El gran medio de la oración (VI)

PEDIR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Discuten los teólogos si es conveniente encomendarnos a las almas del purgatorio. Sostienen que aquellas almas no pueden rogar por nosotros, y se apoyan en la autoridad de Santo Tomás, el cual dice que aquellas almas por estar en estado de purificación son inferiores a nosotros y por tanto no están en condiciones de rogar, sino que más bien necesitan que los demás rueguen por ellas. Mas otros muchos doctores, entre los cuales podemos citar a San Belarmino, Sylvio, cardenal de Gotti, Lession, Medina..., sostienen lo contrario y con mayor probabilidad de razón, pues afirman que puede creerse piadosamente que el Señor les revela nuestras oraciones para que aquellas almas benditas rueguen por nosotros y de esta suerte hay entre ellas y nosotros más íntima comunicación de caridad. Nosotros rezamos por ellas, ellas rezan por nosotros.

 

Y dicen muy bien Sylvio y Gotti que no parece que sea argumento en contra la razón que aduce el Angélico Santo Tomás de que las almas están en estado de purificación; porque una cosa es estar en estado de purificación y otra muy distinta el poder rogar. Verdad es que, aquellas almas no están en estado de rogar, pues, como dice Santo Tomás, por hallarse bajo el castigo de Dios son inferiores a nosotros, y así parece que lo más propio es que nosotros recemos por ellas, ya que se hallan más necesitadas; sin embargo aun en ese estado bien pueden rezar por nosotros, porque son almas muy amigas de Dios. Un padre que ama tiernamente a su hijo puede tenerlo encerrado en la cárcel por alguna culpa que cometió, y parece que en ese estado él no puede rogar por sí mismo, mas ¿por qué no podrá interceder por los demás? ¿Y por qué no podrá esperar que alcanzará lo que pide, puesto que sabe el afecto grande que el padre le tiene? De la misma manera, siendo las almas benditas del purgatorio tan amigas de Dios y estando, como están, confirmadas en gracia, parece que no hay razón ni impedimento que les estorbe rezar por nosotros.

 

Cierto es que la Iglesia no suele invocarlas e implorar su intercesión, ya que ordinariamente ellas no conocen nuestras oraciones. Mas piadosamente podemos creer, como arriba indicábamos, que el Señor les da a conocer nuestras plegarias, y si es así, puesto que están tan llenas de caridad, por seguro podemos tener que interceden por nosotros.

De Santa Catalina de Bolonia se lee que cuando deseaba alguna gracia recurría a las ánimas benditas, y al punto era escuchada; y afirmaba que no pocas gracias que por la intercesión de los Santos no había alcanzado, las había obtenido por medio de las ánimas benditas. Si, pues, deseamos nosotros la ayuda de sus oraciones, bueno será que procuremos nosotros socorrerlas con nuestras oraciones y buenas obras.

 

Me atrevo a decir que no tan sólo es bueno, sino que es también muy justo, ya que es uno de los grandes deberes de todo cristiano. Exige la caridad que socorramos a nuestros prójimos, cuando tienen necesidad de nuestra ayuda y nosotros por nuestra parte no tenemos grave impedimento en hacerlo. Pensemos que es cierto que aquellas ánimas benditas son prójimos nuestros, pues aunque murieron y ya no están en la presente vida, no por eso dejan de pertenecer, como nosotros, a la Comunión de los Santos. Así lo afirma San Agustín con estas claras palabras: las almas santas de los muertos no son separadas de la Iglesia.

