vida cuando nos dice: Vivit Deo, «vive para Dios».

Fuente: Dom. Columba Marmion, Palabras de Vida, Desclée de Brouwer, 1956

Soledad de la Santísima Virgen María

Devotísimo soliloquio de la Virgen ante el sepulcro de su Hijo

 

Hijo mío, ¿qué haré sin ti? ¿Adónde iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían a rogarte por sus hijos y por sus hermanos difuntos, y Tú, con Tu infinita virtud y clemencia, los consolabas y socorrías. Más yo que veo muerto a mi hijo, y mi padre, y mi hermano, y mi Señor, ¿a quién rogaré por Él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesús Nazareno, Hijo de Dios vivo que consuela a los vivos y da vida a los muertos? ¿Dónde está aquel grande profeta poderoso en obras y palabras?

 

¡Oh dulcísimo hijo mío!, ¿qué haré sin Ti? Tú eras mi hijo, mi padre, mi esposo, mi maestro, y toda mi compañía. Ahora quedo huérfana sin padre, madre sin hijo, viuda sin esposo y sola sin tal maestro y tan dulce compañía. Ya no te veré más entrar por mis puertas cansado de los discursos y predicación del Evangelio. Ya no limpiaré más el sudor de tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más sentado a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia.

¡Cómo dura poco la alegría en la tierra y cómo se siente mucho el dolor después de mucha prosperidad! ¡Oh Belén y Jerusalén, cuán diferentes días he llevado en vosotros! ¡Qué noche fue aquélla tan clara y qué día este tan oscuro! ¡Qué rica entonces y qué pobre ahora! No podía ser pequeña la pérdida de tan grande felicidad.

 

¡Oh Padre eterno, oh amador de los hombres, piadoso para con ellos y para con vuestro Hijo riguroso! Vos sabéis cuan grandes sean las olas y tempestad de mi corazón. Vos sabéis cuántos azotes y heridas ha recibido este santo cuerpo, tantas muertes ha llevado este corazón.

Mas con todo esto, yo, la más afligida de todas las creaturas, os doy gracias infinitas por este dolor. Básteme quererlo Vos para que yo me consuele. Por los favores y por los dolores igualmente os doy las gracias. Por el usufructo de vuestros bienes, de que hasta aquí he gozado, os bendigo; y porque ahora me lo quitáis, no me indigno, sino antes os vuelvo vuestro depósito con hacimiento de gracias. Por lo uno y por lo otro os bendigan los Ángeles, y mis lágrimas también con ellos os bendigan.

 

Mas suplícoos, Padre mío, si Vos de ello sois servido, os deis por contento con treinta y tres años de martirio que hasta aquí se han pasado. Vos sabéis que desde el día que aquel santo Simeón me anunció este martirio se echó acíbar en todos mis placeres, desde entonces traigo ese día atravesado en el corazón. En medio de mis alegrías me asaltaba siempre la memoria de este dolor, nunca tuve gozo tan puro que no se aguase con los dolores y temores de este día.

¡Oh dichosa sepultura, que has sucedido en mi oficio, y la corona que a mí me quitan, a ti la dan, pues encerrarás dentro de ti al que tuve yo encerrado en mis entrañas! Mis huesos se alegrarían si allí se viesen, y allí sería de verdad mi vida en la sepultura. El corazón y alma, que yo puedo, yo la sepultaré; mas Vos también, Señor mío, el cuerpo, que yo no puedo sin Vos.

¡Oh muerte!, ¿por qué eres tan cruel que me apartas de aquel en cuya vida está la mía? Más cruel eres a veces en perdonar que en matar. Piadosa fuera para mí si nos llevaras a entrambos; mas ahora fuiste cruel en matar al Hijo y más cruel en perdonar a la Madre.

Fuente: Fray Luis de Granada, Los dolores de Cristo y la compasión de María. Colección Verbum Vitae, Tomo IX

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

¡Oh Jesús! Permíteme entrar contigo en el profundo misterio de la Cruz.