 

Y más claramente lo afirma Santo Tomás, el cual, tratando esta verdad, dice que la caridad que debemos a los muertos que pasaron de esta vida a la otra en gracia de Dios, no es más que la extensión de la misma caridad que tenemos en este mundo a los vivos. La caridad, dice, que es un vínculo de perfección y lazo de la Santa Iglesia, no solamente se extiende a los vivos, sino también a los muertos que murieron en la misma caridad. Por donde debemos concluir que debemos socorrer en la medida de nuestras fuerzas a las ánimas benditas, como prójimos nuestros, y pues su necesidad es mayor que la de los prójimos que tenemos en esta vida, saquemos en consecuencia que mayor es la obligación que tenemos de socorrerlas.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El gran medio de la oración

Santa Catalina, esposa de Cristo y fiel hija de la Iglesia (I)

Hoy celebramos a Santa Catalina de Siena, una mujer que en su breve vida de 33 años, inflamada en amor a Dios y al prójimo, trabajó intensamente por la paz y la concordia entre las ciudades, defendió con ardor los derechos y la libertad del Papa y promovió la renovación de la vida religiosa. También escribió varias obras llenas de sana doctrina y de inspiración celestial. El Papa Pablo VI la declaró Doctora de la Iglesia Universal, junto con Santa Teresa (y ahora también con Santa Teresita). Ninguna mujer había recibido hasta entonces ese título. En 1999 el Papa S. Juan Pablo II la declaró Patrona de Europa, juntamente con Santa Brígida de Suecia y Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

 

Esta gran mujer nace el 25 de marzo de 1347. Fue la vigesimocuarta y última hija del matrimonio del tintorero Giacomo Benincasa y Lapa di Puccio del Piagenti. A los cinco o seis años tuvo la primera visión, a raíz de la cual hizo voto de virginidad. Aproximadamente en 1363, movida por su deseo de perfección, se hizo Terciaria Dominica. Se entregó a la vida retirada, en el trabajo doméstico, en el servicio a los enfermos y a los pobres, y al apostolado.

Su vida oculta, de incesante crecimiento espiritual, culminó al cumplir los veinte años, cuando celebró las bodas con Cristo. Fue en 1367, cuando el Señor se le apareció y le dijo que porque había despreciado las vanidades del siglo, venía a desposarla. La Santísima Virgen la tomó de la mano y la presentó a su Divino Hijo, quien le puso un anillo en el dedo mientras le decía: “Yo, tu creador y Salvador, te desposo conmigo en la fe”. Luego agregó: “Conserva intacta esta fe, seme fiel hasta que vengas al cielo a celebrar conmigo las bodas eternas.”

 

El Esposo divino no quería reservarla tan sólo para sí. Le encomendó también una misión apostólica. El resto de su vida la empleará en el bien de las almas y de la Iglesia universal. El 1º de abril de 1357 recibió los estigmas de Cristo. Fue una enamorada de la Iglesia; su espíritu se asemeja grandemente al de San Pablo. Todo en ella tiene que ver con su fe en la Iglesia, puerta por la que se entra en Cristo: “Nadie puede complacerse en la hermosura de Dios, en el abismo de la Trinidad, sin la asistencia de esa dulce Esposa, pues nos es preciso a todos pasar por la puerta de Jesús crucificado, la cual no se halla en parte alguna fuera de la Iglesia.” También fue vivísimo su amor al Santo Padre, a quien llamaba nuestro dulce Cristo en la tierra.

 

Cristo le dice, según leemos en el Diálogo: “Quiero lavar la cara de mi Esposa, la santa Iglesia, que te mostré bajo figura de una doncella con la cara manchada y como cubierta de lepra, por los pecados de los ministros y de los cristianos.” Catalina elaboró un plan formidable, que abarcaba a la vez los intereses de la Iglesia y de la civilización cristiana. Dicho plan incluía un triple proyecto: el retorno del Papa a Roma, la reforma de los pastores, y el emprendimiento de una cruzada contra los infieles. Resulta extraordinario en una hija de pueblo, sin cultura ni formación especial. Ella se lanzó gozosamente a este trabajo, sabiendo que en su júbilo participaban todos los santos que desde el cielo experimentarían “una embriaguez, un contento, un júbilo, una alegría a la vista del bien que el Señor obra en sus almas.”

 

En una sus últimas cartas escribe: “Poco tiempo después empezaron los ataques de los demonios, que me causaron tal espanto que estuve a punto de volverme loca. Se ensañaron conmigo como si yo, miserable gusano de la tierra, hubiese sido la causa de que hayan perdido lo que poseían en la santa Iglesia.”

Cuando ya veía acercarse su fin, escribió una especie de testamento espiritual: “Oh Dios eterno, acepta el sacrificio de mi vida por el cuerpo místico de la santa Iglesia. No puedo darte sino lo que me has dado, toma el corazón, toma ese corazón y oprímelo sobre el rostro de la Esposa. Entonces el Eterno, mirándome con benignidad, tomó mi corazón y lo apretó contra la santa Iglesia... Los demonios redoblaron su furor como si hubiesen sufrido insoportable dolor... Y ahora sólo añado: gracias, gracias sean dadas al Dios soberano y eterno que nos ha colocado en el campo de batalla para luchar como valientes caballeros por su Esposa con el escudo de la santa Fe.”

Fuente: Cfr. P. Alfredo Sáenz, “El Pendón y la aureola”.

Bienaventurados los pobres de espíritu (II)

¿Cuáles son los principales actos de la pobreza de espíritu?

 

1º. Renunciar con el espíritu y corazón a las cosas temporales, quitando las aficiones desordenadas a ellas y estando dispuesto a dejarlas cuando fuere necesario para cumplir la voluntad de Dios.

2º. Dejar con el afecto todas las cosas que poseo, moviéndome a esto con una voluntad espiritual y pura de agradar a solo Dios.

3º. Vaciar y limpiar mi alma de todo espíritu y viento de vanidad, y de toda hinchazón y presunción vana, despreciando cuanto pudiese con el corazón las pompas del mundo, o dejándolas en efecto cuando así lo reclame el divino servicio.

4º. Vaciar mi espíritu de toda propiedad, desnudándome del propio juicio y de la propia voluntad, con todos sus propios quereres, en cuanto no son conformes con los de Dios.

5º. Vaciarme de mí mismo, reconociéndome en lo que soy: tan pobre, que de mi parte ninguna cosa buena tengo, si Dios no me da su limosna y gracia; pues ni aun el ser que tengo es mío, sino de Dios, sin el cual soy nada.

 

Examina tu pobreza a la luz de estos cinco actos, y si en alguno de ellos hallares falta, avergüénzate y ruega al Señor te ayude a procurarlos.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz

Sobre el Santo Rosario

El 26 de Diciembre de 1957, el Padre Agustín Fuentes, Postulador de la Causa de Beatificación de Francisco y Jacinta Marto, entrevistó a Sor Lucía Dos Santos, vidente de las apariciones de Fátima. En el curso de esa entrevista, le dijo Sor Lucía al Padre Fuentes:

"… La Santísima Virgen nos dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María…"

"… Mire, Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario, de tal manera que ahora no hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario".

 

"Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Por eso, el demonio hará todo lo posible para distraernos de esta devoción; nos pondrá multitud de pretextos: cansancio, ocupaciones, etc., para que no recemos el Santo Rosario".

 

"Si nos dieran un programa más difícil de salvación, muchas almas que se condenarán tendrían el pretexto de que no pudieron realizar dicho programa. Pero ahora el programa es brevísimo y fácil: rezar el Santo Rosario. Con el Rosario practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros".

"El Rosario es el arma de combate de las batallas espirituales de los Últimos Tiempos".

Laudem Gloriae

Fuente: http://www.santisimavirgen.com.ar

Bienaventurados los pobres de espíritu (I)

Viendo Cristo Nuestro Señor la mucha gente que le seguía, se subió a un monte y, sentándose allí, se llegaron a Él sus discípulos, y levantando sus ojos y abriendo sus divinos labios, los adoctrinaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu. (Mt 5, 1).

 

Contempla a Jesús... Sereno, apacible, está sentado a la falda del monte. Le rodean sus discípulos  y una multitud inmensa de Galilea, Decápolis, Judea y Jerusalén, que han venido desde la otra orilla del Jordán y desde Tiro y Sidón. ¿Qué esperan? ¿Qué desean? Ver a Jesús y oír sus enseñanzas... Quieren también sanar de sus dolencias. Desean hallar consuelo en sus aflicciones...