 

El ambiente del Viernes Santo nos invita a internarnos profundamente “en la espesura de los trabajos y de los dolores del Hijo de Dios” (S. Juan de la Cruz); es un ambiente que no sólo trae a nuestro espíritu el recuerdo teórico de la Pasión, sino que hace brotar en nuestra voluntad una disposición a abrazar gustosamente el padecer para unirnos y asemejarnos al Crucificado. Sufriendo con Él, comprenderemos mejor sus sufrimientos, intuiremos más íntimamente su amor por nosotros, “porque el más puro padecer trae más íntimo y puro entender” (S. Juan de la Cruz), y “nadie siente más profundamente en su corazón la Pasión de Cristo que quien ha sufrido algo parecido” (Imitación de Cristo, L. II 12, 4).Acompañemos al Señor con estas disposiciones en el último día de su vida terrena.

 

A la agonía del huerto sigue el beso traidor de Judas, el prendimiento, la noche transcurrida entre los interrogatorios de los Sumos Sacerdotes y los insultos de los soldados, que le abofetean, que escupen en su cara, que le vendan los ojos, mientras, allá afuera, en el atrio, Pedro le niega. Al amanecer se reanudan las preguntas y las acusaciones; comienza después el ir y venir de un tribunal a otro: de Caifás a Pilatos, de Pilatos a Herodes, de Herodes otra vez a Pilatos; después es azotado horriblemente, coronado de espinas; y vestido, por escarnio, de rey, es presentado a la muchedumbre que grita: “Quítale y suéltanos a Barrabás”; la chusma pide a grandes voces: “Crucifícale, crucifícale” (Lc. 23, 18-21).

Cargado con el madero del suplicio, Jesús se arrastra hasta el Calvario, donde es crucificado entre dos ladrones. Estos dolores físicos y morales alcanzan tal intensidad, que Jesús, agonizando sobre la Cruz, lanza un grito de desolación: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27, 46).

 

Estamos otra vez en presencia de la tragedia íntima que desgarra el alma de Cristo y que ahora, con rápido crescendo, acompaña el intensificarse de sus sufrimientos físicos. En el discurso de su última Cena, hablando Jesús de su próxima Pasión, había dicho a los Apóstoles: “He aquí que llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn. 14, 32). La unión con el Padre es todo para Jesús: es su vida, es su energía, su consuelo y su alegría; si los hombres le abandonan, el Padre está siempre con Él y esto le basta. A la vista de esto podemos comprender mejor la intensidad de su dolor, cuando, en su Pasión, Jesús siente que el Padre le abandona, como si se alejase de Él. En la agonía del huerto y en la muerte de cruz, Jesús es siempre Dios y como tal está unido indisolublemente al Padre; sin embargo, como ha querido cargarse sobre sí nuestros pecados, éstos se levantan como una barrera de división moral entre Él y el Padre. Su Humanidad, aunque unida personalmente al Verbo, por un milagro está privada de todo consuelo y ayuda divina, y siente sobre sí el peso de la maldición divina lanzada contra el pecado: “Cristo -dice San Pablo- nos redimió de la maldición… haciéndose por nosotros maldición” (Gál. 3, 13).

 

Hemos llegado a lo más profundo de la Pasión de Jesús, al dolor más amargo y atroz que ha abrazado por nuestra salvación. Sin embargo, aun en medio de tan crueles tormentos, aquella queja de Jesús: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has desamparado?”, se concluye en aquel abandonarse totalmente en las manos de Dios: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46). De este modo, Jesús ha querido saborear hasta lo último la amargura atroz del sufrir y del morir, y nos enseña cómo tenemos que superar y dominar las inquietudes y angustias que nos producen el dolor y la muerte: lo cual ha de ser precisamente sometiéndonos a la voluntad de Dios y abandonándonos confiadamente en sus manos.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El don del amor

Dame ¡oh Jesús! La gracia de poder sondear la inmensidad de aquel amor que te movió a darnos la Eucaristía.

 

“Habiendo amado Jesús a los suyos… al fin los amó extremadamente” (Jn. 13, 1). Fue en las últimas horas de intimidad que Jesús pasó entre los suyos cuando quiso darles la última prenda de su amor. Fueron horas de dulce intimidad y, al mismo tiempo, de amarguísima angustia; Judas ya se había puesto de acuerdo sobre el precio de la infame venta; Pedro le va a negar, todos dentro de breves instantes le abandonarían. En este ambiente, la institución de la Eucaristía aparece como la respuesta de Jesús a la traición de los hombres, como el don más grande de su amor infinito a cambio de la más grave ingratitud; es el Dios bueno y misericordioso que quiere atraer a su rebelde criatura no con amenazas, sino con las más delicadas ingeniosidades de su inmensa caridad.