Y Jesús comienza su sermón, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu...; es decir, aquellos cuya mente y corazón están desprendidos de los bienes de la tierra.

 

Y ¿por qué bienaventurados? Porque de ellos es el reino de los cielos; es decir, porque desde ahora, sin temor ni solicitud, están establecidos en la paz y en la justicia y en el gozo del Espíritu Santo, que es como un anticipo del cielo.

 

¿Y quiénes son esos pobres proclamados por Jesucristo bienaventurados?

1º Los pobres de hecho, pero plenamente resignados a la voluntad de Dios. 2º Los ricos cuya mente y corazón no están apegados a las riquezas. 3º Los pobres voluntarios, que se han despojado para siempre de todos los bienes, para mejor imitar y seguir a Jesucristo pobre.

 

A esta tercera clase se aplican por excelencia las magníficas promesas del Salvador: Cualquiera que dejare casa o hermanos, etc., recibirá ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna.

¡Qué santa alegría y cuánto ánimo deben infundir estas palabras a los que el Señor se ha dignado llamar a la perfección evangélica y abrazarse con la santa pobreza!

¿Eres del número de éstos? Esfuérzate en hacer de ella el mejor tesoro, por la fidelidad en observarla hasta en los más pequeños detalles.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz

La oración (II)

A pesar de ser la oración una cosa tan sencilla, no siempre es fácil orar y sobre todo orar como se debe. Es un arte que se aprende estudiando las diversas formas y los diversos métodos de oración, y especialmente con la aplicación diligente y asidua a la oración misma. La esencia de la oración consiste siempre en el movimiento interior y en la elevación del corazón y de la mente hacia Dios; pero sus formas son muy diversas: existe la oración vocal y la mental, la oración discursiva y la afectiva, la oración privada y la plegaria litúrgica.

 

Podemos emplear una u otra de estas formas de acuerdo, ante todo, con nuestros deberes y obligaciones: así, por ejemplo, todos los cristianos están obligados a ciertas oraciones vocales y litúrgicas, como las preces de la mañana y de la noche, la asistencia a la santa Misa los días de fiesta, etc... Después podremos elegir libremente la forma de oración que nos piden la devoción del momento o las circunstancias o necesidades en que nos hallamos. Todas las formas son buenas y pueden servir para fomentar nuestro amor a Dios, con tal de que nos pongan en contacto real con Él. Ésta ha de ser nuestra preocupación principal: llegar al contacto con Dios, porque en esto consiste la verdadera esencia de la oración, y si esto faltare, para nada servirían las formas externas. El mismo Señor nos diría: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí» (Mt. 15, 8).

 

Sin embargo, un alma que aspira a la intimidad divina, se orientará espontáneamente hacia una forma de oración del todo interior, que le facilitará grandemente el contacto íntimo y la unión silenciosa y profunda con Dios; todas sus formas de oración irán tomando este carácter especial de interioridad. De este modo, lo mismo a través de la oración vocal y litúrgica que de la mental, el alma irá disponiéndose y penetrando en ese trato cada vez más íntimo con Dios, hasta que Dios mismo, mediante la experiencia amorosa y la luz contemplativa, la introduzca en una oración más profunda que la sumerja en Él.

 

“Anhela mi alma y ardientemente desea los atrios del Señor. Salta de júbilo mi corazón y mi carne por el Dios vivo. Halla una casa el pájaro, y la golondrina un nido donde poner sus polluelos, cerca de tus altares, ¡oh Señor, rey mío y Dios mío! ¡Bienaventurados los que moran en tu casa, y continuamente te alaban!” (Sal. 83, 3-5).

También yo quiero entonar desde la mañana hasta la noche en el templo de mi corazón himnos de alabanza y de amor en honra tuya, ¡oh Dios altísimo, que te dignas habitar dentro de mí! Aunque mi lengua calle o, por el contrario, hable y converse, aunque mi cuerpo y mi mente estén ocupados en el trabajo, mi corazón está siempre libre para amarte y para tender hacia ti en todo momento y en toda acción. Por eso te pido, ¡oh Señor!, esta grande gracia: que yo te busque siempre en lo más profundo de mi espíritu y que viva siempre unido a ti con el afecto de mí corazón.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Importancia y necesidad de la salvación (I)

Es preciso examinar ante todo la gran importancia de la salvación del alma para convencernos de la necesidad de salvarla a toda costa y al precio que fuere.

 

Necesidad de reflexionar.- La mayoría de los hom­bres viven enteramente olvidados de Dios porque no se han planteado nunca en serio el problema formidable de la salvación eterna. Cualquier espíritu reflexivo que se detenga un instante a ponderar su trascendencia soberana, no puede menos de sentir una impresión profunda, que puede ser decisivamente orientadora en la marcha ge­neral de su vida. Escuchemos al sentido común hablando en cas­tellano por boca de nuestro inmortal Balmes:

 

«La vida es breve; la muerte, cierta: de aquí a pocos años, el hombre que disfrute de la salud más robusta y lozana, habrá descendido al sepulcro, y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destru­yen la realidad de los hechos: si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo; y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el des­tino que según las leyes eternas me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío; tan mío como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida, privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me mues­tran con toda evidencia la alta importancia de la religión; la necesidad que tengo de saber lo que hay de verdad en ella; y que, si digo: “Sea lo que fuere de la religión, no quiero pensar en ella”, hablo como el más insensato de los hombres.

Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atra­vesarlo, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: “¡Qué me importan a mí esas cuestiones!”, y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí el indiferente en materias de religión» (Balmes, El criterio).

 

Son legión, por desgracia, los que proceden en materia tan grave en la forma irreflexiva y absurda que Balmes acaba de denunciar. La mayoría de la gente no piensa ni reflexiona en el magno problema de la salvación. El resultado es una vida del todo mundana y peca­minosa, que pone en grave riesgo los destinos supremos de su alma. Muy otra sería su conducta si ponderaran un poco la trascendencia sin igual de la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo que a tantos ha detenido en su loca carrera hacia el abismo: ¿Qué le aprovecha al hom­bre ganar el mundo entero si al cabo pierde su alma? (Mt. 16,26). Esas palabras, pronunciadas de manera entrañable por San Ignacio de Loyola, tuvieron la virtud de convertir a un alegre estudiante de Pa­rís en uno de los mayores santos de la Iglesia: San Francisco Javier. Y otro tanto podría suceder -y ha sucedido en innumerables ocasiones- con cualquiera que se detenga a reflexionar un poquito aca­llando el griterío del mundo y el clamor de sus propias pasiones.

Fuente: Fr. Antonio Royo Marín, Teología de la salvación

La oración (I)

¡Oh Señor! Me acerco a ti, para pedirte el verdadero espíritu de oración.

 

La oración consiste esencialmente en un trato íntimo con Dios, en que el alma busca su presencia para comunicarse amigable y afectuosamente con Él, como el hijo que quiere conversar con su Padre y como el amigo que quiere entretenerse con el Amigo. La oración, es, pues, de por sí todo intimidad y ocupación interior: “Para mí -decía Santa Teresa del Niño Jesús- la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría".

En este sentido hay que entender la definición tradicional de la oración: Elevatio mentis ad Deum, elevación de la mente a Dios; no sólo de la mente, sino también y especialmente del corazón; elevación que puede consistir únicamente en un movimiento callado del espíritu, lo mismo que puede concretarse en un grito, en una petición, en un coloquio. Así se realizan los demás aspectos de la oración: pia locutio ad Deum, petitio decentium a Deo, en cuanto la oración es una conversación piadosa con Dios, una petición confiada de sus gracias.