 

¡Cuánto había hecho y sufrido ya Jesús por el hombre pecador!, y he aquí que cuando la malicia humana toca ya el fondo del abismo, Él, el buen Jesús, casi agotando la capacidad de su amor, se entrega al hombre no sólo como Redentor, que morirá por él sobre la Cruz, sino como alimento, para nutrirlo con su Carne y con su Sangre. Aunque la muerte, dentro de pocas horas, le arrancará de la tierra, la Eucaristía perpetuará su presencia viva y real en el mundo hasta la consumación del tiempo. “Estás loco por tus criaturas -Exclama Santa Catalina de Sena-; todo lo que tienes de Dios y todo lo que tienes de hombre nos lo dejaste en alimento, para que, mientras peregrinamos en esta vida, no desfallezcamos por la fatiga, sino que vivamos fortificados por Ti, oh Alimento celestial”.

 

La Misa de hoy es de una manera particular la conmemoración y la renovación de la última Cena, de la cual todos estamos llamados a participar. Vayamos a la iglesia, en torno al altar, como si estuviéramos en el Cenáculo, apretados íntimamente alrededor de Jesús. Aquí está Jesús, el Maestro, vivo en medio de nosotros, como estaba en medio de los Apóstoles en Jerusalén. Él mismo, en la persona de su ministro, renovará otra vez el gran milagro que cambia el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, y después nos dirá: “Tomad y comed… Tomad y bebed”.

Pensemos que el mismo Jesús había ordenado los preparativos para la última Cena y que había querido elegir “una gran sala” (Lc. 22, 12), mandando a los Apóstoles que la adornaran convenientemente. También nuestro corazón tiene que ser un cenáculo grande, espacioso y dilatado por el amor, para que Jesús pueda celebrar dignamente en él su Pascua.

 

“¡Oh Señor, Señor! La casa de mi alma es pequeña y estrecha, para que Tú vengas a ella; ensánchala Tú. Está en ruinas; levántala Tú. Hay en ella cosas que ofenden a tus ojos; yo lo sé y lo confieso. Pero ¿quién podrá limpiarla? ¿A quién sino a ti podré decir: límpiame, Señor, de los pecados ocultos?” (S. Agustín).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Se inmoló libremente, por amor a nosotros

¡Oh afligido Jesús! Que yo sepa leer en el libro de tu Pasión tu amor para conmigo.

Nadie pudo tener tanto derecho como Jesús al reconocimiento y a la fidelidad de los hombres, pues nadie como él les había hecho tantos beneficios; y sin embargo, nadie como Él ha saboreado la amargura de la ingratitud y de la traición.

Junto al prólogo del Evangelio de San Juan, en que Jesús se nos presenta con su majestad divina, con su esplendor eterno de Verbo, de “luz verdadera, venida a iluminar el mundo”, pongamos por un instante la lectura de Isaías (53, 1-12), que nos describe el estado ignominioso a que lo ha reducido su Pasión, y comprenderemos más íntimamente estas dos verdades: la inmensa caridad con que Jesús nos ha amado y la enorme gravedad del pecado.

 

Precisamente de Él, Hijo de Dios, escribe el Profeta: “No hay en Él apariencia, no hay hermosura que atraiga las miradas, no hay en Él belleza que agrade. Despreciado, desechado de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer; como alguien de quien uno aparta su rostro”. No hay en Él forma ni esplendor, Él que es esplendor del Padre; oculta su rostro, él cuya faz constituye la bienaventuranza de los ángeles y de los santos; y está tan desfigurado que se asemeja a un leproso; tan despreciado que nadie lo “ha estimado en nada”. A tal estado le han reducido nuestros pecados: “Fue él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores -enfermedades y dolores que son consecuencia del pecado-… Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados… El Señor cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros”.

 

Pero también lo ha puesto en ese estado su amor por nosotros, amor que le movió a abrazar libremente su Pasión; y, habiéndola abrazado “porque quiso”, no huyó del furor de sus enemigos, sino que voluntariamente se entregó en sus manos. Recordemos el momento en que Jesús, después de haber abatido con su divino poder a los soldados que venían a capturarlo y haber afirmado que, si quisiera, podría disponer en su defensa de legiones de ángeles, se deja prender y atar sin la más mínima resistencia; recordemos cómo, ya prisionero y condenado, no duda en decir al gobernador romano: “No tendrías ningún poder sobre Mí si no te hubiera sido dado de lo alto” (Jn. 19, 11). Jesús es la víctima que va espontáneamente al sacrificio, la víctima que se inmola por amor y con plena libertad. El mayor amor y la más grande libertad que puede darse, porque son el amor y la libertad de un Dios.