 

Sea cualquiera la forma que tome, la verdadera oración no tiene nada de complicado o de artificial: es la respiración del alma que ama a su Dios, es la actitud habitual del corazón que tiende a Dios, que lo busca, que quiere vivir con Él y sabe que todo bien y toda ayuda le viene de Él. Y por eso, espontáneamente, sin reflexionar, suele pasar el alma de la simple elevación a Dios, a la oración de petición o al coloquio íntimo, para volver de nuevo a la elevación del corazón y a la mirada al cielo. Entendida de este modo, la oración es siempre posible en cualquier circunstancia y en medio de cualquier ocupación; aún más, un alma que ama de verdad al Señor, no podrá interrumpirla, como tampoco puede interrumpir su respiración. Así se comprende cómo todos los hombres, incluso los que viven en medio de los negocios del mundo, pueden cumplir la palabra del Evangelio, que dice: «Es preciso orar en todo tiempo» (Lc. 18, 1). Lo único que se requiere para ello es un corazón que ame, y cuanto más fuerte y vigoroso sea este amor, más profunda y continua será la oración.

 

“Haz, ¡oh buen Jesús!, que mi alma vuele siempre hacia ti y que toda mi vida sea un continuo acto de amor. Hazme comprender que las obras que no te dan gloria son obras muertas. Haz que mi vida de piedad no sea una cosa rutinaria, sino una verdadera elevación del corazón.

¡Oh Dios mío, Bondad suprema! Haz que mi corazón se enamore tan locamente de ti, que ningún espectáculo de este mundo pueda distraerlo; que, pensando sólo en ti, sea yo indiferente a todo lo que suceda en el mundo y te ame únicamente a ti y a las cosas en cuanto me lleven a ti, y que mi espíritu te busque ardientemente y que tenga la dicha de encontrarte, ¡oh suma Sabiduría!” (Santo Tomás).

 

¡Oh Señor! Dame un corazón que te ame, un corazón que te busque sin descanso y no ansíe otra cosa que hallarte y unirse íntimamente contigo.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Nuestra Preparación (II)

Describiendo Santa Teresa el ambiente espiritual en que ordinariamente florece la contemplación, coloca en primer plano el ejercicio intenso de las virtudes, en particular el desasimiento total y la humildad profunda. Pero Santa Teresa no pide un ejercicio cualquiera, más o menos perfecto; exige una generosidad absoluta y a veces el heroísmo de las virtudes. La razón es bien clara: la contemplación es un don generoso de Dios, por lo tanto exige también generosidad por nuestra parte; las almas poco generosas son precisamente las que nunca llegarán a gustarla. No olvidemos el gran principio inculcado por la Santa: “Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo” (Camino de perfección 23, 12).

 

Favorecida por esta atmósfera de generosidad, el alma ha de vivir en un recogimiento y oración continuos e intensos. Cuanto más recogida viva el alma en Dios y más íntimos y profundos sean su oración y su contacto vital con Él, más dispuesta estará para recibir las mociones divinas. He aquí, pues, en síntesis, cuál debe ser nuestra preparación: por una parte un ejercicio intenso de mortificación, de abnegación y de desasimiento, lo que supone la práctica de las virtudes; y por otra una vida de oración, profunda y continua.

 

Al disponernos para la contemplación, es evidente que no intentamos convertirla en el fin de nuestra vida espiritual. El fin siempre será el amor, pues la santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad. Sin embargo, la contemplación es un medio muy poderoso para hacernos llegar pronto a la plenitud del amor, y es precisamente por lo que la deseamos. Nuestra vida es un continuo caminar hacia Dios, un dirigir y orientar constantemente todas nuestras energías hacia Él. ¡Feliz el alma que se siente atraída poderosamente por el Señor! Su paso será más ágil y rápido. Este es el gran beneficio de la contemplación.

De este modo se comprende que si debemos prepararnos a ella, no es para gozar de sus dulzuras, sino para penetrar de lleno en el camino de la intimidad divina y del amor perfecto, porque nada puede orientarnos tan directa y plenamente hacia Dios y hacia su gloria como esta experiencia amorosa y esta luz contemplativa que constituyen la esencia de la contemplación.

 

Ayúdame, ¡oh Señor!, a hacer propósitos generosos y enséñame a entregarme a ti sin reserva alguna, sin ninguna división. Esto es lo que Tú esperas de mí. Después Tú sabrás completar tu obra en mí.

 

“Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde quisiere. Bien creo que quien de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasidas del todo), que no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea por siempre alabado y bendito. Amén". (Santa Teresa, IV Morada 2. 10).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

El sacerdocio (II)

C) El sacerdocio en el Nuevo Testamento

El Apóstol de las gentes compendia en frase lapidaria cuanto se puede decir de la grandeza, dignidad y oficios del sacerdocio cristiano con estas palabras: Así nos considere el hombre cual ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1Cor 4,1).

 

«Alter Christus»

El sacerdote es  ministro de Jesucristo; por tanto, instrumento en las manos del redentor divino para continuar su obra redentora en toda su universalidad mundial y eficacia divina; para continuar aquella obra admirable que transformó el mundo; más aún, el sacerdote, como se suele decir con mucha razón, es verdaderamente otro Cristo, porque continúa en cierto modo al mismo Jesucristo: Así como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros (Jn 20, 21), prosiguiendo también como Él en dar, conforme al canto angélico, gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14).

 

Institución

En primer lugar, como enseña el Concilio de Trento, Jesucristo en la última cena instituyó el sacrificio y el sacerdocio de la Nueva Alianza: Jesucristo, Dios y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer una sola vez a Dios Padre muriendo en el ara de la cruz para obrar en ella la eterna redención, pero como no se había de acabar su sacerdocio con la muerte (Hb 7, 24), a fin de dejar a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, como a hombres correspondía, el cual fuese representación del sangriento, que sólo una vez había de ofrecer en la cruz, perpetuase su memoria hasta el fin de los siglos (1Cor 11, 23) y nos aplicase sus frutos en la remisión de los pecados que cada día cometemos; en la última cena, aquella noche en que iba a ser entregado (1Cor 11, 24ss), declarando estar constituido sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Sal 109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, lo dio bajo las mismas especies a los apóstoles, a quienes entonces ordenó sacerdotes del Nuevo Testamento, para que lo recibiesen, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio mandó que lo ofreciesen, diciéndoles: Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24).

 

Poder que da sobre el cuerpo real de cristo

Y desde entonces, los apóstoles y sus sucesores en el sacerdocio comenzaron a elevar al cielo la ofrenda pura profetizada por Malaquías (Cf. Mal 1, 11), por la cual el nombre de Dios es grande entre las gentes; y que, ofrecida ya en todas las partes de la tierra y a toda hora del día y de la noche, seguirá ofreciéndose sin cesar hasta el fin del mundo.

 

Poder sacrificial

Verdadera acción sacrificial, y no puramente simbólica, que tiene eficacia real para la reconciliación de los pecadores con la majestad divina: porque, aplacado el Señor con la oblación de este sacrificio, concede su gracia y el don de la penitencia y perdona aun los grandes pecados y crímenes. La razón de esto la indica el mismo Concilio Tridentino con aquellas palabras: Porque es una sola e idéntica la víctima y quien la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el mismo que a sí propio se ofreció entonces en la cruz, variando sólo el modo de ofrecerse.

 

Dignidad de este poder

Por donde se ve clarísimamente la inefable grandeza del hombre sacerdote, que tiene potestad sobre el cuerpo mismo de Jesucristo, poniéndolo presente en nuestros altares y ofreciéndolo por manos del mismo Jesucristo como víctima infinitamente agradable a la divina majestad. Admirables cosas son éstas ­-exclama con razón San Juan Crisóstomo-, admirables y que nos llenan de estupor.

Fuente: S.S. Pío XI, Enc. «Ad catholici Sacerdotii»