 

“¡Oh, cristianos! Es tiempo de defender a tu Rey y de acompañarle en tan gran soledad, que son muy pocos los vasallos que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer; y lo que es peor, es que se muestran amigos en público y lo venden en lo secreto; casi no halla de quien fiarse. ¡Oh Amigo verdadero, qué mal te paga el que te es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos! Ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es sólo por Lázaro aquellas piadosas lágrimas, sino por los que no habían de querer resucitar, aunque Su Majestad lo llame a gritos. ¡Oh Bien mío, qué presentes tenías las culpas que he cometido contra Vos! Que se acaben, Señor, que se acaben, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean tus gritos, Señor, tan poderosos que, aunque no te pidan la vida, se la des para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites. No te pidió Lázaro que lo resucitases. Por una mujer pecadora lo hiciste; aquí la ves, Dios mío, y mucho más pecadora; resplandezca tu misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por los que no lo quieren pedir” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Reconocer nuestra debilidad

En la Misa de hoy se lee la Pasión según nos la narra San Marcos (14, 32-72; 15, 1-46), el discípulo de Pedro. Ningún otro evangelista ha descrito con tanta minuciosidad la negación de Pedro; es la humilde confesión que el Príncipe de los Apóstoles hace de sí por boca de su discípulo. Cuando en la última Cena predijo Jesús a los apóstoles que en aquella noche le habían de abandonar, Pedro protestó con toda la vivacidad de su carácter ardiente: “Aun cuando todos se escandalicen de Ti, yo no”. En vano el Maestro le anunció su deserción, particularizando hasta los más mínimos detalles: “Esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres”; la demasiada confianza en sí mismo cegó al Apóstol, impidiéndole creer en las palabras de Jesús y dudar siquiera un poco de sus fuerzas. “Aunque fuera preciso morir contigo, jamás te negaré”.

La afirmación de Pedro era sincera, pero llena de presunción; no tenía aún la experiencia práctica de la miseria y debilidad humana, por la cual, ni el hombre más animoso, sin la ayuda de la gracia divina, puede permanecer fiel a su deber. La primera experiencia la tendrá en Getsemaní, cuando se sentirá incapaz, al igual que los demás, de velar “una hora” con el Maestro, y la segunda cuando, al ser apresado Jesús, huirá lleno de miedo. Pero estas dos experiencias no doblegarán aún su presunción; será necesaria la tercera y la más dolorosa.

En el atrio del palacio de Caifás, adonde había acudido Pedro, pasados los primeros momentos de desorientación, para ver lo que hacían de Jesús, una criada lo reconoce por discípulo de Jesús, pero él, asustado por temor de verse envuelto en el proceso, niega en seguida diciendo: “No le conozco”. Precipitado por esta vertiente, ya no puede detener su marcha hacia el abismo, y al oír de nuevo la pregunta, niega por segunda y tercera vez. “Y al instante, hablando aún, cantó el gallo; y vuelto el Señor, miró a Pedro”. Ese canto y mucho más esa mirada llena de amor y de dolor, le hacen entrar de nuevo en sí mismo, “y saliendo fuera lloró amargamente” (Lc. 22, 62).

 

El Apóstol se siente avergonzado en su presunción y, porque ama verdaderamente a Jesús, reconoce su debilidad y su culpa. El amor y la mirada del Maestro lo han salvado. Y ahora que Pedro ya no se fía de sí mismo, podrá Jesús fiarse de él, confiándole su rebaño. Mientras un alma confía en sí, es indicio de que aún no está madura para recibir la acción santificadora de Dios, ni para cooperar eficazmente en la santificación de los demás.

 

Suplicaba al Señor me ayudase; mas ahora me parece que debía faltar el no poner en todo la confianza en Su Majestad y perderla de todo punto de mí. Buscaba remedio; hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios. (Santa Teresa de Jesús, Vida 8, 12)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina